A temporadas me siento como debió sentirse Mohamed Ali en 1971 al ver desde la lona el brillo de los focos del Madison Square Garden y la espalda de Frazier en la primera défaite de su carrera profesional y paso días sin hablar con nadie, sin escuchar a nadie, sin atender el teléfono, sin salir de casa ni de la cama –llamo al trabajo sin destaparme: estoy con gripe, ay, ay… - y me quedo aquí viendo pasar el frío detrás de los cristales durante una semana (en realidad mi alma asocial es así).
Pero igual, absolutamente, necesito salir a la calle y ser verbena y terremoto y no parar de hablar. Recorro calles vestida de esquimal. Piso el hielo, deslizo las botas patinando, marco huellas en la nieve, llevo una manta y tabaco a los clochards des Vosges, hago vaho en los cristales, cojo copos con la lengua entre la niebla, me caliento el culo en los capós de los coches recién aparcados.
El lunes pasado –los lunes son de color blanco, y no precisamente por la nieve; igual que hay otros días azules, rojos o negros-, en uno de estos accesos de socialdemocracia del alma conocí a Charlotte, venus proletaria: barre las calles de Belleville entre Hôpital Saint-Louis y Père Lachaise: Bd. de la Villete, Ménilmontant, Couronnes, Louis Blanc, Couronnes. Las mañanas como hoy, dibuja regatos de agua helada junto a las aceras desde las 6 a.m., los encauza hacia las bocas de hierro del subsuelo de Paris al que arrastran los restos del naufragio de noches eternas y turbias de babas, orines, semen, condones y otra suciedad de negocios carnales villonianos: a malas ratas, malos gatos.
Charlotte adora escuchar música: junto a las hojas y las escarchas de este invierno de tonos pardos vuelan entre sus oídos las notas de la Appassionata a un volumen de respiración entrecortada. Adora la música: vivir sin música es desagradable, pero al tiempo es degradante, y cita a Lenin: no puedo escuchar música muy a menudo, me dan ganas de acariciar la cabeza de la gente (…) Pero ahora no hay que acariciar la cabeza de nadie, sino que hay que golpear las cabezas, golpearlas sin piedad aunque idealmente estemos en contra de cualquier tipo de violencia contra las personas... es una tarea extremadamente difícil. Escuchar música y sentirse amable y dulce. Sentir amor. Charlotte, le digo: el único propósito del arte no es inspirar estados de ánimo. El significado del arte como medio de conocimiento es muy superior a su significado sentimental y material. Sensibilidad que destruye lo sensible, pienso: en la música no hay materia. Y caminamos juntas el espacio que va desde Villette hasta Rosiers, ella lleva la escoba y yo el carro. Le miro un poco el culo cuando camina delante.
Tras sus 7h. 37m. de jornada, Charlotte llama a mi puerta de autista de jornadas bajo el edredón. Ma balayeuse deja su chaleco amarillo-reflectante en el sofá y su tabardo verde ilumina la estancia –su escoba de ramas verdes, su carro verde de objetos sin dueño, su llave verde de bocas de riego, su boca que abre un alma verde de soledad de cantones, Charlotte, femme ma femme vert avec l’alma vert-. Y nuestro encuentro torna ceremonia de pieles frías y cálidas, de mejillas acaloradas y muslos de porcelana azul, profanaciones consentidas de umbrales sagrados y palabras suaves como rezadas al oído atento a susurros de palabras ausentes, maniobras imposibles y rosarios de cuentas de bolas chinas que en lugar de correr entre dedos beatos se deslizan suavemente entre las profundidades de la piel suave donde se abre rosa. Charlotte… después del susurro, la invito: baila este vals conmigo como si fuera un tango. Y su dulce letanía se deshace en mi oído como si ya se corriera: me dices que a veces eres el paracaídas y otras el cuchillo que corta sus cuerdas, que la vida al tiempo es el cáncer y el bisturí, el accidente y la mano que para la sangre. Y yo creo que siempre busco a otro. Porque nacemos, sí, y después se nos va acabando la suerte. Consumiría la vida contigo si hubiera algo que consumir, pero es que a veces una follando hace más que otros desde que nacen hasta que les cierran los párpados.
Putas. Y Staruss Kahn haciendo puta a una mujer o sintiéndose todavía vivo con sus putas. Alma negra. La falsa máscara de positividad nos hace ser desgraciados. En realidad nos hace ser desgraciados el infinito cinismo moral. Miro el Sena, gris escarcha, mientras se desliza a poco más de de 2 Km/h, invierno que inunda parques, bosques (Vincennes y Boulogne, Luxembourg, Muttes o Choisy: hojas de castaños, olmos, y parece ser que de ginkos) y la moral destructiva (el prefecto de París deforestó entre Bagatelle y Porte d’Auteuil para echar a las putas : males y remedios). Si París es la ciudad más arbolada de Europa, también es la que más putas tiene a los pies de sus árboles: Melun y Fontainebleau, puteros rondando aún la petite afrique de Boulogne, Concorde-Lafayette -le territoire des filles de l’Est-, Les Halles, St. Denis, St. Etienne, Bd. Clichy, Porte d’Aubervilliers … qué lejos la dulce Irma, con sus bragas y medias verdes. Hoy da igual. Fellini dijo que la puta es el contrapunto esencial de una madre. No se puede concebir una sin la otra (…) inmensa e inasible, omnisciente e ingenua. Exactamente como nuestras fantasías. Entre tanto, la Assemblée Nationale reafirma su posición abolicionista en materia de protitución. El PCF defiende la iniciativa, combate contra la explotación sexual que definió la Convención de la ONU en 1949: la prostitution est une violence terrible et une violation des droits humains. Antigua moral de acero que no es de hoy. Charlotte barre condones llenos de semen. Yo… le como el coño.
