He dejado de trabajar con publicitarios -los grandes talentos del mundo contemporáneo- para comenzar a hacerlo con periodistas: el mundo contemporáneo; una de esas categorías tan satisfecha de sí misma en cuya ausencia -dicen ellos- el mundo no giraría, o lo haría mal. Mandriles alborotadores que solo preguntan aquello de lo que ya conocen respuesta.
Pero lo importante es que vuelvo a tener nómina. Y, dados los tiempos que corren, vuelvo a ser alguien (vuelvo a ser ciudadana del sistema-mundo, no tropa-desactivada).
Tener nómina da acceso a muchas cosas. Y no hablo de la inmediatez del dinero -poco- cada mes en la cuenta bancaria. En realidad te da acceso a un sin fin de servicios virtuales a través de internet, online, sms, móvil, home banking, dinero plástico... que te hacen sentir mejor -lo cierto es que los tiene todo el mundo- y más cerca de tu dinero y tu banco -que no lo olvide: mi banco es mi amigo-. Pero es más: a lo que te da acceso es, sobre todo, a la virtualidad de una vida ficticia que puedes construir a partir de la disponibilidad de una serie de objetos innecesarios y normalmente inalcanzables que, con el acceso a unas cantidades de dinero de las que no dispondrías de otro modo, ahora puedes adquirir. Durante mucho tiempo a eso se le llamó usura. Ahora no.
Claro, también es verdad que ahora no consumimos lo que necesitamos; sólo consumimos lo que deseamos.
En fin. Voy a lo tangible y real. Como nunca había tenido una tarjeta de las que permiten comprar sin tener dinero -en realidad sin tener un determinado nivel de dinero; o sea: de crédito-, desde que el otro día fui a mi banco con mi contrato -me llamaron Sra. (o sea, Mme.)- hasta hoy he ido comprando compulsivamente una serie de objetos o experiencias -dicen ahora; siquiera servicios- que fui clasificando como necesarias o innecesarias en una lista previa. Es verdad que muchos de los objetos han cambiado a lo largo de los días de categoría. En cualquier caso, todos simple anhelo vehemente.
De modo tal -invadida por un deseo nada sensual, sino de calenturienta liquidez- me lancé a comprar para olvidar; compro y olvido inmediatamente después. Satisfacción insatisfecha:
Innecesarias: Gafas de sol (molan, ¿no?). Sombrero vietnamita. Pasaje a Roma para Semana Santa (mamá). Un iPhone. También un iPod (devolví el que tenía prestado: vivir como en una película, con banda sonora, es hermoso). Varias pelis: Buscando un beso a medianoche, Desgracia, Alrededor de la medianoche, In to the wild, I'm not there, El Padrino (I, II y III), La piel. Un lector de DVDs (la tele la cambio en la próxima nómina). Otro casco (la Vespa arrancó). Un sillón Voltaire (para leer). Una lámpara de pié. Otra de techo. Una vajilla de porcelana china. La obra en prosa de Borges, completa, en castellano. Rotus de colores (10 rojos, 10 negros). 3 libretas Moleskine (Sketchbook) para dibujar. Chaqueta de terciopelo. Botas de lluvia. Un vibrador. Una cámara digital D300. He subido a lo alto de Tour Eiffel. He apalabrado un Mac de esos tan bonitos (second hand).
Necesarias: Ropa interior. Un Bauman: l'ethique a-t-elle une chance dans une monde de consommateurs?
Creo que sólo la sociedad de la abundancia es capaz de desterrar para siempre los conflictos sociales revolucionarios: el consumo es alienación y da significado a la vida en sí misma. Consumo de objetos de valor simbólico e individuos desarraigados de la necesidad. Necesitamos tener cuanto tienen individualmente nuestros semejantes para ser como ellos. Consumimos porque estamos arriba: podemos y debemos marcar la diferencia. Si no, consumimos porque queremos parecer que estamos ahí, que somos como ellos: nos sirve la apariencia. Es menos doloroso parecer que ser.
Lástima todo. Lo único que necesito de verdad no lo puedo comprar de momento...
1 mar 2010
20 feb 2010
With wings to fly, she rolls alongs doing it wrong
Como cada mañana. Como cada fin de trayecto de otra noche (una noche más) de desvelo. El cielo chirría deslizándo su vientre gris y triste sobre tejados, pesadillas, antenas, buhardillas y perplejidad mecido por el viento del norte (écoutez le craquer...). Como el hielo, cruje como el hielo, dentro y fuera de mí. El horizonte de mis pensamientos se aclara: descienden a esta hora nítidos entre los copos de nieve que se revuelven en ventisca confundiéndolo todo y reflejan la mortecina luz del amanecer. Me desnudo entonces y deslizo el cuerpo bajo el edredón. Me vence el cansancio, me escuecen los ojos rojos cuando los cierro. Una hora hasta que suene el despertador. Primer día de trabajo.
