15 ene 2009

Fanculo i politici e le instituzioni! Vai!

Mi madre cada año, por las fechas de la llegada del invierno, me invita a pasar unos días con ella. Dice que siente nostalgia de mí, que me quiere y que me necesita cerca. Yo, que pienso que lo peor de la familia es no poderla elegir -como a los amigos: por eso se suelen tener tan pocos- sino que viene dada, me resisto.

Pero este año ha doblegado mi natural resistencia el hecho de que mi madre se haya trasladado a vivir a Roma, via Ottaviano: desde la ventana casi podía ver a Ratzinger cada mañana ponerse los armiños en sus apartamentos privados del Vaticano. Impresionante. No Ratzinger, sino la vista tan monumental. Roma es una ciudad impresionante, maravillosa, verdaderamente eterna. Los romanos son orgullosos y despreocupados, altivos y desordenados. Y si eres mujer -hermosa o no-, su desinterés decrece, crece su orgullo, levantan la barbilla -como il duce- y, de bella en adelante, de su boca parte una marea de palabras amables y envolventes que te hacen dudar de tu propia realidad. Gente civilizada y seria, el romano. Gente civilizada y seria, el italiano. Un país particular -como he leido en alguna ocasión, apenas una expresión geográfica-, un país a veces sobrecogedor.

El domingo, de regreso hacia París, miraba de reojo desde la ventanilla del autobus la carretera que lleva de Roma a Fiumicino (que luego continúa hasta Ostia -el lido de Roma, balneario donde los coches rodaban sobre los cineastas-) y, después de 20 días allí, todo me parecía más limpio y ordenado. Los ojos se acostumbran a todo. Italia es un país muy reciente, muy recompuesto y muy descompuesto. En realidad, parece que hubiera -la hay, seguro- una Italia oficial y una Italia irregular. Entonces es cuando leí la frase que titula estas líneas, un graffiti negro pintado en un muro de hormigón de un puente del GRA (Grande Raccordo Anulare, o sea, el Périph de París o las Rondas de Barcelona): Fanculo i politici e le instituzioni! Vai!.

Andaba inmersa en reflexiones semejantes cuando el día 1 de enero por la tarde me cogió mi madre por sorpresa, con el estómago hecho un higo y cara de empanada -sacándome del sopor festivo y del atronador eco de los petardos, entretenimiento romano desde la víspera (de nochebuena) en la ciudad-, y me metió en un cine a ver... Il Divo!! Gran peli que volvería a ver porque no me enteré de gran cosa. En realidad ibamos a ver Il giardino di Limoni, pero la habían quitado de la sala y, casi sin preguntar, cinco minutos antes de que comenzase, salió corriendo y compró las de Il Divo. Está muy, pero que muy bien rodada. En realidad es tan diferente el tratamiento que le da a un tema tan serio que sales y no sabes si el estilo de montaje y rodaje es una bazofia o una exquisitez. Es un ejercicio corrosivo, divertido, caricaturesco, un montaje único enmarcado con una música a veces esquizofrénica, a veces clásica, para transitar los entresijos políticos de la figura más controvertida de la política italiana. Con el paso de los días me he ido inclinando por este último y adjudiqué mi duda al hecho de haber estado un poco fuera de juego con el tema (enrevesado y lioso). Creo que como vi taaaan complicada la trama me dediqué a juzgar la edición, fotografía y dirección en estado de shock! A la salida, mi madre se disculpó ante mi ceño fruncido porque admitió que no es una película para ir a ver sin previo conocimiento de causa, pero conocimiento profundo de la causa, porque no es fácil seguirles la pista a cada uno de los bastardillos que pueblan los fotogramas y habitaban hasta hace dos días la vida política italiana . Al parecer ella había estudiado a fondo durante unos meses todo el periodo Andreotti cuando preparaba su doctorado, allá por los ochenta.

Unas sencillas explicaciones de mi madre -como las que suele recibir el primer ministro español de boca de sus asesores económicos antes de sus comparecencias- me hicieron entender mejor la peli, la realidad Italiana y algunas escenas y frases de la película en boca de Andreotti, un cabrón con pintas en realidad: El mal es necesario para preservar el bien, por ejemplo. No rezo a dios, prefiero hablar con los curas, que ellos votan..." Se acusa a Andreotti -le intento explicar ya de regreso en París esto a Marie y, vista la expresión de su cara, me convenzo de que cree que Giulio Andreotti es el nombre de un sastre milanés y Aldo Moro una conocida marca de pasta italiana- de ser el principal responsable indirecto de la muerte de Aldo Moro, secuestrado por las Brigadas Rojas en 1978. La organización terrorista exigió la liberación de trece de sus camaradas pero Andreotti se negó. Tuvo que luchar contra la disposición a la clemencia de compañeros como Amintore Fanfani, Giovanni Leone o el Papa de turno. Solamente Andreotti se mantuvo en la línea dura de no negociar; es más, hace la única promesa seria de su vida: "si Moro es liberado, dejo de comer helados. Y eso que los helados me gustan mucho”. Finalmente apareció el cadáver de Aldo Moro. Con él moría un rival político, el deseo de apertura a la izquierda con la inclusión de socialistas en el gobierno y una mayor flexibilidad hacia el PCI, segregados desde los pactos siniestros entre el sector reaccionario de la DCI, la mafia, la CIA y la curia romana tras la II Guerra. Italia: un país aún sobrecogido por la corrupción. Un país en el que no se necesitan tanto matones como abogados, como dice Al Pacino en el Padrino (III). Abogados y corrupcion: la Iglesia, la politica, la banca, la policia dan mucho mejor resultado. Los negocios legales, las multinacionales; el orden y la ley, ya son mejor que los antiguos negocios burdos y las matanzas. Como empieza diciendo la cinta citando a la madre de Andreotti: Si no puedes decir nada bueno, no digas nada.

Mientras, recorría Roma: Via del Corso, Caffe Sant Eustachio -cerca del Panteón: deslumbrate, hermoso-, Heladeria Giolitti -al lado del Parlamento, muy cerquita de Piazza Colonna-, el Antico Caffe Greco -Via Condotti, ya a la vista Piazza di Spagna-, la librería Feltrinelli de Via Babuino -a un paso de la inmensa Piazza del Popolo-, la pequeña pizzería del Vicolo Savelli -casi esquina al Corso Vittorio Emanuele II-, el mercado de Campo de' Fiori, Piazza Navona, el simpático restaurante (Gusto!) frente al Ara Pacis. El Tiber, en una orilla el Trastevere; al lado de acá, el Gueto y sus restaurantes: como alcachofas fritas en Via del Portico de' Ottavia. Me siento al margen del tiempo mientras veo ponerse el sol tras la cúpula de San Pedro desde la Piazza del Quirinale. Al margen del tiempo de los hombres.

Mi madre me recomienda ver otra peli: La piazza de le cinque lune. Buscaré.

19 dic 2008

La Santé

Marie va y viene, entra y sale de la buhardilla como una gata por su gatera -'cuando mis dedos acarician complacidos/tu cabeza y tu lomo elástico,/y mi mano se embriaga con el placer/de palpar tu cuerpo eléctrico'-. Es libre. Se mueve dócilmente pero con desenvoltura: trasnocha y luego viene a dormir, atraída como por un imán -'un aire sutil, un peligroso perfume,/ flotan alrededor de su cuerpo moreno'-. O no. Unas veces llego del trabajo y ella está allí: dos platos sobre la mesa y guiso y velas -¿No será un hada, Dios?-. Otras, llama y disculpa su ausencia: otra gata se habrá cruzado en su camino -'su grupa fecunda está llena de chispas mágicas,/y fragmentos de oro'. Y Marie: con su chupa roja y sus botas, su moto y su libertad -los ojos le lloran del frío: compra un casco con visera y gafas, Marie, que aunque sepa que son del frío esas lágrimas me producen tristeza-, su amor propio y su inmensa ternura, es maestra, y tiene su propio apartamento en Montparnasse (Raspail con Montparnasse: rue Vavin). Cerca del centro donde imparte sus clases: trabaja en La Santè, una carcel. Ella adormece los más crueles males y contiene todos los éxtasis.

