26 mar. 2010

Un coup de dés

Mañana viajo a Roma, a casa de mi madre. Y esta noche he tenido una pesadilla: paseaba por los museos vaticanos distraidamente viendo esculturas por aquí y por allá. Era extraño, porque los pasillos estaban vacíos, silenciosos, en penumbra. Al llegar a la altura del Grupo de Laocoonte, alguien que surge de entre las sombras me agarra fírmemente desde la espalda, me tapa la boca y, arrastrándome trás el grupo escultorico, me levanta la falda y me ensarta por detrás -no se por qué razón no llevo bragas- con la naturalidad con la que follan los bonobos. En el sueño todo es confuso: siento un aliento oscuro en el cogote, forcejeo con la sombra mientras escucho un fru-frú de sedas y telas y unos gemidos enfermizos como de letanía al tiempo que me falta la respiración tanto por el hedor rancio que lo invade todo como por la mano fría que me tapa boca y nariz. Trato de gritar y desasirme. Me duele el culo. Cuando el tipo me suelta y reacciono, sólo alcanzo a ver la sombra difusa que huye, ya a mitad de la galería de las estatuas, con un largo vestido blanco y zapatos rojos. En la huída, queda un solideo blanco sobre el marmol brillante.

Me despierto sudando e, instintivamente, me echo las manos al culo. Llevo bragas y todo está en orden. Creo que acabo de soñar que me ha violado Benedicto XVI dentro del Estado Vaticano. Qué hijo de puta.

Llevo varios días rumiando sobre la pulsión sexual irreprimible de los curas católicos. Pero no; no, no se trata de eso. Si los curas sometidos a la antinatural -no es por extemporánea- continencia, celibato, abstinencia de la carne no pudieran soportarlo, irían de putas o se dejarían la polla roja de frotársela como los adolescentes. O, sin mentirse (visto lo que hacen con el dinero, qué no hacer con el celibato), vivirían en amancebamiento o compartiendo su existencia con una mujer. Pero no. No se trata de eso. Hipocresía. Trabajan su pulsión enfermiza con premeditada alevosía, abuso de confianza y superioridad, uso de disfraz, desprecio de la dignidad conociendo que el abuso se hace sobre quien, de antemano, se conoce su silencio: seminaristas -otros tarados-, niños, discapacitados... usualmente de su mismo sexo.

No son curas que se saltan el celibato, son pederastas, reprimidos, seres repugnantes -que se cuentan a miles- que delinquen con menores, con sus propios hijos o con personas que nos son dueñas de sus capacidades plenas: los violan, se los follan, destrozan sus vidas castigándoles a una humillación que abundará en sentimiento de culpa y en una autorrepresión que taparán con las ramas caidas de una fe falsa, obsoleta e irracional. El resto es tiempo y olvido. La única solución: juicio y cárcel.

Lo curioso de todo esto es que el asunto de no llevar bragas en el sueño me ha hecho recordar dos cosas. Una de mi infancia: cuando era niña, viviendo en Monterrey, mi abuela me ponía siempre unas bragas hechas de labor -las tejía ella- que me apretaban las ingles. Cuando la muchacha me sacaba de paseo yo, apenas en el portal, me las quitaba y ella las guardaba en su bolso. Esa sensación agradable del viento corriendo entre mis muslos bajo las falditas la evoco a menudo y creo que me ha ayudado mucho a ser como soy: me encanta despelotarme y llevar el culo al aire.

La otra me lleva a Sarkozy. El otro día vi en la prensa el revuelo ocasionado por Mme. Sarkozy, criticada por asistir a un acto oficial (recepción al presidente ruso Medvedev) en el Eliseo con un estrechísimo y largo vestido azul (Roland Mouren) sin espacio para sujetadores ni bragas. Bruni marcó tetas, culo, cadera y críticas en la prensa del corazón por no llevar ropa interior. Hermosa. Sarkozy posa disimuladamente una mano sobre una de las nalgas envueltas en seda de la Bruni. El oficio no se olvida nunca (ninguno de los dos, aunque creo que desde que la Bruni va sin bragas a Sarko le va a peor en política: hasta el PS le gana elecciones). La envidia causa estragos. Mentalidad estrecha y victoriana que no ve más allá de las narices. O de unas tetas. Luego vislumbro cerca -en la misma prensa: cuánta frivolidad en Le Monde! Voy a volver a leer Libération- los pechos desnudos bajo unas transparencias de Laetitia Casta en los Premios Cesar. La adoro. Francia es otra cosa: Laetitia ha puesto cara al busto de la République -Marianne- como antes lo hicieron las Bardot, Mathieu, Deneuve o De la Fressange.