Como cada mañana, como cada noche, como cada momento he entrado al correo, he mirado su blog. He vuelto a constatar que en su mundo virtual quien reina es el silencio. Una densa red de palabras sin escribir, de sonidos sin pronunciar, de intenciones sin escuchar. De deseos desasidos.
Quien yo creía querer y creer me dejó un día dentro del casco que estaba en la cómoda de la buhardilla esta nota que guardo (porque a Ella ya no la aguardo): El viento se puede escribir. Puede sentirse, como me gustaría sentir no sólo tus dedos, sino la ausencia después de su presencia. Ese aire frío que se mueve tras de tí cuando una puerta se abre, o se cierra (ya te lo dije: tras de tu puerta esperaba tu presencia, no soledad). Yo si soy. Como escozor para tu llaga. Quien hollar tus pechos o malograrse en cada intento de alzarse sobre lo hermoso que resta tras el Apocalipsis. Una dentellada (fiera) que te deja maltrecha en el mejor momento de tu felicidad. El error que lee con envidia tus palabras porque me gustaría beber tu saliva para paladear lo que estuvo junto a tus palabras.
Desarmada
Esta noche, a la salida del trabajo en el boul. Auguste Blanqui (cerca de rue Tolbiac, y recuerdo a Leo Malet y a Nestor Burma), me senté sola a cenar algo en la Braserie Havane. Ya era tarde (22:00h.). Enfrente, justo enfrente de mí, Ella. Sentada. También sola. La vida es muy corta y los días demasiado dulces como para que cada pensamiento que se anuda en mi mente pueda volverme loca (todos pueden ser desanudados). Si dependemos del tiempo y no poseemos ninguna palabra, no es para nada el fin. Sólo diré adiós hasta que volvamos a encontrarnos. Y eso fue ayer. Llegué sola a casa y rompí la nota que conservé un día. El viernes nos vimos otra vez. Pienso si todavía arrancará hoy aquella vieja Vespa que ha estado todo este invierno bajo la nieve. Ella tenía coche...
Reiteramos el placer en cada cuarto de hotel, instantes entre todos los momentos vividos. Ninguno indiferente al otro, nos juntó el destino (encontrándonos después de tanto buscarnos): para Ella mi perfume, para mí sus caderas, y un vago olor de vainilla nos enredó en un mismo sueño: hasta un día en que, ya forjadas las cosas a su medida, nuestros sexos comenzaron a desenredarse.
Prácticamente no hubo palabras, pero ambas tratamos -alegría o triste melancolía- de alargar este adiós (...) tal vez porque allí ya antes había sido revelado el misterio de nuestros cuerpos desnudos, habíamos aprendido a reconocernos, furtivas; y ahora a renunciar una a la otra.
En penunbra Ella comenzó a desnudarse; yo a contemplarla muda. Senos desplegados, madeja de ébano, piel encadenada, nudos desmadejados. Noche agazapada, caricias de firmeza ténue, cálidos escalofríos y miradas perdidas ya vacías y llenas de ayer. Sudor y deseo, jungla y tiempo de madrugada abrazados por la luz del rescoldo encendido. Luego, los cuerpos abandonados acostados bajo la luz definitiva de una noche que quedó atrapada para siempre entre nuestros sexos. Mañana ya no fue nuestro tiempo.
Sólo pienso ya en mi primera nómina...
Como cada mañana, como cada noche, como cada momento he entrado al correo, he mirado su blog. He vuelto a constatar que en su mundo virtual quien reina es el silencio. Una densa red de palabras sin escribir, de sonidos sin pronunciar, de intenciones sin escuchar. De deseos desasidos.
Quien yo creía querer y creer me dejó un día dentro del casco que estaba en la cómoda de la buhardilla esta nota que guardo (porque a Ella ya no la aguardo): El viento se puede escribir. Puede sentirse, como me gustaría sentir no sólo tus dedos, sino la ausencia después de su presencia. Ese aire frío que se mueve tras de tí cuando una puerta se abre, o se cierra (ya te lo dije: tras de tu puerta esperaba tu presencia, no soledad). Yo si soy. Como escozor para tu llaga. Quien hollar tus pechos o malograrse en cada intento de alzarse sobre lo hermoso que resta tras el Apocalipsis. Una dentellada (fiera) que te deja maltrecha en el mejor momento de tu felicidad. El error que lee con envidia tus palabras porque me gustaría beber tu saliva para paladear lo que estuvo junto a tus palabras.
Desarmada
Esta noche, a la salida del trabajo en el boul. Auguste Blanqui (cerca de rue Tolbiac, y recuerdo a Leo Malet y a Nestor Burma), me senté sola a cenar algo en la Braserie Havane. Ya era tarde (22:00h.). Enfrente, justo enfrente de mí, Ella. Sentada. También sola. La vida es muy corta y los días demasiado dulces como para que cada pensamiento que se anuda en mi mente pueda volverme loca (todos pueden ser desanudados). Si dependemos del tiempo y no poseemos ninguna palabra, no es para nada el fin. Sólo diré adiós hasta que volvamos a encontrarnos. Y eso fue ayer. Llegué sola a casa y rompí la nota que conservé un día. El viernes nos vimos otra vez. Pienso si todavía arrancará hoy aquella vieja Vespa que ha estado todo este invierno bajo la nieve. Ella tenía coche...
