Me mudo, dejo la buhardilla. Somos animales de costumbres y terminamos por encariñarnos de las cosas y de los lugares. No me gusta. Por eso he llegado a amar mi buhardilla como se quiere a una gata o un buen libro; y a odiarla como se detesta a un novio/a. He visto desde su ventana -si exceptuamos la del baño: un tragaluz, la ventana de la buhardilla es esa, sola y única mirada sobre los tejados hasta el arco de l'Etoile y de reojo a la izquierda la Tour- caer del cielo nieve, lluvia y lágrimas, he pasado calor en verano y frío en invierno mientras miraba la pequeña boca de la chimenea donde se acumulan revistas y diarios ya leidos, me he emborrachado, he gritado como loca mi soledad, he follado acompañada o sola, he leido más de 70 libros (los 70 nuevos que hay en los estantes: los mejores muebles de una casa son los libros), he llorado viendo cine en una pantalla de 14 pulgadas como si fuera cinemascope, he tratado de cambiar bombillas de una lámpara a la que es difícil llegar siquiera con una silla sobre la cama (para haberse matado), me he drogado y he recuperado la lucidez, me he sentido desamparada y a veces me han acompañado hasta quince personas para animarme (40 metros cuadrados). He olvidado las llaves dentro y fuera, se ha atascado la bañera -con a saber qué era aquello que salió del desagüe- y he tenido goteras, he recibido buenas y malas noticias, he colgado cuadros y se han caido, he caminado desnuda y he dormido vestida.
Si un hogar es donde la familia se junta para encender el fuego para calentarse y alimentarse, entonces mal. La buhardilla no me sirve o el lenguaje nos miente. O nos cuenta verdades que son mentiras por descubrir aún: allí no había amadas esposas, ni maridos protectores, ni queridos hijos, perrillos o venerables mayores... La familia es sólo una forma asociativa -en proceso de descomposición- dentro del progreso económico de la sociedad. Ahora bien, sí si el hogar es símplemente donde una persona vive, donde siente seguridad y calma. En esto último -esa sensación de seguridad y calma- es donde debe residir la diferencia entre un hogar y una casa: sólo el lugar físico habitado. Ella, Patrick, Mona, G., Marie, Camille... son parte de mi seguridad y de mi calma. Sin duda. Y mi hogar, en realidad, un espacio público (como lo son sucesivamente: universo, planeta, país, ciudad, aldea, plaza, palabra).
Tengo varios recuerdos nítidos de mis primeros días en París: el cielo permanentemente gris -venía de Barcelona y antes de Monterrey-; el gran portón azul del 38 de la Rue Beaujon y la obsesión por memorizar correctamente la clave numérica de la entrada (¿y si no puedo entrar? Soy un poco neurótica-compulsiva); a quien hoy es mi jefe haciendo lo imposible aquellos primeros días por invitarme a cenar y, después de cenar, por acompañarme hasta casa para, entiendo, follarme (lo suyo sigue sin ser la cortesía); la mirada perpleja sobre mis baules -maletas- al tomar conciencia de los seis pisos de escalones desde el portón azul hasta la puerta de mi guarida; y la correspondida antipatía de Mme. Martin, la portera de la finca -sin duda una vieja emigrante española- incapaz de recibir un amable 'buen día' sin gruñir un 'bonjour' como respuesta con, incluida, mirada de desprecio...
Un espacio para Conrad, mi vecino australiano y su mujer japonesa, Makiko: tan bella, bajar de noche a comprar tabaco al Flamme, el café de mañana en L'Etoile 1903 y a Monique detrás de su barra, comer el repugnante menú de 9 € de Le Monte Carlo, el socorrido McDonalds de la esquina de Wagram y su revoloteo de oficinistas estresados a mediodía, el delicioso couscous del tunisienne La maison du Couscous y a Malika en su sala de máquinas, las pizzas de César y las botellas de Borgoña en la bolsa del Nicolas que subía siempre Ella, el Pan en Pomme du pain y la eficiencia de mme. Dupré en la farmacia. Ahmed, el basurilla. M. Rapenneau asociado a cada ejemplar de Le Monde. No echaré de menos a nadie.
Mi madre siempre dice que su pérdida será mi ganancia. Nunca he entendido bien qué quiere decir con ello. En realidad sí: ella encontró esta buhardilla y pagó los seis primeros meses por adelantado. Después de los seis meses he sabido lo de la pérdida y todo eso. En realidad una nunca debe estar donde no le corresponde, ni debemos confundir el paraiso con aquella casa del otro lado del camino.
Me mudo, decía. Cambiar de domicilio es zozobrar, volver a domesticar estancias, a pensar lugares y rincones donde realojar las cosas y el alma, buscar el norte para orientar el cabecero, imaginar lo ya sucedido entre aquellas paredes, regatear el aire estancado y descubrir quienes serán tus nuevos compañeros de vida. Empezar a imaginar otra vez qué hay tras los muros y las ventanas -en mi cuerpo habita el alma de toda una gran voyeur-, acostumbrarte a los crujidos de la madera y las vigas, al ruido que hará ahora la lluvia en el alfeizar, saber dónde estás cuando despiertas sobresaltada en la madrugada. Llevo conmigo la cómoda de la entrada, el casco y la Vespa, los libros y el portátil. Mi ropa. Apenas más. Rue Saint-Denis esquina a Place Joachim du Bellay. Menos caro, más espacio y a la vuelta de la esquina de FNAC. ¿Salgo ganando o perdiendo?
(Mudanza, al fin y al cabo, en tiempos de crisis. Lamentablemente, no siempre es posible elegir; ya se sabe, la vida te exige que tomes decisiones cuando a ella le da la gana, y no cuando a ti te viene mejor).
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19 may 2009
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