Hace una semana Marie me pidió que la acompañara una mañana a su trabajo. Que impartiera un taller de foto y video a sus alumnos de bac. Visitar las aulas de una prisión para explicar cómo capturar imágenes...

Entrar en la cárcel es entrar en otro mundo. O mejor: entrar en la cárcel es abandonar el mundo por la puerta de atrás. El mundo en el que todos nos desenvolvemos ignorando lo que es obvio: el marco de referencia de nuestras libertades, de nuestros derechos fundamentales y garantías individuales, de la protección a nuestra persona. Traspasar la puerta de la prisión -cuyo cielo vuelan los pájaros parece que sin importarles-, aun solo de visita, pone los pelos de punta. Un muro de hormigón y piedra de 4 ó 5 metros coronado por alambres de espino. Es curioso: el mismo muro que encerró a Apollinaire, Victor Serge, Leon Daudet, Chacal, Maurice Papon, al hijo de Miterrand y que no deja salir a algún etarra aún. Después, una tierra de nadie atravesada de alambradas: aún no se ve ningún preso. De entrada, un control donde, sin cachearte, te hacen sentir incómoda. Eres, más que un visitante, un invitado. Y debes dejar todas tus pertenencias bajo llave: estás en una carcel, pueden robarte. Comienzas a ver a los presos. Lo peor: cada vano que atraviesas, cada espacio que transitas, cada puerta cuyo umbral cruzas, se cierra tras de tí con un aparatoso sonido metálico. La primera vez te sobresalta y vuelves la mirada. La segunda vez ya sabes qué es. Después solo te invade la tristeza.

Dentro del aula me espera toda una geografía étnica, la torre de babel y las siete tribus de israel: un ensemble de razas, acentos, colores, olores, tamaños y fisonomías que no podía imaginar: magrebíes, orientales, negros, negros negros, latinoamericanos, europeos... Son alumnos. Y a la vez son víctimas y verdugos. En algo fueron vulnerados y algo vulneraron de ese sistema codificado de garantías y derechos. Escrutas su rostro y tratas de fijar tu mirada en sus ojos. Averiguar por qué está allí cada uno de ellos: el profesor no sabe -nadie se lo dice, es el reglamento, es la ley- la razón por la que cada uno de los alumnos ha perdido su libertad: tal vez un robo, tal vez una agresión, tal vez una violación, tal vez una muerte. No puedo. Aparto los ojos. Ellos ahora son alumnos. Y son correctos conmigo. Atienden en silencio. Parecen entusiasmados. El taller es práctico, y siempre guardan una distancia respetuosa que no les he pedido. Pero que ellos respetan: la carcel es coercitiva, amenaza con castigar, castiga la contravención de lo establecido. Estímulo-respuesta (el Estado es el único titular de la violencia legítima y, en un Estado de Derecho, esa violencia está reglada con normas que contienen prohibición). Marie me cuenta que para ellos acudir a clase es la vida, de lo contrario permanecerían en sus celdas o en el patio, si el tiempo lo permite. Luchan cada día por conseguir salir de sus celdas. Los sábados, domingos, festivos y vacaciones -se acercan los días de Navidad- son para ellos días nefastos: no hay clase.

Unos minutos después de terminar tomo un café con Marie y otro compañero suyo, Pierre, en la cantina de la prisión. Me dicen que los alumnos no han querido continuar con las clases, que estaban trastornados; inmediatamente pensé en mí como causa, pero me explican que no, que es porque yo olía a libertad y a calle, no a talego. Mi olor, no mi perfume: me rodeaba el aire arrastrado desde la calle, que para ellos es peor que oler a channel en aquella letrina. La carcel no huele mal, pero sí a cerrado, a un aire estancado de siglos. Es el mismo aire que respiraron Apollinaire, Serge, Chacal o Daudet.

