La velocidad, dicen, es una magnitud física de carácter vectorial que expresa el desplazamiento de un objeto por unidad de tiempo. Imagino que también influye la dirección. El espacio. No se. Los sentimientos. Y la velocidad de crucero de la vida.
Ella tiene un violoncello. Yo lo llevaba a la espalda. Ella tiene también una motocicleta. Grande. O mejor: potente. La potencia también tiene que ver con la acción de las fuerzas físicas. Y como en el fondo me gusta más ser lírica que científica, la aurora se conjuró (otra vez...) en líneas de carretera y árboles transcurriendo infinitos, difuminados ante la mirada entornada por viento y lágrimas. 800 km.: París, Evry, Nemours, Auxerre, Dijon, Chalon, Lyon, Geneve... y, por fin, Milán... subida a la grupa de un enorme insecto mecánico que sobrevuela rozando el asfalto. Llevo aquella vieja chaqueta de cuero rojo que ella llevaba en su moto y el viento frío me quema en la cara. Esto no es nada parecido a bajar Champs Elysées.... Me pego a su espalda. Estrecho el cerco de su forma. Me dejo llevar. Y ella me lleva.
Camille también se llama Camille. Camille Kaminsky. Su apellido lo dice todo. Me pide que la acompañe a Milán, donde actúa en la Scala con la orquesta de la Juventud Venezolana Simón Bolívar. Camille y el cello entre sus muslos, como la bella Jacqueline du Pré. La recuerdo desnuda, ayer, en la habitación del hotel Le Lyon d'Or de Lyon. Ensayando suites para cello de Bach. La escuchaba tendida en la cama.
Hoy Milán, paseo sola los tejados del duomo y recuerdo a mi padre, que nació en esta ciudad. Mi padre y mi abuela. Lluvia y jirones de niebla, como su vida. Al fondo, el palazzo Carminati y a un lado el gran arco de entrada de las gallerias Vittorio Emanuele II.
De mi padre, un judío comunista de origen italiano y con pocos escrúpulos -se que es algo compatible, aunque excusable, me refiero a la carencia de escrúpulos- siempre recordaré una frase que me repetía regularmente y que venía a decir: hija mía, la vida apenas dura una milésima de segundo de la eternidad: atrápala con alegría y vence cualquier resistencia de disfrute. No te dejes llevar por ella: acompáñala. Era un tipo optimista y vital. Un vividor. Nos dejó a mi madre y a mí plantados por una mujer con algunos años menos de los que tengo yo hoy, 25: una mulata hermosa y sensual que supo atrapar con alegría la vida, como él decía, y que luego supo llevarle a él por el camino de la amargura. Porque igual que se lo folló a él sacándole de su perplejidad ideológica, se folló a todos sus amigos, compañeros de oficio, camaradas e intelectuales de su círculo. Derrotó su falta de escrúpulos.
Entregó su alma por 30 monedas de plata. Acosado por el remordimiento, quiso volver, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos: Pequé entregando sangre inocente, ... besaba mis manitas de niña ya adulta, treinta besos de plata, treinta lágrimas desconocidas. Y lloraba. Y aunque se alejó, nos entregó, nos traicionó, me amó, se consoló y aunque vendió su alma: go to him now, he calls you,/you can't refuse/When you got nothing,/you got nothing to lose/You're invisible now,/you got no secrets to conceal... después caminó unos pasos antes de ahorcarse. Traicion y treinta monedas de oro. Un beso. El pago por no volver a mirar atrás. Me gustan más los besos traicionados... pero también tener siempre a Judas de mi lado.
Conviví con mi madre y con él hasta que yo cumplí 16 años mientras vivimos en México DF. Él allí se dedicaba a comprar derechos de libros y publicarlos. Y a dar clases esporádicamente como profesor invitado en la UNAM e investigar sobre la figura del presidente Lázaro Cárdenas y la ayuda que dió al gobierno de la República de España durante la Guerra Civil: millones de municiones y de fusiles que apenas sirvieron de nada.
Desciendo hasta la piazza del duomo enredada en pensamientos y gotas de lluvia. Me siento en el Caffe Zucca in Galleria y pido un ristretto. Entre tanto llega, dejo que el gato de los ensueños desmadeje el ovillo de la razón. Y ya de regreso al hotel espero en duermevela que Camille regrese de su ensayo. Sueño... el pasado no forma parte de mi jurisprudencia y la delgada línea del presente -que lo separa del futuro- apenas sirve para dar forma a la esperanza de que el mundo será mejor mañana. Falta la acción. La velocidad del tiempo. La revolución. La urgencia de la revolución. La revolución es un acto de violencia (una clase derrota a otra: ¿hoy hay clases?). Mi padre sabría explicármelo. Pero en realidad a donde quiero llegar hablando de mi padre es a la sra. Garavelli. Su madre, o sea, mi abuela paterna...
