20 feb. 2010

With wings to fly, she rolls alongs doing it wrong

Como cada mañana. Como cada fin de trayecto de otra noche (una noche más) de desvelo. El cielo chirría deslizándo su vientre gris y triste sobre tejados, pesadillas, antenas, buhardillas y perplejidad mecido por el viento del norte (écoutez le craquer...). Como el hielo, cruje como el hielo, dentro y fuera de mí. El horizonte de mis pensamientos se aclara: descienden a esta hora nítidos entre los copos de nieve que se revuelven en ventisca confundiéndolo todo y reflejan la mortecina luz del amanecer. Me desnudo entonces y deslizo el cuerpo bajo el edredón. Me vence el cansancio, me escuecen los ojos rojos cuando los cierro. Una hora hasta que suene el despertador. Primer día de trabajo.

Como cada mañana, como cada noche, como cada momento he entrado al correo, he mirado su blog. He vuelto a constatar que en su mundo virtual quien reina es el silencio. Una densa red de palabras sin escribir, de sonidos sin pronunciar, de intenciones sin escuchar. De deseos desasidos.
Quien yo creía querer y creer me dejó un día dentro del casco que estaba en la cómoda de la buhardilla esta nota que guardo (porque a Ella ya no la aguardo): El viento se puede escribir. Puede sentirse, como me gustaría sentir no sólo tus dedos, sino la ausencia después de su presencia. Ese aire frío que se mueve tras de tí cuando una puerta se abre, o se cierra (ya te lo dije: tras de tu puerta esperaba tu presencia, no soledad). Yo si soy. Como escozor para tu llaga. Quien hollar tus pechos o malograrse en cada intento de alzarse sobre lo hermoso que resta tras el Apocalipsis. Una dentellada (fiera) que te deja maltrecha en el mejor momento de tu felicidad. El error que lee con envidia tus palabras porque me gustaría beber tu saliva para paladear lo que estuvo junto a tus palabras.

Desarmada

Esta noche, a la salida del trabajo en el boul. Auguste Blanqui (cerca de rue Tolbiac, y recuerdo a Leo Malet y a Nestor Burma), me senté sola a cenar algo en la Braserie Havane. Ya era tarde (22:00h.). Enfrente, justo enfrente de mí, Ella. Sentada. También sola. La vida es muy corta y los días demasiado dulces como para que cada pensamiento que se anuda en mi mente pueda volverme loca (todos pueden ser desanudados). Si dependemos del tiempo y no poseemos ninguna palabra, no es para nada el fin. Sólo diré adiós hasta que volvamos a encontrarnos. Y eso fue ayer. Llegué sola a casa y rompí la nota que conservé un día. El viernes nos vimos otra vez. Pienso si todavía arrancará hoy aquella vieja Vespa que ha estado todo este invierno bajo la nieve. Ella tenía coche...

Reiteramos el placer en cada cuarto de hotel, instantes entre todos los momentos vividos. Ninguno indiferente al otro, nos juntó el destino (encontrándonos después de tanto buscarnos): para Ella mi perfume, para mí sus caderas, y un vago olor de vainilla nos enredó en un mismo sueño: hasta un día en que, ya forjadas las cosas a su medida, nuestros sexos comenzaron a desenredarse.

Prácticamente no hubo palabras, pero ambas tratamos -alegría o triste melancolía- de alargar este adiós (...) tal vez porque allí ya antes había sido revelado el misterio de nuestros cuerpos desnudos, habíamos aprendido a reconocernos, furtivas; y ahora a renunciar una a la otra.

En penunbra Ella comenzó a desnudarse; yo a contemplarla muda. Senos desplegados, madeja de ébano, piel encadenada, nudos desmadejados. Noche agazapada, caricias de firmeza ténue, cálidos escalofríos y miradas perdidas ya vacías y llenas de ayer. Sudor y deseo, jungla y tiempo de madrugada abrazados por la luz del rescoldo encendido. Luego, los cuerpos abandonados acostados bajo la luz definitiva de una noche que quedó atrapada para siempre entre nuestros sexos. Mañana ya no fue nuestro tiempo.


Sólo pienso ya en mi primera nómina...

3 feb. 2010

Ten cuidado con lo que deseas porque puede ser que lo consigas (O. Wilde)

A whore will pass the hat, collect a hundred grand and say thanks/They like to take all this money from sin, build big universities to study in/Sing "Amazing Grace" all the way to the Swiss banks

En esta vida el viento nos empuja el culo en direcciones insospechadas. A veces nos lleva a lugares donde nos sentimos perdidos. Otras veces nos pone frente al espejo y no queda otra que reconocerse en él. Hay una frase de Cesare Pavese -de memoria... ay, se la oí a mi padre tantas veces desde que cumplió 40- que viene a decir que todos somos responsables de nuestra cara a partir de los 40... Siempre quedan en el rostro las arqueologías de tantos aprendizajes (de conductas), por mucho distanciamiento que se tome. Yo soy apenas una aprendiza. Y hoy, además, aumentada la esperanza de vida sólo se debería ser responsable a partir del, al menos, medio siglo redondo: el rostro será ya entonces -observo una fotografía de mi madre mientras pienso esto- un parapeto ante los otros, porque el cuerpo ya está malherido de tiempo y cicatrices, necesitado sólo de sinceridades de poca luz y mucho tacto.

Mentir hace daño. Como cuando te meten un dedo en el trasero sin avisar. Y yo no soy una cenicienta: siempre me aprieta el zapato de cristal y me gusta más la calabaza que la carroza. Ella -S.- me hizo una promesa y me causó el daño. Y yo tuve que mentir.

Nos sentamos juntas sobre la nieve de un banco de Washington Sq. al atardecer. Ella -S.- me miró y yo me estremecí. Sentí deseos de enmendarme. Al fondo me pareció oir un saxofón escapando por las rendijas del cercano Blue Note. Después caminamos y, sólo cuando nos detuvimos en la esquina de MacDouglas con Minetta -lo recuerdo: estabamos delante del Cafe Wha?-, fue cuando me lo dijo: ven conmigo, quédate a mi lado, trabajaremos juntas. El puesto es tuyo, pero sólo si te mudas a mi departamento y me juras amor eterno. (Yo llegué en diciembre a NY por una apuesta profesional: perdí mi trabajo, y S. lo sabía; S. son 45 amables y hermosos y despiadados años y antes mi jefa en París, y me ofrecía ahora una oportunidad irrechazable. Pero yo no fuí hasta allí sólo para rellenar un hueco en una cama). Le expliqué lo que me ataba a París -en realidad nada- y que lo pensaría todo mucho.

Cenamos en silencio en un restaurante judío del Greenwich. Lo de alrededor se convirtió en un desierto: de repente me pareció estar enterrada en la arena hasta la cintura, ahogada por el polvo de una plaga, y que ella -S.- me arrojaba como una moneda a la taza de un ciego. Yo perdí el anillo y ella se alejó caminando sobre clavos. No hay vuelta de hoja si los cimientos del orgullo se vienen abajo.

Hoy, bajando alegre y a buen ritmo Notre Dame Des Victoires, en el 2éme., doy vueltas a esto de regreso de una reunión de no-trabajo de la que espero sacar algo en claro de mi porvenir (hoy es el presente real; mañana, tiempo imaginario) profesional. Me ofrecen un buen sueldo, un puesto razonable y, a cambio, no me piden entregar mi corazón. Yo lo puedo entregar todo, pero no me puedo mentir.