Cuando salgo de La Santé y enfilo caminando lentamente el Boul Arago bordeando el muro, pienso en lo poco que valoramos la libertad. Enfrente hay una escuela. El ruido que proviene del patio, tras su tapia, es bien diferente: risas, gritos, alegría... Después, un monumento -parece un pedestal vacío- a F. Aragó (1786-1853). No se quién es, pero su ausencia me hace pensar, cuando me detengo a comprar cigarrillos y Le Monde, que ellos no pueden salir siquiera cinco minutos de la prisión a por algo tan sencillo como cigarrillos y el diario. Marie nunca me ha hablado de todo esto. Su concienca es densa como el mercurio.

15 dic 2008

A working class hero is something to be

Il était une fois... así es como comenzaban los cuentos cuando yo era niña, cuando había cuentos y niños dispuestos a escucharlos. Estos días ordenaba libros por la buhardilla y, recóndito, pero lleno de anotaciones y puntas de página dobladas -lo reconozco: no soy respetuosa con los libros, nunca llevo un lápiz encima con el que anotar, y si lo llevo es peor- reencontré un ejemplar (mi ejemplar: un regalo de mi padre, con un prefacio de Hobsbawm y autografiado por el historiador) del cuento que más me gustaba leer durante mi adolescencia -soy así de rara-: el Manifiesto Comunista. Aquel cuentecillo, que hoy debería comenzar también con un il était une fois para continuar con su arranque original explicando q'un spectre hante l'Europe : le spectre du communisme -en lugar de que la très belle princesse...- parece definitivamente caido en el olvido. Echando cuentas, este año -y no recuerdo que nadie lo recordara- se cumplieron 160 años de su publicación.

Claro, ¿quién lee hoy día nada? Decía Bryce Echenique que los libros usados siempre están subrayados sólo hasta la página 10. ¿Quién lee hoy el Manifiesto Comunista? ¿Quién con ojos nuevos? Hace apenas 160 años sastres o ebanistas, artesanos, pueblo al fin, aún bajo la influencia de 1789 pensaban en el fin de una sociedad ya vieja que acababa de nacer y en construir un futuro. Simplemente: futuro. Sociedades de hombres -Proscritos, Justos, Comunistas, tanto da su nombre- exponían sus ideas en apenas dos docenas de páginas -parece que con pereza, por qué no decirlo: Marx escribía, dicen, bajo la firme presión de la fecha, como casi todos- y sus ideas se extendían como un incendio forestal por toda Europa. Cada palabra plasmada en el papel estaba ya escrita de antemano en el imaginario del pueblo como un deseo vehemente. En 1848 el continente ardía. Hoy está calcinado: el mundo transformado por el capitalismo que se describía en 1848 -sombrío, lacónico- se reconoce en el mundo que vivimos 160 años después.

Hoy el Manifiesto Comunista sólo hubieran aparecido a través de la web, en páginas líquidas, biodegradables, sin trascendencia. A lo mejor hasta con faltas de ortografía. Sin la fuerza casi bíblica de su convicción apasionada. Con la previsión, escrita en sus páginas, del fracaso. Las últimas palabras de su texto: "las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar" me parecen las más hermosas, pero hoy suenan como los monstruos del sueño de la razón, como reflejadas en los espejos de Valle Inclán. Hobsbawm dice que el Manifiesto tiene todavía mucho que decir al mundo en el siglo XXI. La sabiduría de la gente mayor, se ve. Porque yo miro a mi alrededor y sólo veo ojos oscuros. Ya lo dijo aquel otro también: "...you can't refuse / When you got nothing, you got nothing to lose / You're invisible now..." Sin embargo, hoy todos tienen demasiado que perder...

Dejo el Manifiesto en su sitio de la estantería. Me dejo caer en el sofá. Enciendo un cigarrillo. Imagino Champs-Élysées atestado de gente, riadas de hombres y mujeres de toda condición y bolsas cargadas de regalos y miedo. La Navidad es una puta mierda. Me quedo dormida y entre las primeras sombras del sueño una silueta difusa y esquiva sonríe y se frota las manos. No es el fantasma del comunismo, no...