He estado mes y medio en el André-Mignot de Chesnay, un psiquiátrico cerca de París. Dicen que no sé distinguir bien entre medicinas (drogas), placer, ocio (no odio), voluntad y responsabilidad. No recuerdo nada porque la disociación siempre estrangula lo más real. Me trasladó una secuencia de sirenas y enfermeros amables cuando avisó Anette, mi vecina: llovían martillos en lugar de lágrimas, y el techo no alcanzaba el final de las paredes. Es imposible rechazarse a una misma. Me senté entre sollozos en el umbral de mi piso. Abracé el vacío en bragas. Qué impresentable…
24/02/2012
Pied à terre
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29/09/2011
I’ll just bid farewell till we meet again
Llevo varias semanas con la sensación de caminar sobre trozos de vidrio. Nada que ver con acróbatas ni tragadores de fuego. Intento escribir algo, pero cada vez que se me ocurre un pensamiento sutil me sale como un trozo de botella. Miro hacia afuera sin ver ni entender el orden de las cosas ni el sentido de estos días. Veo el cielo sin salir de casa desde googlemaps (amenaza lluvia: qué lluvia sería aquella) y pienso...
Los jardineros son los profesionales que más valoro, porque además de tenerlo todo hermoso siendo los lugares feos, parecen felices acariciando pétalos como ninfas de adolescente que en lugar del olor crudamente hermoso de las ingles huelen perfumadamente suaves como otros pliegues del deseo. Felices rasando praderas de hierba, ordenando hojas de hiedra, podando bonsáis de la bahía de Halong, reconduciendo raíces y viendo crecer los frutos de las magnolias o imaginando el interior como de vagina de las granadas jugosas. Había jardineros en el Edén y debe haberlos en las azoteas de los banqueros. Lo veía todo desde la mesa de la redacción, desde la mesa de la celda, desde la ventana de mi sueño inacabado. Terminé suicidándome. Con todas las macetas marchitas en mi piso, aquellos peces naranjas muertos, sin poder soportar aparecer en los sueños de otros: no aguanté que ella me soñara en otro continente entre sus muslos mientras yo aquí era infeliz, incapaz de ver crecer la enredadera camino del cielo cuyo trazo era capaz de prever y dominar aquel hombre con mono verde.
Después de los jardineros las personas más envidadas deben ser los escritores. Yo no tengo ninguna pericia con el lenguaje, me cuesta ordenar las palabras y elegir aquellas que mejor cuadren en el lugar que ya he imaginado. No sé si el tiempo verbal es un adorno real o imaginario, viajo al pasado y al futuro adornando con palabras como si fueran cintas doradas de navidad o alzacuellos dolorosos manchando de luz negros pensamientos. Digo los escritores, no pretenciosos que creen que escribir se puede aprender. Es un don. Un don como ser multiorgásmica. Como entender el sonido de una partitura, dibujar una sinfonía, oír en la oscuridad las sombras desplazándose camino del mar o calibrar la densidad del placer de una misma. Un don como el de la suavidad de la piel y el dolor del alma. Ojalá hubiera podido morir leyendo alguna de las páginas que me hicieron emocionarme alguna noche de desvelo que sólo terminé conciliando el sueño después de cinco poemas, tres capítulos, un beso volado en una buhardilla de Roma y un pecho desnudo en un jardín japonés.
Seguramente, aunque esto lo ignoro -porque es un oficio que tengo idealizado y a alguien le podría parecer incómodo y hasta inconcreto leerlo- otras personas felices sean las putas. Putas tristes o alegres, siempre voluntarias, aunque tanto da si viejas o jóvenes. Vivir de los orgasmos ajenos y alguno propio, del semen marchito que flota en agua de jofainas villonianas, de volver los ojos más allá del cristal y suspirar y ver la lluvia y atravesarla con la mirada mientras el movimiento ajeno busca un placer seco dentro de ti y recordar a tu madre también puta, imaginar un orgasmo limpio y tratar de recordar si un día tuviste inocencia. Todo inmaterial, todo evanescente: el coño como centro del mundo: Courbet. Dicen que -¿o serán sólo los hombres?- los suicidas, los ahorcados más concretamente, mueren con la polla dura y con un triste moco de semen colgando. Cuando yo me quité la vida no me corrí ni nada parecido. Putas siempre vírgenes. No se me ocurre nada parecido sino las novicias: las putas de un dios polígamo.
