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15 ene 2010

Para que las cosas salgan bien tienes que querer hacerlas, y yo no quiero

Son las cuatro de la mañana, finales de Diciembre / Te escribo con la única intención de saber si estás mejor / Nueva York es frío, pero me gusta donde estoy viviendo / La música suena en la calle Clinton durante toda la tarde...

Desde mi regreso, no logro conciliar la rima de mi prosa con mis sentimientos. Cuanto menos me cuesta ponerlos sobre el papel, más difícil me resulta expresarlos en la vida cotidiana. ¿Sabes esos día de bajón miserable? No, no un día gris, triste y nada más. Un dia de los que te sientes hundida en la miseria: tienes miedo y no sabes de qué tienes miedo. ¿Has tenido esa sensación? Cuando me siento así, lo único que me ayuda es coger un taxi e ir a Tiffany. Me tranquiliza de inmediato: el sosiego y la seguridad que hay: en un sitio así no podría ocurrirte nada malo (...) Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato... (Ay, Holy Golightly, pequeña y frágil Lulamae, cómo te he llegado a querer en ese recorrido mítico entre la 5ª, el Plaza, la tienda de los diamantes, el territorio prohibido del zoo, Central Park, Lexington av. y la esquina del bar de Joe Bell). Y es que llevo varios de estos gélidos días -después de la tempestad de NY, después de la templada nostalgia romana, ahora en la confortable soledad de mi departamento de París- dando vueltas a la geografía de las cosas cotidianas, a lo que pasa inadvertido a nuestros ojos y está ahí delante: el sonido común al otro lado de la pared, la gente que sale de la boca de metro vista desde la ventana (parecen siempre los mismos), los vecinos, nuestra calle, el estanco, una pareja deshaciéndose, la botella de vino, un olor (el olor del papel y la tinta del diario, por ejemplo), otro olor (de comida en el portal de casa), la textura de nuestro cuerpo cada día, besos sin amor, el camino diario repetido del trabajo, la cartografía variable de los lunares de su vientre, beso de despedida, tarde de domingo, el techo desde la cama, visto, desvisto, desvelo, despierto, sueño (con otro viaje), la enésima queja, el lamento por la distancia, un objeto reconocido en la oscuridad, la voz conocida al otro lado del teléfono, la sedimentación natural de las vidas, de su tedio. Huimos de la vida cotidiana. Del desgarro de la vida cotidiana. Del nada y del nadie que inunda día a día la vida hasta completar otro año. Entonces... el tiempo.

Comencé a pensar en ello el día de mi regreso cuando, subiendo las escaleras de casa cargada de equipaje, vi las llaves puestas en la puerta de Silvie: llamé para decírselo, finalmente -sin respuesta- abrí y la ví al fondo del apartamento -como si fuera parte de un anuncio de Oliviero Toscani- follando como una posesa en el sofá sobre un tío negro, muy negro. Ella, la piel tan blanca como la leche. Con un gesto de la mano me hizo saber que no era el momento y yo, tras un momento de perplejidad, no pensé tanto en la estampa como en el contraste de sus pieles. ¿Es que no había visto nunca follar a alguien? Es útil encontrarse de vez en cuando en el departamento de los sorprendidos.

También pensaba el otro día en el motivo y carácter que define los días festivos que jalonan nuestros calendarios alegrándonos la vida (o no). Con desilusión, debo decirlo. Porque que en un país laico como Francia se mezclen en su calendario días como el Día del trabajo, la celebración del fin de la II Guerra Mundial, la Fiesta Nacional del 14 de julio o el Armisticio de 1918 con otros como el lunes Santo, la Ascensión, Pentecostés, la Asunción o Todos los Santos, me deja trastornada de cotidiana religiosidad. En España es más patético: Epifanía (los reyes magos), San José, Jueves y Viernes santo, lunes de Pascua, el Pilar (fiesta nacional), Todos los Santos, Inmaculada Concepción, Navidad, Corpus, todo trufado de las fiestas de los santos locales... excepto las celebraciones civiles de los días de la Constitución y el 1º de mayo. La costumbre y lo oscuro son lo cotidiano. Y, sin embargo, donde más coherencia he encontrado es entre los estadounidenses: Año nuevo, aniversario de Martin Luther King, aniversario de Washington, Día de los Presidentes, Memorial Day, día de la Independencia, día del Trabajo, día de Cristobal Colón, día de los Veteranos, Acción de Gracias y Navidad. Lástima que les fallen tanto sus gobernantes. En realidad no: les falla el capitalismo.

Terminé pensando -quién sabe la razón: ¿qué fijará dentro de nuestras cabezas el foco en una idea determinada?- en la distancia que separa el ombligo y el sexo de las mujeres: lisa y larga como un pensamineto al amanecer, plana, a veces desembocando en un coño de pálida y pulida desnudez (jodido eso, aunque queramos creer que cotidiano, jodido), a veces pura jungla. En mirar la espalda desnuda de la otra persona pensando óomo es la nuestra. Pensándola nuestra. En el sonido hueco de una bofetada. La bofetada que una mujer recibe de otra.

Se que, otra vez, voy a ver amanecer mirando por la ventana. Aunque ya no siento frustración. Lo he logrado del mismo modo que cuando uno encuentra lo que ha perdido: dejando de buscar, dejando de escapar... Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerta