Atravieso el país de norte a sur. Me deprime esta tierra esteparia -metáfora de una agonía interior- de la que paseo las orillas de su vientre. Tierra de mis antepasados, no puedo dejar de mirar su paisaje desde la ventana del ferrocarril sin abandonar pensamientos enredados en los postes del telégrafo. Hago memoria. La memoria es como un tren, puedes ver cómo se hace pequeña a medida que se aleja y cómo las cosas que no puedes recordar te llevan a aquellas otras que no puedes olvidar... Ausencias. El paisaje se encaja entre las vías y el horizonte, y pasa ante los ojos igual que una película. Surcos verdes y rojos de arcilla alternan pintados en el paisaje, memoria de amapolas -la sangre de estas cicatrices- arrancadas a la tristeza para desalojar la abulia de la monótona meseta, alas blancas, bostezos, estaciones sin trenes se suceden -sin promesas-, lluvia olvidada en los andenes, páramos de vid antesala de vanos sin ventana, de hambres sin pan, de cuentos sin moraleja ni últimas palabras. Esta tierra se ha anegado varias veces de religión: patriotismos perversos del alma y del Estado -también existen las religiones civiles-. Odio España cuando estoy aquí como odio Francia cuando estoy en Francia: las patrias no son más que lastres, cargas, veneno. Sobre estos campos descargó una vez un apocalipsis de ángeles caídos, pólvora, sangre y barro cuyo resto sigue enterrado en sus cunetas. Tristeza. Un cortijo con luz y humo. Muros y olvido. Latifundios y hambre: el sagrado equilibrio de los vientres vacíos. Vientre de la tierra que asoma entre silos de trigo -hoy ya no existe el trigo del pueblo- e iglesias, calles de polvo y cauces sin agua. Del que asoman de tanto en tanto las vísceras de su intrahistoria oculta, como un topo subrepticio y soterrado a un topos onírico, para recordarnos quiénes somos. Más vides. Las vides del vino ácido que ahoga el progreso de las mentalidades -el sueño del progreso también produce monstruos-. Perspectivas sin punto de fuga, fallida fuerza de la gravedad, meses sin luna ni mareas, galpones y pajares sin cuerpos desnudos enfebrecidos. Trenes misteriosos detenidos en la vía muerta de las arterias sin pulso de España, cavernas huecas sin piedras luminosas de donde nazca la mirada, nadie que formule ya deseos: no hay fe en el hombre porque el último mató a su prole y borró la sombra de su estirpe. Más ausencias.
Cruzo rápido esta tierra de confiterías amargas, de señales ferroviarias sin tránsito y cielos mudos por temor a la palabra: hileras de postes de madera embreada sin hilos, postes caídos, postes callados con los aislantes de vidrio fundidos, desvaídos, opacos del otoño, viajando -ya sin palabras- paralelos a las vías, extraños de sí mismos, ignorados. Silencio y sombras. Otra vez amapolas. Las desalentadas amapolas de los muertos. Y ruinas de chimeneas que manaron el humo de un sueño del que ya nunca despertaremos. Guardo el secreto: cuando no tienes nada, no hay nada que perder. Tierra de campesinos, campesinos sin tierra -amalgama de mineral estéril, estiércol yerto y calaveras sin aliento- que apartar parte a parte. Cuando los surcos se entrecruzan, entonces, el sueño desaparece y las torcas -sólo a veces- se llenan de abismo y la cal blanca -a veces, ay, también la de los muertos, no sólo la de los vivos- y el zócalo añil ciernen la cintura de las fronteras y ahogan la respiración de cerros, llanos, pueblos y bestias. Languidecen en el paisaje molinos muertos y molinos de acero, la mentira, y se amorata un horizonte de por sí ya cárdeno: temblor de frío y ... Cementerios con los muertos ya muertos encerrados entre muros y bajo tierra para que no escapen. O para que no se les acerquen los vivos. Desidia detenida en los cruces de carretera que llevan a pueblos vacíos de nada. Los dioses arrancan los bosques, las almas, y los hombres vuelven a plantarlos formando líneas, creciendo hacia el fondo, hacia ningún lugar. Enclaves eléctricos sin luz, mercancías en tránsito detenidas, paisajes huecos donde amarraron al aire los vientres hinchados de hambre de los galgos, esa tierra de miseria y sin fruto no la removerá más que el viento, no la desvirgará el hierro afilado del arado: no es estéril, pero no nacerá de ella más que la ruina que la puebla ya. Toda la tierra. No sirve un pedazo sólo.
Añil, rojo, verde, blanco, rojo otra vez, todo abrasado por siglos de sol y sal. Sólo un tractor -tiempos modernos- sabe asomar de la monotonía del horizonte yermo. Llueve el silencio mudo del atardecer y me recojo. Hay amores que no pueden ser, aunque lo sean de todas formas... Esta tierra de mis antepasados, de la que paseo la orillas de su vientre.