No me vienen a la cabeza otros trabajos interesantes: porque no pagan por estar desnuda en la arena de la playa, ni por nadar adentrándose en un mar cálido o ver películas de cine en blanco y negro. No me pagaron por conversar, fumar opio ni bajarme las bragas, pasear por los arrozales de Vietnam ni leer... quizá sí leer para otros, pero parece triste. No lo sé. Mi abuela vivió cien años feliz y sin trabajar un sólo minuto de su vida. Tuvo hijos. Amó. Dejó marchitarse su cuerpo cuando el tiempo le dijo que ya no había seda dentro ni espinas fuera. Antes, vivió sin mirar atrás una sola vez. Cuando la semana pasada puse una piedra sobre la lápida de su sepultura en el cementerio del Monte de los Olivos de Jerusalem pensé que hubiera querido ser ella. Por eso, por no serlo, ni ser jardinera, ni puta o novicia, ni tener el don de la palabra o poder convertir en fuego lo que toco, pensé en dejar el mundo. Se lo dije a mi rusita mientras dormía de madrugada, nada más llegar de Orly. Cansada y con ganas de dejar de ser. La pistola es una Makarov que heredé de ella; está en una sombrerera de Borsalino, en el armario.
Los jardineros son los profesionales que más valoro, porque además de tenerlo todo hermoso siendo los lugares feos, parecen felices acariciando pétalos como ninfas de adolescente que en lugar del olor crudamente hermoso de las ingles huelen perfumadamente suaves como otros pliegues del deseo. Felices rasando praderas de hierba, ordenando hojas de hiedra, podando bonsáis de la bahía de Halong, reconduciendo raíces y viendo crecer los frutos de las magnolias o imaginando el interior como de vagina de las granadas jugosas. Había jardineros en el Edén y debe haberlos en las azoteas de los banqueros. Lo veía todo desde la mesa de la redacción, desde la mesa de la celda, desde la ventana de mi sueño inacabado. Terminé suicidándome. Con todas las macetas marchitas en mi piso, aquellos peces naranjas muertos, sin poder soportar aparecer en los sueños de otros: no aguanté que ella me soñara en otro continente entre sus muslos mientras yo aquí era infeliz, incapaz de ver crecer la enredadera camino del cielo cuyo trazo era capaz de prever y dominar aquel hombre con mono verde.
Después de los jardineros las personas más envidadas deben ser los escritores. Yo no tengo ninguna pericia con el lenguaje, me cuesta ordenar las palabras y elegir aquellas que mejor cuadren en el lugar que ya he imaginado. No sé si el tiempo verbal es un adorno real o imaginario, viajo al pasado y al futuro adornando con palabras como si fueran cintas doradas de navidad o alzacuellos dolorosos manchando de luz negros pensamientos. Digo los escritores, no pretenciosos que creen que escribir se puede aprender. Es un don. Un don como ser multiorgásmica. Como entender el sonido de una partitura, dibujar una sinfonía, oír en la oscuridad las sombras desplazándose camino del mar o calibrar la densidad del placer de una misma. Un don como el de la suavidad de la piel y el dolor del alma. Ojalá hubiera podido morir leyendo alguna de las páginas que me hicieron emocionarme alguna noche de desvelo que sólo terminé conciliando el sueño después de cinco poemas, tres capítulos, un beso volado en una buhardilla de Roma y un pecho desnudo en un jardín japonés.
Seguramente, aunque esto lo ignoro -porque es un oficio que tengo idealizado y a alguien le podría parecer incómodo y hasta inconcreto leerlo- otras personas felices sean las putas. Putas tristes o alegres, siempre voluntarias, aunque tanto da si viejas o jóvenes. Vivir de los orgasmos ajenos y alguno propio, del semen marchito que flota en agua de jofainas villonianas, de volver los ojos más allá del cristal y suspirar y ver la lluvia y atravesarla con la mirada mientras el movimiento ajeno busca un placer seco dentro de ti y recordar a tu madre también puta, imaginar un orgasmo limpio y tratar de recordar si un día tuviste inocencia. Todo inmaterial, todo evanescente: el coño como centro del mundo: Courbet. Dicen que -¿o serán sólo los hombres?- los suicidas, los ahorcados más concretamente, mueren con la polla dura y con un triste moco de semen colgando. Cuando yo me quité la vida no me corrí ni nada parecido. Putas siempre vírgenes. No se me ocurre nada parecido sino las novicias: las putas de un dios polígamo.
No me vienen a la cabeza otros trabajos interesantes: porque no pagan por estar desnuda en la arena de la playa, ni por nadar adentrándose en un mar cálido o ver películas de cine en blanco y negro. No me pagaron por conversar, fumar opio ni bajarme las bragas, pasear por los arrozales de Vietnam ni leer... quizá sí leer para otros, pero parece triste. No lo sé. Mi abuela vivió cien años feliz y sin trabajar un sólo minuto de su vida. Tuvo hijos. Amó. Dejó marchitarse su cuerpo cuando el tiempo le dijo que ya no había seda dentro ni espinas fuera. Antes, vivió sin mirar atrás una sola vez. Cuando la semana pasada puse una piedra sobre la lápida de su sepultura en el cementerio del Monte de los Olivos de Jerusalem pensé que hubiera querido ser ella. Por eso, por no serlo, ni ser jardinera, ni puta o novicia, ni tener el don de la palabra o poder convertir en fuego lo que toco, pensé en dejar el mundo. Se lo dije a mi rusita mientras dormía de madrugada, nada más llegar de Orly. Cansada y con ganas de dejar de ser. La pistola es una Makarov que heredé de ella; está en una sombrerera de Borsalino, en el armario.