29 nov 2008

Amor líquido

No se si sabré explicarlo: la leo y me conmueve. Porque me parece inteligente y melancólica al mismo tiempo. Hermosa y triste. Ella también me lee y pide que le diga quién soy. No se de ella, como ella no sabe de mí. Y, entre tanto, enredándome en su soledad, escribo en el portátil: "¿tienes nostalgia del futuro?", las letras van apareciendo en la pantalla al ritmo de mi torpe 'taper', poco a poco, dedo a dedo, negro sobre blanco, y se demora a mi pregunta: "sobre todo de saber quién eres..." Y respondo rápido: "Eso no es nostalgia, sino curiosidad... (curiosidad con los mismos puntos de suspense de 'eres...'). No me robes el misterio. Déjame seguir mirándome en tu espejo. (Timidez muy obvia)".

Me estoy enamorando de ella, desconociéndola, porque habla de sueños y cosas imposibles, de comienzos, perdones y felicidad, pero también de oscuridad, otoños, silencio, abrazos que nunca llegaron, lágrimas y sonrisas derribadas sin remedio. De ojos verdes que nunca se atrevieron a decirse, que nunca nadie reconoció, de llorar y no llorar, del paso del tiempo y de la lluvia, del amor, de las sombras, del odio, tal vez del desamor. De la soledad. De echar de menos, dormir poco, hablar poco, ¿reir?

La fragilidad de los vínculos humanos, el sentimiento de inseguridad que esa fragilidad inspira y los deseos conflictivos que ese sentimiento despierta, provocando el impulso de estrechar lazos, pero manteniéndolos al mismo tiempo flojos para poder desanudarlos. Relaciones humanas, mujeres y hombres desesperados al sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, ávidos de la seguridad de la unión y de una mano con la que contar en los malos momentos: desesperados por relacionarse. Y, a la vez, desconfiando todo el tiempo de estar relacionados. Oscilación entre el sueño y la pesadilla. Relaciones que encarnan la ambivalencia, que ocupan nuestro centro de atención, el centro de atención de quienes somos, como Zygmunt nos llama, individuos líquidos modernos, de aquellos ya desvinculados de los vínculos inquebrantables.

Es amor líquido, amor que no existe porque ella -alteridad- no es nada más que palabras inteligentes y sensibles asociadas a un rostro bello con unos ojos muy transparentes, verdes y limpios. Deseo. Un perfil lleno de mis propias reminiscencias, en las cuáles me reconozco, lleno de lo más íntimo de mi distancia interior hasta los sueños, y su locura. ¿Qué significa lejos? Significa frágil, como ese amor si existiera. Fragilidad -hoy- de los vínculos humanos. Apenas conexión. Miedo a lo duradero. Virtualidad a la medida del entorno de esta vida líquida en que las posibilidades románticas fluctúan a velocidad de vértigo con la promesa de que la siguiente será más gratificante y satisfactoria que la anterior. Uno siempre puede oprimir la tecla delete, dice Bauman. ¿Por qué a veces no lo hacemos?

Estoy segura, es así: en Internet nada es lo que parece. ¿Seré yo la que soy? Mientras nos escribimos, ella y yo, y después escribo esto, Marie está sentada -ajena a todo- en la alfombra leyendo un ejemplar del Amor líquido, de Zygmunt Bauman, que acabo de leer, y que le he recomendado muy interesadamente.

Me conmueve, me estoy enamorando de ella, y ni por un momento me ha pasado por la cabeza la palabra 'follar'. Debo estar cansada. Me voy a la cama...

(Amor líquido, como el dinero liquido que fluye sin parar estos días por los desagües neoliberales hacia los sótanos del poder que escapa en desbandada: Islas Caiman, Suiza… No sucede nada: el dinero no desaparece, ni se destruye, ni cambia de manos: sólo pasa de una a la otra, como las bolas de los malabaristas, hasta que desaparece delante de nuestros ojos sin dejar rastro. Ese dinero era nuestro…)

3 nov 2008

Quiero que gane el negro

Unas cosas llevan a otras, sin remedio. Igual que un borgoña joven pide, por ejemplo, un Camembert de Normandie; o un broker de Wall Street tiende a los ansiolíticos e incita a la desconfianza, algunas reflexiones acercan a otros pensamientos.