21/11/2009
Betrayed by a kiss
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27/10/2009
Too much of nothing can make a man feel ill at ease...
La primera vez que se me alinearon los planetas, mamá me encontró con mi primera novia. Drama: crecerás y verás que lo que parece que cuelga en realidad eleva y no deberás echarlo de menos. No pierdas el tiempo: sepas que te equivocas. Yo tenía quince años. Sucedió justo detrás de lo de mi prima Hèlena. Y antes de lo de Iselda.
La segunda, quizá porque no fue un alineamiento de dos -estaba sola-, apareció otra vez mi madre: en ausencia de pareja trataba de olvidar las audiencias dándome placer yo solita en el sofá pensando que ella llegaría muuucho más tarde.
La tercera, cuarta y quinta las entendí como salidas por la tangente por no escucharme a mí misma: me echaron de la uni, me equivoqué pensando que podría querer a un hombre -una cosa es el sexo y otra el amor, Luna- y, finalmente, confié en mi padre (menos mal que no fue él el del segundo alineamiento: a la culpa hubiera añadido la vergüenza o a saber qué). Ya desconfiaba antes. Esto es lo malo de convertir a una persona en tu punto cardinal más importante. La historia de mi padre es como la historia de los partidos comunistas europeos (ya explicaré esto). Una traición tras otra, un desencuentro tras otro. Prometido el cielo, todo resulta un suspiro.Estoy aún en lo de matar al padre. De momento solo lo he conseguido con el pianista.
Hace apenas dos años (recién llegada a París) y la Vía láctea entera apuntándome cuando el tipo de uniforme decidió que la única motocicleta y el único bolso a registrar aquella madrugada de Belleville eran los que tenían aquellas insignificantes bolsitas de maría. O sea: mi moto y mi bolso. Aquella madre que me sorprendió, que me reprochó y que me afeó, pagó una multa por una falta que se volvería a repetir de repetirse el registro.
Los últimos fenómenos astrológicos de mi vida (definitivamente todos los planetas visibles se alinearon con el sol) fueron pensar que no estaba detrás de mí mi jefe cuando dije que este puto trabajo no sólo está mal pagado sino que, y sobre todo, está dirigido por un incapáz...'; cuando sucedió lo de M. Fèvre y, últimamente, cada intento de reconstituir, dar forma, llevar a buen puerto, rehacer mi vida sentimental y/o sexual. ¿Cómo es posible errar tánto en el querer y/o el follar?
He dejado de creer en la astrología y los planetas para creer sólo en la meteorología: borrascas y nubes negras que pasan rápido, descargan algo de lluvia, y a esperar el anticiclón... No cabe otra. Y sonreir. No son los mejores tiempos para encontrar trabajo. Ni para pagar psicoanalistas freudianos (los prefiero a los conductistas, claro). Lo que no termino de tener claro del todo es lo del último punto. Ayer conocí a alguien cuyo nombre se repite en mi historial, y que me susurró a un oido vadeando un mar de alcohol: Eres como las medicinas: necesito tomarte cada ocho horas, de mes en mes, por cuatrimestres... Qué se yo. Y no puedo seguir teniéndote nostalgia; ni quiero ser para tí sólo un beso en un pequeño hueco de entre tantos y tantos ratos. Le he robado a uno de esos muchachos esta muchacha. Ya hicimos el amor. Sigue el presente. No hace falta huir sin dejar huellas. Todo es exactamente como parece ser.
La segunda, quizá porque no fue un alineamiento de dos -estaba sola-, apareció otra vez mi madre: en ausencia de pareja trataba de olvidar las audiencias dándome placer yo solita en el sofá pensando que ella llegaría muuucho más tarde.
La tercera, cuarta y quinta las entendí como salidas por la tangente por no escucharme a mí misma: me echaron de la uni, me equivoqué pensando que podría querer a un hombre -una cosa es el sexo y otra el amor, Luna- y, finalmente, confié en mi padre (menos mal que no fue él el del segundo alineamiento: a la culpa hubiera añadido la vergüenza o a saber qué). Ya desconfiaba antes. Esto es lo malo de convertir a una persona en tu punto cardinal más importante. La historia de mi padre es como la historia de los partidos comunistas europeos (ya explicaré esto). Una traición tras otra, un desencuentro tras otro. Prometido el cielo, todo resulta un suspiro.Estoy aún en lo de matar al padre. De momento solo lo he conseguido con el pianista.
Hace apenas dos años (recién llegada a París) y la Vía láctea entera apuntándome cuando el tipo de uniforme decidió que la única motocicleta y el único bolso a registrar aquella madrugada de Belleville eran los que tenían aquellas insignificantes bolsitas de maría. O sea: mi moto y mi bolso. Aquella madre que me sorprendió, que me reprochó y que me afeó, pagó una multa por una falta que se volvería a repetir de repetirse el registro.