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15/06/2011
alles staendische und stehende verdampft
Sweetheart... la espiral es autodestructiva. Insomne cuando me pides en medio de la noche, en el calor profundo e insensible de la madrugada, y ya la sensación del sexo tumefacto y la impresión de que el placer llegará casi como un último resquicio, un orgasmo marginal con la lengua, la polla, el coño como dedos arrugados de humedad que sienten deseo y duelen a la vez después de una noche entera sin cesar de cesar, piel lacerada y corriéndote diez veces y deseando otra y que no termine, locura que no tiene fin.
Somos un refugio al lado de un mar en galerna, indemnes sobre la montaña más elevada, inédita y aislada, pero ligeros como corriendo culo al aire en playas vírgenes desiertas. Ahí follamos, aunque fuera solo pulsión y anhelo y apetencia en nuestras mentes, pero estamos otra vez bajo estas sábanas lesas, doloridas, vulgarmente sudadas, despadazadas, envueltas de olor a cuerpo, a los cuerpos asperos que hace la tierra húmeda entre los pliegues recónditos -otras ocasiones fueron suaves del jabón de lavanda y sábanas de hilo recién planchadas-, la polla escocida, la bulba inflamada, los muslos resbaladizos enrojecidos, piel viva en la espalda de soñar alcanzar el cielo con las uñas y desollada de chocar contra los salientes de la realidad, puta realidad cuando el humo se desvanece. Las buhardillas del Raval no dan para más.
Reposo ahora, miro al techo, fumo un pitillo y un peta sucesivamente, y vuelvo a desear tu lengua entre mis ingles pero no me corro hasta quince minutos después. Y grito y se asusta tu gata que es como una ninfa siempre en celo del celo, celo superlativo. Recuerdo una mañana que desperté con la cabeza en tu vientre y lo primero que encontraron mis ojos, mi boca, fue tu polla. La cojí entre los labios como una carne inerte y volví a dormir. No, tal vez el placer no otorgue felicidad ilimitada, pero el deseo sí. Aunque la moral a veces nos la quiera restar aparentemente. La idea de que la felicidad y la moral son idénticas no era sólo un postulado de Spinoza en su Ética. Todas mis reflexiones me llevaban a la conclusión de que la única meta de la humanidad era la felicidad. La gente inteligente no medita tanto sobre la muerte y las ideas que disminuyen el placer. No, no estamos tomando la plaza pública así. Así sólo somos hojas de un arbol.
No, tal vez el placer no otorgue felicidad ilimitada, pero el deseo sí. Aunque la moral a veces nos quiera restar aparentemente, no. Spinoza de bashevis. No, no estamos tomando la plaza pública, así.
A veces parece que no supiera hacer otra cosa que conjugar el verbo "follar". No es cierto. Habrá quien piense que hablo de sexo porque le mola leer de sexo a la gente en la web. Qué extraño lugar inexistente la web. Hablo de sexo porque está en mi vida, como la política, la violencia, la droga, los libros o mi trabajo. Además: he descubierto que muchas veces pienso en sexo cuando trabajo y, así, me abstraigo de lo que sucede a mi alrededor. Es un trabajo que requiere concentración, pero es muy mecánico... como el sexo.Somos un refugio al lado de un mar en galerna, indemnes sobre la montaña más elevada, inédita y aislada, pero ligeros como corriendo culo al aire en playas vírgenes desiertas. Ahí follamos, aunque fuera solo pulsión y anhelo y apetencia en nuestras mentes, pero estamos otra vez bajo estas sábanas lesas, doloridas, vulgarmente sudadas, despadazadas, envueltas de olor a cuerpo, a los cuerpos asperos que hace la tierra húmeda entre los pliegues recónditos -otras ocasiones fueron suaves del jabón de lavanda y sábanas de hilo recién planchadas-, la polla escocida, la bulba inflamada, los muslos resbaladizos enrojecidos, piel viva en la espalda de soñar alcanzar el cielo con las uñas y desollada de chocar contra los salientes de la realidad, puta realidad cuando el humo se desvanece. Las buhardillas del Raval no dan para más.
Reposo ahora, miro al techo, fumo un pitillo y un peta sucesivamente, y vuelvo a desear tu lengua entre mis ingles pero no me corro hasta quince minutos después. Y grito y se asusta tu gata que es como una ninfa siempre en celo del celo, celo superlativo. Recuerdo una mañana que desperté con la cabeza en tu vientre y lo primero que encontraron mis ojos, mi boca, fue tu polla. La cojí entre los labios como una carne inerte y volví a dormir. No, tal vez el placer no otorgue felicidad ilimitada, pero el deseo sí. Aunque la moral a veces nos la quiera restar aparentemente. La idea de que la felicidad y la moral son idénticas no era sólo un postulado de Spinoza en su Ética. Todas mis reflexiones me llevaban a la conclusión de que la única meta de la humanidad era la felicidad. La gente inteligente no medita tanto sobre la muerte y las ideas que disminuyen el placer. No, no estamos tomando la plaza pública así. Así sólo somos hojas de un arbol.
No, tal vez el placer no otorgue felicidad ilimitada, pero el deseo sí. Aunque la moral a veces nos quiera restar aparentemente, no. Spinoza de bashevis. No, no estamos tomando la plaza pública, así.
