19 dic. 2008

La Santé

Marie va y viene, entra y sale de la buhardilla como una gata por su gatera -'cuando mis dedos acarician complacidos/tu cabeza y tu lomo elástico,/y mi mano se embriaga con el placer/de palpar tu cuerpo eléctrico'-. Es libre. Se mueve dócilmente pero con desenvoltura: trasnocha y luego viene a dormir, atraída como por un imán -'un aire sutil, un peligroso perfume,/ flotan alrededor de su cuerpo moreno'-. O no. Unas veces llego del trabajo y ella está allí: dos platos sobre la mesa y guiso y velas -¿No será un hada, Dios?-. Otras, llama y disculpa su ausencia: otra gata se habrá cruzado en su camino -'su grupa fecunda está llena de chispas mágicas,/y fragmentos de oro'. Y Marie: con su chupa roja y sus botas, su moto y su libertad -los ojos le lloran del frío: compra un casco con visera y gafas, Marie, que aunque sepa que son del frío esas lágrimas me producen tristeza-, su amor propio y su inmensa ternura, es maestra, y tiene su propio apartamento en Montparnasse (Raspail con Montparnasse: rue Vavin). Cerca del centro donde imparte sus clases: trabaja en La Santè, una carcel. Ella adormece los más crueles males y contiene todos los éxtasis.

Hace una semana Marie me pidió que la acompañara una mañana a su trabajo. Que impartiera un taller de foto y video a sus alumnos de bac. Visitar las aulas de una prisión para explicar cómo capturar imágenes...

Entrar en la cárcel es entrar en otro mundo. O mejor: entrar en la cárcel es abandonar el mundo por la puerta de atrás. El mundo en el que todos nos desenvolvemos ignorando lo que es obvio: el marco de referencia de nuestras libertades, de nuestros derechos fundamentales y garantías individuales, de la protección a nuestra persona. Traspasar la puerta de la prisión -cuyo cielo vuelan los pájaros parece que sin importarles-, aun solo de visita, pone los pelos de punta. Un muro de hormigón y piedra de 4 ó 5 metros coronado por alambres de espino. Es curioso: el mismo muro que encerró a Apollinaire, Victor Serge, Leon Daudet, Chacal, Maurice Papon, al hijo de Miterrand y que no deja salir a algún etarra aún. Después, una tierra de nadie atravesada de alambradas: aún no se ve ningún preso. De entrada, un control donde, sin cachearte, te hacen sentir incómoda. Eres, más que un visitante, un invitado. Y debes dejar todas tus pertenencias bajo llave: estás en una carcel, pueden robarte. Comienzas a ver a los presos. Lo peor: cada vano que atraviesas, cada espacio que transitas, cada puerta cuyo umbral cruzas, se cierra tras de tí con un aparatoso sonido metálico. La primera vez te sobresalta y vuelves la mirada. La segunda vez ya sabes qué es. Después solo te invade la tristeza.

Dentro del aula me espera toda una geografía étnica, la torre de babel y las siete tribus de israel: un ensemble de razas, acentos, colores, olores, tamaños y fisonomías que no podía imaginar: magrebíes, orientales, negros, negros negros, latinoamericanos, europeos... Son alumnos. Y a la vez son víctimas y verdugos. En algo fueron vulnerados y algo vulneraron de ese sistema codificado de garantías y derechos. Escrutas su rostro y tratas de fijar tu mirada en sus ojos. Averiguar por qué está allí cada uno de ellos: el profesor no sabe -nadie se lo dice, es el reglamento, es la ley- la razón por la que cada uno de los alumnos ha perdido su libertad: tal vez un robo, tal vez una agresión, tal vez una violación, tal vez una muerte. No puedo. Aparto los ojos. Ellos ahora son alumnos. Y son correctos conmigo. Atienden en silencio. Parecen entusiasmados. El taller es práctico, y siempre guardan una distancia respetuosa que no les he pedido. Pero que ellos respetan: la carcel es coercitiva, amenaza con castigar, castiga la contravención de lo establecido. Estímulo-respuesta (el Estado es el único titular de la violencia legítima y, en un Estado de Derecho, esa violencia está reglada con normas que contienen prohibición). Marie me cuenta que para ellos acudir a clase es la vida, de lo contrario permanecerían en sus celdas o en el patio, si el tiempo lo permite. Luchan cada día por conseguir salir de sus celdas. Los sábados, domingos, festivos y vacaciones -se acercan los días de Navidad- son para ellos días nefastos: no hay clase.

Unos minutos después de terminar tomo un café con Marie y otro compañero suyo, Pierre, en la cantina de la prisión. Me dicen que los alumnos no han querido continuar con las clases, que estaban trastornados; inmediatamente pensé en mí como causa, pero me explican que no, que es porque yo olía a libertad y a calle, no a talego. Mi olor, no mi perfume: me rodeaba el aire arrastrado desde la calle, que para ellos es peor que oler a channel en aquella letrina. La carcel no huele mal, pero sí a cerrado, a un aire estancado de siglos. Es el mismo aire que respiraron Apollinaire, Serge, Chacal o Daudet.

Cuando salgo de La Santé y enfilo caminando lentamente el Boul Arago bordeando el muro, pienso en lo poco que valoramos la libertad. Enfrente hay una escuela. El ruido que proviene del patio, tras su tapia, es bien diferente: risas, gritos, alegría... Después, un monumento -parece un pedestal vacío- a F. Aragó (1786-1853). No se quién es, pero su ausencia me hace pensar, cuando me detengo a comprar cigarrillos y Le Monde, que ellos no pueden salir siquiera cinco minutos de la prisión a por algo tan sencillo como cigarrillos y el diario. Marie nunca me ha hablado de todo esto. Su concienca es densa como el mercurio.

15 dic. 2008

A working class hero is something to be

Il était une fois... así es como comenzaban los cuentos cuando yo era niña, cuando había cuentos y niños dispuestos a escucharlos. Estos días ordenaba libros por la buhardilla y, recóndito, pero lleno de anotaciones y puntas de página dobladas -lo reconozco: no soy respetuosa con los libros, nunca llevo un lápiz encima con el que anotar, y si lo llevo es peor- reencontré un ejemplar (mi ejemplar: un regalo de mi padre, con un prefacio de Hobsbawm y autografiado por el historiador) del cuento que más me gustaba leer durante mi adolescencia -soy así de rara-: el Manifiesto Comunista. Aquel cuentecillo, que hoy debería comenzar también con un il était une fois para continuar con su arranque original explicando q'un spectre hante l'Europe : le spectre du communisme -en lugar de que la très belle princesse...- parece definitivamente caido en el olvido. Echando cuentas, este año -y no recuerdo que nadie lo recordara- se cumplieron 160 años de su publicación.

Claro, ¿quién lee hoy día nada? Decía Bryce Echenique que los libros usados siempre están subrayados sólo hasta la página 10. ¿Quién lee hoy el Manifiesto Comunista? ¿Quién con ojos nuevos? Hace apenas 160 años sastres o ebanistas, artesanos, pueblo al fin, aún bajo la influencia de 1789 pensaban en el fin de una sociedad ya vieja que acababa de nacer y en construir un futuro. Simplemente: futuro. Sociedades de hombres -Proscritos, Justos, Comunistas, tanto da su nombre- exponían sus ideas en apenas dos docenas de páginas -parece que con pereza, por qué no decirlo: Marx escribía, dicen, bajo la firme presión de la fecha, como casi todos- y sus ideas se extendían como un incendio forestal por toda Europa. Cada palabra plasmada en el papel estaba ya escrita de antemano en el imaginario del pueblo como un deseo vehemente. En 1848 el continente ardía. Hoy está calcinado: el mundo transformado por el capitalismo que se describía en 1848 -sombrío, lacónico- se reconoce en el mundo que vivimos 160 años después.

Hoy el Manifiesto Comunista sólo hubieran aparecido a través de la web, en páginas líquidas, biodegradables, sin trascendencia. A lo mejor hasta con faltas de ortografía. Sin la fuerza casi bíblica de su convicción apasionada. Con la previsión, escrita en sus páginas, del fracaso. Las últimas palabras de su texto: "las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar" me parecen las más hermosas, pero hoy suenan como los monstruos del sueño de la razón, como reflejadas en los espejos de Valle Inclán. Hobsbawm dice que el Manifiesto tiene todavía mucho que decir al mundo en el siglo XXI. La sabiduría de la gente mayor, se ve. Porque yo miro a mi alrededor y sólo veo ojos oscuros. Ya lo dijo aquel otro también: "...you can't refuse / When you got nothing, you got nothing to lose / You're invisible now..." Sin embargo, hoy todos tienen demasiado que perder...

Dejo el Manifiesto en su sitio de la estantería. Me dejo caer en el sofá. Enciendo un cigarrillo. Imagino Champs-Élysées atestado de gente, riadas de hombres y mujeres de toda condición y bolsas cargadas de regalos y miedo. La Navidad es una puta mierda. Me quedo dormida y entre las primeras sombras del sueño una silueta difusa y esquiva sonríe y se frota las manos. No es el fantasma del comunismo, no...

29 nov. 2008

Amor líquido

No se si sabré explicarlo: la leo y me conmueve. Porque me parece inteligente y melancólica al mismo tiempo. Hermosa y triste. Ella también me lee y pide que le diga quién soy. No se de ella, como ella no sabe de mí. Y, entre tanto, enredándome en su soledad, escribo en el portátil: "¿tienes nostalgia del futuro?", las letras van apareciendo en la pantalla al ritmo de mi torpe 'taper', poco a poco, dedo a dedo, negro sobre blanco, y se demora a mi pregunta: "sobre todo de saber quién eres..." Y respondo rápido: "Eso no es nostalgia, sino curiosidad... (curiosidad con los mismos puntos de suspense de 'eres...'). No me robes el misterio. Déjame seguir mirándome en tu espejo. (Timidez muy obvia)".

Me estoy enamorando de ella, desconociéndola, porque habla de sueños y cosas imposibles, de comienzos, perdones y felicidad, pero también de oscuridad, otoños, silencio, abrazos que nunca llegaron, lágrimas y sonrisas derribadas sin remedio. De ojos verdes que nunca se atrevieron a decirse, que nunca nadie reconoció, de llorar y no llorar, del paso del tiempo y de la lluvia, del amor, de las sombras, del odio, tal vez del desamor. De la soledad. De echar de menos, dormir poco, hablar poco, ¿reir?

La fragilidad de los vínculos humanos, el sentimiento de inseguridad que esa fragilidad inspira y los deseos conflictivos que ese sentimiento despierta, provocando el impulso de estrechar lazos, pero manteniéndolos al mismo tiempo flojos para poder desanudarlos. Relaciones humanas, mujeres y hombres desesperados al sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, ávidos de la seguridad de la unión y de una mano con la que contar en los malos momentos: desesperados por relacionarse. Y, a la vez, desconfiando todo el tiempo de estar relacionados. Oscilación entre el sueño y la pesadilla. Relaciones que encarnan la ambivalencia, que ocupan nuestro centro de atención, el centro de atención de quienes somos, como Zygmunt nos llama, individuos líquidos modernos, de aquellos ya desvinculados de los vínculos inquebrantables.

Es amor líquido, amor que no existe porque ella -alteridad- no es nada más que palabras inteligentes y sensibles asociadas a un rostro bello con unos ojos muy transparentes, verdes y limpios. Deseo. Un perfil lleno de mis propias reminiscencias, en las cuáles me reconozco, lleno de lo más íntimo de mi distancia interior hasta los sueños, y su locura. ¿Qué significa lejos? Significa frágil, como ese amor si existiera. Fragilidad -hoy- de los vínculos humanos. Apenas conexión. Miedo a lo duradero. Virtualidad a la medida del entorno de esta vida líquida en que las posibilidades románticas fluctúan a velocidad de vértigo con la promesa de que la siguiente será más gratificante y satisfactoria que la anterior. Uno siempre puede oprimir la tecla delete, dice Bauman. ¿Por qué a veces no lo hacemos?

Estoy segura, es así: en Internet nada es lo que parece. ¿Seré yo la que soy? Mientras nos escribimos, ella y yo, y después escribo esto, Marie está sentada -ajena a todo- en la alfombra leyendo un ejemplar del Amor líquido, de Zygmunt Bauman, que acabo de leer, y que le he recomendado muy interesadamente.

Me conmueve, me estoy enamorando de ella, y ni por un momento me ha pasado por la cabeza la palabra 'follar'. Debo estar cansada. Me voy a la cama...

