30 nov. 2010

...Just like a woman

Me llamo Eva y soy la primera mujer. Una putada: porque sé que me quieren el eslabón débil de la cadena. Por eso la manzana: por venganza. Yo no quería ser hueso de sus huesos ni carne de su carne. Por la posesión. Porque sé que me sentiré agredida, querida, violada, hecha cosa y despreciada, amada por mi piel y odiada por mi pensamiento. Me llamo Eva y pariré con dolor, seré maldita, espina, cardo, polvo, sudor, madre y dominada. Me pintaré mi cara y mutilaré algunas partes de mi cuerpo para estar hermosa, para ellos -sujetos a nuestro deseo-, para ellas. Otras veces me mutilarán y me extirparán la potencialidad del placer. No sirve poder sentir placer y libertad cuando existe la opción del dolor y el sometimiento. La serpiente, maldita sea -ya sé-, me dijo: morir no morirás, sólo que conocerás el bien y el mal. Extraño fruto: sangre en las hojas y sangre en su raiz. Mujer traficada, sexo comprado, vida vendida.

Me llamo Eva y soy la primera mujer. Y me jode haberlo sido: por ser la primera, por pensar que lo hacía bien, por plegarme a los sentimientos, a su deseo, a él, al papel de género más allá del de mi sexo. Como al narcisismo masculino le jodió que Copérnico dijera que la tierra no era el centro del universo, que Darwin demostrara que el hombre era producto de la evolución o Freud pensara que la psiqué racional depende tantas veces del inconsciente.

Eva, la primera mujer. Humillada. Expulsada. Ofendida. Joder, un momento... Echo unas páginas atrás y leo que dios creó antes a otra. Lilith era su nombre: en realidad ella fue primera. Qué puta: y la creó igual que había creado a Adán, salvo que en lugar de polvo puro utilizó inmundicia y lodo. Nada de despojos, costillas y carne de su carne. Lilith: el sexto día de la creación el capullo de dios -Génesis Rabba, midrás sobre el Génesis- aún no había pensado en Eva y ya tenía en la cabeza que el hombre pusiera nombre a los animales; y éste, que ya había copulado con todas las hembras de todas la especies por turno sin haber obtenido satisfacción en el acto, gritó a dios: "¡Todas las criaturas tienen la pareja adecuada menos yo!". Después, con mejor tono, rogó a dios que remediara la injusticia.

Entonces -dice la Cabala- Yahvéh formó a Lilith -¿En qué lugar quedo yo, Eva?-, la primera mujer. En realidad un demonio de hembra que se entregó a la lujuria y que no quería follar con Adán pasivamente -hombre aburrido que sólo demandaba la position du missionaire, conflicto de relacíon de poder típico de sociedades en las que la mujer es un mueble-, sino ser ella la que le montara cuando le viniera en gana: "¿Por qué he de acostarme debajo de tí?: Yo también fui hecha con polvo", joder: yo quiero follar, no hacer el amor... Y mientras él se quejaba al creador, ella se largó del paraiso dando un estrepitoso portazo: ningún sonido sale jamás tras de las puertas del Edén. Inquieta, rebelde, lasciva, raza de genios, ramera, amiga de los demonios, beneficiaria del sexo extraconyugal, seducción como arma, súcuba, Lilith, Lilitú: mujer libre e igual.

Yo, Eva, ahora soy la metáfora de la subyugación, del sometimiento: calla, habla, escóndete, sal, ríe, llora, corre, para, folla, a mi lado, quieta. El itinerario, la huida de Lilith/nómada es la sublimación de la rebeldía frente al miedo y el sometimiento: no perecer en vida. Perder para ganar. Las personas son buenas cuando tienen miedo, cuando no tienen miedo pueden ser cualquier cosa. Mujer 2.0.

A mí una vez -¿cuándo ya?- me cubrió la piel el manto cálido del ala de un ángel que había perdido la belleza interior. Bajaba, me dijo, para beberla de mis labios y quise creerle. Los ángeles no tienen sexo, pensé confiada aunque desilusionada a la vez. Vaya que sí: tienen sexo. O era el rozar de las alas. No lo sé. Y remontó el vuelo. Yo no sé qué bebió de mí. Sí que la sed que me sació a veces la sueño y en sueños derramo parte de ese placer recóndito. Lilith..!