No. Por la mañana no pienso sólo en esto. Pienso sola en el amanecer de Barcelona y recuerdo. Hace unos días, G., allí, pensé decirte algo parecido a 'no hay éxito como el fracaso, pero el fracaso tampoco es un éxito', o sea: si te vas dirán que has fracasado. Si te quedas, que te has radicalizado. Yo te dije que faltaba ideología y, que sin ella, os dirían que sois inconcretos y superficiales. Que con ella os llamarían radicales de izquierdas, que a dónde en pleno siglo XXI nacionalizando y redistribuyendo riqueza, dando según necesitan. Imagínalo: si el nacionalismo es cáncer, el comunismo sería gangrena y pus. No sentirse representado por los partidos no es lo mismo que ser apolítico -desinteres politico-. El único canal de participación no tiene porqué ser el partido. El sentido civil, ciudadano, lo es. El ciudadano que bulle piensa desde la izquierda. Pero la revolución es sólo de la izquierda, no te engañes: siente las feroces ráfagas de aire, frías, calientes... las ilusiones placenteras están siendo disueltas. Hace más de 150 años se escribió un panfleto casi olvidado hoy, que tanto éxito parecen tener los panfletos. Planteaba, como drama básico, la lucha entre los antagonistas del momento -burgueses, proletarios-, la tensión entre lo sólido y lo evanescente de la vida moderna. Un lenguaje luminoso e incandescente lleva a un terreno conocido hoy: el ritmo frenético sin control de la miseria y la explotación crónica. Pero hoy, ¿quiénes son los antagonistas, los oponentes? Debemos demostrar lo que puede la actividad humana, vita activa, activistas por otro mundo mejor. ¿Destrucción innovadora? Tal vez... Hoy he visto el miedo en el rostro de quienes se saben a salvo siempre. Escapando de lo feo en helicópteros, como sátrapas fugitivos. Y me ha gustado.
Entre tanto, follábamos
05/05/2011
It´s better to burn out than to fade away (Right between the eyes, / baby, point blank)
Miles de jóvenes invaden las calles desordenadamente en la pantalla: aúllan, agitan banderas, brazos, sostienen entre las manos carteles, los automóviles cruzan la multitud con personas que gesticulan y gritan de modo exagerado con medio cuerpo fuera de las ventanillas. Se agolpan en diferentes plazas de diferentes ciudades. Celebran algo. No presto demasiada atención hasta que me fijo que las banderas que agitan son norteamericanas y no las queman. Tampoco disparan al aire -con lo que les gustan las pistolas- y el fondo del escenario es cuidado, no son edificios rijosos con tejados de uralita sino vidrio, acero y escaparates repletos. Es Washington -ante la Casa Blanca- o una multitud en Nueva York -Times Square o Zona cero-. No Cairo, Rabat o Saná. Celebran el asesinato extrajudicial -un certero disparo right between the eyes, point blank...- de un asesino. Así es la democracia. Vivo o muerto, la ley del Oeste. A tooth for a tooth and an eye for an eye. Con el patrocinio de un premio nobel de la paz.
Irina está sentada en el sofá detrás de mí. Baja el libro que lee y mira la pantalla. Me dice: es el capitalismo certificando que toma posesión de los nuevos mercados que abre en oriente y el norte de África -a través de la revolución (sic)-. Pero Ben Laden debe llevar muerto desde diciembre de 2001. No sé que nos cuentan ahora de cadáveres sepultados en el mar. Mitología de nueva planta. Obama -comandante en jefe de EE.UU.- ha completado su lírica discursiva con una ráfaga de historia épica. La máquina de los sueños. Pero... ¿qué cambia ahora que Laden esté vivo o muerto? Miro a Irina mientras habla, grave, con su acento ruso en francés. Sentada, en bragas y camiseta. Estoy en un amor fou, muy fou! Loco, loco.
Tobías es delgado, muy blanco, barba de profeta y cabello recogido con una cinta. En París, una primavera maravillosa. Cuando empezó a trabajar en el diario me fijé en él. A los días cruzamos los ojos y el deseo, hace poco menos un mes decidimos comenzar a hacer realidad y deseo. Aparentemente no brilla en él ninguna de las virtudes bíblicas asociadas a su nombre: sus dedos nudosos se enredan en mi piel y mi ropa fácilmente, su barba rojiza roza mi mejilla como el aire se enreda en mi cabello, la cercanía dulce de su aliento llega hasta mis labios con sus palabras; pero sí su deliciosa y virginal Sara, inteligente, valiente, bonita, siete veces casada, siete veces viuda en el lecho de follar. Aquí Sara es Caroline/Irina: ángel blanco y nada virginal.
La disculpa de Tobías era una fiesta de l'Université Paris-Dauphine antes de la semana de Pascua. No digo que no. Quedamos en Pont des Arts. Y allí apareció con su Sara: Caroline, es su chica. Estudia en la Dauphine. Inmediatamente pensé: este tío es un estúpido, ¿por qué viene con una tía?. Inmediatamente borré mi pensamiento y me fijé bien en Caroline hasta que llegamos al XVIe.: alta y delgada, cabello rubio recogido en trenzas, el cuello largo. Una chaqueta corta de cuero atada con cintas. Calcetines hasta las rodillas por encima de las medias. Expresión tímida -la timidez, dice Spinoza, es una emoción que uno ha de superar: ella había tomado buena nota- y un descaro en sus maneras espectacular. Bebió como beben los rusos. Enredó sus miembros con los míos y deslizó sus dedos entre mis pliegues por encima de la ropa de la que yo me quería desprender ya. Tenía la impresión de volar con la velocidad de quien quiere encontrarse con su destino.