Los últimos fenómenos astrológicos de mi vida (definitivamente todos los planetas visibles se alinearon con el sol) fueron pensar que no estaba detrás de mí mi jefe cuando dije que este puto trabajo no sólo está mal pagado sino que, y sobre todo, está dirigido por un incapáz...'; cuando sucedió lo de M. Fèvre y, últimamente, cada intento de reconstituir, dar forma, llevar a buen puerto, rehacer mi vida sentimental y/o sexual. ¿Cómo es posible errar tánto en el querer y/o el follar?
He dejado de creer en la astrología y los planetas para creer sólo en la meteorología: borrascas y nubes negras que pasan rápido, descargan algo de lluvia, y a esperar el anticiclón... No cabe otra. Y sonreir. No son los mejores tiempos para encontrar trabajo. Ni para pagar psicoanalistas freudianos (los prefiero a los conductistas, claro). Lo que no termino de tener claro del todo es lo del último punto. Ayer conocí a alguien cuyo nombre se repite en mi historial, y que me susurró a un oido vadeando un mar de alcohol: Eres como las medicinas: necesito tomarte cada ocho horas, de mes en mes, por cuatrimestres... Qué se yo. Y no puedo seguir teniéndote nostalgia; ni quiero ser para tí sólo un beso en un pequeño hueco de entre tantos y tantos ratos. Le he robado a uno de esos muchachos esta muchacha. Ya hicimos el amor. Sigue el presente. No hace falta huir sin dejar huellas. Todo es exactamente como parece ser.
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09/10/2009
But... what's the sense of changing horses in midstream?
Después de todo, ya de madrugada, me senté en el bordillo: hasta entonces me había dejado llevar por una mezcla extraña de lágrimas, nervios y risas. Desesperación. A esas alturas estaba en la calle: empapada, en camiseta, bragas y botas (mi madre, de haberme visto así en plena calle, hubiera llamado a los gendarmes, aunque yo ya estaba rodeada de ellos) y deseando fumarme un porro y volver a la cama. Rue Saint Denis. 04:00 a.m. Lluvia. Si mañana falto al trabajo y le suelto esto como explicación al jefe, no me cree.
Todo empieza un poco antes. Jacquie (Mme. Fèvre) vive en el piso de debajo. Ella es una puta vieja y ya retirada (un rostro hermoso, Irma la dulce: Irma la puta). La acostumbrada historia: la de quien termina viviendo con su chulo -es algo que no solo le pasa a las putas-. Tal vez una simple historia de amor, tal vez un juego de dependencias, tal vez la amargura compartida como estación término. M. Fèvre era (era, digo bien) un marsellés agrio, malhablado, borracho y bronco, extraviado ya en el fondo turbio de sus ojos amarillos y en unos mofletes surcados de venas de años de alcohol de barra americana; el proxeneta. Un tipo sin sentimientos (¿deberíamos tener sentimientos?).
Poco después de las 10 p.m. -lo recuerdo: leía de Salten Josephine Mutzenbacher: Histoire d'une fille de Vienne racontée par elle-même, ay, lo que va de Bambi a Josephine- y entre ensoñaciones y deseos transatlánticos, escucho algo que me sobresalta: un ruido sordo, acallado por muros y vacío, embozado por otro sonido seco, como de algo que se resquebraja, parecido al crujido de la piel de la sandía al abrirse. Después, nada. Calma.
Quizá una decena de páginas más allá, quizá desechados varios deseos -o consumados-, sólo lo se yo (ya sabes: Me gustaría decirte: que hagas, o que me hagas (algo), o ¡hazme ser!, porque aún me falta algo, aún siento algo vacío dentro de mí, o porque aún no soy tuya. O tal vez, con o sin tildes, que no me tildes de extraña para ti. Un poco cogido -¡vaya!- por los pelos: hay etapas, períodos de la vida tan extraños de una misma que desearía que fueran más de otra), revuelo de escalera: primero rumores, luego voces, después gritos y golpes, otra vez silencio. Nada. Puertas que se abren, murmullan y se cierran, monólogo prudente de mirillas: es la puta otra vez.