Reiteramos el placer en cada cuarto de hotel, instantes entre todos los momentos vividos. Ninguno indiferente al otro, nos juntó el destino (encontrándonos después de tanto buscarnos): para Ella mi perfume, para mí sus caderas, y un vago olor de vainilla nos enredó en un mismo sueño: hasta un día en que, ya forjadas las cosas a su medida, nuestros sexos comenzaron a desenredarse.
Prácticamente no hubo palabras, pero ambas tratamos -alegría o triste melancolía- de alargar este adiós (...) tal vez porque allí ya antes había sido revelado el misterio de nuestros cuerpos desnudos, habíamos aprendido a reconocernos, furtivas; y ahora a renunciar una a la otra.
En penunbra Ella comenzó a desnudarse; yo a contemplarla muda. Senos desplegados, madeja de ébano, piel encadenada, nudos desmadejados. Noche agazapada, caricias de firmeza ténue, cálidos escalofríos y miradas perdidas ya vacías y llenas de ayer. Sudor y deseo, jungla y tiempo de madrugada abrazados por la luz del rescoldo encendido. Luego, los cuerpos abandonados acostados bajo la luz definitiva de una noche que quedó atrapada para siempre entre nuestros sexos. Mañana ya no fue nuestro tiempo.
Sólo pienso ya en mi primera nómina...
Etiquetas:
Ell y yo,
Leo Malet,
Nestor Burma,
Rue Tolbiac
3 feb 2010
Ten cuidado con lo que deseas porque puede ser que lo consigas (O. Wilde)
A whore will pass the hat, collect a hundred grand and say thanks/They like to take all this money from sin, build big universities to study in/Sing "Amazing Grace" all the way to the Swiss banks
En esta vida el viento nos empuja el culo en direcciones insospechadas. A veces nos lleva a lugares donde nos sentimos perdidos. Otras veces nos pone frente al espejo y no queda otra que reconocerse en él. Hay una frase de Cesare Pavese -de memoria... ay, se la oí a mi padre tantas veces desde que cumplió 40- que viene a decir que todos somos responsables de nuestra cara a partir de los 40... Siempre quedan en el rostro las arqueologías de tantos aprendizajes (de conductas), por mucho distanciamiento que se tome. Yo soy apenas una aprendiza. Y hoy, además, aumentada la esperanza de vida sólo se debería ser responsable a partir del, al menos, medio siglo redondo: el rostro será ya entonces -observo una fotografía de mi madre mientras pienso esto- un parapeto ante los otros, porque el cuerpo ya está malherido de tiempo y cicatrices, necesitado sólo de sinceridades de poca luz y mucho tacto.
Mentir hace daño. Como cuando te meten un dedo en el trasero sin avisar. Y yo no soy una cenicienta: siempre me aprieta el zapato de cristal y me gusta más la calabaza que la carroza. Ella -S.- me hizo una promesa y me causó el daño. Y yo tuve que mentir.
Nos sentamos juntas sobre la nieve de un banco de Washington Sq. al atardecer. Ella -S.- me miró y yo me estremecí. Sentí deseos de enmendarme. Al fondo me pareció oir un saxofón escapando por las rendijas del cercano Blue Note. Después caminamos y, sólo cuando nos detuvimos en la esquina de MacDouglas con Minetta -lo recuerdo: estabamos delante del Cafe Wha?-, fue cuando me lo dijo: ven conmigo, quédate a mi lado, trabajaremos juntas. El puesto es tuyo, pero sólo si te mudas a mi departamento y me juras amor eterno. (Yo llegué en diciembre a NY por una apuesta profesional: perdí mi trabajo, y S. lo sabía; S. son 45 amables y hermosos y despiadados años y antes mi jefa en París, y me ofrecía ahora una oportunidad irrechazable. Pero yo no fuí hasta allí sólo para rellenar un hueco en una cama). Le expliqué lo que me ataba a París -en realidad nada- y que lo pensaría todo mucho.
Cenamos en silencio en un restaurante judío del Greenwich. Lo de alrededor se convirtió en un desierto: de repente me pareció estar enterrada en la arena hasta la cintura, ahogada por el polvo de una plaga, y que ella -S.- me arrojaba como una moneda a la taza de un ciego. Yo perdí el anillo y ella se alejó caminando sobre clavos. No hay vuelta de hoja si los cimientos del orgullo se vienen abajo.
Hoy, bajando alegre y a buen ritmo Notre Dame Des Victoires, en el 2éme., doy vueltas a esto de regreso de una reunión de no-trabajo de la que espero sacar algo en claro de mi porvenir (hoy es el presente real; mañana, tiempo imaginario) profesional. Me ofrecen un buen sueldo, un puesto razonable y, a cambio, no me piden entregar mi corazón. Yo lo puedo entregar todo, pero no me puedo mentir.
