16 jun. 2010

Half-wracked prejudice leaped forth

Soy insomne (pero no quiero tomar píldoras legales del bienestar). Y tengo desasosiego dentro (tampoco quiero tomar píldoras legales para inhibir las neuronas). Mis últimas mañanas son mañanas de madrugadas de desvelo en las que me ducho intentando que los sentimientos de plomo gris y raices negras se los lleve el agua... Emociones, subjetivas y personales: angustia, culpa, indiferencia, amor... Me gustaría no tener alma, sino un código xml embebido en el cuerpo, bajo la piel. En realidad hay algo de eso: sentimientos que se derraman. Insomne: se detiene el tiempo (como en una fotografia de Saul Leiter, que al tiempo me evoca los instantes detenidos de Hooper y la laxitud sexual de Balthus: instantes detenidos por ojos heridos por la belleza) mientras las sábanas se arrugan, ilesas, bajo mi cuerpo y morreo -sola- con la almohada. Entonces me asomo a fumar. Escucho el pulso de St. Denis, voces en español con acento americano: negro jueputa, vergón!, cholo llorón, ven aca..., qué ojos tan chimbas tienes y qué rico culeas, amor... son sólo ecos de susurros. Se me antoja que mi ventana de París se asoma a unas Antillas cálidas que son las estrechas calles entre Sébastopol y Beaubourg.

Y es que estos días -en estos últimos siete días tres personas me han dicho: sabes como el cielo, qué putas eres, y no, no sientes tu trabajo, luego lo explico- quiero hacer las cosas con dolor en el alma. Pero no, no puedo. Por lo de los sentimientos, las emociones. Porque no creo en la afinidad, afecto, apego que parecen necesarios para que los cuerpos se encuentren. No, no quiero sentimientos. Emociones,no. Acción. Prefiero noches eternas. Noches eternas de nueve meses sin dormir pero apegada a la piel. Prefiero enfadarme como obligación, no como reacción. Lágrimas porque escuece la piel, no por pasiones del alma. Y es que me cuesta más hablar de mis sentimientos que de mi sexo. Debo saber explicar esto antes de que la madrugada comience a pintar colores que difuminen el color gris de mi desesperanza. Tolstoi decía todo lo que sé, lo se porque lo amo -a Lev se le fue la olla de viejo-. Pero a mí, el sentimentalismo me distrae; el amor me enreda y desordena: me hace resistente a la excitación, no me deja ir donde deseo: al deseo. Amor delirante, ciega lealtad... nadie es de nadie. Ir y desandar pasos. Atajos y caidas. Volver al lugar desolado. Promesas incumplidas. Caricias en la piel: una mano en el vientre. Confidencias al oido. Cómplices de sueños, fantasias, fervores. Caminemos juntos, una junto a otro, comamos juntos, compartamos techo... ¿Qué lo diferencia de mi relación con mi perra? Mi perra es un animal, no otra hembra. Y con mi perra no follo. Con mi perra no tengo la confianza de intercambiar fluidos. No me considera suya. No soy de ella. Mi intimidad no son sentimientos. Al contrario: prefiero follar como una perra que no ser sumisa, de alguien. Sí: como una perra.

Siento deseo como siento hambre y sed. Lujuria y atracción, pero no apego. Mis feromonas, dopamina, serotonina y norepinefrina no llegan a la tercera etapa, son a corto plazo. No entienden del apego que se transforma en relación a medio, largo plazo. No me implica en emociones distintas del deseo sexual individualizado, del aumento del ritmo cardíaco, del apareamiento. No hay lazo afectivo, no hay cariño, ¿dónde están la oxitocina y la vasopresina? No entiendo el amor bíblico de la salud y la enfermedad, la alegria y tristeza... El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada. Sí, si, Baruch... pero no. No quiero amar. La vida -Proust- está sembrada de esos milagros que siempre pueden esperar los que aman... Yo, sin embargo, no logro descifrar jamás el confuso alfabeto de este mundo.

1) Hace una semana cené hasta tarde una noche en Le Vaudeville con G. Nos dijimos adiós, sin lágrimas, hasta que G. me dijo que lo que más echaría de menos era lo puta que yo era. La abracé.
2) Anteayer desperté pensando en Antoine. Antoine es hijo de dos generaciones de emigrantes tunecinos afincados en París. Piel canela, ojos grises y una polla enorme sin circuncidar, que es como más me gustan. Hablamos tres días a la salida del trabajo, y se quedó una noche en casa. Buceando en mis pliegues. Una noche que mi almohada escuchó al mismo tiempo que yo: tú, cariño, sabes como el cielo.
3) Mi jefe... Todos están nerviosos porque el negocio cambia de manos. Y él quiere que hable -sienta- del curro como si fuera mi madre, mi coño, mi casa. Sentirme parte de él. Pertenecerle. Tampoco puedo. No me sale decir mi empresa, ni limpiar con un paño la pantalla de mi mac. No.

Es, ahora, demasiado temprano. Escucho a Earl Hines, once upon a time. Fatha Hines existía ya antes de que el jazz existiera. El piano se desliza casi silencioso por este amanecer de luz azul. Las seis, joder. No me importa decir que, cuando me pongo una medias, a medida que llego arriba del muslo me siento excitada; me miro en el espejo sólo con las medias y me doy morbo a mí misma. Desnuda y con medias. Sin embargo, cuando miro a Jacqueline a los ojos y sonrío -quizá no debería sonreir al decírselo- diciéndo que la deseo y ella se aparta de mis labios y me dice que voy demasiado rápido me siento mal, tan mal que no se si me equivoco en las palabras, en las señales que identifico, en los tiempos o en las personas. Me siento mal dentro, se me vacía la seguridad, vueltas y vueltas a la cama esa noche. Me quema algo dentro que no es de gusto. No me importa decir -volver a decir- que me cuesta más hablar de mis sentimientos -sigilo de puntillas, caminar de gata- que de mi vida sexual... Ayer noche iba deprisa. Sábanas revueltas. La almohada no escuchó nada.