Lágrimas, golpes en mi puerta. Abro: No me abre, y cuando no me abre yo no me atrevo a abrir. El miedo humillante de quien espera la humillación, el dolor. Abaratar la rendición. Ya te llegaba a los oídos: es la puta. Ahora la negación: de él. Y el terror. Sumisión. Degradación. Mancha. Abominación. Violación. Otra vez: nada. A tí no te hará nada, estará borracho y no es él -se dice a sí-, a ti te sonríe porque eres como yo era de joven: hermosa. Siento odio y odio, por dentro el sabor salado del zinc que es la bilis en la boca. Desarmada y confusa me dejo convencer después de convencerme a mí misma. Bajo la escalera. Llamo al timbre. Golpeo la puerta. Silencio, pero no ausencia. Giro la llave, me anuncio gritando tímidamente: ¿M. Fèvre? ¡Buenas noches! ¡Soy yo! ¡Luna! Eeeeh... estoy con Jacquie, no abría vd. y me ha pedido... El olor acre y cerrado, el pasillo agobiante y amarillo y una inexistente linea invisible a media altura a lo largo del corredor desembocan en el salón y en la butaca está lo que era Albert, o M. Fèvre, o sea, Zizie, como le llamaban en el barrio: un arma cuelga de su mano derecha. Nunca había visto una pistola de verdad. Me parece muy negra, no brilla. Y alrededor de la pistola, el relámpago de la angustiosa velocidad del vértigo, una auténtica escena dantesca -diría el común (pobre Dante)-: una lluvia de plumas, una almohada chamuscada, un collage de sangre y sesos en las paredes, nada de la mandíbula para arriba y, como media calabaza hueca, colgando hacia atrás de los cabellos empapados, la tapa de los sesos de M. Fèvre. Sucesivamente y en este orden: Abro mucho los ojos. Grito. Siento arcadas. Vomito. Pataleo histérica. Pienso que no estoy en la realidad, que me he colado en una peli. Agarro fuerte el camisón a Mme. Fèvre. La zarandeo. Vuelvo a gritar: pero, ¿por qué me ha traido aquí? Me pongo en cuclillas. Jacqueline se derrumba. O grita. Ya no lo recuerdo. Vuelvo a vomitar, me ataca una risa nerviosa, se me agarrotan las piernas y, después, agarro el teléfono -está pringando-, marco el 17: Hola, ¿es la Policía...?
Ya digo. Son las 04:00 a.m. y estoy sentada en el bordillo. Un bombero -¿son de verdad los brazos de los bomberos?- me ha prestado unas botas y un impermeable muy pesado. Me dicen que debo esperar a la juez: hay sangre, hay violencia, hay muerte, ella era puta, él chulo de idems, y yo pasaba por allí. Hay una línea que no se puede traspasar, como la del pasado. Una escena del crimen, que dicen en las pelis. Todo parece cine negro, excepto porque es en color y por mí: yo, con esta pinta. No se bien como he llegado hasta fuera. Pero mientras espero, fumo nerviosa y pienso con orden y calma: que curiosa nuestra sociedad, que lo compra y lo vende todo -tal vez menos el cariño verdadero-, incluso la inmensa mayoría de las personas vende la mitad de su descanso (y la casi totalidad de sus sueños) por un puñado de monedas a fin de mes, y la prostituta -que vende sólo, literalmente, su cuerpo- por una servidumbre quizá menos encubierta, menos hipócrita, se convierte en la mala del cuento. Los demás sólo vendemos alma y dignidad: intangible, no se ve, no se toca... y sólo eso ya nos sirve para proyectar en ellas nuestra humillación cotidiana, toda nuestra alienación. ¿No somos todos un poco putas?
Como siempre, una cosa lleva a otra: ahora que escribo lo que pensaba hace 10 días cuando estaba sentada en la calle me viene a la cabeza el asunto de la foto retirada de una exposición en la Tate Modern por considerla pornográfica. Hombres (genérico) enfermos mirando la foto de una niña de 10 años desnuda. A todos los que se les puso dura al mirarla, imagino: ¿les sucederá lo mismo cuando miran las fotos de sus hijas pequeñas desnudas después del baño? Que complicado es ese aplique subcutáneo que llevamos que es la moral.
Sigo con pesadillas.
(...) People tell me it's a sin/To know and feel too much within./I still believe she was my twin, but I lost the ring./She was born in spring, but I was born too late/Blame it on a simple twist of fate.
Todo empieza un poco antes. Jacquie (Mme. Fèvre) vive en el piso de debajo. Ella es una puta vieja y ya retirada (un rostro hermoso, Irma la dulce: Irma la puta). La acostumbrada historia: la de quien termina viviendo con su chulo -es algo que no solo le pasa a las putas-. Tal vez una simple historia de amor, tal vez un juego de dependencias, tal vez la amargura compartida como estación término. M. Fèvre era (era, digo bien) un marsellés agrio, malhablado, borracho y bronco, extraviado ya en el fondo turbio de sus ojos amarillos y en unos mofletes surcados de venas de años de alcohol de barra americana; el proxeneta. Un tipo sin sentimientos (¿deberíamos tener sentimientos?).
Poco después de las 10 p.m. -lo recuerdo: leía de Salten Josephine Mutzenbacher: Histoire d'une fille de Vienne racontée par elle-même, ay, lo que va de Bambi a Josephine- y entre ensoñaciones y deseos transatlánticos, escucho algo que me sobresalta: un ruido sordo, acallado por muros y vacío, embozado por otro sonido seco, como de algo que se resquebraja, parecido al crujido de la piel de la sandía al abrirse. Después, nada. Calma.