Pero España se moderniza: espero pronto la noticia de un túnel que la atraviese de norte a sur para evitar toda esta desolación.
5 may 2009
28 mar 2009
Read books, repeat quotations...
Soy quien soy. Por eso amo y olvido. Por eso escribo. Pero también necesito jugar. Desvelarme. Evadirme. Bellezas y consternaciones. Cuando me enamoro no hablo de ella. Camille se pinta los labios y queda por casa un reguero de vasos, tazas y copas con la huella roja de sus labios. He configurado por mi misma mi gusto luchando contra todo: sociedad, costumbres, moral, educación, libros... leo y dudo de mí. Mi vida gira en torno de mi vida. Pero también en torno de los libros, no se por qué. Hay otra consternación y otra belleza. ¿Cuál es la materia o el color de nuestros sueños?¿Cómo se configura nuestra realidad? La cultura no es la ciencia, la cultura hoy es consumo... consumo, ocio, arte... configurados por el gusto. Gusto limitador de nuestras preferencias, acciones, ideas, actitudes, que conforma nuestros criterios y disposiciones hacia las cosas. Gusto conformado, a su vez, por nuestro origen, nuestra pertenencia a una clase social.
Mientras Camille se ajusta las medias con un pie apoyado en el sofá -hay medias de seda de Camille secándose junto a todos los radiadores de la casa, y sombreros y chalecos de raso y zapatos de charol brillante y tacón inverosímil, y... Camille ocupa todo el aire de esta buhardilla, como los pájaros que vuelan ocupando el espacio entre las nubes- pienso que es más fácil amar para siempre. Porque no existe. Porque amar para siempre es mentira. Amo a Camille durante lo que me queda del día, desde las 18:00 a las 24:00, y sus noches, pero también necesito amar a alguien más un par de horas al día, algún día por semana. Olympia, Caroline... Diréis que es follar, no amar. Pero, ¿es fácil esto? No hago daño, no engaño a nadie: se que puedo amar, amarte durante dos horas. Y regresar.
Libros de la infancia, libros releidos, libros de.... de muerte, de vida, de lucha, de amor, de revolución, de barbarie, de guerra, libros hechos con sangre y por los que se derramó sangre, tejidos con dolor, macerador por el alcohol y que narran situaciones límite, excéntricos, libros perseguidos escritos por los perseguidos, libros ocultos escritos por escritores ocultos, madurados entre rejas, escritos sobre las paredes... Ahora, libros escritos para ser leidos por onanistas culturales -antes libros leidos y compartidos-. Ya no hay libros prohibidos.
Lomos de los libros siempre a la vista en sus estanterias donde repasar nuestras cortas vidas jalonadas de títulos y autores, de ideas que nos han hecho dudar de nosotros mismos, que nos han configurado, que nos han construido como los seres que somos. El olor del papel de los libros y el rastro de sus palabras. La era Gutemberg no termina aunque agonice y gima: decían los medios -que es no decir- italianos este invierno, los franceses después, hace unos días los españoles: más títulos y menos tiradas, más ventas, mas gente que escribe y publica y más libros que nunca en la guillotina y hechos pasta de papel. Libros no perecederos, sin fecha de caducidad, dicen. Libros que, más que nunca, no dicen nada, no explican nada, no aportan nada. Libros, solo, en términos de negocio. Cuidadosas cubiertas que no cubren nada. Módulo repetitivo en las estanterías de supermercados y pasatiempo vacío entre estación y estación. Porque...
...¿Qué libros de los publicados en los últimos 50 años quemaría hoy Goebels en Bebelplatz, cuáles de esos libros estarían hoy en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum? Entonces eran Girodano Bruno, Diderot, Gide, Zola, Sartre, Balzac, Rabelais, Descartes, Hume, Maeterlink, Erasmo, Montaigen, Rousseau, Mann, Sade, Hugo, Stendhal, Pascal, Saint-Simon, Comte, Kant, Gibbon, Marx, Remarque, Heine, Bretch, Zweig, Freud... estaba preparado el patíbulo y no había condena. Hoy ni habría condenado. Este es un tiempo en el que casi nada está escrito, porque siempre fue así.
Camille, en fin, ya arreglada y antes de salir me dice ojeando lo que escribo: no te equivoques, Luna: las mujeres no leen más que los hombres: están más solas. Borro y anoto. Y pienso a continuación: el mundo ya no es lo que era, ahora todo es sexo: sexo -apacible y desapasionado entre kalashnikovs olvidados- en la Mukata, capitalismo obsceno muriendo en manos del capitalismo -dinero gratis-, pontífices que hablan de condones y pornografía católica en las pantallas de las escuelas católicas. Me acostaré temprano este sábado.
