1 ago. 2008

Mona... she drink up your blood like wine

Escribí un poema breve en su pared, igual que se hace una caricia en la piel, sin arrepentimiento ni culpa. Lo escribí desde la bañera, su bañera de loza blanca antigua, de patas y exenta. Antigua, como el resto de aquella casona y sus estancias estancadas de frío, sueños y angustia, como el cuarto -debiera decir sala- de baño cuyo centro ocupaba, como las chimeneas de cada salón, o los techos altísimos desconchados que nos cobijaban. Como yo por dentro. Exenta, igual que mi alma desconchada como los techos. Tres líneas de versos sencillos: renglones sin terminar ni acabar. Tres líneas que arrancaban de los pliegues de su ingle y terminaban junto a las manchas de azogue del espejo. Tres líneas tan llenas que quedé exausta. Y callada. Sólo la miraba.

Escribí el poema con las yemas de los dedos ya arrugadas por el agua, con el sexo aún palpitando de sus caricias (recibidas), sumergida todavía en la tibieza de las sábanas trasladada al agua y con las palabras abotargadas por el vapor y la espuma. La veía de espaldas a mí, frente al espejo, sentada y desnuda, desnuda y mirada, mirada y hermosa, y mientras mil palabras iban y venían a mi cabeza a alimentar un sentimiento único. A alimentar tres versos que comencé a escribir con los labios en los pliegues tan tiernos que ocupan esa geografía hermosa que va desde la piel suave del muslo hasta el final de la curva tensa del abdomen, siguiendo hasta hollar de saliva sus pezones, descendiendo hasta besar labios con labios tan rojos. Ahí quedó la última palabra del último verso, vista de reojo en el espejo, como un beso robado que no quisieras dar a un alma repleta de sentimientos prófugos. Un puñal en el corazón, espinas en los labios.

Tiempo caliente aún de la piel,
desamada, tendida inerme, palpitada, pulsada, nupcial,
casi calor, casi transparente, casi velada, casi temblor...