En esta vida el viento nos empuja el culo en direcciones insospechadas. A veces nos lleva a lugares donde nos sentimos perdidos. Otras veces nos pone frente al espejo y no queda otra que reconocerse en él. Hay una frase de Cesare Pavese -de memoria... ay, se la oí a mi padre tantas veces desde que cumplió 40- que viene a decir que todos somos responsables de nuestra cara a partir de los 40... Siempre quedan en el rostro las arqueologías de tantos aprendizajes (de conductas), por mucho distanciamiento que se tome. Yo soy apenas una aprendiza. Y hoy, además, aumentada la esperanza de vida sólo se debería ser responsable a partir del, al menos, medio siglo redondo: el rostro será ya entonces -observo una fotografía de mi madre mientras pienso esto- un parapeto ante los otros, porque el cuerpo ya está malherido de tiempo y cicatrices, necesitado sólo de sinceridades de poca luz y mucho tacto.
Mentir hace daño. Como cuando te meten un dedo en el trasero sin avisar. Y yo no soy una cenicienta: siempre me aprieta el zapato de cristal y me gusta más la calabaza que la carroza. Ella -S.- me hizo una promesa y me causó el daño. Y yo tuve que mentir.
Nos sentamos juntas sobre la nieve de un banco de Washington Sq. al atardecer. Ella -S.- me miró y yo me estremecí. Sentí deseos de enmendarme. Al fondo me pareció oir un saxofón escapando por las rendijas del cercano Blue Note. Después caminamos y, sólo cuando nos detuvimos en la esquina de MacDouglas con Minetta -lo recuerdo: estabamos delante del Cafe Wha?-, fue cuando me lo dijo: ven conmigo, quédate a mi lado, trabajaremos juntas. El puesto es tuyo, pero sólo si te mudas a mi departamento y me juras amor eterno. (Yo llegué en diciembre a NY por una apuesta profesional: perdí mi trabajo, y S. lo sabía; S. son 45 amables y hermosos y despiadados años y antes mi jefa en París, y me ofrecía ahora una oportunidad irrechazable. Pero yo no fuí hasta allí sólo para rellenar un hueco en una cama). Le expliqué lo que me ataba a París -en realidad nada- y que lo pensaría todo mucho.
Cenamos en silencio en un restaurante judío del Greenwich. Lo de alrededor se convirtió en un desierto: de repente me pareció estar enterrada en la arena hasta la cintura, ahogada por el polvo de una plaga, y que ella -S.- me arrojaba como una moneda a la taza de un ciego. Yo perdí el anillo y ella se alejó caminando sobre clavos. No hay vuelta de hoja si los cimientos del orgullo se vienen abajo.
Hoy, bajando alegre y a buen ritmo Notre Dame Des Victoires, en el 2éme., doy vueltas a esto de regreso de una reunión de no-trabajo de la que espero sacar algo en claro de mi porvenir (hoy es el presente real; mañana, tiempo imaginario) profesional. Me ofrecen un buen sueldo, un puesto razonable y, a cambio, no me piden entregar mi corazón. Yo lo puedo entregar todo, pero no me puedo mentir.
Etiquetas:
Blue Note,
Cesare Pavese,
Greenwich,
Notre Dame des Victoires,
S.
19 ene 2010
Where black is the color and none is the number
A los pobres sólo se les ve cuando se mueren. Cuando asoman su manos inertes bajo las planchas de cemento, ya grises como el cemento. Cuando se les hincha el vientre vacío a los niños mientras las moscas que se pasean por la comisura de sus labios les roban la vida. A las víctimas del sistema sólo les ponemos cara cuando aparecen sus cuerpos reventados bajo los cascotes de edificios miserables que se vienen abajo con los terremotos, los huracanes o las guerras, pero siempre como imagen de fondo de sesudos analistas que hablan de por qué no construyen sus casas de acuerdo con las normas de prevención sísmica y no de ese modo tan miserable -ignorando la variable de que viven en la miseria-. A quienes osaron nacer en la periferia de nuestro mundo desarrollado -tuvieron simplemente la azarosa desgracia de nacer ahí- y vemos en fotografías o videos con sus vidas ahogadas en charcos de sangre los matan las armas que, puestas en el mercado por nuestra flamante maquinaria industrial deslocalizada, arrasan países de cuyo dominio depende el sostenimiento de la economía del desarrollo. Las desgracias, pensamos, se ceban en los pobres sin pensar que el anzuelo de la muerte, del dolor y de la miseria estaba ya, antes de que temblara la tierra o barriera el viento y el agua su precariedad, enganchado a sus paladares tirando de ellos hacia la oscuridad. Desde cientos de años atrás, desde que les usurparon su libertad, desde que fueron llevados a una falsa tierra de acogida para ser destrozados por la esclavitud. No duelen las fracturas y las heridas físicas, sino los desgarrones que anidan en el dolor del alma.