Mientras Camille se ajusta las medias con un pie apoyado en el sofá -hay medias de seda de Camille secándose junto a todos los radiadores de la casa, y sombreros y chalecos de raso y zapatos de charol brillante y tacón inverosímil, y... Camille ocupa todo el aire de esta buhardilla, como los pájaros que vuelan ocupando el espacio entre las nubes- pienso que es más fácil amar para siempre. Porque no existe. Porque amar para siempre es mentira. Amo a Camille durante lo que me queda del día, desde las 18:00 a las 24:00, y sus noches, pero también necesito amar a alguien más un par de horas al día, algún día por semana. Olympia, Caroline... Diréis que es follar, no amar. Pero, ¿es fácil esto? No hago daño, no engaño a nadie: se que puedo amar, amarte durante dos horas. Y regresar.
Libros de la infancia, libros releidos, libros de.... de muerte, de vida, de lucha, de amor, de revolución, de barbarie, de guerra, libros hechos con sangre y por los que se derramó sangre, tejidos con dolor, macerador por el alcohol y que narran situaciones límite, excéntricos, libros perseguidos escritos por los perseguidos, libros ocultos escritos por escritores ocultos, madurados entre rejas, escritos sobre las paredes... Ahora, libros escritos para ser leidos por onanistas culturales -antes libros leidos y compartidos-. Ya no hay libros prohibidos.
Lomos de los libros siempre a la vista en sus estanterias donde repasar nuestras cortas vidas jalonadas de títulos y autores, de ideas que nos han hecho dudar de nosotros mismos, que nos han configurado, que nos han construido como los seres que somos. El olor del papel de los libros y el rastro de sus palabras. La era Gutemberg no termina aunque agonice y gima: decían los medios -que es no decir- italianos este invierno, los franceses después, hace unos días los españoles: más títulos y menos tiradas, más ventas, mas gente que escribe y publica y más libros que nunca en la guillotina y hechos pasta de papel. Libros no perecederos, sin fecha de caducidad, dicen. Libros que, más que nunca, no dicen nada, no explican nada, no aportan nada. Libros, solo, en términos de negocio. Cuidadosas cubiertas que no cubren nada. Módulo repetitivo en las estanterías de supermercados y pasatiempo vacío entre estación y estación. Porque...
...¿Qué libros de los publicados en los últimos 50 años quemaría hoy Goebels en Bebelplatz, cuáles de esos libros estarían hoy en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum? Entonces eran Girodano Bruno, Diderot, Gide, Zola, Sartre, Balzac, Rabelais, Descartes, Hume, Maeterlink, Erasmo, Montaigen, Rousseau, Mann, Sade, Hugo, Stendhal, Pascal, Saint-Simon, Comte, Kant, Gibbon, Marx, Remarque, Heine, Bretch, Zweig, Freud... estaba preparado el patíbulo y no había condena. Hoy ni habría condenado. Este es un tiempo en el que casi nada está escrito, porque siempre fue así.
Camille, en fin, ya arreglada y antes de salir me dice ojeando lo que escribo: no te equivoques, Luna: las mujeres no leen más que los hombres: están más solas. Borro y anoto. Y pienso a continuación: el mundo ya no es lo que era, ahora todo es sexo: sexo -apacible y desapasionado entre kalashnikovs olvidados- en la Mukata, capitalismo obsceno muriendo en manos del capitalismo -dinero gratis-, pontífices que hablan de condones y pornografía católica en las pantallas de las escuelas católicas. Me acostaré temprano este sábado.
11 mar 2009
I got mixed-up confusion (it's a-killin' me)
Creo que no le he pedido a nadie nunca lo que es mío, igual que nunca te he mentido aunque haya pensado, alguna vez haya necesitado más de un minuto contigo, aunque sólo sea de atención a una vencida, a una derrotada... por el tiempo, por los lugares transitados...
No, no es verdad. No soy de verdad. No hay una certeza de que yo exista. Sea. Esté. Siquiera en París. Ojalá hubiera nacido. Pero, como suele decirse, a mí me hicieron. De cero, a partir de las cosas que encontraron por casa. Vivimos a merced de los silencios. Sabemos mucho unos de otros. No sabemos nada unos de otros. Hacemos por no encontrarnos. Nos buscamos. Lo mejor, en ocasiones, es perderse, al fin, de vista.
