29 nov. 2008

Amor líquido

No se si sabré explicarlo: la leo y me conmueve. Porque me parece inteligente y melancólica al mismo tiempo. Hermosa y triste. Ella también me lee y pide que le diga quién soy. No se de ella, como ella no sabe de mí. Y, entre tanto, enredándome en su soledad, escribo en el portátil: "¿tienes nostalgia del futuro?", las letras van apareciendo en la pantalla al ritmo de mi torpe 'taper', poco a poco, dedo a dedo, negro sobre blanco, y se demora a mi pregunta: "sobre todo de saber quién eres..." Y respondo rápido: "Eso no es nostalgia, sino curiosidad... (curiosidad con los mismos puntos de suspense de 'eres...'). No me robes el misterio. Déjame seguir mirándome en tu espejo. (Timidez muy obvia)".

Me estoy enamorando de ella, desconociéndola, porque habla de sueños y cosas imposibles, de comienzos, perdones y felicidad, pero también de oscuridad, otoños, silencio, abrazos que nunca llegaron, lágrimas y sonrisas derribadas sin remedio. De ojos verdes que nunca se atrevieron a decirse, que nunca nadie reconoció, de llorar y no llorar, del paso del tiempo y de la lluvia, del amor, de las sombras, del odio, tal vez del desamor. De la soledad. De echar de menos, dormir poco, hablar poco, ¿reir?

La fragilidad de los vínculos humanos, el sentimiento de inseguridad que esa fragilidad inspira y los deseos conflictivos que ese sentimiento despierta, provocando el impulso de estrechar lazos, pero manteniéndolos al mismo tiempo flojos para poder desanudarlos. Relaciones humanas, mujeres y hombres desesperados al sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, ávidos de la seguridad de la unión y de una mano con la que contar en los malos momentos: desesperados por relacionarse. Y, a la vez, desconfiando todo el tiempo de estar relacionados. Oscilación entre el sueño y la pesadilla. Relaciones que encarnan la ambivalencia, que ocupan nuestro centro de atención, el centro de atención de quienes somos, como Zygmunt nos llama, individuos líquidos modernos, de aquellos ya desvinculados de los vínculos inquebrantables.

Es amor líquido, amor que no existe porque ella -alteridad- no es nada más que palabras inteligentes y sensibles asociadas a un rostro bello con unos ojos muy transparentes, verdes y limpios. Deseo. Un perfil lleno de mis propias reminiscencias, en las cuáles me reconozco, lleno de lo más íntimo de mi distancia interior hasta los sueños, y su locura. ¿Qué significa lejos? Significa frágil, como ese amor si existiera. Fragilidad -hoy- de los vínculos humanos. Apenas conexión. Miedo a lo duradero. Virtualidad a la medida del entorno de esta vida líquida en que las posibilidades románticas fluctúan a velocidad de vértigo con la promesa de que la siguiente será más gratificante y satisfactoria que la anterior. Uno siempre puede oprimir la tecla delete, dice Bauman. ¿Por qué a veces no lo hacemos?

Estoy segura, es así: en Internet nada es lo que parece. ¿Seré yo la que soy? Mientras nos escribimos, ella y yo, y después escribo esto, Marie está sentada -ajena a todo- en la alfombra leyendo un ejemplar del Amor líquido, de Zygmunt Bauman, que acabo de leer, y que le he recomendado muy interesadamente.

Me conmueve, me estoy enamorando de ella, y ni por un momento me ha pasado por la cabeza la palabra 'follar'. Debo estar cansada. Me voy a la cama...

(Amor líquido, como el dinero liquido que fluye sin parar estos días por los desagües neoliberales hacia los sótanos del poder que escapa en desbandada: Islas Caiman, Suiza… No sucede nada: el dinero no desaparece, ni se destruye, ni cambia de manos: sólo pasa de una a la otra, como las bolas de los malabaristas, hasta que desaparece delante de nuestros ojos sin dejar rastro. Ese dinero era nuestro…)

3 nov. 2008

Quiero que gane el negro

Unas cosas llevan a otras, sin remedio. Igual que un borgoña joven pide, por ejemplo, un Camembert de Normandie; o un broker de Wall Street tiende a los ansiolíticos e incita a la desconfianza, algunas reflexiones acercan a otros pensamientos.

