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1 mar 2010

"Un hombre debe tener por lo menos dos vicios, uno solo es demasiado." (B. Brecht)

He dejado de trabajar con publicitarios -los grandes talentos del mundo contemporáneo- para comenzar a hacerlo con periodistas: el mundo contemporáneo; una de esas categorías tan satisfecha de sí misma en cuya ausencia -dicen ellos- el mundo no giraría, o lo haría mal. Mandriles alborotadores que solo preguntan aquello de lo que ya conocen respuesta.

Pero lo importante es que vuelvo a tener nómina. Y, dados los tiempos que corren, vuelvo a ser alguien (vuelvo a ser ciudadana del sistema-mundo, no tropa-desactivada).

Tener nómina da acceso a muchas cosas. Y no hablo de la inmediatez del dinero -poco- cada mes en la cuenta bancaria. En realidad te da acceso a un sin fin de servicios virtuales a través de internet, online, sms, móvil, home banking, dinero plástico... que te hacen sentir mejor -lo cierto es que los tiene todo el mundo- y más cerca de tu dinero y tu banco -que no lo olvide: mi banco es mi amigo-. Pero es más: a lo que te da acceso es, sobre todo, a la virtualidad de una vida ficticia que puedes construir a partir de la disponibilidad de una serie de objetos innecesarios y normalmente inalcanzables que, con el acceso a unas cantidades de dinero de las que no dispondrías de otro modo, ahora puedes adquirir. Durante mucho tiempo a eso se le llamó usura. Ahora no.

Claro, también es verdad que ahora no consumimos lo que necesitamos; sólo consumimos lo que deseamos.

En fin. Voy a lo tangible y real. Como nunca había tenido una tarjeta de las que permiten comprar sin tener dinero -en realidad sin tener un determinado nivel de dinero; o sea: de crédito-, desde que el otro día fui a mi banco con mi contrato -me llamaron Sra. (o sea, Mme.)- hasta hoy he ido comprando compulsivamente una serie de objetos o experiencias -dicen ahora; siquiera servicios- que fui clasificando como necesarias o innecesarias en una lista previa. Es verdad que muchos de los objetos han cambiado a lo largo de los días de categoría. En cualquier caso, todos simple anhelo vehemente.

De modo tal -invadida por un deseo nada sensual, sino de calenturienta liquidez- me lancé a comprar para olvidar; compro y olvido inmediatamente después. Satisfacción insatisfecha:

Innecesarias: Gafas de sol (molan, ¿no?). Sombrero vietnamita. Pasaje a Roma para Semana Santa (mamá). Un iPhone. También un iPod (devolví el que tenía prestado: vivir como en una película, con banda sonora, es hermoso). Varias pelis: Buscando un beso a medianoche, Desgracia, Alrededor de la medianoche, In to the wild, I'm not there, El Padrino (I, II y III), La piel. Un lector de DVDs (la tele la cambio en la próxima nómina). Otro casco (la Vespa arrancó). Un sillón Voltaire (para leer). Una lámpara de pié. Otra de techo. Una vajilla de porcelana china. La obra en prosa de Borges, completa, en castellano. Rotus de colores (10 rojos, 10 negros). 3 libretas Moleskine (Sketchbook) para dibujar. Chaqueta de terciopelo. Botas de lluvia. Un vibrador. Una cámara digital D300. He subido a lo alto de Tour Eiffel. He apalabrado un Mac de esos tan bonitos (second hand).

Necesarias: Ropa interior. Un Bauman: l'ethique a-t-elle une chance dans une monde de consommateurs?

Creo que sólo la sociedad de la abundancia es capaz de desterrar para siempre los conflictos sociales revolucionarios: el consumo es alienación y da significado a la vida en sí misma. Consumo de objetos de valor simbólico e individuos desarraigados de la necesidad. Necesitamos tener cuanto tienen individualmente nuestros semejantes para ser como ellos. Consumimos porque estamos arriba: podemos y debemos marcar la diferencia. Si no, consumimos porque queremos parecer que estamos ahí, que somos como ellos: nos sirve la apariencia. Es menos doloroso parecer que ser.

Lástima todo. Lo único que necesito de verdad no lo puedo comprar de momento...