Negación: no, nadie sabe nada, siquiera del pasado de uno. Menos del presente. Y aún cuando te hagas algunas preguntas distraidas acerca de lo vivido, de los retazos, sabes que te lo puedes inventar todo: una vida nueva. Nadie hará comprobaciones. Puedes, según vas contando esa vida imaginaria, sentir las bocanadas de aire fresco cruzar esos lugares áridos que antes asfixiaron las horas, esos años abolidos. Todos esos años abolidos. El tiempo.... el tiempo es una referencia, como lo es el espacio. La orilla izquierda lo es respecto de la dirección en que fluye la corriente del río. Más que una mera situación geográfica Rive gauche designa un modo de vida, una configuración del gusto, una idea. Y un tiempo. Una época. La misma corriente que me detengo a mirar desde los muelles cada tarde, agua con la densidad y el color del plomo al anochecer. Vagar nocturno. Luego cruzo sobre otro agua, como si cruzar el río me amparase de algún peligro inminente. Pero... ¿cuál es la referencia general? ¿Cuál para el norte y el sur de un océano, de una estrella, de una constelación, del universo? ¿Respecto de qué? Nortes sureados u orientados respecto al oriente, ¿Por qué no un mapa cuyos norte y sur fueran el este y el oeste? ¿Y la del tiempo? ¿Cuál su referencia?
Somos presente. Pertenecemos al presente. Ni al pasado ni al futuro. No a lo que fue ni a lo que será. Pertenecemos al presente y ese presente, el hoy, es la zozobra: lo circunstancial, lo que es o no es: lo eventual. Inquietud. El tiempo es inquietud. El futuro es objeto de deseo. Es la acción. El tiempo es también espacio. Es el espacio de hacer, de actuar, sobre todo de desear. Lo que queremos que pase. Lo que será. Anhelo. Los cambios hoy transformarán el futuro. Aceleramos hoy y transformamos el futuro. Aceleramos las posibilidades de cambiar nuestras vidas, de lo que podemos esperar. No podemos deshojar el tiempo, dejarnos despojar de nuestro tiempo, del tiempo futuro. Debemos darle la forma. El tiempo es precioso. El tiempo antes que nada. El vértigo del tiempo, de nuestro tiempo coincidiendo en el preciso instante del tiempo de la historia, ése donde tal vez todo sucede con demasiada rapidez. Simplemente, todo sucede.
En realidad no nos envejece el paso de los años, sino nuestra relación con el tiempo. Cuando el presente se desvanece o se detiene, cuando se trastorna la temporalidad, cuando entramos en un futuro que no nos pertenece porque no coincide nuestro tiempo con el tiempo de la sociedad que nos ampara, que sucede, cuando no aceleramos nuestro presente para ser parte de los cambios, de la historia, de la nuestra, cuando la aceleración se frena, cuando las cosas dejan de parecernos cómicas a la mirada del niño que fuimos, somos, deberiamos ser...
Gracias a dios todo pasa deprisa, / la pena incluso; también el amor. / ¿Dónde están las lágrimas de anoche? / ¿Dónde la nieve del año pasado? (B. Brecht)
No, no es verdad. No soy de verdad. No hay una certeza de que yo exista. Sea. Esté. Siquiera en París. Ojalá hubiera nacido. Pero, como suele decirse, a mí me hicieron. De cero, a partir de las cosas que encontraron por casa. Vivimos a merced de los silencios. Sabemos mucho unos de otros. No sabemos nada unos de otros. Hacemos por no encontrarnos. Nos buscamos. Lo mejor, en ocasiones, es perderse, al fin, de vista.
Negación: no, nadie sabe nada, siquiera del pasado de uno. Menos del presente. Y aún cuando te hagas algunas preguntas distraidas acerca de lo vivido, de los retazos, sabes que te lo puedes inventar todo: una vida nueva. Nadie hará comprobaciones. Puedes, según vas contando esa vida imaginaria, sentir las bocanadas de aire fresco cruzar esos lugares áridos que antes asfixiaron las horas, esos años abolidos. Todos esos años abolidos. El tiempo.... el tiempo es una referencia, como lo es el espacio. La orilla izquierda lo es respecto de la dirección en que fluye la corriente del río. Más que una mera situación geográfica Rive gauche designa un modo de vida, una configuración del gusto, una idea. Y un tiempo. Una época. La misma corriente que me detengo a mirar desde los muelles cada tarde, agua con la densidad y el color del plomo al anochecer. Vagar nocturno. Luego cruzo sobre otro agua, como si cruzar el río me amparase de algún peligro inminente. Pero... ¿cuál es la referencia general? ¿Cuál para el norte y el sur de un océano, de una estrella, de una constelación, del universo? ¿Respecto de qué? Nortes sureados u orientados respecto al oriente, ¿Por qué no un mapa cuyos norte y sur fueran el este y el oeste? ¿Y la del tiempo? ¿Cuál su referencia?
Somos presente. Pertenecemos al presente. Ni al pasado ni al futuro. No a lo que fue ni a lo que será. Pertenecemos al presente y ese presente, el hoy, es la zozobra: lo circunstancial, lo que es o no es: lo eventual. Inquietud. El tiempo es inquietud. El futuro es objeto de deseo. Es la acción. El tiempo es también espacio. Es el espacio de hacer, de actuar, sobre todo de desear. Lo que queremos que pase. Lo que será. Anhelo. Los cambios hoy transformarán el futuro. Aceleramos hoy y transformamos el futuro. Aceleramos las posibilidades de cambiar nuestras vidas, de lo que podemos esperar. No podemos deshojar el tiempo, dejarnos despojar de nuestro tiempo, del tiempo futuro. Debemos darle la forma. El tiempo es precioso. El tiempo antes que nada. El vértigo del tiempo, de nuestro tiempo coincidiendo en el preciso instante del tiempo de la historia, ése donde tal vez todo sucede con demasiada rapidez. Simplemente, todo sucede.
