A whore will pass the hat, collect a hundred grand and say thanks/They like to take all this money from sin, build big universities to study in/Sing "Amazing Grace" all the way to the Swiss banks
En esta vida el viento nos empuja el culo en direcciones insospechadas. A veces nos lleva a lugares donde nos sentimos perdidos. Otras veces nos pone frente al espejo y no queda otra que reconocerse en él. Hay una frase de Cesare Pavese -de memoria... ay, se la oí a mi padre tantas veces desde que cumplió 40- que viene a decir que todos somos responsables de nuestra cara a partir de los 40... Siempre quedan en el rostro las arqueologías de tantos aprendizajes (de conductas), por mucho distanciamiento que se tome. Yo soy apenas una aprendiza. Y hoy, además, aumentada la esperanza de vida sólo se debería ser responsable a partir del, al menos, medio siglo redondo: el rostro será ya entonces -observo una fotografía de mi madre mientras pienso esto- un parapeto ante los otros, porque el cuerpo ya está malherido de tiempo y cicatrices, necesitado sólo de sinceridades de poca luz y mucho tacto.
Mentir hace daño. Como cuando te meten un dedo en el trasero sin avisar. Y yo no soy una cenicienta: siempre me aprieta el zapato de cristal y me gusta más la calabaza que la carroza. Ella -S.- me hizo una promesa y me causó el daño. Y yo tuve que mentir.
Nos sentamos juntas sobre la nieve de un banco de Washington Sq. al atardecer. Ella -S.- me miró y yo me estremecí. Sentí deseos de enmendarme. Al fondo me pareció oir un saxofón escapando por las rendijas del cercano Blue Note. Después caminamos y, sólo cuando nos detuvimos en la esquina de MacDouglas con Minetta -lo recuerdo: estabamos delante del Cafe Wha?-, fue cuando me lo dijo: ven conmigo, quédate a mi lado, trabajaremos juntas. El puesto es tuyo, pero sólo si te mudas a mi departamento y me juras amor eterno. (Yo llegué en diciembre a NY por una apuesta profesional: perdí mi trabajo, y S. lo sabía; S. son 45 amables y hermosos y despiadados años y antes mi jefa en París, y me ofrecía ahora una oportunidad irrechazable. Pero yo no fuí hasta allí sólo para rellenar un hueco en una cama). Le expliqué lo que me ataba a París -en realidad nada- y que lo pensaría todo mucho.
Cenamos en silencio en un restaurante judío del Greenwich. Lo de alrededor se convirtió en un desierto: de repente me pareció estar enterrada en la arena hasta la cintura, ahogada por el polvo de una plaga, y que ella -S.- me arrojaba como una moneda a la taza de un ciego. Yo perdí el anillo y ella se alejó caminando sobre clavos. No hay vuelta de hoja si los cimientos del orgullo se vienen abajo.
Hoy, bajando alegre y a buen ritmo Notre Dame Des Victoires, en el 2éme., doy vueltas a esto de regreso de una reunión de no-trabajo de la que espero sacar algo en claro de mi porvenir (hoy es el presente real; mañana, tiempo imaginario) profesional. Me ofrecen un buen sueldo, un puesto razonable y, a cambio, no me piden entregar mi corazón. Yo lo puedo entregar todo, pero no me puedo mentir.
En esta vida el viento nos empuja el culo en direcciones insospechadas. A veces nos lleva a lugares donde nos sentimos perdidos. Otras veces nos pone frente al espejo y no queda otra que reconocerse en él. Hay una frase de Cesare Pavese -de memoria... ay, se la oí a mi padre tantas veces desde que cumplió 40- que viene a decir que todos somos responsables de nuestra cara a partir de los 40... Siempre quedan en el rostro las arqueologías de tantos aprendizajes (de conductas), por mucho distanciamiento que se tome. Yo soy apenas una aprendiza. Y hoy, además, aumentada la esperanza de vida sólo se debería ser responsable a partir del, al menos, medio siglo redondo: el rostro será ya entonces -observo una fotografía de mi madre mientras pienso esto- un parapeto ante los otros, porque el cuerpo ya está malherido de tiempo y cicatrices, necesitado sólo de sinceridades de poca luz y mucho tacto.
Mentir hace daño. Como cuando te meten un dedo en el trasero sin avisar. Y yo no soy una cenicienta: siempre me aprieta el zapato de cristal y me gusta más la calabaza que la carroza. Ella -S.- me hizo una promesa y me causó el daño. Y yo tuve que mentir.
Nos sentamos juntas sobre la nieve de un banco de Washington Sq. al atardecer. Ella -S.- me miró y yo me estremecí. Sentí deseos de enmendarme. Al fondo me pareció oir un saxofón escapando por las rendijas del cercano Blue Note. Después caminamos y, sólo cuando nos detuvimos en la esquina de MacDouglas con Minetta -lo recuerdo: estabamos delante del Cafe Wha?-, fue cuando me lo dijo: ven conmigo, quédate a mi lado, trabajaremos juntas. El puesto es tuyo, pero sólo si te mudas a mi departamento y me juras amor eterno. (Yo llegué en diciembre a NY por una apuesta profesional: perdí mi trabajo, y S. lo sabía; S. son 45 amables y hermosos y despiadados años y antes mi jefa en París, y me ofrecía ahora una oportunidad irrechazable. Pero yo no fuí hasta allí sólo para rellenar un hueco en una cama). Le expliqué lo que me ataba a París -en realidad nada- y que lo pensaría todo mucho.
Cenamos en silencio en un restaurante judío del Greenwich. Lo de alrededor se convirtió en un desierto: de repente me pareció estar enterrada en la arena hasta la cintura, ahogada por el polvo de una plaga, y que ella -S.- me arrojaba como una moneda a la taza de un ciego. Yo perdí el anillo y ella se alejó caminando sobre clavos. No hay vuelta de hoja si los cimientos del orgullo se vienen abajo.
Hoy, bajando alegre y a buen ritmo Notre Dame Des Victoires, en el 2éme., doy vueltas a esto de regreso de una reunión de no-trabajo de la que espero sacar algo en claro de mi porvenir (hoy es el presente real; mañana, tiempo imaginario) profesional. Me ofrecen un buen sueldo, un puesto razonable y, a cambio, no me piden entregar mi corazón. Yo lo puedo entregar todo, pero no me puedo mentir.