La ayuda humanitaria (sic) que se desgrana hoy tenía que haber llegado en forma de maldición sumaria primero sobre Francia, después sobre los EEUU que tomaron y ejercieron su poder absoluto directo sobre la isla desde 1915 a 1934 y, después, sosteniendo sucesivamente a Papa Doc y a Nene Doc (los Duvalier) desde 1957 a 1986, ayuda humanitaria que nos hace olvidar que Haití fue el segundo país de América Latina en proclamar su independencia en un proceso revolucionario abolicionista de una población en un 95% con origen en el África subsahariana, ayuda humanitaria para tapar la violencia política, los golpes militares subvencionados por el Norte, las crisis acumuladas en la paciencia de ciudadanos que nunca lo han sido, ayuda humanitaria vestida de uniforme militar para poner orden entre los cadáveres: bienvenidos los soldados que dejarán que los pobres lo sigan siendo, ayuda humanitaria vestida de periodistas que nos dirán lo que dicen que ha sucedido desde la cafetería con wifi y whisky de un hotel cuatro estrellas y entre rumores de sábanas, en forma de turismo solidario de lujo de ciudadanos del primer mundo con sentimientos de culpa que cauterizan con la persistente muerte acumulada de siglos, ayuda humanitaria encarnada en cascos azules que violarán o abusarán de mujeres desesperadas de hambre, miseria y lágrimas y parirán hijos envenenados por lo que no nunca podrán ser. Ayuda humanitaria que no es desarrollo, sino caridad. A Port-au-Prince no llega nada: ni recogedores de cadáveres, ni comida extranjera, ni esperanza: sólo una pesada lluvia de logotipos de fundraising que desembocan en cuentas bancarias suizas -nos enseñan que cuando los ministros de Haití se llevan el 50% del dinero para ayuda lo debemos llamar 'corrupción'; y que cuando son las ONG las que se lo llevan, debemos llamarlo 'gastos generales'-. Dios no existe, aunque su ignorancia le rece, porque no castiga a quienes mienten; porque ante la tragedia sólo hay llanto, murmullo, silencio de quien no se atreve a gritar lo que podría consolarnos -pura convención- porque el dolor es concreto y agrede a quien toca. La solidaridad es una palabra de mierda revoloteada de moscas en forma de palabras de consuelo. Ante el olor de los cadáveres en descomposición, vomitamos dinero.
Las madres que sostienen entre sus brazos los cadáveres de sus malogrados recién nacidos tenían también en sus cabezas la idea, vana ahora, de una vida mejor que la suya -de pura supervivencia- en un infierno de campos de refugiados o en un inframundo sobrehabitado e infecto de hombres vestidos de uniforme y ausente de alimentos: hubieran querido que sus hijos ya muertos hubieran sido al menos niños, aunque heridos de odio. ¿Qué pasa por dentro de sus cabezas famélicas, qué esperanza sin resentimiento hay en los ojos de los 30.000 niños diarios -diarios- que mueren cada día a causa de la guerra capitalista, del hambre capitalista, de la sobreexplotación capitalista?¿Dónde está el cuaderno con la lista infinita de muertos que causa sostener nuestro falso bienestar de deseos tan permanente e innecesariamente satisfechos? Desde mi opulencia -relativa- veo mil millones de personas atrapadas en la pobreza absoluta. El 70 % son mujeres. 7 de cada 10 personas que mueren de hambre en el mundo son mujeres y niñas. Aquí, una alfombra roja y un desfile de millonarios me sonrojan con su limosna miserable y puntual. Aquí, a los respetables votantes, nos preocupa que adelgace el estado de bienestar, que la democracia -¿pueblo o plebe?- que nunca lo ha sido deje de serlo, que la primera dama parezca honrada aunque fuera puta, nos preocupa la cadena perpetua de las hipotecas o que los políticos se pavonéen en las filas del desempleo, que se nieguen los derechos ciudadanos a quienes huyen de los abismos de bosques sombríos plantados por quienes plasmaron un día esos mismos derechos sobre el papel. Oradores con las lenguas rotas...
Y me doy rabia por pensar en esto, por esta letanía lenta, me odio por hervirme la sangre ahora, cuando el cinismo sale a pasear por los medios al detectar un infierno que ya existía y en cuyo calor y hedor no habíamos reparado, me doy asco por no pensar más en el cuerpo blanco y desnudo de Silvie y dejar que se me cruce ante los ojos la película de la muerte que sé que se proyecta cada día aunque yo esté ausente de la sala, no me soporto porque me desvelo esta noche pensado esto cuando hace una semana dormía como un bebé, aunque ya el color era negro y el número, nada.