En realidad no nos envejece el paso de los años, sino nuestra relación con el tiempo. Cuando el presente se desvanece o se detiene, cuando se trastorna la temporalidad, cuando entramos en un futuro que no nos pertenece porque no coincide nuestro tiempo con el tiempo de la sociedad que nos ampara, que sucede, cuando no aceleramos nuestro presente para ser parte de los cambios, de la historia, de la nuestra, cuando la aceleración se frena, cuando las cosas dejan de parecernos cómicas a la mirada del niño que fuimos, somos, deberiamos ser...
Gracias a dios todo pasa deprisa, / la pena incluso; también el amor. / ¿Dónde están las lágrimas de anoche? / ¿Dónde la nieve del año pasado? (B. Brecht)
11 feb 2009
ONLY A PAWN IN THEIR GAME
Cuando llegué a París por primera vez, diciembre de 2006, los pasos me condujeron una noche cerca de Place de la République y, desde allí, descubrí un lugar hasta entonces desconocido para mí: el Canal de Saint-Martin. Hermosos puentes con barandillas de hierro, esclusas, calzadas adoquinadas y edificios con las fachadas pintadas de colores vivos: rosa, verde, amarillo. Quai de Valmy, Jemmapes ó el Cafe Marine. Lo recuerdo con clara nitidez. Como aparecer en un lugar inesperado, otro mundo, otro lugar.
Igualmente recuerdo que a orillas del canal un centenar de tiendas de campaña de jóvenes acampaban en una protesta: les enfants du quichotte, se hacían llamar, y lo que hacían era protestar por el desprecio al derecho a la vivienda, por la inaccesibilidad a la misma, por tratar de romper los prejuicios sobre los sin techo, los clochards aquí en Francia. Estuvieron meses allí, un invierno en el que la ventisca levantaba remolinos de copos de nieve en las terrazas de los Jardins des Tuileries o la Place du Carrousel y el agua del Sena se agitaba inquietantemente oscura entre los inmensos muros de sus quais.
Este invierno, frío o más que aquel, me recuerda aquella protesta a orillas del canal. Ayer noche paseaba los soportales de la Place des Vosgues, donde barbudos clochards duermen ateridos entre cartones, orinan o beben vino barato junto al portal de la casa donde vivió Victor Hugo, Daudet o Richelieu y a escasos metros de las setas de gas que calientan las terrazas donde cenan las clases medias y los turistas -japoneses la mayoría- aún a salvo de la crisis. De regreso por Rue Rivoli, a la altura de Place Baudoyer -espaldas del Hôtel de Ville-, el SAMU desplegaba efectivos para socorrer a un mendigo aparentemente muerto: envuelto en la ironía dorada de una manta térmica ya innecesaria, una ráfaga del helador y fuerte viento que barre los boulevards estas noches descubrió su rostro y pude ver, como en un flash, el color de la cera en la piel, las babas heladas en las comisuras de sus labios y unos ojos acuosos y claros muy abiertos... A su lado un leve susurro y un acordeón Weltmeister blanco y rojo. Pasajeros de la noche.
Camille me agarró mucho más fuerte el antebrazo del que ya caminaba asida y me miró con lágrimas en los ojos. La oí decir: Este mundo es una mierda. Mientras este pobre clochard muere congelado entre mierda, la discusión es si es ético o no que los directivos sigan cobrando bonus en los bancos intervenidos por el Estado o si sus sueldos multimillonarios deben limitarse a un máximo de medio millón de dólares al año o... ¡joder!
Imagina, respondí, qué pensariamos si pudiéramos asomar nuestras narices en Zimbabue, Etiopía, Haití, Nigeria o Sierra leona. Nos faltarían no lágrimas, sino el aliento para hablar. Mataríamos ejecutivos a las puertas de las multinacionales. Pero no vale confundirse... Esto debe ser un viaje de la confusión a la claridad, de la oscuridad a la luz, como la Candy del tercer album de la Velvet, Camila, pienso.
Seguimos caminando en dirección a Concordia, dejando atrás la maraña de luces azules, rojas y amarillas, el cajón hueco de la ambulancia, el tráfico de agentes con chalecos amarillo fluorescente y a otros mendigos envueltos en harapos y bolsas, como un ejército sólo de tropa y sin galones, que se acercaban y miraban a su compatriota de la nada. Apenas nos dijimos más hasta Champs Elysées. La urgencia de decir se apacigua con el latido del futuro. Y se hace silencio. Creo que lloramos las dos, o sería el viento frío o la rabia, porque yo noté rodar lágrimas por las mejillas.