Me acomete el deseo de desnudarme mientras preparo la maleta. Pienso en Roma. Recuerdo el sueño. Me reprimo. Aprieto el cinturón del albornoz. Busco las bragas más castas de mi cajón y las dejo sobre la cama junto al resto de la ropa -pantalones- que me pondré mañana. Ay.

1 mar. 2010

"Un hombre debe tener por lo menos dos vicios, uno solo es demasiado." (B. Brecht)

He dejado de trabajar con publicitarios -los grandes talentos del mundo contemporáneo- para comenzar a hacerlo con periodistas: el mundo contemporáneo; una de esas categorías tan satisfecha de sí misma en cuya ausencia -dicen ellos- el mundo no giraría, o lo haría mal. Mandriles alborotadores que solo preguntan aquello de lo que ya conocen respuesta.

Pero lo importante es que vuelvo a tener nómina. Y, dados los tiempos que corren, vuelvo a ser alguien (vuelvo a ser ciudadana del sistema-mundo, no tropa-desactivada).

Tener nómina da acceso a muchas cosas. Y no hablo de la inmediatez del dinero -poco- cada mes en la cuenta bancaria. En realidad te da acceso a un sin fin de servicios virtuales a través de internet, online, sms, móvil, home banking, dinero plástico... que te hacen sentir mejor -lo cierto es que los tiene todo el mundo- y más cerca de tu dinero y tu banco -que no lo olvide: mi banco es mi amigo-. Pero es más: a lo que te da acceso es, sobre todo, a la virtualidad de una vida ficticia que puedes construir a partir de la disponibilidad de una serie de objetos innecesarios y normalmente inalcanzables que, con el acceso a unas cantidades de dinero de las que no dispondrías de otro modo, ahora puedes adquirir. Durante mucho tiempo a eso se le llamó usura. Ahora no.

Claro, también es verdad que ahora no consumimos lo que necesitamos; sólo consumimos lo que deseamos.

En fin. Voy a lo tangible y real. Como nunca había tenido una tarjeta de las que permiten comprar sin tener dinero -en realidad sin tener un determinado nivel de dinero; o sea: de crédito-, desde que el otro día fui a mi banco con mi contrato -me llamaron Sra. (o sea, Mme.)- hasta hoy he ido comprando compulsivamente una serie de objetos o experiencias -dicen ahora; siquiera servicios- que fui clasificando como necesarias o innecesarias en una lista previa. Es verdad que muchos de los objetos han cambiado a lo largo de los días de categoría. En cualquier caso, todos simple anhelo vehemente.

De modo tal -invadida por un deseo nada sensual, sino de calenturienta liquidez- me lancé a comprar para olvidar; compro y olvido inmediatamente después. Satisfacción insatisfecha:

Innecesarias: Gafas de sol (molan, ¿no?). Sombrero vietnamita. Pasaje a Roma para Semana Santa (mamá). Un iPhone. También un iPod (devolví el que tenía prestado: vivir como en una película, con banda sonora, es hermoso). Varias pelis: Buscando un beso a medianoche, Desgracia, Alrededor de la medianoche, In to the wild, I'm not there, El Padrino (I, II y III), La piel. Un lector de DVDs (la tele la cambio en la próxima nómina). Otro casco (la Vespa arrancó). Un sillón Voltaire (para leer). Una lámpara de pié. Otra de techo. Una vajilla de porcelana china. La obra en prosa de Borges, completa, en castellano. Rotus de colores (10 rojos, 10 negros). 3 libretas Moleskine (Sketchbook) para dibujar. Chaqueta de terciopelo. Botas de lluvia. Un vibrador. Una cámara digital D300. He subido a lo alto de Tour Eiffel. He apalabrado un Mac de esos tan bonitos (second hand).

Necesarias: Ropa interior. Un Bauman: l'ethique a-t-elle une chance dans une monde de consommateurs?

Creo que sólo la sociedad de la abundancia es capaz de desterrar para siempre los conflictos sociales revolucionarios: el consumo es alienación y da significado a la vida en sí misma. Consumo de objetos de valor simbólico e individuos desarraigados de la necesidad. Necesitamos tener cuanto tienen individualmente nuestros semejantes para ser como ellos. Consumimos porque estamos arriba: podemos y debemos marcar la diferencia. Si no, consumimos porque queremos parecer que estamos ahí, que somos como ellos: nos sirve la apariencia. Es menos doloroso parecer que ser.

Lástima todo. Lo único que necesito de verdad no lo puedo comprar de momento...