(Amor líquido, como el dinero liquido que fluye sin parar estos días por los desagües neoliberales hacia los sótanos del poder que escapa en desbandada: Islas Caiman, Suiza… No sucede nada: el dinero no desaparece, ni se destruye, ni cambia de manos: sólo pasa de una a la otra, como las bolas de los malabaristas, hasta que desaparece delante de nuestros ojos sin dejar rastro. Ese dinero era nuestro…)

3 nov. 2008

Quiero que gane el negro

Unas cosas llevan a otras, sin remedio. Igual que un borgoña joven pide, por ejemplo, un Camembert de Normandie; o un broker de Wall Street tiende a los ansiolíticos e incita a la desconfianza, algunas reflexiones acercan a otros pensamientos.

Nunca acudo a estos lugares -me producen urticaria-, pero ayer tarde hacía cola en la caja de un hipermercado cerca de casa con un carro lleno de productos. Me acompañaba Marie. Y el salario recién ingresado al otro lado de la banda magnética de mi tarjeta. Le explicaba cómo me horrorizan estos lugares tan perfectamente diseñados e iluminados -luz blanca de quirófano- para dirigir cómodamente los pasos de las masas por pasillos de marcas y logos, vistos y memorizados mil veces, convertidos en objetos de deseo que harán que esa noche y con la despensa saturada -en cualquier momento, se ve, puede estallar una guerra, en cualquier momento se hunde definitivamente Wall Street ahora que son los propios capitalistas los demuelen el sistema, cerrando definitivamente la esperanza de que pudiera hacerlo el comunismo, si es que quedó alguien en aquel hermoso barco a la deriva- la conciencia descanse tranquila mientras se ve la TV. Miro a mi alrededor y, asustada, le pido que Marie que me diga: ¿soy yo igual que esta gente que hace cola delante y detrás de nosotras? Me niego, no puedo, me resisto a ser como ellos. Por más que intento imaginarme con 20 años más, con un marido más, con 2 ó 3 hijos más e, incluso, con un perrillo más, no puedo verme: cada sábado, cada fin de semana, cada número rojo del calendario esperando a llegar a una caja para destrozar la tarjeta.

Con la despensa llena, me refugio en la buhardilla con Marie. Ella, perpleja, no entiende mi agitación. Esta noche la Casa Blanca podrá dejar de llamarse así no tanto por el color de sus paredes como por el de sus moradores. Tal vez sea verdad -leido lo leido- que resultaba más fácil pensar hoy en un presidente negro en los EEUU que en uno de origen indio en Inglaterra o magrebí en Francia. Quién iba a decirlo, tan cerca todavía el Movimiento por los Derechos Civiles, tan cerca todavía Jim Crowe, Emmett Till, Luther King, Rose Parks, Alabama, Little Rock... De modo que la buhardilla como refugio ante la incertidumbre, la buhardilla tornada en mukata. Es pequeña, calculo unos 50 metros cuadrados bastante cuadrados, porque midiendo de extremo a extremo cada lado tiene unos 7 metros, incluyendo el espacio del baño y la cocina. En 50 metros se puede crear todo un mundo cálido de sensaciones, vivencias, literatura -los libros distribuyen los espacios y sus palabras calientan el aire a respirar-, comodidades y perspectivas vitales: esperanza. El tamaño adecuado para, desde la cama y con la cabeza a los piés, poder ver en esa gran pantalla de 19 pulgadas lo que sucede al otro lado del Atlántico durante toda una noche. En una cadena francesa repiten el vídeo que hace del predicador Obama un cantante más junto a un grupo de cantantes que se tornan en predicadores, farandulilla en b/n: Scarlett, Amber Valetta o Will.I.am, líder de los Black Eyed Peas, todo dirigido por Jesse Dylan -hijo de Bob Dylan, otro nexo con la lucha de los '60- en esa letanía de Yes, we can, yes we can... con guiños a la izquierda -algo inédito, impensable en EEUU- y, sobre todo, con un hermoso cuento de la historia de los EEUU tan diferente a como la conocemos y sabemos que es: como una historia de cambio, esperanza, prosperidad y oportunidad para reparar el mundo roto por ellos mismos. Yes we can es I have a dream, Obama es la intersección de Kennedy y Luther King, si exagero, incluso, de Luther King y ZP. Ya lo dijo, poeta León Felipe, una vez: 'algún día la política será una canción'. Y éste canta, habla del destino de una Nación, de un susurro de esclavos y abolicionistas, del camino de la libertad, de una canción cantada por emigrantes y pioneros camino del Oeste, de trabajadores y mujeres luchando por sus derechos, de una tierra prometida, repudio del oro y las armas: justicia e igualdad, cambio y esperanzas de reparar. Y nos gusta oirle. Y nos gusta oirlo. Barras y estrellas cierran la escena como telón de fondo.

A pesar de todo, igual que Chávez, quiero que gane el negro.

22 oct. 2008

Tatuaje

El otro día, la otra tarde -lluvia de nuevo en el alero de zinc de mi buhardilla-, justo después de escribir este post a una entrada titulada 'Perfume'...

"Durante un cuatrimestre, estudiante en Barcelona, adoré un perfume de vainilla que se perdía por los pasillos de la Facultad. Denso, dulce, perfecto, embaucador... Desesperaba poniéndole cara, disfrutaba confundiéndome de persona y excitándome, incrédula de que un perfume sacara lo peor de mí misma.

Una tarde oscura de lluvia, apretujada en el autobús de regreso, Diagonal abajo, el perfume -ella- se posó a mi lado. La lluvia, la humedad, el deseo se conjugaron en una suerte de encuentro a la deriva de una mar de marejada tendiendo a fuerte marejada.

Nada quedó ileso, los restos del naufragio confirmaron que, esta vez sí, el cuerpo bajo el perfume era como el mismo perfume: Denso, dulce, perfecto, embaucador.Debió cambiar el perfume, no la olí más en el segundo cuatrimestre. Ni después. Pero cada vez que alguien se cruza conmigo con ese aroma recuerdo su rostro, su voz, la lluvia..."

...me acució cierta intranquilidad que no supe concretar de inmediato más allá de esos últimos puntos suspensivos pero que, dos cigarrillos y una mirada al cielo para ver si podía sacar la Vespa después, pude resolver.

Se llamaba -se llamará aún- Anna y lo que me turbó de su recuerdo no fué ya su perfume a vainilla -suave, apacible y envolvente-, sino algo de ese cuerpo acogedor que logré visualizar un instante después: sus tatuajes. A Anna le revoloteaba una mariposa justo encima de donde debiera haber estado su vello púbico. A Anna le gustaban los tatuajes y tenia su geografía trazada de líneas de colores, palabras, figuras y símbolos que yo recorría atenta y detenidamente tratando de desentrañar -especialmente las tardes y las noches de los sábados y las perezosas mañanas dominicales- como si en aquel jeroglífico estuviera la clave de una pasión que pudiera convertirse en eterna. La luna en su nalga izquierda y un sol llameante -dentro del cual se consumían en el fuego dos iniciales desconocidas- en su nalga derecha, un a modo de alfa y omega, principio y fin de todo sobre su hermoso culo moreno. Un corazón sobre -justo- la rabadilla, corazón huidizo con alas que parecía volar escapando hacia unas volutas y espirales negras que se evaporaban espalda arriba, entre sus homóplatos, hacia sus hombros. En su nuca, un colibrí sobre un texto oriental que nunca supe -ni pregunté- qué significaba. Sólo lo imaginé y murmuré en susurros. Y unos hermosos y delicados pequeños árboles japoneses -bonsais- abrían sus ramas bajo sus diminutos pechos, envolviéndolos de hojas verdes y rojas, sosteniéndolos como frutos de deseo. De todos, sólo un tatuaje, uno, asimetrico: en su brazo derecho, sobre su codo, un cuadrado azul oscuro sobre el que se recortaba una estrella blanca. Me contó que alguien en algún lugar llevaba en su brazo izquierdo, sobre su codo, el negativo de esa imagen: una estrella azul sobre fondo blanco. Complementarios extraviados, corazones eternos mientras duraron, un juego de promesas rotas. Ahora, la ausencia dolor.

Esta misma mañana, sol helador, me ha tentado la idea de ir a hacerme un tatuaje -entre St.-Denis y Beaubourg hay varios lugares aceptables-. Incluso tenía decidido el motivo y el lugar: un pequeñísimo -soy cobarde: el arete que llevo en la nariz me costó un aparatoso mareo- y esquemático caballito de mar sobre una de mis dos ingles -esto estaba por decidir-. Afortunadamente mi indecisión me trasladó, mientras caminaba dentro de mi particular imaginario, al lugar remoto y portuario de marineros, furcias y lejanísimos contactos maoríes; a ese otro carcelario y suburbial de amores de madre e iniciales esperando más allá del muro; a aquel otro de las cifras en los antebrazos judíos. Prejuicios y marginalidad dibujándose en forma de líneas en los cuerpos, sobre piel desnuda. Finalmente: entro en el Beaubourg, visito una interesante exposición: Le futurisme à Paris, y subo al nivel 6 -terraza, cafetería- donde fumo un cigarrillo, miro París y tomo un café. Decisiones aplazadas. Mañanas plácidas. Nostalgias de otras pieles.

15 oct. 2008

Abel, yo, tú, él...

Leo los diarios en internet, y me sale del tirón entre Étoile -con trasbordo en Hôtel de Ville- y République sin siquiera querer pensarlo. Hay días extraños dentro de la cabeza. O la lluvia. Me deberéis disculpar.

"Aún guardo, padre, la quijada del asno. Tenía sed de venganza. Sed, ser, Set, maldito hermano mío, maldita sea: aún veo el titular, negro sobre blanco, de aquel viejo diario: 'Nace el primer bebé seleccionado genéticamente en España para curar a su hermano'. Nací para curar, vine para dar vida a otro. Vine a sustituir al otro: una vida regalada y Abel era único. Yo lo sabía y por eso lo maté. Y aquí la tengo: su tacto es frío, helado hasta la médula de los huesos. Esta quijada. Manchada de sangre y orgullo pero, sobre todo, de incomprensión.

Ese era mi objetivo. Yo también busco, como tú. En algo nos teníamos que parecer, ¿no crees, padre? Sólo que tu buscas para amar –o eso dices–, y yo para matar. ¿Quién es más humano? 'Un bebé libre de una grave enfermedad hereditaria que padece su hermano y con el que es compatible', decía la prensa. También se mata cuando se ama, se matan cosas de uno, se aniquilan las cosas que no gustan del otro. La vida es una carnicería. Quizá lo único malo en mí es, padre, que no supe nunca canalizar mi amor. Que mi amor no estaba bien dirigido. Quizá, incluso, yo ame más que tú, querido padre.

Callas. No dices nada. Como siempre, no dices nada. No fui el favorito, aquel bebé tan deseado: 'El niño nació el pasado domingo con la esperanza de poder dar a su hermano de 6 años y afectado de beta-talasemia mayor, una oportunidad para seguir con vida'. Abel, Hável, Habil... pastor. Pero soy el superviviente, Caín, Qáyin, qué curioso que este nombre no aparezca en el Corán: agricultor de manos encayecidas entre cuyos dedos la quijada resulta suave como la piel de una mujer, dura como el metal del arado. Mi búsqueda termina en mí, porque yo tengo la quijada. Estoy armado, como el cándido David ante el león y el oso, hijo también de la progenie de Israel. Tantos siglos dan para sentirse solo. Pero he de confesar que, si no hubiera acabado tan pronto con Abel, seguramente hubiera llegado a quererle mucho. Ahora, como a tí, padre, le echo de menos. Y por eso le busco también en ese bastardo concebido para sustituirle: Set. Abel, tranquilo en la tierra, regreso para vengarme, me vengo de ti, yo te defiendo, ahora después de todo.

No es enmienda, ni culpa: porque no la siento. Padre: ¿cuando descubristeis que estabais desnudos en el Edén, sentiste vergüenza? Yo también mordí mi manzana. Justifiqué mi pecado y no me oísteis. No atendisteis mis razones. Sé que no estuvo bien, pero lo hice para recuperar la voz. ¿Por qué cuanto más labraba la tierra su fruto era más estéril? ¿Soy, pues, culpable? Cuando dios me interrogó acerca de su paradero, le respondí: '¿Es que soy yo el custodio de mi hermano?'. Sabiendo Yavéh lo que había ocurrido, me castigó condenándome a vagar por la tierra de Nod eternamente. 'Un bebé libre de una grave enfermedad hereditaria...', 'que el futuro niño pueda aportar células con las que intentar curar la enfermedad del hermano mayor...', 'su sangre servirá para realizar el trasplante que necesita su hermano para superar...', 'un hito médico', decían todos aquellos titulares. Todo resuena como un eco en mi cerebro: fuí un instrumento servil que crece para dar sentido a la vida del primogénito condenado a morir. Pues también vengo a desbaratar tus planes, queridísimo padre. El árbol de la vida es el que tú persigues. El árbol de la vida para que dé muerte. ¿No es paradójico? Muchas veces me río solo, padre, a pesar del llanto silencioso de madre. De sus desesperadas lágrimas por el pesar de tu patética andadura. No me extraña que sea tan malo, tuya es la semilla. Dolor. Veinte años rumiando satisfacción para un agravio.