Igualmente recuerdo que a orillas del canal un centenar de tiendas de campaña de jóvenes acampaban en una protesta: les enfants du quichotte, se hacían llamar, y lo que hacían era protestar por el desprecio al derecho a la vivienda, por la inaccesibilidad a la misma, por tratar de romper los prejuicios sobre los sin techo, los clochards aquí en Francia. Estuvieron meses allí, un invierno en el que la ventisca levantaba remolinos de copos de nieve en las terrazas de los Jardins des Tuileries o la Place du Carrousel y el agua del Sena se agitaba inquietantemente oscura entre los inmensos muros de sus quais.
Este invierno, frío o más que aquel, me recuerda aquella protesta a orillas del canal. Ayer noche paseaba los soportales de la Place des Vosgues, donde barbudos clochards duermen ateridos entre cartones, orinan o beben vino barato junto al portal de la casa donde vivió Victor Hugo, Daudet o Richelieu y a escasos metros de las setas de gas que calientan las terrazas donde cenan las clases medias y los turistas -japoneses la mayoría- aún a salvo de la crisis. De regreso por Rue Rivoli, a la altura de Place Baudoyer -espaldas del Hôtel de Ville-, el SAMU desplegaba efectivos para socorrer a un mendigo aparentemente muerto: envuelto en la ironía dorada de una manta térmica ya innecesaria, una ráfaga del helador y fuerte viento que barre los boulevards estas noches descubrió su rostro y pude ver, como en un flash, el color de la cera en la piel, las babas heladas en las comisuras de sus labios y unos ojos acuosos y claros muy abiertos... A su lado un leve susurro y un acordeón Weltmeister blanco y rojo. Pasajeros de la noche.
Camille me agarró mucho más fuerte el antebrazo del que ya caminaba asida y me miró con lágrimas en los ojos. La oí decir: Este mundo es una mierda. Mientras este pobre clochard muere congelado entre mierda, la discusión es si es ético o no que los directivos sigan cobrando bonus en los bancos intervenidos por el Estado o si sus sueldos multimillonarios deben limitarse a un máximo de medio millón de dólares al año o... ¡joder!
Imagina, respondí, qué pensariamos si pudiéramos asomar nuestras narices en Zimbabue, Etiopía, Haití, Nigeria o Sierra leona. Nos faltarían no lágrimas, sino el aliento para hablar. Mataríamos ejecutivos a las puertas de las multinacionales. Pero no vale confundirse... Esto debe ser un viaje de la confusión a la claridad, de la oscuridad a la luz, como la Candy del tercer album de la Velvet, Camila, pienso.
Seguimos caminando en dirección a Concordia, dejando atrás la maraña de luces azules, rojas y amarillas, el cajón hueco de la ambulancia, el tráfico de agentes con chalecos amarillo fluorescente y a otros mendigos envueltos en harapos y bolsas, como un ejército sólo de tropa y sin galones, que se acercaban y miraban a su compatriota de la nada. Apenas nos dijimos más hasta Champs Elysées. La urgencia de decir se apacigua con el latido del futuro. Y se hace silencio. Creo que lloramos las dos, o sería el viento frío o la rabia, porque yo noté rodar lágrimas por las mejillas.
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Canal de Saint-Martin,
SAMU,
Weltmeister
29 ene 2009
There's no success like failure and that failure's no success at all
En las noches sin sueño... ¿qué estrellas miras?, me dice Camille. Ayer, madrugada de desvelo. Acostada boca arriba, repaso con la mente hasta quedar dormida -como quien cuenta ovejitas- aquello que, visto, leido, oido, visitado, me ha producido inquietud, perturbado, me atormenta o me atrae a partes iguales. Nubes con la densidad del mercurio barren el cielo de París reflejando en su panza las luces de la ciudad –qué derroche, que hermosa la luz de la cité lumière- y se deslizan crujiendo sobre el Sena camino del sur. Frío y humedad densa detrás de los cristales.
Estaba hace unos días en un rincón del vespertino, casi imperceptible, y lo leí aunque no quería hacerlo. Y me ha dado vueltas en la cabeza varios días. Qué curioso: "el redactor de los discursos de Barak Obama y artífice del de su investidura, Jon Favreau (27 años), quien forma parte del equipo ganador desde 2005 y que logró distinguir a su candidato por encima de John McCain por su oratoria, ha explicado que se inspiró entre los aromas de un caffé latte XXL en un Starbucks". Un café con leche en un vaso infantil de cartón con tapa de plástico y agujerito en un local franquiciado inspira al redactor jefe de los sueños de Obama. A nosotros, ¿qué o quién nos inspira?, ¿dónde nos inspiramos?