Nunca acudo a estos lugares -me producen urticaria-, pero ayer tarde hacía cola en la caja de un hipermercado cerca de casa con un carro lleno de productos. Me acompañaba Marie. Y el salario recién ingresado al otro lado de la banda magnética de mi tarjeta. Le explicaba cómo me horrorizan estos lugares tan perfectamente diseñados e iluminados -luz blanca de quirófano- para dirigir cómodamente los pasos de las masas por pasillos de marcas y logos, vistos y memorizados mil veces, convertidos en objetos de deseo que harán que esa noche y con la despensa saturada -en cualquier momento, se ve, puede estallar una guerra, en cualquier momento se hunde definitivamente Wall Street ahora que son los propios capitalistas los demuelen el sistema, cerrando definitivamente la esperanza de que pudiera hacerlo el comunismo, si es que quedó alguien en aquel hermoso barco a la deriva- la conciencia descanse tranquila mientras se ve la TV. Miro a mi alrededor y, asustada, le pido que Marie que me diga: ¿soy yo igual que esta gente que hace cola delante y detrás de nosotras? Me niego, no puedo, me resisto a ser como ellos. Por más que intento imaginarme con 20 años más, con un marido más, con 2 ó 3 hijos más e, incluso, con un perrillo más, no puedo verme: cada sábado, cada fin de semana, cada número rojo del calendario esperando a llegar a una caja para destrozar la tarjeta.

Con la despensa llena, me refugio en la buhardilla con Marie. Ella, perpleja, no entiende mi agitación. Esta noche la Casa Blanca podrá dejar de llamarse así no tanto por el color de sus paredes como por el de sus moradores. Tal vez sea verdad -leido lo leido- que resultaba más fácil pensar hoy en un presidente negro en los EEUU que en uno de origen indio en Inglaterra o magrebí en Francia. Quién iba a decirlo, tan cerca todavía el Movimiento por los Derechos Civiles, tan cerca todavía Jim Crowe, Emmett Till, Luther King, Rose Parks, Alabama, Little Rock... De modo que la buhardilla como refugio ante la incertidumbre, la buhardilla tornada en mukata. Es pequeña, calculo unos 50 metros cuadrados bastante cuadrados, porque midiendo de extremo a extremo cada lado tiene unos 7 metros, incluyendo el espacio del baño y la cocina. En 50 metros se puede crear todo un mundo cálido de sensaciones, vivencias, literatura -los libros distribuyen los espacios y sus palabras calientan el aire a respirar-, comodidades y perspectivas vitales: esperanza. El tamaño adecuado para, desde la cama y con la cabeza a los piés, poder ver en esa gran pantalla de 19 pulgadas lo que sucede al otro lado del Atlántico durante toda una noche. En una cadena francesa repiten el vídeo que hace del predicador Obama un cantante más junto a un grupo de cantantes que se tornan en predicadores, farandulilla en b/n: Scarlett, Amber Valetta o Will.I.am, líder de los Black Eyed Peas, todo dirigido por Jesse Dylan -hijo de Bob Dylan, otro nexo con la lucha de los '60- en esa letanía de Yes, we can, yes we can... con guiños a la izquierda -algo inédito, impensable en EEUU- y, sobre todo, con un hermoso cuento de la historia de los EEUU tan diferente a como la conocemos y sabemos que es: como una historia de cambio, esperanza, prosperidad y oportunidad para reparar el mundo roto por ellos mismos. Yes we can es I have a dream, Obama es la intersección de Kennedy y Luther King, si exagero, incluso, de Luther King y ZP. Ya lo dijo, poeta León Felipe, una vez: 'algún día la política será una canción'. Y éste canta, habla del destino de una Nación, de un susurro de esclavos y abolicionistas, del camino de la libertad, de una canción cantada por emigrantes y pioneros camino del Oeste, de trabajadores y mujeres luchando por sus derechos, de una tierra prometida, repudio del oro y las armas: justicia e igualdad, cambio y esperanzas de reparar. Y nos gusta oirle. Y nos gusta oirlo. Barras y estrellas cierran la escena como telón de fondo.

A pesar de todo, igual que Chávez, quiero que gane el negro.