Sombra de su sombra, aliento de su aliento, vida de su vida, pequeño bajo su altura, siempre mis puños lucharon contra el vacío mientras sus manos amarraban la piel tibia. Yo, agazapado, desnudo en los siglos, dando ridículos saltos quemándome la planta de los piés. Él, poniendo cerco al fuego de la espada, burlando la guardia, brillando ante tus ojos, ante vuestros ojos. Mi gesto severo y su ternura. Lo negarás, claro. Los silos de arena del tiempo te harán hoy pensar que no. Comiste de la manzana y conseguiste la eternidad. Estarás contento, carnal padre, nos condenaste a todos a este peregrinar absurdo por la Historia.

Madre, ¿tú también querías más a Abel? ¿También le querías más a él? Finalmente lo que me llevó a matarle no fue la preferencia de Dios, sino tu silencio indiferente. 'Un nuevo hijo que no sólo está libre de la enfermedad hereditaria, sino que fuera absolutamente compatible con su hermano puesto que tiene idéntico perfil'. La dignidad humana se prostituye. Sin él nunca hubiera existido. Existo porque él me necesitó. Medicina. Medio para un fin. Justificación. Prueba de algo. No soy por mí, sino por él.

Los celos, dicen, son el interés extremado y activo que se sienten por una causa o una persona. Recelo. Yo sentía recelo de cualquier afecto que pudiera alcanzar él. Por eso no entiendo que dijeran que enloquecí de celos. Tal vez, sí, actué con celo. Por la mañana, y mientras aún dormía, golpeé y golpeé hasta sentir que vencía la resistencia dura de su cabeza. El primer golpe fue certero. Los siguientes, reiterativos, casi con desgana, vencida mi mano por el peso de la quijada. Desagradables: cada vez había más sangre. Después, me fui a mis sus cultivos. Todavía me pregunto que porqué una quijada.

Luego, todo aquel lío con el Juez. Los días fugitivos, los gatos cervales, Lilith y la lujuria... Y la nueva gravidez de madre. Volver a comenzar. Siento dentro un cansancio como de 100 años."

23 sept. 2008

Absolutely sweet Mary

La semana pasada tuve una cita de trabajo con mi jefe –si es que cita y trabajo son palabras compatibles– fuera de la oficina. Comida en el restaurant 'Le Zyriab', en el Institut du Monde Arab. Está en un impresionante edificio de Jean Nouvel –uno de aquellos proyectos faraónicos de ‘le vieux’ Tonton- sobre el Quai Saint Bernard, junto al Sena, en pleno V arrondissement parisino. El restaurante, una de esas delicadezas árabes llenas de perfume de especias y cuidada elegancia minimalista, ocupa la azotea: una novena planta con hermosas vistas (Île Saint-Louis, Notre Dame...) de París. Me quería impresionar.

Yo conocía ya –ay, pequeña proleta...-, en el mismo edificio, en la misma planta, una especie de comedor social con bandejas y mesas corridas sin mantel donde se puede degustar un estupendo cous-cous –poco más– a precios mucho más asequibles, sin vista panorámica y en compañía de marroquíes, argelinos y personal de los servicios del edificio.

Las intenciones de mi jefe: es un tipo de esos que creen que con 40 años aún se es joven, aunque su espejo ya haya olvidado cómo era su cara a los 30. Creo que diciendo que es director creativo publicitario lo digo todo (trileros de las emociones –felicidad tan inmediata como efímera– que estimulan el deseo material en mitad de páramos desolados -es que hoy los desiertos ya no están populosos de anacoretas). No está bueno, pero es interesante: se cuida. Incluso a veces he pensado que es gay por su modo de vestir, aunque lo descarto cuando veo cómo me mira: devora con ojos lascivos a las chicas. El tipo es razonablemente cultivado –todo lo que puede serlo un publicitario–: lee libros y prensa, conoce la actualidad y la comenta con ironía... e incluso inteligencia. Un inconveniente: en absoluto es la alegría de la huerta. Sabía que me iba proponer terminar mi contrato de prácticas y pasar a formar parte de la plantilla de creativos de la firma –me lo había filtrado la jefa de RRHH, hay que tener contactos en el mismo infierno!–, lo cual me halagaba; pero también sabía que me lo iba a vender como algo personal. En realidad a mi no me importaría chupársela... y estoy segura de que él querría lo mismo que yo.

Le espero a las 13:30 delante del Instituto –Place Mohamed V–, de espaldas a la jaima que ocupa parte de la plaza. He llegado con tiempo y estoy sentada en el asiento de la moto, con el casco en las rodillas. Me he vestido como una señorita –falda, escote, pintura... no entiendo por qué, si voy a trabajar con la pinta con la que voy, hoy me he preocupado por ponerme hecha un adefesio, pero en fin- y debo lucir interesante de este modo. Las chicas asociadas a las motos siempre parecen producir morbo. Y, pensando en esto, se concreta delante de mí una de esas asociaciones. La miro con atención: cazadora de cuero roja y vaqueros viejos. Cabello corto muy negro, piel muy blanca, ojos verdes. La chica levanta el asiento de su moto –una scooter Custom negra–, saca el casco, deja unos libros en el hueco, saca de sus bolsillos varias cosas y las deja dentro también y, finalmente, lanza algo que rebota en la moto –parece una cajetilla de cigarrillos– y cae al suelo. En ese momento, sabiéndose observada, levanta los ojos y me mira: sonríe, sonrío y, sin pensarlo, le digo: ‘inténtalo otra vez...’ Ríe abiertamente, se agacha –está muy buena–, recoge la cajetilla y vuelve a lanzarla. Falla de nuevo. Me mira otra vez y me dice: ‘¿tienes bastante tiempo?’. Cuando voy a responder que sí, que para ella todo el tiempo del mundo, observo detrás de la chica y de la moto a un taxi que se detiene y del que desciende mi jefe quien, siempre hiperactivo, de inmediato me localiza con la vista y me arrastra tras de sí guiñándome un ojo y sonriendo. Le sonrío y miro a la chica de la moto con cara tristona, haciendo un puchero, como diciendo: ‘otra vez será’. Al pasar junto a mí, ya sobre su montura, me susurra: '¿la semana próxima aquí?' Y da gas a la moto, perdiéndose Rue des Fossés-Saint Bernard arriba. Acompaño dentro a mi jefe y comemos.

Hoy, justo una semana después, estoy sentada de nuevo sobre el asiento de mi Vespa en Mohamed V. Mi aspecto es otro, décontracté, pero mi deseo es el mismo: que reaparezca el scooter negro con la chica de la chupa roja. Miro impaciente Rue des Fossés arriba...

Guardo una strada… io / non ne ho mai viste così / e dove vada a finire non so dir da qui… / il fondo è lucido e scuro / di un nero già blu… / porta lontano, è sicuro, mai stato laggiù…

La paciencia, me dicen, es una virtud...

15 sept. 2008

It’s raining hammers, it’s raining nails…

La gente culta –o no– arranca sus escritos con una cita culta –o no–. Yo, que ni culta ni escritora, arranco con la que adoptó el fundador de Alcohólicos Anónimos, que me temo debe ser original de algún teósofo protestante alemán o predicador evangelista de alguna iglesia innombrable de Massachusetts: deus, dona mihi serenitatem accipere res quae non possum mutare, fortitudinem mutare res quae possum, atque sapientiam differentiam cognoscere. Me lo repito mentalmente cada día como una letanía antes de otear el panorama político a través de los medios en Internet. Como para conjurar los peligros. Y son días pródigos.

El viernes la voz estruendosa y firme del camarada Chávez casi me hace saltar delante de la tele: "¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno! ¡Yanquis de mierda, váyanse al carajo cien veces, aquí estamos los hijos de Bolívar!". Acto seguido le exige a G. W. Bush el respeto a la soberanía de los pueblos –respeto, no le pidió más nada- y da 72 horas al embajador de los EE.UU. en Caracas para hacer el petate y/o multiplicarse por cero. Recordé de inmediato otras de sus famosas actuaciones bolivarianas. Ante la Asamblea ONU: “Aquí huele a azufre…” o también referido a Bush: “You are a donkey, Mr. Danger… ” Reforcé mi perenne sonrisa con un punto de ironía. Adoro todo lo alejado de la corrección política y a quien ponga altavoz a lo que media humanidad piensa y calla. No es populismo, no: es desafío y muestra patente del fracaso de las elites políticas instaladas por el neoliberalismo de los 90 en América latina que invitaban a la modernidad del libre comercio –‘agendas positivas’–. Las alfombras del capitalismo ocultan ya demasiados cadáveres... pero esto no nos escandaliza.

Después, escucho los ecos que deja el huracán Sarah Palin en la entrevista a la Cadena ABC. Del ultraconservador John Sidney McCain III, aparte de que tiene nombre de patata congelada, se que nació en Coco Solo (cuando Panamá era cloaca de los EE.UU.) y que entre sus hitos figuran estrellar aviones de guerra, caer en manos del Vietcong, ser torturado por estos malvados comunistas o sus segundas nupcias con una jovencita millonaria. La última –ya dentro de su carrera para ser consejero delegado del mayor negocio del mundo-: nombrar a una candidata a vicepresidenta con cara de zorra insaciable, la mencionada Sarah Palin: conocida como Sarah ‘barracuda’ por sus antiguos compañeros del club de atletas cristianos, por ser sucesivamente miss Wasilla, miss Simpatía, casi miss Alaska, firme antiabortista, ultracatólica, contraria al matrimonio homosexual, amiga de los ‘Amigos del rifle’ y partidaria de la guerra con Irak. Ahora leo que dice que declarará la guerra a Rusia si Putin sigue comportándose como el revoltoso del barrio e invade otro país. ¿Para qué la Guerra Fría? ¿Dónde Stalin?

Pero, definitivamente, de mi repaso a la prensa del weekend me quedo con el tandem Ratzinger-Bruni en París. Cité Lumière, inquisición y la hermosa belleza recatada del pendón Bruni. Benoît 16ème predicando la compatibilidad del tolerante y abierto laicismo francés con la más acendrada fe católica. Qué distinto debe ser que te espere a pie de escalera de avión Carla Bruni colocándose distraídamente un mechón de su cabello con aire angelical y rodeada de obispos con cara de paisaje -y quién sabe si una erección debajo de sus sotanas- a que solo esté Rouco Varela con su aspecto de cruzado preconciliar. En España el laicismo no es posible. En Francia, mientras tanto, las autoridades hacen ovaciones que suenan de compromiso y los intelectuales que asesoran a Sarkozy –Debray, Gallo… buff- le alertan sobre la pérdida de referencias culturales asociadas al retroceso del catolicismo frente al Islam… ¿Cuando la prohibición?

Al final, sólo me consuela ver la foto del hermoso rostro de la nueva directora de L’Unità, Concita de Gregorio. Intuyo que debe tener unas piernas preciosas. La izquierda no está tan extraviada como parece…

10 sept. 2008

You belong to me...

La amistad, dicen, es una relación afectiva entre dos personas y nace cuando los sujetos de esa amistad se relacionan entre sí y encuentran en sus seres algo en común. O sea, una relación de uno con otro yo. Se trata, se ve, de una de las más comunes relaciones interpersonales que la mayoría de los seres humanos tienen a lo largo de sus vidas. Parece algo sencillo, fácil de conducir, usual. Vaya, que hasta un tonto puede tener una relación de amistad, amigos. Hasta podriamos llegar más lejos, más allá de lo interpersonal: aquello de que el perro es el mejor amigo del hombre.