Me inspira Camille, sentada frente a mí en la mesa de Le Bonaparte -esquina de Guillaume Apollinaire con rue Bonaparte-. Tras jugar un rato con mis cigarrillos, Camille saca uno de la cajetilla y en lugar de encenderlo lo vuelve a introducir, pero del revés. Te lo debes fumar el último y se cumplirá el deseo que pienses ahora... Qué estúpido juego infantil, pienso. Continúa, añade: ...las dos sabremos a la vez que tu deseo se ha cumplido. ¿Por qué no comenzar ahora, Camille, si lo deseamos las dos, en lugar de esperar a fumarnos 18 cigarrillos?, me oigo decir, de repente, en alto. También me oigo, pero ahora es sólo un pensamiento: ¿juego infantil? Caramba con el juego infantil... Me inspiran sus botas de cuero negro hasta las rodillas sobre sus medias negras de canalé tupido, su falda vaquera rota, camisa blanca y corbata negra desanudada, su chaqueta marinera, su bufanda y sus ojos grises como el viento denso y helado de estos días.
Me inspiran los cafés, pero otros cafés: Europa gira en torno a un mapa de cafés. Café lugar de cita y conspiración. Abierto a todos y masonería de reconocimiento intelectual, político y literario, desde el café lisboeta -A Brasileira- de Pessoa hasta aquellos de la Odesa de Bábel. Desde los mostradores de mármol blanco del Antico Caffé Spiannato de Palermo a los cafés por los que pasó Kierkegard en Copenhague. Cafés venecianos en Salzburgo -Tomaselli- donde se sentaron sucesivamente a la misma mesa Mozart o Von Karajan, cafés mozartianos de San Marco -Florian-, cafés flotantes en el Zattere veneciano, cafés inundados, cafés desiertos, cafés y humo, café y letras. Café sinónimo del club del espíritu o P.O. Box del homeless, cafés de la Viena Imperial, escuelas del psicoanálisis y la filosofía, elocuencia y rivalidad: las mesas de Freud, Kraus, Musil sabemos en qué café buscarlas. Danton y Robespierre se vieron por última vez en el Procope -aquí, en París-, las Luces de Europa se apagaron en 1914 (Las lámparas se apagan por toda Europa; no volveremos a verlas brillar en el curso de nuestra vida... dijo Edward Grey al apagarse las luces del Whitehall la tarde en que el Reino Unido y Alemania fueron a la guerra) en un café. El Gran Caffe' Storico Letterario Giubbe Rosse en la piazza della Republica de Florencia de la revolución futurista. Lenin escribió y jugó al ajedrez con Trostski en un café de Ginebra. Café albergue del liberalismo aún clandestino en el Milán de Stendahl, en el París de Baudelaire. Closerie des Lilas y Bretón, Cocteau; Rotonde y Tzara, Aragón y otra vez Lenin. Sillas y café para Pound, Rilke, Beckett o Hemingway. El santuario del París existencialista de Sartre, Beauvais y Camus fue el café de Flore. Deux Magots, Florian, Central, de la Paix... Siguiendo sus huellas por el Boul des Capucines, St. Germain-des-Prés, Champs Elysées, Walter Benjamin -peregrino de cafés- dijo: habrá mitología mientras queden mendigos. Mientras haya cafés, habrá ideas.
Me inspira otro café, no el caffé latte del Starbucks: un ristretto en una taza de porcelana o un te ruso con whisky en un pequeño vaso de fino cristal, una copa de licor, agua y tabaco son el local para abrigarse del frío y armar las ideas, soñar, trabajar, jugar al ajedrez o, simplemente, mantenerse caliente todo el día. Me inspiran seguramente otras ideas -no las ideas endebles de los políticos infantiles... ¿Dónde las revoluciones?-, me inspiran las luces de Europa aún encendidas y las ciudades cuyos cafés históricos no cierran sus puertas a cambio de franquicias de capitalismo desbocado.
También creo en lo que decía Cortazar: cuando te regalan un reloj, te regalan 'el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa...' Me sucede con las personas. Sucesivamente: miedo a perderlas, a que se rompan, a que marchen tan libremente como llegaron... Camille ronda delante de mí con su aire de joven profesora, sus cigarrillos y sus deseos. Sobre la cómoda se van acumulando recuerdos: el casco de la moto de Ella, las gafas de sol (ya cubiertas de polvo -de aquellos polvos estos lodos-) de Mona, ahora el llavero de Betty Boop de Marie... Y mamá preocupada estas vacaciones porque cree que como poco.
Estaba hace unos días en un rincón del vespertino, casi imperceptible, y lo leí aunque no quería hacerlo. Y me ha dado vueltas en la cabeza varios días. Qué curioso: "el redactor de los discursos de Barak Obama y artífice del de su investidura, Jon Favreau (27 años), quien forma parte del equipo ganador desde 2005 y que logró distinguir a su candidato por encima de John McCain por su oratoria, ha explicado que se inspiró entre los aromas de un caffé latte XXL en un Starbucks". Un café con leche en un vaso infantil de cartón con tapa de plástico y agujerito en un local franquiciado inspira al redactor jefe de los sueños de Obama. A nosotros, ¿qué o quién nos inspira?, ¿dónde nos inspiramos?