Quizá una decena de páginas más allá, quizá desechados varios deseos -o consumados-, sólo lo se yo (ya sabes: Me gustaría decirte: que hagas, o que me hagas (algo), o ¡hazme ser!, porque aún me falta algo, aún siento algo vacío dentro de mí, o porque aún no soy tuya. O tal vez, con o sin tildes, que no me tildes de extraña para ti. Un poco cogido -¡vaya!- por los pelos: hay etapas, períodos de la vida tan extraños de una misma que desearía que fueran más de otra), revuelo de escalera: primero rumores, luego voces, después gritos y golpes, otra vez silencio. Nada. Puertas que se abren, murmullan y se cierran, monólogo prudente de mirillas: es la puta otra vez.
Lágrimas, golpes en mi puerta. Abro: No me abre, y cuando no me abre yo no me atrevo a abrir. El miedo humillante de quien espera la humillación, el dolor. Abaratar la rendición. Ya te llegaba a los oídos: es la puta. Ahora la negación: de él. Y el terror. Sumisión. Degradación. Mancha. Abominación. Violación. Otra vez: nada. A tí no te hará nada, estará borracho y no es él -se dice a sí-, a ti te sonríe porque eres como yo era de joven: hermosa. Siento odio y odio, por dentro el sabor salado del zinc que es la bilis en la boca. Desarmada y confusa me dejo convencer después de convencerme a mí misma. Bajo la escalera. Llamo al timbre. Golpeo la puerta. Silencio, pero no ausencia. Giro la llave, me anuncio gritando tímidamente: ¿M. Fèvre? ¡Buenas noches! ¡Soy yo! ¡Luna! Eeeeh... estoy con Jacquie, no abría vd. y me ha pedido... El olor acre y cerrado, el pasillo agobiante y amarillo y una inexistente linea invisible a media altura a lo largo del corredor desembocan en el salón y en la butaca está lo que era Albert, o M. Fèvre, o sea, Zizie, como le llamaban en el barrio: un arma cuelga de su mano derecha. Nunca había visto una pistola de verdad. Me parece muy negra, no brilla. Y alrededor de la pistola, el relámpago de la angustiosa velocidad del vértigo, una auténtica escena dantesca -diría el común (pobre Dante)-: una lluvia de plumas, una almohada chamuscada, un collage de sangre y sesos en las paredes, nada de la mandíbula para arriba y, como media calabaza hueca, colgando hacia atrás de los cabellos empapados, la tapa de los sesos de M. Fèvre. Sucesivamente y en este orden: Abro mucho los ojos. Grito. Siento arcadas. Vomito. Pataleo histérica. Pienso que no estoy en la realidad, que me he colado en una peli. Agarro fuerte el camisón a Mme. Fèvre. La zarandeo. Vuelvo a gritar: pero, ¿por qué me ha traido aquí? Me pongo en cuclillas. Jacqueline se derrumba. O grita. Ya no lo recuerdo. Vuelvo a vomitar, me ataca una risa nerviosa, se me agarrotan las piernas y, después, agarro el teléfono -está pringando-, marco el 17: Hola, ¿es la Policía...?
Ya digo. Son las 04:00 a.m. y estoy sentada en el bordillo. Un bombero -¿son de verdad los brazos de los bomberos?- me ha prestado unas botas y un impermeable muy pesado. Me dicen que debo esperar a la juez: hay sangre, hay violencia, hay muerte, ella era puta, él chulo de idems, y yo pasaba por allí. Hay una línea que no se puede traspasar, como la del pasado. Una escena del crimen, que dicen en las pelis. Todo parece cine negro, excepto porque es en color y por mí: yo, con esta pinta. No se bien como he llegado hasta fuera. Pero mientras espero, fumo nerviosa y pienso con orden y calma: que curiosa nuestra sociedad, que lo compra y lo vende todo -tal vez menos el cariño verdadero-, incluso la inmensa mayoría de las personas vende la mitad de su descanso (y la casi totalidad de sus sueños) por un puñado de monedas a fin de mes, y la prostituta -que vende sólo, literalmente, su cuerpo- por una servidumbre quizá menos encubierta, menos hipócrita, se convierte en la mala del cuento. Los demás sólo vendemos alma y dignidad: intangible, no se ve, no se toca... y sólo eso ya nos sirve para proyectar en ellas nuestra humillación cotidiana, toda nuestra alienación. ¿No somos todos un poco putas?