Yo propondría otro concepto de amistad que permitiera hacer más suyo al sujeto y librarlo del yugo de la subjetividad, de las relaciones interpersonales. Es la norma la que regula los comportamientos, no los sentimientos. ¿La amistad es un alma que habita dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas, como decía Aristóteles? ¿Como decía Platón en uno de los diálogos de 'El Banquete' sobre la amistad y el amor: El misterio del amor lo enmarca en cuatro grados: amor a la belleza de las almas; amor a la belleza corporal; amor a los conocimientos y amor a lo "bello en sí". Marcuse, con influencia de Hegel, Marx, Heidegger y Freud, concibe la transformación de la sexualidad en "eros", partiendo del hecho de que liberados de la tirania de la razón represiva, los instintos tienden hacia relaciones existenciales, libres, duraderas. Lenin sabe que los procesos de explotación se desarrollan en el interior mismo de las relaciones personales, que lo político no sólo debe denunciar esas realidades desde una perspectiva democraticista, sino que debe desarrollar todos los instrumentos sociales para que las relaciones interpersonales sean también relaciones de liberación. Y, sin embargo, para mí cada vez es más difícil separar lo “personal” de lo “político”. Me quedo con la belleza corporal.

Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud. Pero, en realidad: ¿qué es la amistad? ¿el paso previo a follar? ¿un peaje? ¿por qué hay personas entre las que existe tensión sexual y, sin embargo, necesitan sentirse amigas antes de acostarse? Los diccionarios dicen que la amistad es favor, afinidad, pacto, deseo, anudar, trabar, conexión (¿física?) entre cosas, deseo, amancebamiento, o sea, trato sexual habitual sin matrimonio. Un crescendo, vaya. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. ¿Voy yo a Martinica por amistad? ¿Compartía cama y asiento de vespa por amistad? ¿La amistad explica cada vez que follo sin amor pero con empatía? Y la pregunta del millón, ¿es posible la amistad entre dos personas entre las que existe una pulsión sexual, ya hombre-mujer, ya mujer-mujer, ya hombre-hombre?

¿Todo esto por qué? Porque tengo una espina clavada en NY, llámala G., que hace que la palabra amistad me atormente las más de las veces. G. es fotógrafa -ay, sweet pretty angel- y vive en Brooklyn desde hace más de un año. Nos conocimos en Madrid y hay una tensión sexual tan densa entre las dos que podría tomarse entre las manos. Dos continentes. La última vez que la ví fue en una visita suya a París el pasado marzo. Cenamos en un restaurante judío del Marais, paseamos hablando hasta la madrugada, nos acostamos a dormir juntas y nos despertamos sólo habiendo dormido. En realidad debió dormir ella porque yo comí techo toda la noche consumida por un deseo inconsumable, por su cuerpo de diosa, su mente rápida, su inteligencia, sus preciosas tetas, su cabello y vello rubísimos. Habla siempre de la gente que quiere sin ser querida, de la amistad como valor... y este verano me pidió en nombre de nuestra idem -apenas ya vía mail- que la visitara en NY. Ni amistad, ni mail, ni sexo, ni NY. ¿para qué la amistad si yo lo que quiero es follar con ella?

G. me escribió hace unos días desde NY diciéndome que se decía a sí misma:

Lo primero que pienso es: Joder, soy un desastre, debería de escribir ahora a Luna. No se lo merece. A mi también me gusta saber de ella, me gusta leerla. Ese es el problema; solo puedo leerla. ¿Podré tener una amistad con Luna más allá del mail? No eres mujer de grandes palabras. De tus amigos necesitas la cercanía, la confianza. Con Luna no tienes ninguna de las dos si no es por mail. A mi me gusta escribir en calma o cuando estoy muy mal. No es un hábito en tí la escritura. Ahora mismo no estás en calma. Durante este año de viaje, la mayor parte de las veces que has escrito a Luna estabas mal. Tienes amigos a los que no has escrito más de diez líneas en el último año y sabes que al volver la relación va a estar intacta. No tengo el compromiso de escribirles, no el compromiso con ellos sino conmigo misma. Con Luna, ¿sabes si es así? ¿podrías llegar a construir esa amistad más allá del negro sobre blanco, hacer real esa amistad? Me decías en tu último mail "Que esto no es lo que esperabas de nuestra amistad (supongo que sin ánimo de reproche)..."

Pagar con la moneda del olvido. El rencor. Abofetearla si estuviera delante de mí... para luego caer desarmada ante sus encantos. Los continentes distintos, G.: ¿no ves que nuestra nuestra amistad sólo es una excusa para que nos demoremos una noche entera -y todas las que sigan, con sus mañanas y sus tardes- entre los pliegues más recónditos de tu geografía, de la que hasta ahora sólo he atrapado tu alma, una mano tibia en la noche fría y tus labios -y no todos-? G., el amor no se ve desde la orilla, hay que ir a por él...

1 ago. 2008

Mona... she drink up your blood like wine

Escribí un poema breve en su pared, igual que se hace una caricia en la piel, sin arrepentimiento ni culpa. Lo escribí desde la bañera, su bañera de loza blanca antigua, de patas y exenta. Antigua, como el resto de aquella casona y sus estancias estancadas de frío, sueños y angustia, como el cuarto -debiera decir sala- de baño cuyo centro ocupaba, como las chimeneas de cada salón, o los techos altísimos desconchados que nos cobijaban. Como yo por dentro. Exenta, igual que mi alma desconchada como los techos. Tres líneas de versos sencillos: renglones sin terminar ni acabar. Tres líneas que arrancaban de los pliegues de su ingle y terminaban junto a las manchas de azogue del espejo. Tres líneas tan llenas que quedé exausta. Y callada. Sólo la miraba.

Escribí el poema con las yemas de los dedos ya arrugadas por el agua, con el sexo aún palpitando de sus caricias (recibidas), sumergida todavía en la tibieza de las sábanas trasladada al agua y con las palabras abotargadas por el vapor y la espuma. La veía de espaldas a mí, frente al espejo, sentada y desnuda, desnuda y mirada, mirada y hermosa, y mientras mil palabras iban y venían a mi cabeza a alimentar un sentimiento único. A alimentar tres versos que comencé a escribir con los labios en los pliegues tan tiernos que ocupan esa geografía hermosa que va desde la piel suave del muslo hasta el final de la curva tensa del abdomen, siguiendo hasta hollar de saliva sus pezones, descendiendo hasta besar labios con labios tan rojos. Ahí quedó la última palabra del último verso, vista de reojo en el espejo, como un beso robado que no quisieras dar a un alma repleta de sentimientos prófugos. Un puñal en el corazón, espinas en los labios.

Tiempo caliente aún de la piel,
desamada, tendida inerme, palpitada, pulsada, nupcial,
casi calor, casi transparente, casi velada, casi temblor...

28 jul. 2008

Paolo y los espejos

Cercando di te in un vecchio caffè
ho visto uno specchio e dentro
ho visto il mare e dentro al mare
una piccola barca per me.

Per farmi arrivare a un altro caffè
com dentro uno specchio che dentro
si vede il mare e dentro al mare
una piccola barca pronta per me...

Mona: me sueña -en Martinica- y regresa a París a pedirme ponerle al sueño una playa falsa de arena traida de otro mar. Yo, entre tanto, construyo ensoñaciones neoyorquinas de deseo con arena lejana aquilatada de sexo, palabras por decir, puentes de Brooklyn, judíos, jardines, música, bicicletas y fotografías. Mientras Mona vuela a París mi mente viaja al otro lado del Atlántico y yo me despliego corpórea el fin de semana por Madrid: escucho a Paolo Conte que rompe el anochecer con su voz áspera junto con un coro de vencejos. Prometo a Mona una semana en mi buhardilla cerca de l'Etoile con apenas salidas y la nevera llena de provisiones. Será desde hoy. Piel azabache y una hermosa sonrisa aún de otro mundo. Los espejos apenas ya saben qué reflejar, porque enmudecen cuando tienen la realidad delante. Hace ya mucho que es agosto y queda toda una vida por delante. Ay...

24 jul. 2008

Elogio de la pereza

Me estiro como una gata entre las sábanas, perezosa, como si hubieran comenzado ya los días de descanso que aún no han comenzado. Hoy, decido, no voy a trabajar. Me ganaré el salario sin salir de la cama. Amo estas mañanas que, tras una larga noche -que comenzó escuchando a Manu Katché y se fue complicando tontamente casi hasta el amanecer y que hizo de ayer un día de casi 30 horas-, se prolongan en un dolce fare niente, con el portatil sobre la almohada, una taza de café en la mano y conectada al mundo gracias a la amable desprotección del wifi de un vecino anónimo (en realidad, 3com).

Estos últimos días he leido -debería decir ojeado- Le droit à la paresse, obra ideológica de Lafargue relegada casi al olvido en la época del productivismo soviético. Ahora que vivimos tiempos de regresión social, y una vez aprobada bajo la atenta supervisión de la Europa del capital -no se si hay otra hoy- la directiva europea de tiempo de trabajo que eleva la semana laboral hasta las 60 horas poniendo fin a la jornada laboral máxima de 48 horas semanales que aprobó la Organización internacional de Trabajadores en el año 1917, el gobierno francés -a su cabeza el marido de Carla Bruni- ha enseñado sus verdaderas cartas sentenciado a muerte la jornada de 35 horas semanales aprobando un proyecto que abre las puertas a la jornada de 40 horas semanales. Y leido Lafargue estas noches de desvelo y calor intenso, tumbada boca abajo en mi colchón, al resguardo de mi buhardilla, creo que me quedo con la idea de su defensa del sueño de la abundancia y el goce, de la liberación de la esclavitud del trabajo: el trabajo es sólo una imposición del capitalismo que se contrapone, ay!, a los derechos de la pereza, mucho más cercanos a los instintos de la naturaleza humana. De ahí a alcanzar los derechos al bienestar apenas un paso y, a otro, la culminación de la revolución social. Pero, -ay! de nuevo- pienso: se ve que no están los tiempos para perezas... se ve que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

(Ayer respondí a la pregunta de Mona, mi hermosa martiniquesa oscura y cálida como la noche: ¿Te parece bien que te quiera nada más que una semana?. Después de las vacaciones os hablo de ella).

Besos!

18 jul. 2008

Carta a NY

No se bien como componer las piezas para que todo funcione y fluya adecuadamente. El tiempo pasa y a veces la sensación es la de que todo va dando vueltas en redondo. Otras veces la vida te hace transitar un camino que no lleva la dirección del futuro -qué nostalgia del futuro...- y en el que toda la perspectiva es la de la mirada a través del espejo retrovisor. A estas alturas ya deberiamos -lo digo por mí misma- sentirnos responsables de lo que vemos cada mañana en nuestro espejo: es lo que hemos hecho de nosotros, no lo que los demás hicieron -ille dixit-. En todo caso, ¿por qué pasar media vida buscando culpables de lo que sucede y la otra media limpiando manchas de soledad? Hay que preservar la locura porque las culpas no se pueden lavar ni con alcohol ni con amnesia. Lo cómodo sería vagar sin destino, dejarse llevar, pero al final a unos pocos nos da por nadar contra corriente con esta ceguera y el corazón roto debajo de las solapas del traje gris. Los años traen muchas veces tristes regalos y besos de cardo. Tantas veces me he prometido escribirte, cuantas otras no hacerlo. No son, por tanto, promesas rotas. Qué nadie nos acune las tristezas. Nuestra sagrada obigación es sobrevivir y ser felices. Cuando hace ya un lustro dejamos escrito en nuestra conversación cómo sería el futuro no imaginaba que todo sería tan diferente a como es ahora. No es una dulce pesadilla. Cada paso adelante que damos levanta una nube de polvo en el suelo. Es el polvo que seremos un día, el polvo de los que ya han sido. Resistámonos a enterrar nuestros sueños en la fría tierra mientras no caigamos escaleras arriba -sólo se pierden las causas que se abandonan-. Y es que aún sueño sueños de los que no querría despertar nunca, en los que ya nunca apareces. Es que el camino nunca es recto. Da muchas vueltas. Pero nunca en redondo. Siento no ir a NY.

La otra noche, en San Sebastián, escuchaba la voz de esparto y engrudo de arena de playa de Tom Waits. Me hizo soñar un rato. Y te recordé al escuchar esta canción http://www.youtube.com/watch?v=6zn1K72cxKs

G.: un beso fuerte. En la mejilla. En la frente. Donde elijas -pero dímelo-.

14 jul. 2008

Meridiano de sangre y la oscuridad

No se si os habrá sucedido alguna vez. Tal vez lo hayáis pensado o intuido. El caso es que la noche del viernes me sucedió algo que no se si es un sueño, un delirio o, quizá, una de esas incómodas sensaciones que se instala con nítida claridad en la mente en el duermevela de las madrugadas calurosas, justo antes de que comience a soplar el fresco reconfortante del amanecer y justo después de que esas primeras luces terminen de despertarte. Es quizá por eso que siempre he preferido los atardeceres a los amaneceres, más respetuosos con mi biorritmo, con mi biomasa, con... Más nítidos.