Aquella primera noche... Al final de la primera noche estábamos en mi apartamento Tobías y su novia. Yo. Hemos bebido y fumado. Estoy confundida pero ya se que a mí me gusta su novia. Y que Tobías es un tío del curro. Y que a mí no me gustaría que me levantara la novia otra tía del curro. Pero ella es como un cielo: flor delicada de invernadero capaz de desintegrarse. Pero también una ruina: está loca y yo chalada. Es rara. Nunca sabes lo que piensa ni cómo va a reaccionar. Desbarramos toda la noche, unas horas antes nos mirábamos con urgencia secreta y ahora estábamos desnudándonos entre risas para tratar de dormir. Nos acomodamos -parece azar y no lo es- ella y yo en la cama, Tobías en el sofá. Yo ya no quiero que él me folle -es un capullo- y menos delante de ella. Y mientras él duerme, ella va a refugiar su mano entre mis muslos. Y todo fluyó.. ¿cómo decirlo? Todo fluyó con resbaladiza y silenciosa suavidad. Le susurro al oído Irina, Irina -desde el principio he entendido mal su nombre y no he dejado de llamarla así, no voy a hacerlo ahora, volada de maría y a punto de correrme en sus dedos- al tiempo que oigo la letanía de la respiración de Tobías desde el sofá. No sé por qué lo cuento ahora. Irina es rusa y al correrme me ahogué en sus ojos transparentes y grises y me refugié en sus labios -se movían como en una oración- que dejaban rodar en la almohada junto a los míos un leve tais-toi!, tais-toi!... en francés con acento ruso. Tan delicioso, tan delicioso... Mi cuerpo tembló de un lado a otro.
Por la mañana el sofá está vacío. Caroline/Irina de espaldas desnuda haciendo café. Yo vuelvo a olerme los dedos. Ella también estuvo ahí.
Un mes después es cuando -este lunes- Irina sostiene ante las noticias del televisor que deberíamos estar celebrando, en realidad, el décimo aniversario de la muerte -la segunda muerte- del autor de las imágenes más dramáticamente bellas que he visto nunca: los aviones adentrándose en el vientre de los rascacielos recortados en un cielo hermosamente azul. Tortura. Ejecución a sangre fría. Pienso en cuántos ADNs dijeron que el ejecutado no era él; mala suerte, tal vez el próximo. La prepotencia del imperio revolviéndose como el rabo de una lagartija por no querer dejar de serlo. El premio del dinamitero y la sombra de las manos del premiado manchadas de sangre y pólvora. El terrorismo derrotado con terrorismo. Mientras celebran unos la muerte y otros anuncian en venganza tormenta nuclear, retiro el libro de las manos de Irina. Le digo que tenemos poco tiempo y que debemos aprovechar antes de que un comando Seal entre por la ventana o arrecie la tormenta.
Irina está sentada en el sofá detrás de mí. Baja el libro que lee y mira la pantalla. Me dice: es el capitalismo certificando que toma posesión de los nuevos mercados que abre en oriente y el norte de África -a través de la revolución (sic)-. Pero Ben Laden debe llevar muerto desde diciembre de 2001. No sé que nos cuentan ahora de cadáveres sepultados en el mar. Mitología de nueva planta. Obama -comandante en jefe de EE.UU.- ha completado su lírica discursiva con una ráfaga de historia épica. La máquina de los sueños. Pero... ¿qué cambia ahora que Laden esté vivo o muerto? Miro a Irina mientras habla, grave, con su acento ruso en francés. Sentada, en bragas y camiseta. Estoy en un amor fou, muy fou! Loco, loco.
Tobías es delgado, muy blanco, barba de profeta y cabello recogido con una cinta. En París, una primavera maravillosa. Cuando empezó a trabajar en el diario me fijé en él. A los días cruzamos los ojos y el deseo, hace poco menos un mes decidimos comenzar a hacer realidad y deseo. Aparentemente no brilla en él ninguna de las virtudes bíblicas asociadas a su nombre: sus dedos nudosos se enredan en mi piel y mi ropa fácilmente, su barba rojiza roza mi mejilla como el aire se enreda en mi cabello, la cercanía dulce de su aliento llega hasta mis labios con sus palabras; pero sí su deliciosa y virginal Sara, inteligente, valiente, bonita, siete veces casada, siete veces viuda en el lecho de follar. Aquí Sara es Caroline/Irina: ángel blanco y nada virginal.
La disculpa de Tobías era una fiesta de l'Université Paris-Dauphine antes de la semana de Pascua. No digo que no. Quedamos en Pont des Arts. Y allí apareció con su Sara: Caroline, es su chica. Estudia en la Dauphine. Inmediatamente pensé: este tío es un estúpido, ¿por qué viene con una tía?. Inmediatamente borré mi pensamiento y me fijé bien en Caroline hasta que llegamos al XVIe.: alta y delgada, cabello rubio recogido en trenzas, el cuello largo. Una chaqueta corta de cuero atada con cintas. Calcetines hasta las rodillas por encima de las medias. Expresión tímida -la timidez, dice Spinoza, es una emoción que uno ha de superar: ella había tomado buena nota- y un descaro en sus maneras espectacular. Bebió como beben los rusos. Enredó sus miembros con los míos y deslizó sus dedos entre mis pliegues por encima de la ropa de la que yo me quería desprender ya. Tenía la impresión de volar con la velocidad de quien quiere encontrarse con su destino.