La ayuda humanitaria (sic) que se desgrana hoy tenía que haber llegado en forma de maldición sumaria primero sobre Francia, después sobre los EEUU que tomaron y ejercieron su poder absoluto directo sobre la isla desde 1915 a 1934 y, después, sosteniendo sucesivamente a Papa Doc y a Nene Doc (los Duvalier) desde 1957 a 1986, ayuda humanitaria que nos hace olvidar que Haití fue el segundo país de América Latina en proclamar su independencia en un proceso revolucionario abolicionista de una población en un 95% con origen en el África subsahariana, ayuda humanitaria para tapar la violencia política, los golpes militares subvencionados por el Norte, las crisis acumuladas en la paciencia de ciudadanos que nunca lo han sido, ayuda humanitaria vestida de uniforme militar para poner orden entre los cadáveres: bienvenidos los soldados que dejarán que los pobres lo sigan siendo, ayuda humanitaria vestida de periodistas que nos dirán lo que dicen que ha sucedido desde la cafetería con wifi y whisky de un hotel cuatro estrellas y entre rumores de sábanas, en forma de turismo solidario de lujo de ciudadanos del primer mundo con sentimientos de culpa que cauterizan con la persistente muerte acumulada de siglos, ayuda humanitaria encarnada en cascos azules que violarán o abusarán de mujeres desesperadas de hambre, miseria y lágrimas y parirán hijos envenenados por lo que no nunca podrán ser. Ayuda humanitaria que no es desarrollo, sino caridad. A Port-au-Prince no llega nada: ni recogedores de cadáveres, ni comida extranjera, ni esperanza: sólo una pesada lluvia de logotipos de fundraising que desembocan en cuentas bancarias suizas -nos enseñan que cuando los ministros de Haití se llevan el 50% del dinero para ayuda lo debemos llamar 'corrupción'; y que cuando son las ONG las que se lo llevan, debemos llamarlo 'gastos generales'-. Dios no existe, aunque su ignorancia le rece, porque no castiga a quienes mienten; porque ante la tragedia sólo hay llanto, murmullo, silencio de quien no se atreve a gritar lo que podría consolarnos -pura convención- porque el dolor es concreto y agrede a quien toca. La solidaridad es una palabra de mierda revoloteada de moscas en forma de palabras de consuelo. Ante el olor de los cadáveres en descomposición, vomitamos dinero.
Las madres que sostienen entre sus brazos los cadáveres de sus malogrados recién nacidos tenían también en sus cabezas la idea, vana ahora, de una vida mejor que la suya -de pura supervivencia- en un infierno de campos de refugiados o en un inframundo sobrehabitado e infecto de hombres vestidos de uniforme y ausente de alimentos: hubieran querido que sus hijos ya muertos hubieran sido al menos niños, aunque heridos de odio. ¿Qué pasa por dentro de sus cabezas famélicas, qué esperanza sin resentimiento hay en los ojos de los 30.000 niños diarios -diarios- que mueren cada día a causa de la guerra capitalista, del hambre capitalista, de la sobreexplotación capitalista?¿Dónde está el cuaderno con la lista infinita de muertos que causa sostener nuestro falso bienestar de deseos tan permanente e innecesariamente satisfechos? Desde mi opulencia -relativa- veo mil millones de personas atrapadas en la pobreza absoluta. El 70 % son mujeres. 7 de cada 10 personas que mueren de hambre en el mundo son mujeres y niñas. Aquí, una alfombra roja y un desfile de millonarios me sonrojan con su limosna miserable y puntual. Aquí, a los respetables votantes, nos preocupa que adelgace el estado de bienestar, que la democracia -¿pueblo o plebe?- que nunca lo ha sido deje de serlo, que la primera dama parezca honrada aunque fuera puta, nos preocupa la cadena perpetua de las hipotecas o que los políticos se pavonéen en las filas del desempleo, que se nieguen los derechos ciudadanos a quienes huyen de los abismos de bosques sombríos plantados por quienes plasmaron un día esos mismos derechos sobre el papel. Oradores con las lenguas rotas...
Y me doy rabia por pensar en esto, por esta letanía lenta, me odio por hervirme la sangre ahora, cuando el cinismo sale a pasear por los medios al detectar un infierno que ya existía y en cuyo calor y hedor no habíamos reparado, me doy asco por no pensar más en el cuerpo blanco y desnudo de Silvie y dejar que se me cruce ante los ojos la película de la muerte que sé que se proyecta cada día aunque yo esté ausente de la sala, no me soporto porque me desvelo esta noche pensado esto cuando hace una semana dormía como un bebé, aunque ya el color era negro y el número, nada.
Etiquetas:
ayuda humanitaria,
Fundraising,
Haití,
terremoto
15 ene 2010
Para que las cosas salgan bien tienes que querer hacerlas, y yo no quiero
Son las cuatro de la mañana, finales de Diciembre / Te escribo con la única intención de saber si estás mejor / Nueva York es frío, pero me gusta donde estoy viviendo / La música suena en la calle Clinton durante toda la tarde...