Como siempre, una cosa lleva a otra: ahora que escribo lo que pensaba hace 10 días cuando estaba sentada en la calle me viene a la cabeza el asunto de la foto retirada de una exposición en la Tate Modern por considerla pornográfica. Hombres (genérico) enfermos mirando la foto de una niña de 10 años desnuda. A todos los que se les puso dura al mirarla, imagino: ¿les sucederá lo mismo cuando miran las fotos de sus hijas pequeñas desnudas después del baño? Que complicado es ese aplique subcutáneo que llevamos que es la moral.
Sigo con pesadillas.
(...) People tell me it's a sin/To know and feel too much within./I still believe she was my twin, but I lost the ring./She was born in spring, but I was born too late/Blame it on a simple twist of fate.
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17/09/2009
A girl I know, she is partly mad. Yet behind that smile, she is partly sad. She is partly calm, she is partly wild. But she is mostly woman…
... No. She is mostly child
Viajar es como follar: mientras lo haces no existen los problemas cotidianos: no tienes madre, no tienes una mierda de curro, no hay crisis, no hay imbéciles que te rodeen. Pero, es verdad, un momento después de correrte (porque en cuanto este momento acabe, nos odiaremos otra vez la una a la otra), con el sudor frío aún en la piel, no quieres ni mirarte. La única persona a la que odiaremos más que al otro será a nosotros mismos. Estos son los momentos en que puedo ser más humana. Solamente durante estos instantes no me siento del todo sola. Parafraseo de memoria al imbécil de Chuck Palahniuk.
De regreso, los dedos tan amarillos de tanto fumar. De regreso, el alma tan amarilla por no ser indiferente al paso de los fotogramas de la vida ante los ojos. Regreso. Dos meses de ausencia. Me reinserto en mi ecosistema habitual. Ausentarse dos meses no parece excesivo y sin embargo tiene sus consecuencias -me aterra la inconsecuencia de estos tiempos-. Los buzones -virtuales y físicos- llenos de correspondencia, de mensajes sin lectura, de publicidad vehemente, de anuncios absurdos, de preguntas sin respuesta, de anhelos sin esperanza, de facturas pendientes, de textos algunos incomprensibles y, otros, sencillos y claros, aunque a destiempo. Como el de Josephine: Luna, he llegado bien. Ya te contaré. Ha sido algo inesperado y emocionante. Copenhague parece precioso... A Josephine le dejé las llaves de mi departamento porque iba a pasar el verano estudiando. Ahora todo se cubre de una capa del polvo -el desgaste del mundo se coló por las ventanas solo entornadas por su presunta presencia en París-, se puebla de plantas secas -alrededor de los ficus un otoño anticipado adorna el suelo como una sombra por ausencia de riego-, grifos que han dejado de manar -me han cortado el agua por falta de pago: no escarmiento, sigo sin domiciliar el recibo-, una paradójica gotera y, pobres, mis peces tropicales rojos: Carlos y Federico -¿quien recuerda que deja dos peces en la pecera cuando un viaje crea tanta inquietud?- flotan hinchados panza arriba en la superficie del agua en avanzado estado de descomposición haciendo metáfora de la vigencia actualizada de esos nombres y aquellas ideas. Sin en vez de dos estoy fuera tres meses, me hubieran dado por muerta.
Espero un otoño brutal: lloverán más desheredados de la purga capitalista bajo la sonrisa plácida de la casta política (ya solo hay una): aquí, conservadora; allá, también. Los jóvenes seguiremos ensayando una vez más el hastío y nos abrasaremos atrapados, pensando, entre lo que hemos deseado y lo que hemos conseguido. El cruel relato de lo cotidiano deja cicatrices y astillas bajo la piel que aquí ignoramos porque tenemos betadine, apósitos y nolotil a la vuelta de la esquina. Pero que en el culo del mundo del que vengo no es así exactamente. Porque lo que aquí tenemos el 80%, allá sólo lo disfruta el 20% restante. Tanta belleza -física, humana- y tanta pobreza. Tanto drama y conozco a tanta gente linda.
América está viva de vida. Europa está muerta de abulia y pereza. De sobrarle y tenerlo todo. Nuestra vida es sólo un hueco. Y los seres humanos que la poblamos somos clandestinos del resto, del demás, y los lugares que pisamos son huecos llenos de huecos, almas huecas –mi alma es sólo polvo y vacío-, el sexo es hueco -la muerte, ¿y dónde nos meterá?...-, las ciudades son polvos, de los más baratos, como de putas asequibles, sórdidas pero dulces que te besan –dame un besito, putita, antes de ir a dormir- en el lugar donde la belleza ha quedado sustituida por las cicatrices de nuestra música: todo es feo; menos mal la música. No se bien dónde residirá la belleza. Tampoco sabría definirla: la definición destruye.