Decía, digo, que la otra noche, y después de dar varias cabezadas y dejar el libro en la mesilla y apagar la luz, me pareció que se deslizaba de entre las hojas, fuera de la novela, uno de sus personajes. Y hasta ahí todo puede parecer un juego curioso e intrascendente, una fantasía sin más, pero la inquietud asoma al pensar que la novela que leía era Meridiano de sangre, de Cormack McCarthy. Y el personaje que se deslizó de entre las páginas era el gigante juez Holden. De ahí la inquietud.

Con la idea borgiana -nunca compartida: nada como la vida- de que nunca se conoce tanta gente ni se recorren tantos lugares como mediante la literatura -la lectura permite vivir otras vidas, otros mundos- llego a Meridiano: en principio nada tan lejano y ajeno a mi vida común, a mi buhardilla, a mis quehaceres, a los tranquilos y aseados boulevards parisinos o a mis devaneos sentimentales. Me parecía absurdo haber llegado a conectar con él: todo transcurre a mediados del siglo XIX en Estados Unidos, precisamente en la frontera con México. Un grupo de mercenarios gringos -que arrasa todo a su paso en plan anábasis- se adentra en México con el objetivo de acabar con el mayor número de indios posible. El grupo empieza a exterminar a los indios para luego exterminar a los que los contrataron. No hay moral, no hay nobleza, no hay nada más que las armas, y la guerra, y los indios, y el chaval que es uno de los ejes de la trama, y el juez Holden que es el otro, con su maldad y su cara sin cejas y sin pelo y sin barba y blanco, muy blanco.

Una, que vive en la ciudad de Víctor Hugo y Voltaire, se podría preguntar ¿qué tengo que ver yo con todo eso? Y a las pocas páginas se da cuenta de que el libro va más allá de ese tema: es difícil olvidar su violencia feroz, sangrienta y ecuménica hasta extremos difícilmente soportables; olvidar su precisión descriptiva fría y casi geológica; la novela trabaja con la maldad codo a codo, con una maldad sin límites, una maldad tan humana que conmueve, una maldad que parece lejana, pero que cuando se analiza el entorno una se da cuenta de que está a su lado, una maldad que visualicé como un oasis de horror en medio de un desierto de desolación. Holden. El juez Holden. Personaje demoníaco.

Imposible olvidar, desde luego, su figura: un nuevo Chigurh (aunque Holden fue antes) o Pike (en Grupo Salvaje, de Peckinpah, curiosamente, interpretado por William Holden) por su calidad de criatura sin moral, o de moral darwiniana y enorme estatura literaria. Personaje asombroso, de cultura insólita, erudición y elocuencia asombrosas, corpulencia lampiña y blanquecina en medio de una tropa de cazadores de cabelleras analfabetos que sólo viven de la masacre y el pillaje, de capacidad sobrehumana para sobrevivir e imponer su voluntad, de sexualidad arrolladora y homicida. Brillante, complejo, como todos los buenos personajes que cada cierto tiempo regresan a la memoria, se aparecen en sueños, en la calle, en alguna película o en alguna canción. El juez Holden es culto, políglota y tiene poder de convicción en sus palabras: a la vez fascina y atemoriza. Es la primera vez que me pasa con un personaje: quiero que hable y que el narrador le dé la palabra y que los diálogos no acaben nunca. McCarthy debe ser una especie de unabomber de la novela, un coloso que escribe sus novelas con la mano izquierda mientras tiene siempre ocupada la derecha sobre el revolver.

Es una narración absolutamente desmedida, premeditadamente cercana a Dovstoievsky pero, sobre todo, a Melville. McCarthy en Meridiano de Sangre tiene mucho del Melville de Moby Dick. Meridiano de sangre tiene un claro parentesco con Moby Dick -me dicen que esta es la novela favorita de McCarthy-. El propio Holden es una especie de transfiguración de la ballena blanca. El juez, albino -recuérdese el capítulo de Moby Dick dedicado a glosar la relación entre el color blanco y el mal- y de talla gigantesca, condena a un fin desgraciado a todo aquel que se cruza en su camino.

Me despierto a media noche sobresaltada por lo que parece ser una gran sombra blanca inclinada sobre mí, una mirada inquietante y un aliento animal. La luz del amanecer aún no ha empezado a aclarar la carga pesada de la noche y no soy capaz de acomodar los ojos a la oscuridad para lograr discernir los espacios conocidos de la buhardilla, que desaparecen mezclados con el perfil difuso de una presencia intuida y se pierden en la enorme distancia de lo ignoto. No atino con la luz. Pero me relajo: sea el juez, sea el enorme cetaceo blanco -al fin y al fin también es un mamífero-, estoy segura que sabrá hacer de la noche un espacio de lucha íntima y salvaje.

1 jul. 2008

Plaza roja

Aquí París. Me dicen que hay ecos de la supuesta fiesta 'roja' -vendemos la felicidad muy disfrazada para que parezca que es felicidad lo que no es sino pan y circo- en la Place Saint-Michel: la fuente se inunda de banderas españolas y los patriotas de a pie, espontaneos y maletillas, gritan y torean los automóviles con capotes patrios para cabreo de los parisinos, gente seria y ya de por sí cabreada -la politesse, de momento, no les deja ir más allá de su rictus tenso de prisas y razón: no suelen gritar demasiado los parisinos desde la ventanilla de sus autos. ¿Hablamos en realidad de fútbol? ¿O hablamos de la sombra sociológica con la que aún cubre el franquismo buena parte la sociedad española? La crisis acecha y hay que tapar las nubes oscuras de lontananza con un complejo atrezzo de horizontes luminosos -y generacionales- que deben durar hasta más allá de las Olimpiadas.

De fútbol, pues. ¿Cuántas banderas hemos visto ondear estos días que hacían volar el aguilucho que se resiste a emigrar definitivamente? ¿Cuantos gritaron un '¡Arriba España!' -incluidos algunos que radiaban estas noches 'rojas'- que a más de uno le llevó un impulso reflejo al brazo derecho cuando, lapsus linguae, en realidad sólo querían decir un castizo '¡Viva España!' que, aun así, me devuelve el dolor a los huesos? ¿Hemos olvidado el pasado de Luis Aragonés, de impasible ademán? ¿A Marcelino de cabeza marcándole a Rusia un gol? ¿Y los comentaristas...? Camacho, prietas las filas de españolismo y la cartera bien llena, el gordito de gafa y barba pintándolo todo de orgullo generacional, como ZP. La música de Escobar inundando de franquismo y polanquismo la 'Plaza Roja', por si acaso hacía falta desvestir de mito las palabras, echar a perder espacios de la Historia, los 'rojos' inundando las calles aledañas, tomando plazas, cortando el tráfico: la calle es nuestra otra vez. Y los futbolistas, futuros acreedores de la medalla al mérito del trabajo, llegando por la N-II en coche/camión descubierto como si fueran el propio Eisenhower acompañando al caudillo. Por si faltaba algo, todas las demás emisoras conectando a la hora en punto con el 'parte' de la Cuatro.

Yo veo esto, y eso que podría ser hija -espuria, claro- de cualquiera de los orgullosos coetáneos generacionales de ZP. Señor...

26 jun. 2008

don´t look back

Convalezco aún. Recibo llamadas y mails. No pensaba que tuviera tantos amigos. No pensaba que las aseguradoras tocaran tanto las pelotas. Ni que pudiera tener tantos hematomas. Son entes con vida propia. Mutantes. Capaces de pasar de un violaceo tornasolado al más feo de los verdes macilentos. Mi culo derecho es el rosario de la aurora. Duermo de día y me desvelo durante las noches. Aquí amanece antes de las 6:00 a.m. A mediodía empieza a hacer calor en la buhardilla: el cuerpo se me pega a las sábanas y las escayolas -la semana próxima me liberan el tobillo- producen un picor hijodeputa. Paciencia. Leo mucho: ahora ando con Bashevis Singer, Malamud y Roth (Joseph). Todos judíos. Y también pienso mucho.

Hay una teoría de la atracción de los cuerpos. Hablo de física, claro. De la fuerza de la gravedad a la atracción de los cuerpos: un cuerpo mayor atrae a uno menor. Y yo no hablo de vidas minúsculas. No.

La fuerza gravitatoria o gravitación es la interacción que experimentan los objetos con masa. Se trata de una de las cuatro fuerzas fundamentales observadas hasta el momento en la naturaleza. El efecto de la fuerza de gravedad sobre un cuerpo suele asociarse en lenguaje cotidiano al concepto de peso, y es por eso que siempre se ha enseñado que la fuerza de gravedad atrae hacia el centro de la Tierra. Sus efectos son siempre atractivos. Los cuerpos se atraen, tienden a juntarse. ¿Y en qué difieren? No es una pregunta sin respuesta.

No hay que confundir el término fuerza gravitatoria o fuerza de la gravedad con el de gravedad ya que son términos conceptualmente distintos aunque muchas veces confundidos. Todos los cuerpos experimentan una fuerza atractiva por el simple hecho de tener masa. En el ámbito cotidiano, esta fuerza equivale al peso, el cual es, según las leyes de Newton, directamente proporcional a la masa del objeto y a la aceleración que tiene. A esta aceleración se le llama gravedad. Fuera de lo cotidiano, la fuerza atractiva es cegadora, especialmente la sublime piel dulce.

Su piel dulce. Isaac Newton fue la primera persona en darse cuenta que la fuerza que hace que los objetos caigan con aceleración constante en la Tierra (gravedad terrestre) y la fuerza que mantiene en movimiento los planetas y las estrellas es la misma, y a él se debe la primera teoría general de la gravitación, la universalidad del fenómeno, expuesta en su obra Philosophiae Naturalis Principia Mathematica. Gravitación, acción atractiva mutua a distancia entre las masas de los cuerpos, especialmente celestes. Ella celestial, ella desde una distancia ajena, casi infinita, en su ternura; ella marcándome el cuerpo con la nostalgia de sus ojos y de su piel tan blanca. Derrotada, soy ropa vieja: blandamente hecha a la forma de los cuerpos que cubre...

La teoría de la relatividad general, sin embargo, hace un análisis diferente de la interacción gravitatoria. De acuerdo con esta teoría puede entenderse como un efecto geométrico de la materia sobre espacio-tiempo. Cuando una cierta cantidad de materia ocupa una región del espacio-tiempo, ésta provoca que el espacio-tiempo se deforme. Visto así la fuerza gravitatoria no es ya una misteriosa "fuerza que atrae" sino el efecto que produce la deformación del espacio-tiempo, de geometría no euclídea, sobre el movimiento de los cuerpos: cuerpos desplegados, madeja de ébano, senos desnudos, nudos desmadejados, pulida desnudez. Remolino de luz y carne.

Y claro, los cuerpos tienden a atraerse, aunque sean del mismo polo.... Y aquí es donde la fuerza de la gravedad parece que es mayor que en otro lugar. Leones fieros y pájaros tiernos me llevan a ella.

Desde el primer día que la vi no he podido olvidarla, porque un pálpito me invadió el seno de mis entrañas sin remedio. Una fuerza me impelió a conocer si mi futuro estaría junto a ella, a saber si finalmente me zambulliría en las aguas de sus perplejos y aparentemente inocentes achinados ojos negros enmarcados por su piel tan blanca. Una fuerza imparable, ya digo, desde que la vi en la pequeña fotografía que tenía ante mí junto a otras, al menos, treinta más, una atracción funesta. Una sonrisa triste y permanente, y los ojos posados en mis ojos en cuanto por fin nos vimos frente a frente. El enamoramiento es enajenación -o es al revés- y yo ya pensaba que era una etapa olvidada con la no tan lejana adolescencia, pero el eco de su imagen no me salía de la cabeza, como no te sale de la cabeza una canción que suena obsesivamente dentro de tu cerebro desde la mañana a la noche. El coño se me hizo agua, y no la dejé de rumiar, de desear hasta que un día la tuve desnuda, blanca, diosa vulnerable y al tiempo lejana. Su cabello negro, ondulado y brillante cayendo sobre la espalda desnuda. Brillo en la mirada más allá de la linea inflamada bajo sus ojos. Los dedos finos. El pensamiento ágil...

