11 feb. 2009

ONLY A PAWN IN THEIR GAME

Cuando llegué a París por primera vez, diciembre de 2006, los pasos me condujeron una noche cerca de Place de la République y, desde allí, descubrí un lugar hasta entonces desconocido para mí: el Canal de Saint-Martin. Hermosos puentes con barandillas de hierro, esclusas, calzadas adoquinadas y edificios con las fachadas pintadas de colores vivos: rosa, verde, amarillo. Quai de Valmy, Jemmapes ó el Cafe Marine. Lo recuerdo con clara nitidez. Como aparecer en un lugar inesperado, otro mundo, otro lugar.

Igualmente recuerdo que a orillas del canal un centenar de tiendas de campaña de jóvenes acampaban en una protesta: les enfants du quichotte, se hacían llamar, y lo que hacían era protestar por el desprecio al derecho a la vivienda, por la inaccesibilidad a la misma, por tratar de romper los prejuicios sobre los sin techo, los clochards aquí en Francia. Estuvieron meses allí, un invierno en el que la ventisca levantaba remolinos de copos de nieve en las terrazas de los Jardins des Tuileries o la Place du Carrousel y el agua del Sena se agitaba inquietantemente oscura entre los inmensos muros de sus quais.

Este invierno, frío o más que aquel, me recuerda aquella protesta a orillas del canal. Ayer noche paseaba los soportales de la Place des Vosgues, donde barbudos clochards duermen ateridos entre cartones, orinan o beben vino barato junto al portal de la casa donde vivió Victor Hugo, Daudet o Richelieu y a escasos metros de las setas de gas que calientan las terrazas donde cenan las clases medias y los turistas -japoneses la mayoría- aún a salvo de la crisis. De regreso por Rue Rivoli, a la altura de Place Baudoyer -espaldas del Hôtel de Ville-, el SAMU desplegaba efectivos para socorrer a un mendigo aparentemente muerto: envuelto en la ironía dorada de una manta térmica ya innecesaria, una ráfaga del helador y fuerte viento que barre los boulevards estas noches descubrió su rostro y pude ver, como en un flash, el color de la cera en la piel, las babas heladas en las comisuras de sus labios y unos ojos acuosos y claros muy abiertos... A su lado un leve susurro y un acordeón Weltmeister blanco y rojo. Pasajeros de la noche.

Camille me agarró mucho más fuerte el antebrazo del que ya caminaba asida y me miró con lágrimas en los ojos. La oí decir: Este mundo es una mierda. Mientras este pobre clochard muere congelado entre mierda, la discusión es si es ético o no que los directivos sigan cobrando bonus en los bancos intervenidos por el Estado o si sus sueldos multimillonarios deben limitarse a un máximo de medio millón de dólares al año o... ¡joder!

Imagina, respondí, qué pensariamos si pudiéramos asomar nuestras narices en Zimbabue, Etiopía, Haití, Nigeria o Sierra leona. Nos faltarían no lágrimas, sino el aliento para hablar. Mataríamos ejecutivos a las puertas de las multinacionales. Pero no vale confundirse... Esto debe ser un viaje de la confusión a la claridad, de la oscuridad a la luz, como la Candy del tercer album de la Velvet, Camila, pienso.

Seguimos caminando en dirección a Concordia, dejando atrás la maraña de luces azules, rojas y amarillas, el cajón hueco de la ambulancia, el tráfico de agentes con chalecos amarillo fluorescente y a otros mendigos envueltos en harapos y bolsas, como un ejército sólo de tropa y sin galones, que se acercaban y miraban a su compatriota de la nada. Apenas nos dijimos más hasta Champs Elysées. La urgencia de decir se apacigua con el latido del futuro. Y se hace silencio. Creo que lloramos las dos, o sería el viento frío o la rabia, porque yo noté rodar lágrimas por las mejillas.