Aquella primera noche... Al final de la primera noche estábamos en mi apartamento Tobías y su novia. Yo. Hemos bebido y fumado. Estoy confundida pero ya se que a mí me gusta su novia. Y que Tobías es un tío del curro. Y que a mí no me gustaría que me levantara la novia otra tía del curro. Pero ella es como un cielo: flor delicada de invernadero capaz de desintegrarse. Pero también una ruina: está loca y yo chalada. Es rara. Nunca sabes lo que piensa ni cómo va a reaccionar. Desbarramos toda la noche, unas horas antes nos mirábamos con urgencia secreta y ahora estábamos desnudándonos entre risas para tratar de dormir. Nos acomodamos -parece azar y no lo es- ella y yo en la cama, Tobías en el sofá. Yo ya no quiero que él me folle -es un capullo- y menos delante de ella. Y mientras él duerme, ella va a refugiar su mano entre mis muslos. Y todo fluyó.. ¿cómo decirlo? Todo fluyó con resbaladiza y silenciosa suavidad. Le susurro al oído Irina, Irina -desde el principio he entendido mal su nombre y no he dejado de llamarla así, no voy a hacerlo ahora, volada de maría y a punto de correrme en sus dedos- al tiempo que oigo la letanía de la respiración de Tobías desde el sofá. No sé por qué lo cuento ahora. Irina es rusa y al correrme me ahogué en sus ojos transparentes y grises y me refugié en sus labios -se movían como en una oración- que dejaban rodar en la almohada junto a los míos un leve tais-toi!, tais-toi!... en francés con acento ruso. Tan delicioso, tan delicioso... Mi cuerpo tembló de un lado a otro.
Por la mañana el sofá está vacío. Caroline/Irina de espaldas desnuda haciendo café. Yo vuelvo a olerme los dedos. Ella también estuvo ahí.
Un mes después es cuando -este lunes- Irina sostiene ante las noticias del televisor que deberíamos estar celebrando, en realidad, el décimo aniversario de la muerte -la segunda muerte- del autor de las imágenes más dramáticamente bellas que he visto nunca: los aviones adentrándose en el vientre de los rascacielos recortados en un cielo hermosamente azul. Tortura. Ejecución a sangre fría. Pienso en cuántos ADNs dijeron que el ejecutado no era él; mala suerte, tal vez el próximo. La prepotencia del imperio revolviéndose como el rabo de una lagartija por no querer dejar de serlo. El premio del dinamitero y la sombra de las manos del premiado manchadas de sangre y pólvora. El terrorismo derrotado con terrorismo. Mientras celebran unos la muerte y otros anuncian en venganza tormenta nuclear, retiro el libro de las manos de Irina. Le digo que tenemos poco tiempo y que debemos aprovechar antes de que un comando Seal entre por la ventana o arrecie la tormenta.
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30/03/2011
Mourir pour des idées, c'est bien beau mais lesquelles?
Ayer bebí: me deslicé por la senda de las perdedoras. Creí atrapar un corazón con los dedos (a veces tengo esas debilidades) y al llegar a casa la mano me olía a sexo (sólo le había hecho una paja a alguien). Volví sola. Ahora me sorprenden las horas amaneciendo, pasando la yema del dedo sobre la cicatriz de la mano. Amanece el cielo, el día, amanezco yo. Me he sentido extraña los últimos meses: como si tuviera dentro una filtración que comunicara mi razón y mis vísceras y mi comportamiento racional se viera amenazado por la visceralidad, por esa estúpida atribución emocional que le damos al corazón o al hígado. Todo se materializa al revés: dentro de mí todo funciona de modo medido hasta llegar a la cabeza y, una vez ahí, todo se desafora: pienso incesantemente, a impulsos y borbotones. Me gustaría descansar. Apenas duermo, y querría conciliar el sueño tendida en el lecho, enredada en sábanas y sueños suaves. Esta mañana -después de ayer- me he sentido heterónima de mí misma. Nada grave. Sólo siento que soy personas diferentes cuando hago cada cosa diferente a lo largo de las horas del día. Y los días son míos. Grave no, extraño.
Últimamente: me he teñido el pelo del mismo color de mis pensamientos; me aprietan los zapatos y me descalzo; he subido al hielo -debajo del hielo hay tierra, debajo ceniza: la vida dura 12 asaltos y una cuenta atrás- y he resbalado; me apunto a un curso de cocina (estoy harta de comer sémola instantánea, muesli y lechuga -ya no soy vegetariana-); me siento -culpable- al borde de la cama y doy forma a un pensamiento, el pensamiento se me olvida, anoto el siguiente pensamiento; he vendido la moto; miro mapas para viajar a finales del mes de abril (Egipto, Túnez, Argelia, Yemen, Libia... ¿donde? Sólo me siento a gusto cuando estoy cerca de la incertidumbre y la inestabilidad ajena; Japón, no: me dan demasiado miedo); leo a Dostoievski, escucho compulsivamente a Beethoven, intento meditar (no me sale: no sé no pensar, acaso sólo pensar en cosas banales) y me aburre el yoga; ayer crucé sobre el Sena y lancé una botella con un mensaje: que le den por el culo al mundo, el mensaje iba escrito en el resguardo de la tintorería, y luego me costó trabajo recuperar mi chaqueta de terciopelo negro; me arrepentí del color del pelo y volví al color anterior, que es el de mis derrotes: los pensamientos cambiaron, lo constaté leyendo lo escrito; compro zapatos: sin moto caminaré más; la cocinera es italiana, gorda, rubia, bella, deja su gorro alto y blanco sobre la mesa y me aúpa para ayudarme (es manipuladora de alimentos) a acomodar el culo desnudo sobre el obrador de mármol blanco, lo noto frío... los labios calientes; el deshielo es un cambio de estado semejante al de ánimo: en un momento fluyen los pensamientos como agua; el otro día hubo un asomo de primavera en el cielo y comencé a vaciar cajones llenos de ropas ligeras y de tejidos finos: en ocasiones apenas puedo resistir el impulso de desnudarme y salir a correr por la calle, aunque el termómetro dice que esa primavera tiene sol pero apenas 9º C, sosiego mi impulso. No se si la vida debería quedar dispensada de la precisión. La mente no. Fingimos verdad, existencia e identidad. Luego, somos otros. Desconocemos el ortónimo. El mío no tiene la más mínima ética; es amoral, si no positivamente inmoral. La mano, la huelo otra vez.