Otro día hablamos de la tercera ley de Newton: principio de acción y reacción. Establece que siempre que un cuerpo ejerce una fuerza sobre un segundo cuerpo, el segundo cuerpo ejerce una fuerza sobre el primero cuya magnitud es igual, pero en dirección contraria, a la primera. Ummmm... Esta ley de Newton es perfectamente aplicable a mi actividad favorita fuera y dentro de mis ratos libres. No ahora, que estoy tullidita. Nada mejor que dos cuerpos "in situ" para demostrar de manera empírica cómo se ejercen las "fuerzas" de morbosa magnitud...

Y es que, lo dijo Balzac: detrás de cada gran amor siempre hay un gran crimen. Incluso una tragedia, diría. Yo nunca he tenido mala conciencia por amar, es más, nunca me ha dolido el corazón; o sea, es un dolor externo, una externalización corporea, una enagenación transitoria, digo.

18 jun. 2008

Modotti y el tan temido pavés

Sábado 15 de junio, 20:00h. Llego tarde a una cita. Transito Rue Descartes como una flecha, cruzo Rue Thouin y recorro Rue Moffetard hacia Place de la Contrescarpe. Al pisar la mancha blanca del paso de peatones justo antes de entrar a la plaza la Vespa hace un raro y, aún así, rehago la trayectoria con un poco de susto. Y arriesgo: doy gas. Hace días que no para de lloviznar en París. Cruzo deprisa la plaza y justo al enfilar la pendiente de Mouffetard trepidando sobre el adoquinado, un leve toque de freno y las ruedas resbalan sobre el tan temido pavés. Los adoquines brillantes y redondeados como caparazones, que hacen vibrar el cuerpo de los ciclistas y las tetas de vespistas como yo, son como aceite. La motocicleta sale en una dirección y yo en otra. Arrastro mis largos y hermosos huesos por tierra y termino tirada en el suelo como un desecho. Por un instante me muevo entre la fugacidad y el dolor. Definitivamente queda el dolor: fisura de la cabeza del radio, un antaño hermoso gluteo ahora de un color morado que vira a un feo tono pardo-verdoso, escoriaciones en el muslo, esguince de tobillo, el culo de la Vespa como un ecce homo, hospital y manta. (Y hasta los ojitos los tiene moraos de tanto sufrir...). Llevo cuatro días en la buhardilla, en la cama, tengo una escayola hasta la rodilla, otra en el brazo hasta el codo, estoy bañada en yodo, varios parches de esparadrapo, dopaje de calmantes y antiinflamatorios. Aburrimiento. La he llamado, llorosa, y enviado autorretratos mms por ver de conmoverla, reclamar cuidados y decirle lo de su Vespa. (Me duelen los ojos de mirar sin verte, ay!). Sin noticias.

Coincide el desastre con uno de los habituales envíos de libros que me hace mi madre. Y por eso estos días, postrada, leo y veo a Tina Modotti. Ella si fue una mujer a contrapié, una heroína de su tiempo. Alterno el magnífico cómic de Ángel de la Calle: Modotti, una mujer del siglo XX, editado por Sins Entido, con su biografía escrita por el italiano Pino Cacucci: Tina, editada por Feltrinelli, y aquella otra que, novelada, escribió la mejicana Helena Poniatovska: Tinissima. Me ha hecho llegar estos tres libros. Y de paso sigo su pista en las fotografías de Frida Kahlo, las palabras de Pablo Neruda y los murales de Diego Ribera.

Tina Modotti es arte y revolución. Tina era una mujer hermosa y comprometida. Hermosamente comprometida. Tina era fotógrafa, y supo reflejar con objetiva claridad su idea de la lucha en fotografía. Una mujer bella y fotógrafa. Fotografías en nítidas gamas de crises y la textura sólida de los elementos que configuraban sus convicciones. En Tina el arte se convierte en un acto moral que refleja el escenario sociopolítico: el fervor intelectual, el antagonismo capitalista, el hervor comunista y la apertura sobre la mesa de las ideas de muchos. Tina concretó su idealismo reflejando en imágenes el corazón de la pobreza social del México silenciado.

Asunta Aledaide Luigia Modotti Mondini, Tina, criada en la pobreza subproletaria del Friul italiano bajo la tutela de un padre mecánico y sindicalista que emigró a América, era una mujer sensible y luchadora. Empapada férreamente del comunismo, su convicción marxista y su sentido de la justicia de clase son abrumadores. Se convirtió pronto en un icono sin propiedad.

Tina Modotti, su cuerpo desnudo en el misticismo recreado en su azotea de la calle Abraham González de ciudad de México, se convierte en mito de la mano de Edward Weston, su maestro, su amante. Llegó al país en 1922, cuando era refugio perfecto de escritores y artistas. Allí conoce a la bohemia del arranque del XX: modelo de Diego Ribera, amiga de Alfaro Siqueiros y Arqueles Vela en el 'Café de Nadie', sede de los estridentistas, Blanca Luz Brun, Frida, Dos Passos... allí comienza a reflejar su propia visión del mundo a través de su cámara. Allí se hizo miembro del Partido Comunista Mexicano en 1927. Apoyó la lucha de Sandino. Ayudó a fundar el primer Comité Antifascista Italiano. Allí conoció a Julio Antonio Mella, comunista cubano asesinado en su presencia siendo amantes, mientras denunciaban la ejecución de Sacco y Vanzetti y se ganaba la prohibición de pisar suelo de EEUU. Expulsada de México, llegó a la URSS en 1930 donde se reencontró con el dirigente soviético Vittorio Vidali y se convierte en agente soviética. Tina amiga de Maiakovski, de Eisensteis, Kollontai... En 1934 parte hacia España a apoyar a través del Socorro Rojo a los luchadores de la Revolución de Octubre. Después, durante la Guerra de España, se alista en el quinto regimiento y combate en la Brigadas Internacionales con el nombre de María hasta el fin de la Guerra. Amiga de Machado, de Neruda, de Alberti... regresaría asilada a México, donde continuó su actividad política en la Alianza Antifascista Giuseppe Garibaldi. En 1940 el presidente Lázaro Cárdenas anula su expulsión. Y muere de un ataque cardiaco el 5 de enero de 1942. 46 años.

Tina luchadora de los derechos de la clase desposeída en un país que no era el suyo pero que acabó siendo su patria, Tina capturando con su lente una nación floreciente: cananas, mazorcas, banderas, hoces, martillos y sombreros que simbolizan la guerra y la libertad. Tina Modotti descansa bajo un hermoso epitafio escrito por Pablo Neruda: Tina, hermana, no duermes, no, no duermes... un mundo marcha al sitio donde tú ibas, hermana... Cantada por Rafael Alberti: Apenas si te vi. Pero me basta / recordarte sabiendo lo que eras: / el humano fervor de tus fotografías... / Es verdad. No estás muerta. Tu no duermes / porque lograste al fin lo que querías...

Hoy: ¿qué? y ¿quién?

9 jun. 2008

Lo que se nombra adquiere fuerza, lo que no se nombra deja de existir

El hombre siente la necesidad de identificarse con un elemento designador concreto. El nombre es la denominación verbal que tiene una persona o que se le da a una cosa o a un concepto tangible o intangible, concreto o abstracto, para distinguirlo de otros. Personas o cosas. La única forma de designar lo concreto e individual como realidad objetiva es el nombre propio. Designar es lo que hacemos –de niños aún- cuando todavía no dominamos el lenguaje y señalamos con el dedo lo que queremos: 'eso' -el mundo era tan reciente que las cosas no tenían nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo, dice Gª Márquez en algún lugar de sus Cien años de soledad. Mas tarde aprendemos a designar cosas más complejas: sentimientos, deseos, acciones... pero fundamentalmente a través del aprendizaje de las palabras, antes de convertirlas en concepto. Los niños aprenden antes su nombre, que es como le designan los demás, que el concepto de yo. Por eso es frecuente que se designe a sí mismo con su nombre propio: es como él se siente designado por los otros. Reservamos el nombre propio para la designación de aquellos objetos que tienen especial relevancia en nuestro mundo, empezando por los nombres de las personas: el elemento más significativo de los nombres propios.

¿Por qué este previo? A veces me habéis preguntado por mi nombre. A mi en su día me correspondió preguntarme por él. Luna. Y más veces todavía por el que suelo utilizar para firmar: Bella Luna. De dónde sale. Y es que hay quien entiende que es bonito. Bueno. Otras creen que es cursi. En fin. Los más, que lo encuentran extraño: y no voy a ser yo la que diga que no. Pero es un error. Y no me refiero al nombre, que me gusta, sino a cuál es su origen, de dónde salió. Porque la mayoría de mis amigos y de quienes me conocen ven en mi nombre algo hermoso y romántico: Luna, como quien se llama Jara, o Venus Carolina Paula, o Ámbar, o Blimunda, o Pino, o Asia... Es decir, nombres que pone la gente que imagina que la vida es una vida proustiana. Porque en la vida corriente hay que resignarse a ser Tolstoi o a ser Proust, con la particularidad de que Proust a veces quisiera ser Tolstoi y a Tolstoi jamás se le ocurre ser Proust, decía, como con la grave lentitud de los gramófonos y de su figura, Gª Hortelano. No. No tengo nombre de satélite, no soy Selene buscando a su amado ni la luz nocturna, no. Es más, puestos en la luna me gustan más los nombres de sus mares (los llevo anotados en mi libreta negra, no los se de memoria): esta noche, los mares de la luna / -se recorta iluminando el envés de las nubes-: / de la Fecundidad, de la Crisis, de la Tranquilidad, / de la Serenidad, de las Lluvias, de las Nubes, / Océano de las tempestades... / [pienso que nombre tendrían los de su cara oculta, cuál la cara oculta / de tu nombre] . Y es que los nombres que llevamos parece que no encierran nada detrás, que son accesorios o no son importantes. Como los siglos, que podrían pasar, incesantemente, como gotas de agua sin que nadie reparara en su paso si no fuera porque nos morimos. Aunque estoy segura de que los nombres no imprimen carácter más que en los idiotas, si creo que son los demás los que lo suponen: si se llama Luna, seguro que hay una personalidad interesante detrás. Si en lugar de Luna es Berta, la cosa no va más allá. E imagina si no eres hermosa...

Pero los nombres de las personas son más importantes de lo que parecen: los dueños de los esclavos en el sur de EEUU antes de la Guerra Civil se oponían a que los esclavos tuvieran apellidos porque subrayaban sus vínculos familiares y el único vínculo legal reconocido que podía tener un esclavo era su dueño... Aún después de su emancipación los afroamericanos que habían sido criados en esclavitud dudaban en su respuesta si un blanco les preguntaba su apellido. Y leyendo a Primo Levi descubrí, él me descubrió, que lo peor no era la violencia ciega, ni el hambre atroz, ni siquiera la muerte. Lo peor era la degradación del ser humano hasta convertirlo en un número sin nombre. Seguro que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre al extremo de olvidar su propio nombre, un número sin nombre. El número tatuado en el brazo izquierdo reemplazaba la identidad. Habiamos llegado al fondo.

En realidad, la culpa de mi nombre la tuvo mi padre. Al que no conocí porque se piró. Y que sólo dejó en mí la huella de su personalidad a través de mi nombre. Y en realidad es un diminutivo. Viene del apellido de un dramaturgo, crítico literario y de arte, y político comunista ruso: Anatoli Vasilevich Lunacharsky. Y, de Lunacharscky, Luna. Se ve que mi padre sentía admiración por el personaje, sobre el cual escribió una tesis doctoral: parece que se codeó con Lenin, que fue Comisario de Instrucción Pública, que hizo mucho por la alfabetización del gran pueblo soviético -ay, tiempos...!- y que fundó e impulsó -de ahí venía el interés de mi padre, además del estrictamente político- el movimiento artísitico proletario, Proletkult. El añadido Bella delante es cosa de mi bisabuela, una libertaria de origen italiano que combatió en la Guerra de España y que se exilió a Méjico en 1939, donde tuvo a mi abuela, y ésta a mi madre, una estirpe de mujeres libres. Lo sumó a mi nombre nada mas conocerme, ay, Lunita... no debió pensar nada en Anatoli Vasilevich. No.

Me correspondía explicarlo.

2 jun. 2008

Almas gemelas y Guerra Fría

No son las palabras las que salvan de nada. Tal vez la inteligencia que las escribe. El mundo no era lo que parecía. Reconozco que no me gusta la realidad, que nunca me ha gustado. Es cierto: yo he intentado cumplir con ella en una especia de acuerdo de mínimos, en el fondo como mejor me ha parecido en la medida en que mi parecer no chocaba con nada o nadie. No siempre hay modo de esquivar las leyes. Escritas o no. Del derecho natural o del derecho positivo. Pero es lo que tienen las leyes -que además son tantas-: que su texto no me entra. Trato de retenerlo prendido de alfileres y de una vez para otra, en realidad para siempre, se me olvida. Salto de sobresalto en sobresalto, deshaciendo nudos confusos, y siempre me queda la duda de si los habré deshecho bien o mal: de si volverán a enredarse -nudos desanudados. Al final no se nada más que lo que se: lo aprendido y lo aprehendido. Todo dudas.