Desde mi regreso, no logro conciliar la rima de mi prosa con mis sentimientos. Cuanto menos me cuesta ponerlos sobre el papel, más difícil me resulta expresarlos en la vida cotidiana. ¿Sabes esos día de bajón miserable? No, no un día gris, triste y nada más. Un dia de los que te sientes hundida en la miseria: tienes miedo y no sabes de qué tienes miedo. ¿Has tenido esa sensación? Cuando me siento así, lo único que me ayuda es coger un taxi e ir a Tiffany. Me tranquiliza de inmediato: el sosiego y la seguridad que hay: en un sitio así no podría ocurrirte nada malo (...) Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato... (Ay, Holy Golightly, pequeña y frágil Lulamae, cómo te he llegado a querer en ese recorrido mítico entre la 5ª, el Plaza, la tienda de los diamantes, el territorio prohibido del zoo, Central Park, Lexington av. y la esquina del bar de Joe Bell). Y es que llevo varios de estos gélidos días -después de la tempestad de NY, después de la templada nostalgia romana, ahora en la confortable soledad de mi departamento de París- dando vueltas a la geografía de las cosas cotidianas, a lo que pasa inadvertido a nuestros ojos y está ahí delante: el sonido común al otro lado de la pared, la gente que sale de la boca de metro vista desde la ventana (parecen siempre los mismos), los vecinos, nuestra calle, el estanco, una pareja deshaciéndose, la botella de vino, un olor (el olor del papel y la tinta del diario, por ejemplo), otro olor (de comida en el portal de casa), la textura de nuestro cuerpo cada día, besos sin amor, el camino diario repetido del trabajo, la cartografía variable de los lunares de su vientre, beso de despedida, tarde de domingo, el techo desde la cama, visto, desvisto, desvelo, despierto, sueño (con otro viaje), la enésima queja, el lamento por la distancia, un objeto reconocido en la oscuridad, la voz conocida al otro lado del teléfono, la sedimentación natural de las vidas, de su tedio. Huimos de la vida cotidiana. Del desgarro de la vida cotidiana. Del nada y del nadie que inunda día a día la vida hasta completar otro año. Entonces... el tiempo.
Comencé a pensar en ello el día de mi regreso cuando, subiendo las escaleras de casa cargada de equipaje, vi las llaves puestas en la puerta de Silvie: llamé para decírselo, finalmente -sin respuesta- abrí y la ví al fondo del apartamento -como si fuera parte de un anuncio de Oliviero Toscani- follando como una posesa en el sofá sobre un tío negro, muy negro. Ella, la piel tan blanca como la leche. Con un gesto de la mano me hizo saber que no era el momento y yo, tras un momento de perplejidad, no pensé tanto en la estampa como en el contraste de sus pieles. ¿Es que no había visto nunca follar a alguien? Es útil encontrarse de vez en cuando en el departamento de los sorprendidos.
También pensaba el otro día en el motivo y carácter que define los días festivos que jalonan nuestros calendarios alegrándonos la vida (o no). Con desilusión, debo decirlo. Porque que en un país laico como Francia se mezclen en su calendario días como el Día del trabajo, la celebración del fin de la II Guerra Mundial, la Fiesta Nacional del 14 de julio o el Armisticio de 1918 con otros como el lunes Santo, la Ascensión, Pentecostés, la Asunción o Todos los Santos, me deja trastornada de cotidiana religiosidad. En España es más patético: Epifanía (los reyes magos), San José, Jueves y Viernes santo, lunes de Pascua, el Pilar (fiesta nacional), Todos los Santos, Inmaculada Concepción, Navidad, Corpus, todo trufado de las fiestas de los santos locales... excepto las celebraciones civiles de los días de la Constitución y el 1º de mayo. La costumbre y lo oscuro son lo cotidiano. Y, sin embargo, donde más coherencia he encontrado es entre los estadounidenses: Año nuevo, aniversario de Martin Luther King, aniversario de Washington, Día de los Presidentes, Memorial Day, día de la Independencia, día del Trabajo, día de Cristobal Colón, día de los Veteranos, Acción de Gracias y Navidad. Lástima que les fallen tanto sus gobernantes. En realidad no: les falla el capitalismo.
Terminé pensando -quién sabe la razón: ¿qué fijará dentro de nuestras cabezas el foco en una idea determinada?- en la distancia que separa el ombligo y el sexo de las mujeres: lisa y larga como un pensamineto al amanecer, plana, a veces desembocando en un coño de pálida y pulida desnudez (jodido eso, aunque queramos creer que cotidiano, jodido), a veces pura jungla. En mirar la espalda desnuda de la otra persona pensando óomo es la nuestra. Pensándola nuestra. En el sonido hueco de una bofetada. La bofetada que una mujer recibe de otra.