Por la mañana. Fumo droga y me siento delante de la TV. Me gusta esta experiencia, porque me permite reflexionar mejor. Escucho algo que me interesa: en 1973, cuando Truffaut estrenó La nuit américaine, recibió una carta de Godard para criticar ferozmente su trabajo: ayer vi La noche americana y, como probablemente nadie va a acusarte de mentiroso, lo haré yo... Truffaut, en respuesta, dispara contra Godard : Todas tus consignas y tu preocupación por las masas han sido siempre puramente teóricas. En realidad, nadie te importa salvo tú mismo. No sólo eres un falso sino además un narcisista, un elitista, la Ursula Andress de la militancia... Alboroto de burdel. Truffaut continúa: ...las películas son más armoniosas que la vida... No hay atascos, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes, ¿lo comprendes?, igual que los trenes en la noche. Y Godard añade en voz alta sus pensamientos: en ese viaje nocturno es importante conocer a quien conduce nuestro tren en la oscuridad, en el vagón de qué clase vamos sentados, si vamos en el Transiberiano o en un mercancías, si nuestra estación término es Venecia o Auschwitz. Una visión intencionadamente blanda del cine. Visión intencionadamente blanda de la vida. Truffaut alejándose -como casi todos- de sus raíces sociales. Godard, de origen burgués y protestante, radical, marxista a veces, ultracrítico, irascible, deviene en hombre incorruptible.
Cuando termino de entender esto, me intereso por lo que veo. Es un documental que se titula Deux de la vague (2010, Antoine de Baecque). Adoro el cine, he visto mil noches de desvelo La peau douce, Les quatre cents coups, Baisers volés, Jules et Jim, La nuit américaine... las he visto sola, acompañada de mi padre, acompañada de quien ni recuerdo, recuerdo que las veía con Laura en Barcelona y la describía lo que aparecía en la pantalla en b/n y que ella imaginaba en color. Cuando alguien es ciego de nacimiento no es capaz de imaginar la diferencia entre el color y el b/n. Para mí sí: determinados sonidos y diálogos son diferentes si se acompañan de color o forman parte de la escala de grises. Mi padre decía que parte de su pasado lo evocaba en b/n y parte (desde los años '60) en color. No solo somos lo que fuimos, sino usualmente lo que recordamos. Y el recuerdo de nuestro pasado lo elaboramos con la materia prima de nuestras fotografías y la reelaboración permanente de evocaciones del pasado: (re)construimos nuestra historia. Deberíamos tener un recuerdo más científico y menos sentimental de nuestras vidas.
Regreso. El tren nocturno, a dónde nos conduce... Los países árabes son un reguero de kaláshnikov en manos del pueblo. Y no estoy nada segura de que ese pueblo -¡siempre con el pueblo!- sepa bien qué hacer con los AK47, porque en cuanto escuchan al muezzin lo dejan en el suelo y ponen el culo en pompa para rezar. Me cuesta distinguir los muertos -otros los diferencian muy bien- de Gaddafi de los de Moubarak, de los de Ben Alí, de los de Bachar el-Assad, de los de la OTAN en Afganistán o en la antigua Yugoslavia. No, no creo en Facebook ni en Twitter ni en el e-mail como revulsivo revolucionario. No se si internet democratiza o aliena, o a partes iguales. Es verdad que cualquier ciudadano hoy tiene más información a su alcance que un emperador a inicios del siglo XX. Otra cosa es que esa información se utilice para algo. Creo en las ideas y en el presente contrapuesto al pasado como punto de fuga del futuro. Desconfío de las explicaciones sencillas. Una sublevación popular contra el dictador con guardia amazónica de vírgenes que un día fue revolucionario nasserista e independentista, y aviones que hacen llover muerte cuando casi todo estaba perdido. A Siria no volarán bombas francesas y ya contamos a cientos los muertos. En Argelia o Marruecos ya no pasa nada. Yemen se incendia. Túnez y Egipto han tenido a dios de su lado los últimos 30 ó 40 años. Pero la democracia árabe es una incógnita. Ojalá ésta ni tenga a dios ni al mercado de su lado, aunque creo que EEUU quiere hacer transición de AK47 a M16 en algunos lugares.
Buff, a veces creo que tengo el cerebro lleno de metralla... Yo no soy yo.
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