A eso estamos condenados, a la incómoda humedad del sexo, al olor acre de los pliegues de la piel (los hombres huelen a cemento sin fraguar, las mujeres a arena de playa), al sudor del rostro para obtener tu pan hasta volver a confundirte con la tierra, polvo eres, y a ser polvo retornarás. Plomo, el aire se hace plomo, los cerebros anulados: en el rincón de la memoria no hay sino pelusas, bolas de pelo, polvo compacto. Los ríos históricos que marcan fronteras como meridianos de violencia arrastran los cadáveres arrojados por el resto del mundo a sus aguas. Trastienda: ustedes para nosotros son muy importantes, pero también un problema. Condenados a repetirnos como estirpes mágicas, aunque sin derecho a una segunda oportunidad en la tierra. El egoísmo, la desconfianza y la tiranía del presente boicotean cualquier esperanza de futuro. Vivimos presos del imperialismo del tiempo que lo coloniza todo. De la dictadura del presente que nos impide recuperar la confianza en el futuro. La estadística nos deja siempre fuera de los normales. ¿Y qué será lo normal, Luna?, me pregunto seguidamente.
El resto, bien. Como la virtud no cambia nada, he procurado no ser demasiado buena chica. Realidades y deseos... yo sigo extraviada aún en los últimos. Y en América el deseo está todavía muy vivo. Y la realidad , nítidamente exagerada.
Gracias a todos por esperarme.
Viajar es como follar: mientras lo haces no existen los problemas cotidianos: no tienes madre, no tienes una mierda de curro, no hay crisis, no hay imbéciles que te rodeen. Pero, es verdad, un momento después de correrte (porque en cuanto este momento acabe, nos odiaremos otra vez la una a la otra), con el sudor frío aún en la piel, no quieres ni mirarte. La única persona a la que odiaremos más que al otro será a nosotros mismos. Estos son los momentos en que puedo ser más humana. Solamente durante estos instantes no me siento del todo sola. Parafraseo de memoria al imbécil de Chuck Palahniuk.
De regreso, los dedos tan amarillos de tanto fumar. De regreso, el alma tan amarilla por no ser indiferente al paso de los fotogramas de la vida ante los ojos. Regreso. Dos meses de ausencia. Me reinserto en mi ecosistema habitual. Ausentarse dos meses no parece excesivo y sin embargo tiene sus consecuencias -me aterra la inconsecuencia de estos tiempos-. Los buzones -virtuales y físicos- llenos de correspondencia, de mensajes sin lectura, de publicidad vehemente, de anuncios absurdos, de preguntas sin respuesta, de anhelos sin esperanza, de facturas pendientes, de textos algunos incomprensibles y, otros, sencillos y claros, aunque a destiempo. Como el de Josephine: Luna, he llegado bien. Ya te contaré. Ha sido algo inesperado y emocionante. Copenhague parece precioso... A Josephine le dejé las llaves de mi departamento porque iba a pasar el verano estudiando. Ahora todo se cubre de una capa del polvo -el desgaste del mundo se coló por las ventanas solo entornadas por su presunta presencia en París-, se puebla de plantas secas -alrededor de los ficus un otoño anticipado adorna el suelo como una sombra por ausencia de riego-, grifos que han dejado de manar -me han cortado el agua por falta de pago: no escarmiento, sigo sin domiciliar el recibo-, una paradójica gotera y, pobres, mis peces tropicales rojos: Carlos y Federico -¿quien recuerda que deja dos peces en la pecera cuando un viaje crea tanta inquietud?- flotan hinchados panza arriba en la superficie del agua en avanzado estado de descomposición haciendo metáfora de la vigencia actualizada de esos nombres y aquellas ideas. Sin en vez de dos estoy fuera tres meses, me hubieran dado por muerta.
Espero un otoño brutal: lloverán más desheredados de la purga capitalista bajo la sonrisa plácida de la casta política (ya solo hay una): aquí, conservadora; allá, también. Los jóvenes seguiremos ensayando una vez más el hastío y nos abrasaremos atrapados, pensando, entre lo que hemos deseado y lo que hemos conseguido. El cruel relato de lo cotidiano deja cicatrices y astillas bajo la piel que aquí ignoramos porque tenemos betadine, apósitos y nolotil a la vuelta de la esquina. Pero que en el culo del mundo del que vengo no es así exactamente. Porque lo que aquí tenemos el 80%, allá sólo lo disfruta el 20% restante. Tanta belleza -física, humana- y tanta pobreza. Tanto drama y conozco a tanta gente linda.
América está viva de vida. Europa está muerta de abulia y pereza. De sobrarle y tenerlo todo. Nuestra vida es sólo un hueco. Y los seres humanos que la poblamos somos clandestinos del resto, del demás, y los lugares que pisamos son huecos llenos de huecos, almas huecas –mi alma es sólo polvo y vacío-, el sexo es hueco -la muerte, ¿y dónde nos meterá?...-, las ciudades son polvos, de los más baratos, como de putas asequibles, sórdidas pero dulces que te besan –dame un besito, putita, antes de ir a dormir- en el lugar donde la belleza ha quedado sustituida por las cicatrices de nuestra música: todo es feo; menos mal la música. No se bien dónde residirá la belleza. Tampoco sabría definirla: la definición destruye.