Nunca acudo a estos lugares -me producen urticaria-, pero ayer tarde hacía cola en la caja de un hipermercado cerca de casa con un carro lleno de productos. Me acompañaba Marie. Y el salario recién ingresado al otro lado de la banda magnética de mi tarjeta. Le explicaba cómo me horrorizan estos lugares tan perfectamente diseñados e iluminados -luz blanca de quirófano- para dirigir cómodamente los pasos de las masas por pasillos de marcas y logos, vistos y memorizados mil veces, convertidos en objetos de deseo que harán que esa noche y con la despensa saturada -en cualquier momento, se ve, puede estallar una guerra, en cualquier momento se hunde definitivamente Wall Street ahora que son los propios capitalistas los demuelen el sistema, cerrando definitivamente la esperanza de que pudiera hacerlo el comunismo, si es que quedó alguien en aquel hermoso barco a la deriva- la conciencia descanse tranquila mientras se ve la TV. Miro a mi alrededor y, asustada, le pido que Marie que me diga: ¿soy yo igual que esta gente que hace cola delante y detrás de nosotras? Me niego, no puedo, me resisto a ser como ellos. Por más que intento imaginarme con 20 años más, con un marido más, con 2 ó 3 hijos más e, incluso, con un perrillo más, no puedo verme: cada sábado, cada fin de semana, cada número rojo del calendario esperando a llegar a una caja para destrozar la tarjeta.

Con la despensa llena, me refugio en la buhardilla con Marie. Ella, perpleja, no entiende mi agitación. Esta noche la Casa Blanca podrá dejar de llamarse así no tanto por el color de sus paredes como por el de sus moradores. Tal vez sea verdad -leido lo leido- que resultaba más fácil pensar hoy en un presidente negro en los EEUU que en uno de origen indio en Inglaterra o magrebí en Francia. Quién iba a decirlo, tan cerca todavía el Movimiento por los Derechos Civiles, tan cerca todavía Jim Crowe, Emmett Till, Luther King, Rose Parks, Alabama, Little Rock... De modo que la buhardilla como refugio ante la incertidumbre, la buhardilla tornada en mukata. Es pequeña, calculo unos 50 metros cuadrados bastante cuadrados, porque midiendo de extremo a extremo cada lado tiene unos 7 metros, incluyendo el espacio del baño y la cocina. En 50 metros se puede crear todo un mundo cálido de sensaciones, vivencias, literatura -los libros distribuyen los espacios y sus palabras calientan el aire a respirar-, comodidades y perspectivas vitales: esperanza. El tamaño adecuado para, desde la cama y con la cabeza a los piés, poder ver en esa gran pantalla de 19 pulgadas lo que sucede al otro lado del Atlántico durante toda una noche. En una cadena francesa repiten el vídeo que hace del predicador Obama un cantante más junto a un grupo de cantantes que se tornan en predicadores, farandulilla en b/n: Scarlett, Amber Valetta o Will.I.am, líder de los Black Eyed Peas, todo dirigido por Jesse Dylan -hijo de Bob Dylan, otro nexo con la lucha de los '60- en esa letanía de Yes, we can, yes we can... con guiños a la izquierda -algo inédito, impensable en EEUU- y, sobre todo, con un hermoso cuento de la historia de los EEUU tan diferente a como la conocemos y sabemos que es: como una historia de cambio, esperanza, prosperidad y oportunidad para reparar el mundo roto por ellos mismos. Yes we can es I have a dream, Obama es la intersección de Kennedy y Luther King, si exagero, incluso, de Luther King y ZP. Ya lo dijo, poeta León Felipe, una vez: 'algún día la política será una canción'. Y éste canta, habla del destino de una Nación, de un susurro de esclavos y abolicionistas, del camino de la libertad, de una canción cantada por emigrantes y pioneros camino del Oeste, de trabajadores y mujeres luchando por sus derechos, de una tierra prometida, repudio del oro y las armas: justicia e igualdad, cambio y esperanzas de reparar. Y nos gusta oirle. Y nos gusta oirlo. Barras y estrellas cierran la escena como telón de fondo.

A pesar de todo, igual que Chávez, quiero que gane el negro.