En fin, decía: el mundo no es lo que parecía. Igual que hay gente que habla sola, yo escucho sola. Otros solo ven. Y me parece que se aprende más hablando, alguien me lo ha hecho notar recientemente. Estoy sola en casa, vestida con un albornoz, sentada en el suelo y recostada contra el sofá. Salto de página en página en la red -mientras escucho las Variaciones Goldberg a un volumen que con certeza alarma al bienpensante vecindario- y leo noticias que parecerían hacer creer que el mundo se desmorona a mi alrededor. Al tiempo, echo de menos su mano acariciándome el pelo, o su boca tapando la mía, o su pregunta acerca de cómo he pasado el día. Pienso en mi ex (ex -1) y a la vez que la recuerdo me viene a la cabeza mi anterior ex (ex -2). Pienso, entonces, que la vespa terminará por echarse a perder, atada en la calle como un perrillo abandonado. De frío e inanición. Y al llegar a este punto es cuando pienso que el mundo no es lo que parecía. No me ayuda tampoco la lectura Malamud, 'el reparador': eso si que es todo un mundo viniéndose abajo. Aguanta el chaparrón. Y el final no me queda claro. Sólo insomnio. La mayoría de la gente suele creer que es malo saber y sentir por dentro demasiado...

No puedo dejar de pensar que ella era mi alma gemela, y que fui yo quien perdió el anillo: ella había nacido en primavera y yo -tal vez- demasiado tarde. El destino... ¡Cómo echo de menos la Guerra Fría!

27 may. 2008

Leningrado o La Manga

Tengo en la cabeza viajar a Rusia. A San Petersburgo en concreto. Hay veces que me pregunto por qué no me sale de dentro esa idea vacacional -veraneo, en realidad- tan de la España indisoluble: improvisación, moscas, paella, sangría, verbena y pantorrillas en remojo en el alicatado Mediterráneo. Y siendo una tía razonablemente segura de mí, de partida me invaden dudas menores -como al detall, que dicen. Dudas de, realmente, a dónde quiero viajar cuando digo que quiero viajar a San Petersburgo. Descarto, por su connotación reaccionaria y decadente, la vieja San Petersburgo. Dudo sentimentalmente con Petrogrado. Y, definitiva y pragmáticamente, me quedo con la heroica Leningrado (digo: Ленинград). No es lo mismo pasear los corredores del Palacio de Invierno que poner los pies sobre la cubierta del Aurora, ¿verdad? Y elijo Leningrado porque deber ser peligroso viajar hoy a Moscú: el KGB de Putin me inquieta. Más allá de eso quedaría Stalingrado, o sea, Volgogrado hoy, o sea, no. Descarto nostalgias míticas de la Gran Guerra Patriótica. Si para lugares míticos estuviéramos, volvería a Sierra Maestra. Mejor clima.

También dudo acerca de la fecha en la cual hacerlo. El verano, huyendo del lamento de las tierras secas, el espacio temporal propio de la horda amorfa de seres/maleta porteados por la internacional del pullmantour; el invierno, para asaltar de nuevo los palacios del idem, deslizar los pies sobre la nieve de los puentes sobre el Neva helado, otear el paisaje de la perspectiva Nevsky (Gran Vía de Perspectiva, Campos Elíseos rusos, territorio vital que pisaron librepensadores: Dovstoievsky, Gogol...) con un viento a 30º bajo cero barriendo la plaza desierta y los campanarios: ráfagas heladas de metralla deshaciendo cúmulos de nieve. Y los fuegos de la guardia roja encendidos, que decía Battiato, para echar al lobo. La estación de Finlandia. Junto a ella el monumento a Vladimir Lenin. Zhukov. Sinfonía Leningrado. Cementerio Piskarevskoye.

Consulto internet en busca de información sobre la ciudad, y leo: "Lo más importante: paseando, esconda bien su cartera, tarjetas, dinero, cámaras y otros objetos de valor en los bolsillos interiores de su ropa (no en los bolsillos de atrás ni en las mochilas fáciles de abrir), no utilice el transporte público cuando esté muy lleno", "Evite los grupos de mujeres y niños-gitanos. Si los ve, evite pasar o estar cerca de ellos, aunque tenga que cruzar la calle. ¡En el metro, no entre en el mismo vagón con ellos!", "Mejor no pasear por la noche solo o sin amigos rusos, sobre todo si Ud. ha bebido un poco, y además, lleva dinero u objetos de valor", "la gente rusa sonríe solamente cuando ve o saluda a una persona conocida, o está coqueteando, o realmente le divierte algo o está muy alegre..." En esta época de locos nos faltaban los idiotas del miedo. A pesar de todo, parece atractivo el sitio: el metro es el más profundo del mundo, los puentes levadizos se iluminan y levantan de noche, las noches blancas, el teatro Kirov, L'Hermitage, vodka y blinis, los rusos... espero que no sean todos como Putin y su señora, Putina (para transformar un apellido masculino ruso -que acabe con "-ov", "-ev", "-in"- en un apellido femenino, se añade la letra "a" final). En fin. También pienso en Adriana, en NY, y en su invitación para ir. Todas las mujeres tenemos nuestro corazoncito para las mujeres. Ella se que lo tiene para mí. Pero de momento tengo una reserva a mi nombre en el Kempinski Moika.

Esta mañana el cielo es de plomo y llueven martillos. Todos los mensajeros traen malas noticias: de ejercitos en marcha, de que el tiempo es corto, de hambrunas, terremotos, tornados, accidentes y de que están construyendo muros. ¿Alguna vez has tenido un sueño que no has sabido explicar? ¿Alguna vez te has encontrado cara a cara con tus acusadores bajo la lluvia? Ella tenía unos cromados ojos oscuros que no olvidaré mientras no esté. Entre tanto, mientras paseo los caminos de la vida, voy observando como van desapareciendo oficios: cobradores de autobús, oteadores de horizontes, ascensoristas, fareros, revisores, bedeles, ferroviarios, putas viejas, correctores de pruebas o editores de salón... Y van creciendo otros: chulos, vigilantes, oteadores del lado oscuro, mafias sin códigos éticos, fabricantes de armas, videovigilantes, moralistas...

14 may. 2008

La llave y la cerradura y...

Vehemente? Pudiera ser... Pero no lo creo. Más bien impulsiva. Y a veces extraña hasta de mí misma. La otra noche se me atascó la llave en la cerradura del portal. Y en el portal de casa nunca funciona la clave numérica que franquéa la entrada (es algo bastante común en París al menos). En fin, un forcejeo nocturno llave-cerradura la mar de inocente, más si pensamos que acababa de bajar la bolsa de la basura y que por eso mismo mi aspecto no era precisamente el de una 'reina de la noche' sino, más bien, semejante al de una Amy Winehouse venida a menos después de derrotar a un bar entero.

Vaya, que franquear pasos prohibidos nunca ha sido mi fuerte y la otra noche no estaba dejando en mejor lugar a mi habilidad manual. Desesperada, con el móvil en la buhardilla, los bolsillos vacíos y comenzando a agotar la minúscula paciencia de la que estoy dotada, conseguí finalmente que la llave hiciera 'click' y girara sobre si misma justo en el instante en que sentí a mi espalda una presencia sigilosa pero persistente. De reojo miré tras de mí, y descubrí como observaba mis torpes maniobras un hombre joven. Realmente más un joven que hombre. En fin, me pareció un tipo ciertamente atractivo.

No voy a decir que me pusiera nerviosa, que no; ni que sintiera temor, que menos. A estas alturas! Sentí interés y atracción, cosa extraña en mí hacia un hombre. Realmente lo que sentí fue la presencia soportable pero incómoda de la mitad derecha de mi cama vacía y una ausencia física mucho más sencilla de explicar. No sabría decir qué pude ver en la cara de aquel extraño que me hizo inmediata e inadvertidamente volver la llave a su situación inicial de atasco y empezar a hablar firme pero amablemente dirigiéndome a la llave, a la puerta, a la cerradura y a referir en alto mi desafortunada suerte, todo en un mismo paquete. Nerviosismo y, claro, toda una suerte de pucheros y lamentos apenadísimos. Me volví, extendí los brazos separándolos de mi cuerpo y, poniendo cara de dulcemente desesperada y enarcando al tiempo las cejas, constaté que continuaba ahí, observándome con lo que aparentemente era curiosidad. Él, todo alto, todo vestido de negro, con un rostro hermoso entre adolescente y malicioso, unos ojos muy oscuros desvaídos por el sueño y enmarcados por ojeras grises sobre una tez muy blanca; delgado, muy delgado, las piernas y los brazos largos; silencioso, pero no huidizo.

Salut! je peux t'aider? Como un susurro llegó a mis oidos mientras, con un movimiento lento y armonioso de todo su cuerpo, se acercó muy cerca de mí. Retiró mis manos de la llave agarrándolas con sus manos y, con una facilidad envidiable, la giró -igual que yo unos minutos antes- y abrió el portón de madera. Sonrisas y ojos clavados en los ojos. Silencio y el extraño ceremonial de dos seres que giran alrededor de sí mismos deseándose sin saberlo. Estaba escudriñando en mi mente la posibilidad de invitar al desconocido a subir a la buhardilla al tiempo que tratando de recordar cómo demonios había dejado todo en mi ausencia cuando, antes de lograr visualizar la pieza, ya tenía mi lengua en su boca y una de sus mano sobre mi culo. Como una de esas historias que comienzan con un sueño, un bolígrafo y un teléfono en una servilleta de bar pero que, antes de que el primer número esté escrito en ella, ya han sido consumadas.

Creo que no despegué mis labios de los suyos a lo largo de los seis pisos, seis, de vertiginoso ascenso y, apenas ya en la burdilla, guarida, galpón, infierno, llamadlo como queráis, apenas desnudos, casi follando como adolescentes sin desvestir, explorando nuestros abismos desconocidos con avidez impaciente, desanudando, desmadejando nudos... ardimos. Él, comiéndomelo todo. Yo, tragándomelo todo. La batalla fue agotadora. Los sentidos despiertos se durmieron con la luz del alba. Apenas despuntada, él desapareció igual de sigilósamente que había aparecido, pero dejando deshecho el lado derecho de la cama. Las sábanas lesas. No lo lamento, hay que seguir caminando. Sólo me pregunto si regresará algún día para volver a ayudarme a abrir o cerrar -tanto da- la puerta y si querrá compartir la Vespa conmigo. Y... ¿Cómo me dijo que se llamaba? ¿Patrick? Ay...

9 may. 2008

Sentimiento de culpa

Hoy llueve y todo se ensucia de gris y nubes escondiendo el color que ya había inundado mi estado de ánimo, abierto ventanas y guardado en los armarios pesados tejidos enmarañados de vientos huraños y heladas temperaturas de la pasión. Llueve -hay días que parecen llover martillos, aunque hoy es una sensación de apacible y mansa- y me despierto de madrugada con el ruido redondo y seco de las gruesas gotas en el zinc de la buhardilla. Me inquieta que entre el agua en mi habitación, del mismo modo que creo que va a entrar dentro de mi cabeza la angustia por ella -su casco sigue sobre la cómoda-, igual que ha entrado la soledad a mi cama. Pero, rápido, enciendo un cigarrillo, abro la ventana y un viento suave me enreda las nostalgias del viaje de ayer, me revive los instantes de La Habana e, igual que disipo las volutas del humo con movimientos suaves de mi mano, se disipan los pensamientos negativos. Detrás de mí queda una cama con las sábanas revueltas sólo en el lado izquierdo, y me asomo y dejo la lluvia revolotear mi pelo y la vista perdida en la cortina de agua que se recorta a la luz de las farolas, y vislumbro el friso y la terraza del Arco de Triunfo y, detrás, nítida e iluminada, la Tour.