Me inspira Camille, sentada frente a mí en la mesa de Le Bonaparte -esquina de Guillaume Apollinaire con rue Bonaparte-. Tras jugar un rato con mis cigarrillos, Camille saca uno de la cajetilla y en lugar de encenderlo lo vuelve a introducir, pero del revés. Te lo debes fumar el último y se cumplirá el deseo que pienses ahora... Qué estúpido juego infantil, pienso. Continúa, añade: ...las dos sabremos a la vez que tu deseo se ha cumplido. ¿Por qué no comenzar ahora, Camille, si lo deseamos las dos, en lugar de esperar a fumarnos 18 cigarrillos?, me oigo decir, de repente, en alto. También me oigo, pero ahora es sólo un pensamiento: ¿juego infantil? Caramba con el juego infantil... Me inspiran sus botas de cuero negro hasta las rodillas sobre sus medias negras de canalé tupido, su falda vaquera rota, camisa blanca y corbata negra desanudada, su chaqueta marinera, su bufanda y sus ojos grises como el viento denso y helado de estos días.
Me inspiran los cafés, pero otros cafés: Europa gira en torno a un mapa de cafés. Café lugar de cita y conspiración. Abierto a todos y masonería de reconocimiento intelectual, político y literario, desde el café lisboeta -A Brasileira- de Pessoa hasta aquellos de la Odesa de Bábel. Desde los mostradores de mármol blanco del Antico Caffé Spiannato de Palermo a los cafés por los que pasó Kierkegard en Copenhague. Cafés venecianos en Salzburgo -Tomaselli- donde se sentaron sucesivamente a la misma mesa Mozart o Von Karajan, cafés mozartianos de San Marco -Florian-, cafés flotantes en el Zattere veneciano, cafés inundados, cafés desiertos, cafés y humo, café y letras. Café sinónimo del club del espíritu o P.O. Box del homeless, cafés de la Viena Imperial, escuelas del psicoanálisis y la filosofía, elocuencia y rivalidad: las mesas de Freud, Kraus, Musil sabemos en qué café buscarlas. Danton y Robespierre se vieron por última vez en el Procope -aquí, en París-, las Luces de Europa se apagaron en 1914 (Las lámparas se apagan por toda Europa; no volveremos a verlas brillar en el curso de nuestra vida... dijo Edward Grey al apagarse las luces del Whitehall la tarde en que el Reino Unido y Alemania fueron a la guerra) en un café. El Gran Caffe' Storico Letterario Giubbe Rosse en la piazza della Republica de Florencia de la revolución futurista. Lenin escribió y jugó al ajedrez con Trostski en un café de Ginebra. Café albergue del liberalismo aún clandestino en el Milán de Stendahl, en el París de Baudelaire. Closerie des Lilas y Bretón, Cocteau; Rotonde y Tzara, Aragón y otra vez Lenin. Sillas y café para Pound, Rilke, Beckett o Hemingway. El santuario del París existencialista de Sartre, Beauvais y Camus fue el café de Flore. Deux Magots, Florian, Central, de la Paix... Siguiendo sus huellas por el Boul des Capucines, St. Germain-des-Prés, Champs Elysées, Walter Benjamin -peregrino de cafés- dijo: habrá mitología mientras queden mendigos. Mientras haya cafés, habrá ideas.
Me inspira otro café, no el caffé latte del Starbucks: un ristretto en una taza de porcelana o un te ruso con whisky en un pequeño vaso de fino cristal, una copa de licor, agua y tabaco son el local para abrigarse del frío y armar las ideas, soñar, trabajar, jugar al ajedrez o, simplemente, mantenerse caliente todo el día. Me inspiran seguramente otras ideas -no las ideas endebles de los políticos infantiles... ¿Dónde las revoluciones?-, me inspiran las luces de Europa aún encendidas y las ciudades cuyos cafés históricos no cierran sus puertas a cambio de franquicias de capitalismo desbocado.
También creo en lo que decía Cortazar: cuando te regalan un reloj, te regalan 'el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa...' Me sucede con las personas. Sucesivamente: miedo a perderlas, a que se rompan, a que marchen tan libremente como llegaron... Camille ronda delante de mí con su aire de joven profesora, sus cigarrillos y sus deseos. Sobre la cómoda se van acumulando recuerdos: el casco de la moto de Ella, las gafas de sol (ya cubiertas de polvo -de aquellos polvos estos lodos-) de Mona, ahora el llavero de Betty Boop de Marie... Y mamá preocupada estas vacaciones porque cree que como poco.
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