En las noches sin sueño... ¿qué estrellas miras?, me dice Camille. Ayer, madrugada de desvelo. Acostada boca arriba, repaso con la mente hasta quedar dormida -como quien cuenta ovejitas- aquello que, visto, leido, oido, visitado, me ha producido inquietud, perturbado, me atormenta o me atrae a partes iguales. Nubes con la densidad del mercurio barren el cielo de París reflejando en su panza las luces de la ciudad –qué derroche, que hermosa la luz de la cité lumière- y se deslizan crujiendo sobre el Sena camino del sur. Frío y humedad densa detrás de los cristales.
Estaba hace unos días en un rincón del vespertino, casi imperceptible, y lo leí aunque no quería hacerlo. Y me ha dado vueltas en la cabeza varios días. Qué curioso: "el redactor de los discursos de Barak Obama y artífice del de su investidura, Jon Favreau (27 años), quien forma parte del equipo ganador desde 2005 y que logró distinguir a su candidato por encima de John McCain por su oratoria, ha explicado que se inspiró entre los aromas de un caffé latte XXL en un Starbucks". Un café con leche en un vaso infantil de cartón con tapa de plástico y agujerito en un local franquiciado inspira al redactor jefe de los sueños de Obama. A nosotros, ¿qué o quién nos inspira?, ¿dónde nos inspiramos?
Me inspira Camille, sentada frente a mí en la mesa de Le Bonaparte -esquina de Guillaume Apollinaire con rue Bonaparte-. Tras jugar un rato con mis cigarrillos, Camille saca uno de la cajetilla y en lugar de encenderlo lo vuelve a introducir, pero del revés. Te lo debes fumar el último y se cumplirá el deseo que pienses ahora... Qué estúpido juego infantil, pienso. Continúa, añade: ...las dos sabremos a la vez que tu deseo se ha cumplido. ¿Por qué no comenzar ahora, Camille, si lo deseamos las dos, en lugar de esperar a fumarnos 18 cigarrillos?, me oigo decir, de repente, en alto. También me oigo, pero ahora es sólo un pensamiento: ¿juego infantil? Caramba con el juego infantil... Me inspiran sus botas de cuero negro hasta las rodillas sobre sus medias negras de canalé tupido, su falda vaquera rota, camisa blanca y corbata negra desanudada, su chaqueta marinera, su bufanda y sus ojos grises como el viento denso y helado de estos días.
Me inspiran los cafés, pero otros cafés: Europa gira en torno a un mapa de cafés. Café lugar de cita y conspiración. Abierto a todos y masonería de reconocimiento intelectual, político y literario, desde el café lisboeta -A Brasileira- de Pessoa hasta aquellos de la Odesa de Bábel. Desde los mostradores de mármol blanco del Antico Caffé Spiannato de Palermo a los cafés por los que pasó Kierkegard en Copenhague. Cafés venecianos en Salzburgo -Tomaselli- donde se sentaron sucesivamente a la misma mesa Mozart o Von Karajan, cafés mozartianos de San Marco -Florian-, cafés flotantes en el Zattere veneciano, cafés inundados, cafés desiertos, cafés y humo, café y letras. Café sinónimo del club del espíritu o P.O. Box del homeless, cafés de la Viena Imperial, escuelas del psicoanálisis y la filosofía, elocuencia y rivalidad: las mesas de Freud, Kraus, Musil sabemos en qué café buscarlas. Danton y Robespierre se vieron por última vez en el Procope -aquí, en París-, las Luces de Europa se apagaron en 1914 (Las lámparas se apagan por toda Europa; no volveremos a verlas brillar en el curso de nuestra vida... dijo Edward Grey al apagarse las luces del Whitehall la tarde en que el Reino Unido y Alemania fueron a la guerra) en un café. El Gran Caffe' Storico Letterario Giubbe Rosse en la piazza della Republica de Florencia de la revolución futurista. Lenin escribió y jugó al ajedrez con Trostski en un café de Ginebra. Café albergue del liberalismo aún clandestino en el Milán de Stendahl, en el París de Baudelaire. Closerie des Lilas y Bretón, Cocteau; Rotonde y Tzara, Aragón y otra vez Lenin. Sillas y café para Pound, Rilke, Beckett o Hemingway. El santuario del París existencialista de Sartre, Beauvais y Camus fue el café de Flore. Deux Magots, Florian, Central, de la Paix... Siguiendo sus huellas por el Boul des Capucines, St. Germain-des-Prés, Champs Elysées, Walter Benjamin -peregrino de cafés- dijo: habrá mitología mientras queden mendigos. Mientras haya cafés, habrá ideas.
Me inspira otro café, no el caffé latte del Starbucks: un ristretto en una taza de porcelana o un te ruso con whisky en un pequeño vaso de fino cristal, una copa de licor, agua y tabaco son el local para abrigarse del frío y armar las ideas, soñar, trabajar, jugar al ajedrez o, simplemente, mantenerse caliente todo el día. Me inspiran seguramente otras ideas -no las ideas endebles de los políticos infantiles... ¿Dónde las revoluciones?-, me inspiran las luces de Europa aún encendidas y las ciudades cuyos cafés históricos no cierran sus puertas a cambio de franquicias de capitalismo desbocado.
También creo en lo que decía Cortazar: cuando te regalan un reloj, te regalan 'el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa...' Me sucede con las personas. Sucesivamente: miedo a perderlas, a que se rompan, a que marchen tan libremente como llegaron... Camille ronda delante de mí con su aire de joven profesora, sus cigarrillos y sus deseos. Sobre la cómoda se van acumulando recuerdos: el casco de la moto de Ella, las gafas de sol (ya cubiertas de polvo -de aquellos polvos estos lodos-) de Mona, ahora el llavero de Betty Boop de Marie... Y mamá preocupada estas vacaciones porque cree que como poco.
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29 ene 2009
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