Nunca me ha pesado la moral sobre la espalda. Nunca he sentido la carga -parece que pesada- del sentimiento de culpa, tan judeocristiano. Debo agradecerle a mi madre su educación. Acepto sin sentimiento de culpa el devenir; rechazo la culpa vestida de miedo, malestar, turbación interior que experimenta la conciencia ante la realización de determinados actos morales. La culpa es perjudicial. Y contraproducente para la conciencia y la felicidad humanas. Yo me resisto a ser sólo un sujeto sujetado a tabúes sociales, al fariseísmo y a los sentimientos sublimados de culpa ¿Sería mejor que dijera que me siento amoral -que no inmoral-? Llueve, ya digo, y el denso aire húmedo de la madrugada y el silencio extraño de las calles me hacen sentir bien y me recuerdan que siempre he sido dueña de mí al tiempo que libre de elegir. La libertad, que es difícil de fraguar como cimiento de los proyectos vitales, sólo lo es si forma parte intrínseca de una persona, del mismo modo que la igualdad y la razón. Las aceras mojadas y el brillo de las farolas observadas a vista de pájaro desde aquí me hacen pasar por la cabeza la idea de un a modo de vista Google maps del mapa de nuestros principios rectores, morales, éticos, políticos, estéticos, sexuales... Todo esto mientras apollo las costillas en el alfeizar, estiro el cuello entre unos geranios siempre sin flores -el olor de los geranios mojados me traslada siempre a casa de mi madre- mientras me cuelgan el culo y las piernecillas por dentro. ¿Qué tendría? ¿Un mapa tipo perfecta cuadrícula de ensanche burgués, correcto, formal, frío?¿Grandes bulevares cruzando un entramado confuso de calles, como pasando por encima las complicadas razones del sí o del no, abrumando?¿O una extraña madeja de callejuelas que llevan a perderse en los más recónditos rincones y pliegues de los sentimientos y de la carne?

Salí hacia La Habana junto a unos ojos grises que sabía con dueño y anillo y cachorros, de quien no conocía aún la irresistible y absoluta vorágine cómplice bajo las sábanas, sabiendo que dejaba en mi buhardilla a la dueña del mini y del casco, y de mis últimos meses. Sabía que habría un antes y un después. Realmente sabía que abría un después. Lo ha habido, lo he abierto, y he regresado a la buhardilla vacía. Ahora tengo nostalgias de una felicidad habanera que no regresará -la felicidad son sólo instantes en el recuerdo. Sin arrepentimiento. Pero también, ay!, qué decir... Me he follado a una mujer casada y maravillosa entre luces y noches del Caribe que ahora vuelve a su casa y yo regreso a la mía donde ya no está quien ocupaba el lado derecho de la cama -animalitos de costumbres somos-, sino sólo su casco. Tarde en la madrugada deja de llover. La luz tenue y llena matices de la madrugada siempre me ha pesado debajo de los párpados como un recuerdo mal digerido de la infancia. Igual antes de dormir que al despertar. No me importa. No tengo que madrugar. Tengo mucha gente por conocer.

5 may. 2008

Espejo de la habana

Guajiros, vegueros y bohíos, lejos la bahía de La Habana
-o espejo de paciencia-,
son de Ibrahim Ferrer, contrapunteo del tabaco y del azucar y
Omara Portuondo escapando por amor
entre ecos de La Bayamesa de Grenet y Garay. Y su Magia negra:
palabras y desafíos.
Tal vez nos demoramos y colamos un poquito de café, tan poquita cosa.
Eres tan poquita cosa...
[tiempo anidado: te espero y espero]

Caribe aguamarina turquesa, vetas transparentes como silencio,
sin espuma del malecón: una sábana azul.
Guayavera, piel prieta o canela, ojos grises tras el portón y reja de Cádiz:
Trinidad y aquí se acabe el mundo.
Aguada de Pasajeros, Rodas, Cienfuegos,
asombrado transeunte que llega al caribe: Punta Limones, Playa Ancón.
Camaguey, las combinadas cosechando la caña,
otros ojos: unos ojos de ocho años, ojos caramelo
-la retórica y la dialéctica bien aprendidas en la escuela-
y más vida en sus palabras que la que les quede a las mías.
La dulce pionera será un huracán.

A menudo la Historia no es lo que sucedió sino lo que se dice que pasó: el rumor.
Sin embargo la Revolución, dice FC,
es el sentido del momento histórico:
el tiempo es el mejor navegante en las aguas de la laguna Estigia.
La dolorosa belleza del mal: para entender la realidad
hay que llegar hasta sus extremos.
Comprender y abandonarse de modo celestial...
No tener paladar para este mal trago.
Calle 70 a la izquierda, calle 41 tomando después calle 100
hasta llegar parque Lenin; ayer, 5ª y 3ª hasta el teatro Karl Marx. Nombres.
Ya sólo nombres.
Un gato en los jardines del hotel nacional
se acomoda en mi equipaje. Atrapado en su isla, como si fuera su ruina y su esplendor,
ritmo amanerado.

En La Habana la espuma rota del malecón salpica tus ojos grises,
sonrisa amable, andares con la cadencia rítmica del son entre las calles de Vedado,
vegetación y voluptuosidad.
Más lejos del son:
Gato tuerto, Zorra y cuervo,
heladito en Le Coppelia.
Condenados de condado,
cuando los hombres soñaron en los camiones, los fusiles despuntaban arriba,
aguantados entre las piernas:
desnudas las aceras desde el Bramadero hasta la caseta de la posta:
las cosas importantes requieren tiempo: como el crecer de los árboles,
formar la capa de humus de la vida
con la concepción circular del tiempo,
pasado y presente tejidos a la historia del futuro con hilos de dulzura,
todo sólo por la necesidad del movimiento. (Luego, todo se deshilvanará)

La Habana transcurre junto al mar
en una marea espumosa, espesa y lenta:
Aire madruguero de regreso.
Carpentier, recurso del método, concierto barroco entre penunbras bajo los jagüeys del parque Zapata y Gandhi,
y entre los corros del Prado en Parque Central. Nada prohibido, solo todo irregular.
Heterogeneidad viva, transculturación y conciencia de América,
vuelves a nacer, como volví a nacer el día en que aprendí/comencé a leer.
Nací en el 82 del siglo pasado (expresión terrorífica ésta):
Como si fuera primavera y yo muriendo.
Como si fuera primavera y me rodean ángeles.
Como si lo fuera y la boca no calla lo que le pido que olvide.

Dolorosa belleza del mal: los versos son renglones sin terminar de escribir.
No hay que hacer una segunda pregunta,
basta mirar las pupilas del otro antes de la pregunta que se va a saltar.
Preguntar sin nada dentro.

Mientras tanto, en los aeropuertos, en los negocios y en las universidades
la gente analiza la realidad, compra libros, repite citas,
llega a conclusiones y las deja escritas en los muros.

Y nadie entiende nada, nadie siente nada. No entienden -¿y tú?- que no hay éxito como el fracaso, pero que el fracaso tampoco es un éxito.

Aquellos ojos grises hoy duermen en mi lecho.

28 abr. 2008

No me gusta viajar como una maleta

Preparo la maleta para viajar a La Habana. Aún no se qué poner en ella. Digo en la maleta. En La Habana, sí. Aunque nunca he estado en La Habana en estas fechas. ¿Qué expectativa tengo en la cabeza? Preveo dejarme deslumbrar más por un ambiente que por la belleza; más por la atmósfera pegada a tierra que por aires de piel canela o cadencias lentas y sensuales... Me llevo conmigo el puño de mi letra, una conciencia personal solidaria y cierta nostalgia por las cosas que puedan suceder.

“Traicionado por un beso en una fresca noche de bendiciones
(...)
No hay tiempo para elegir cuando la verdad está a punto de morir,
No hay tiempo para perder o para decir adiós,
No hay tiempo para las víctima presentes,
No hay tiempo para sufrir o para parpadear,
Y tampoco hay tiempo para pensar.”

Hay un instante en que deja de importante el pensamiento enredado en madejas de áspero insomnio, instalado en medio del paso con obtusa obcecación y con la densidad espesa del mercurio, con el paso adelantado pero la incierta distancia de una perspectiva oscura.

Hay un momento en que ya nada te bloquea y te sientes liberada. Hablo de la sensación opresiva que a veces atenaza tu ser e impide que reconozcas tu rostro en el espejo por las mañanas a partir de un determinado momento vital.

Hay una mañana en que regresa el alma a su sitio, el futuro se congenia con el presente –en realidad qué importa el futuro, excepto la nostalgia ya mencionada-, se abre delante el cielo y se otea el horizonte, la claridad: las nubes de plomiza y gris incertidumbre dan paso a radiantes certezas. Los pies ya no quedan en el suelo, sino alzados. Los días en que tienes la carne mal abotonada –hay días que se abotonan mal al cuerpo- cesan. Y yo, acostumbrada a verme mirándome -en fotos o en el espejo, mis ojos me miran casi siempre- paso a mirar a otros ojos, sin quemarme. La alegría como deber diario.

Hay, entonces, un día, un presente, en el que te sientes tú, que alzas el vuelo segura: eres la más guapa, eres la más simpática... eres, y paras tu vuelo un instante ante otros ojos (no cantes a la rosa, hazla florecer), y los miras porque ya sabes que los quieres y quieres saber que tal vez también ellos te quieren, o te han deseado o te desean. Que quieres saborearlos y que descubran todo lo que no conocen de ti, no saben de ti, lo que no ven de tí.

El futuro... me reafirmaré: sólo siento nostalgia de todo lo que haré nuevo y aún no conozco. El miércoles, La Habana.

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¿No os levantáis un día con una canción obsesivamente instalada en la cabeza y permanece ahí las 24 h. del día resonando como un eco? A mi me sucede también con las personas. Con los ojos de las personas... tengo 10 horas de vuelo para excrutarlos detenidamente

16 abr. 2008

Ella se ha comprado un coche

Se que no es lo mejor para comenzar: hablar de una misma. O quizá sí. Pero voy a comenzar por ese lugar. O sea, hablo de otros para decirme un poco yo. Será por eso que mi psiquiatra un día me recetó neurosis y narcisismo. O no.

Desde hace poco más de dos meses descendemos en su Vespa Champs-Élysées -la dirección es la contraria a la corriente del Sena- desde Étoile hacia Rue Rivoli. Desde Rue Balzac me lloran los ojos del viento y el frío. A la altura de Franklin D. Roosevelt, aunque yo agazapada tras de ella, ella delante de mí, el frío me cala más allá de los huesos. Sólo recupero el calor recordándola ya en el metro hasta Rambuteau. La conocí ahí donde está, donde la sigo viendo. Según vea su cara desde una perspectiva u otra me parece hermosa o mejor. Ojos achinados: la courbe de tes yeux fait le tour de mon coeur. Según desde qué parte de su pensamiento lo haga, inteligente o más. No necesita sonreir con la boca para saberse que lo hace. Según como se acerca, como me rodea o envuelve su halo, conocer su deseo. Misterio en forma de mujer. Mujer desnuda con la forma de las Olympias de Modigliani. París es nuestro...

Comprender y abandonarse de modo celestial. O no comprender y deber volver a comenzar... Y ¿por dónde? En mi vida sucede todo hoy como con la lectura. Confundidas ya las referencias en mi cabeza, abandonado el pasado, extraviada dentro del vientre perdido de la civilización, trato de fluir hacia un punto muerto. Para después comenzar siguiendo las huellas de aquello ya leído y digerido, de aquello aún en la mesa de novedades y pendiente de leer. La lectura –opio que nos traslada- ni nos salva ni nos hace sabios, pero sin ella nos hundimos: muerte en vida. Con ella volvemos a lo que es nuestro, allá donde estemos, jactándonos de lo leído aunque no podamos sentir el orgullo de haberlo escrito.

Con ella, me sucede lo mismo. Me alimenta, me jacto de ella, sostiene con su mirada la mía y me levanta del suelo. La releo y me veo a mí. Pero esta mañana... Esta mañana me ha dicho que ha comprado un coche, que era la última mañana en bajar con las lágrimas en los ojos los Champs Élysees, que ya no habría más tardes pegada a su espalda camino de Montparnasse/Coupole, ni volveríamos a atravesar los puentes del Sena, ni a dejar sobre la acera la vespa color crema delante del Rostand, ni regresar de cenar cosher de Chez Marianne en el Marais... ¡Un coche! Su primera inversión tras su primer salario digno. Ya no sobrevivimos. El capitalismo causa estragos de pareja. Un flamante mini. Y esta tarde hemos ido juntas a recogerlo a algún lugar que yo desconocía de la periferia de París. Negro y brillante. Elitista y frío. Objeto de deseo y distinción. Innecesario. Incompatible con nuestros 40 metros cuadrados de buhardilla con vistas a París y nuestras pieles desnudas rozándose mientras dormimos. Y, mientras tanto, sin idea acerca de dónde escapar en vacaciones. ¿Vendrá el coche con nosotras? ¿Y que hago yo con mi casco?