Se que, otra vez, voy a ver amanecer mirando por la ventana. Aunque ya no siento frustración. Lo he logrado del mismo modo que cuando uno encuentra lo que ha perdido: dejando de buscar, dejando de escapar... Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerta
Desde mi regreso, no logro conciliar la rima de mi prosa con mis sentimientos. Cuanto menos me cuesta ponerlos sobre el papel, más difícil me resulta expresarlos en la vida cotidiana. ¿Sabes esos día de bajón miserable? No, no un día gris, triste y nada más. Un dia de los que te sientes hundida en la miseria: tienes miedo y no sabes de qué tienes miedo. ¿Has tenido esa sensación? Cuando me siento así, lo único que me ayuda es coger un taxi e ir a Tiffany. Me tranquiliza de inmediato: el sosiego y la seguridad que hay: en un sitio así no podría ocurrirte nada malo (...) Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato... (Ay, Holy Golightly, pequeña y frágil Lulamae, cómo te he llegado a querer en ese recorrido mítico entre la 5ª, el Plaza, la tienda de los diamantes, el territorio prohibido del zoo, Central Park, Lexington av. y la esquina del bar de Joe Bell). Y es que llevo varios de estos gélidos días -después de la tempestad de NY, después de la templada nostalgia romana, ahora en la confortable soledad de mi departamento de París- dando vueltas a la geografía de las cosas cotidianas, a lo que pasa inadvertido a nuestros ojos y está ahí delante: el sonido común al otro lado de la pared, la gente que sale de la boca de metro vista desde la ventana (parecen siempre los mismos), los vecinos, nuestra calle, el estanco, una pareja deshaciéndose, la botella de vino, un olor (el olor del papel y la tinta del diario, por ejemplo), otro olor (de comida en el portal de casa), la textura de nuestro cuerpo cada día, besos sin amor, el camino diario repetido del trabajo, la cartografía variable de los lunares de su vientre, beso de despedida, tarde de domingo, el techo desde la cama, visto, desvisto, desvelo, despierto, sueño (con otro viaje), la enésima queja, el lamento por la distancia, un objeto reconocido en la oscuridad, la voz conocida al otro lado del teléfono, la sedimentación natural de las vidas, de su tedio. Huimos de la vida cotidiana. Del desgarro de la vida cotidiana. Del nada y del nadie que inunda día a día la vida hasta completar otro año. Entonces... el tiempo.
Comencé a pensar en ello el día de mi regreso cuando, subiendo las escaleras de casa cargada de equipaje, vi las llaves puestas en la puerta de Silvie: llamé para decírselo, finalmente -sin respuesta- abrí y la ví al fondo del apartamento -como si fuera parte de un anuncio de Oliviero Toscani- follando como una posesa en el sofá sobre un tío negro, muy negro. Ella, la piel tan blanca como la leche. Con un gesto de la mano me hizo saber que no era el momento y yo, tras un momento de perplejidad, no pensé tanto en la estampa como en el contraste de sus pieles. ¿Es que no había visto nunca follar a alguien? Es útil encontrarse de vez en cuando en el departamento de los sorprendidos.
También pensaba el otro día en el motivo y carácter que define los días festivos que jalonan nuestros calendarios alegrándonos la vida (o no). Con desilusión, debo decirlo. Porque que en un país laico como Francia se mezclen en su calendario días como el Día del trabajo, la celebración del fin de la II Guerra Mundial, la Fiesta Nacional del 14 de julio o el Armisticio de 1918 con otros como el lunes Santo, la Ascensión, Pentecostés, la Asunción o Todos los Santos, me deja trastornada de cotidiana religiosidad. En España es más patético: Epifanía (los reyes magos), San José, Jueves y Viernes santo, lunes de Pascua, el Pilar (fiesta nacional), Todos los Santos, Inmaculada Concepción, Navidad, Corpus, todo trufado de las fiestas de los santos locales... excepto las celebraciones civiles de los días de la Constitución y el 1º de mayo. La costumbre y lo oscuro son lo cotidiano. Y, sin embargo, donde más coherencia he encontrado es entre los estadounidenses: Año nuevo, aniversario de Martin Luther King, aniversario de Washington, Día de los Presidentes, Memorial Day, día de la Independencia, día del Trabajo, día de Cristobal Colón, día de los Veteranos, Acción de Gracias y Navidad. Lástima que les fallen tanto sus gobernantes. En realidad no: les falla el capitalismo.
Terminé pensando -quién sabe la razón: ¿qué fijará dentro de nuestras cabezas el foco en una idea determinada?- en la distancia que separa el ombligo y el sexo de las mujeres: lisa y larga como un pensamineto al amanecer, plana, a veces desembocando en un coño de pálida y pulida desnudez (jodido eso, aunque queramos creer que cotidiano, jodido), a veces pura jungla. En mirar la espalda desnuda de la otra persona pensando óomo es la nuestra. Pensándola nuestra. En el sonido hueco de una bofetada. La bofetada que una mujer recibe de otra.
Se que, otra vez, voy a ver amanecer mirando por la ventana. Aunque ya no siento frustración. Lo he logrado del mismo modo que cuando uno encuentra lo que ha perdido: dejando de buscar, dejando de escapar... Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerta
Etiquetas:
Holy Golightly,
Lulamae,
Nueva York,
París,
Roma,
Silvie,
Tiffany's,
Truman Capote
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