A eso estamos condenados, a la incómoda humedad del sexo, al olor acre de los pliegues de la piel (los hombres huelen a cemento sin fraguar, las mujeres a arena de playa), al sudor del rostro para obtener tu pan hasta volver a confundirte con la tierra, polvo eres, y a ser polvo retornarás. Plomo, el aire se hace plomo, los cerebros anulados: en el rincón de la memoria no hay sino pelusas, bolas de pelo, polvo compacto. Los ríos históricos que marcan fronteras como meridianos de violencia arrastran los cadáveres arrojados por el resto del mundo a sus aguas. Trastienda: ustedes para nosotros son muy importantes, pero también un problema. Condenados a repetirnos como estirpes mágicas, aunque sin derecho a una segunda oportunidad en la tierra. El egoísmo, la desconfianza y la tiranía del presente boicotean cualquier esperanza de futuro. Vivimos presos del imperialismo del tiempo que lo coloniza todo. De la dictadura del presente que nos impide recuperar la confianza en el futuro. La estadística nos deja siempre fuera de los normales. ¿Y qué será lo normal, Luna?, me pregunto seguidamente.
El resto, bien. Como la virtud no cambia nada, he procurado no ser demasiado buena chica. Realidades y deseos... yo sigo extraviada aún en los últimos. Y en América el deseo está todavía muy vivo. Y la realidad , nítidamente exagerada.
Gracias a todos por esperarme.
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07/07/2009
Yes the road is long, and it winds and winds
Mi siguiente línea comienza en un aeropuerto. Punto y aparte, fin de un párrafo y arranque del siguiente.Sangría y mayúsculas. Pero esta siguiente línea será sólo sobre el papel. Caminaré otros caminos diferentes a los de todos los días que, supongo, harán que algo cambie por dentro. No con ánimo de balance, no con el ánimo de bajarme del mundo y mirar desde fuera, al contrario, sino de entender el presente para caminar el futuro. Ya está bien de mirarse el ombligo.
Tengo dos billetes de avión. Uno de ida: a Méjico DF. Entre medias, casi dos meses en los que tengo previsto pasear mi cabeza y mis pies por Guatemala, El Salvador, Managua, San José, Panamá, tal vez Bogotá y Caracas. Sólo he puesto señales en esas ciudades de mi mapa. Pero sobre la marcha cambiaré el rumbo. Sobre la marcha lloraré y reiré. Sobre la marcha abriré la boca con sorpresa o se me encogerá el estómago. Seguro que recordaré cosas ya vividas. Seguro que volveré a equivocarme y enderezaré. Seguro que sentiré vergüenza. Mi destino: Caracas, 28 de agosto. Aeropuerto Simón Bolivar. Este es el billete de vuelta: vuelo de las 16:30, hora local, con destino Paris-Charles de Gaulle. Mi mochila se habrá vaciado de todo lo que salió de casa y volverá cargada de cosas nuevas.
Sólo espero que la vida me bese en la boca una vez. Y se que en cualquier momento caerá lluvia. Y volveré a entrever entre sus gotas a unos ojos que dejo atrás, no se si para siempre, pero a los que deberé una explicación a mi regreso. Si soy la misma. Te lo prometo.
Hasta dentro de dos meses!!
Tengo dos billetes de avión. Uno de ida: a Méjico DF. Entre medias, casi dos meses en los que tengo previsto pasear mi cabeza y mis pies por Guatemala, El Salvador, Managua, San José, Panamá, tal vez Bogotá y Caracas. Sólo he puesto señales en esas ciudades de mi mapa. Pero sobre la marcha cambiaré el rumbo. Sobre la marcha lloraré y reiré. Sobre la marcha abriré la boca con sorpresa o se me encogerá el estómago. Seguro que recordaré cosas ya vividas. Seguro que volveré a equivocarme y enderezaré. Seguro que sentiré vergüenza. Mi destino: Caracas, 28 de agosto. Aeropuerto Simón Bolivar. Este es el billete de vuelta: vuelo de las 16:30, hora local, con destino Paris-Charles de Gaulle. Mi mochila se habrá vaciado de todo lo que salió de casa y volverá cargada de cosas nuevas.
Sólo espero que la vida me bese en la boca una vez. Y se que en cualquier momento caerá lluvia. Y volveré a entrever entre sus gotas a unos ojos que dejo atrás, no se si para siempre, pero a los que deberé una explicación a mi regreso. Si soy la misma. Te lo prometo.
Hasta dentro de dos meses!!
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