19 oct. 2010

Something is burning, baby, something's in flames

No se la razón -porque ha de ser algo que tenga que ver con la razón- pero nunca ha salido de mi cabeza. Con ella sí que tengo, tuve, creo que tendré siempre una dependencia afectiva.

Llevó 10 días viviendo en un hotel en mi propia ciudad.

Y fue en un hotel -otro tiempo, otro lugar- donde llegué a aquel borde del abismo con ella. Laura.

Tengo otra vez música: Serge me ha prestado unos altavoces para mi iPod. Oscar Peterson. Aunque no lo soporto. Hacía 5 días que sólo escuchaba música dentro de la cabeza. Hotel, café y música por la mañana. Y salir de la habitación sin recoger. Un sueño. Entonces, en Barcelona, ella se ocupaba de todo eso.

Fue un instante, o debió serlo. Apenas el tiempo de quitarle a Anne-Sophie Marie las bragas. O quizá algo más: el tiempo que se tarda en conseguir llegar hasta las bragas y después quitarlas -me gusta mucho el momento de quitarlas; suelo precipitarme-. El humo lo empezó a invadir todo y las dos miramos perplejas desde el sofá hacia la cocina. Vivo en un espacio diáfano. Ella con las piernas abiertas y sin bragas. Yo con ellas y volviendo hacia atrás la cara entre sus piernas abiertas.

El amor nada ve con claridad, todo lo ve con los ojos de un ciego... Laura era (es) ciega. Nos amábamos tan tiernamente; confiada, sabiendo bien que sus ojos no podían cruzarse con los míos, mirando su rostro que ella no podía ver -¿soy guapa?-. Yo sentía belleza donde ella no podía, donde ella era ausencia. A ella le quemaban los ojos de tanto adivinar la mía. No dejaba que se diera cuenta de cómo yo lo sentía, pero permitía que sus dedos se humedecieran en mis lágrimas mientras buscaba en el resto de mi cuerpo las formas de mi belleza... Aún cuando sonreía, yo sentía todo su desasosiego. Un hotel de Barcelona. Mi última noche con laura.

Cosas que suelen hacerse en una habitación de hotel: robar el albornoz, beberse el minibar, ver porno y masturbarse, follar -en los hoteles siempre entran ganas de follar-, orinar en el bidé, fumar, fumar porros hasta caerse, vestirse, desnudarse, mirar por la ventana desnuda, llenar la bañera y darse un baño caliente -de espuma-, tumbarse en la cama -también desnuda- a leer, pensar quién estará en la habitación de al lado y si estará haciendo lo mismo que tú -cuando te estás masturbando-, pedir que te suban la cena. Fiesta con amigos. Quejas. En los hoteles los pasillos son siempre impersonales y huelen a tabaco y jabón de ducha; extraños cuartos con olor a arena de playa seca y cemento sin fraguar.

Anne-Sophie Marie no es felina. Es loba. Y defiende su territorio. Esta noche, nueve noches después del incendio, regresa por el hotel. Le falta la parte de arriba de la oreja derecha. Lleva muchos puntos de sutura negros como bichitos. Me dice que se ha peleado mientras el viento suena de una manera especial a su alrededor. La miro con cierta admiración pero, sobre todo, con dolor. A mí el dolor físico me acobarda. Pienso que hay rostros de ángel en cuerpos de demonio. Voces dulces que hablan palabras graves. Esto es Anne-Sophie: tels les loups à la bête qu'ils n'ont pas tuée. Trae whisky y maría.

El hotel es el Hotel Les Ribes de Notre Dame, en el Quai de St. Michel: el hotel de au bout de souffle. Pienso en hoteles. El Ritz aquí en París (su bar Hemingway). Waldorf Astoria, NY. Negresco, Niza. The Carlyle, NY (donde Marilyn le quitada a JFK los dolores de espalda follándoselo; los analgésicos los tomó todos ella). Hotel des Bains, Venecia. Hotel Watergate, Washington. Hotel Chelsea (restregaron sus babas en la barra de su bar Dylan Thomas, el otro, Cohen, Vicious -que después aprovechó para matar a su novia Nancy en la habitación-, Ginsberg, Kerouac... Hoteles urbanos y rurales, de estación o aeropuerto, familiares, de famosos o de putas, Cinco estrellas o pensiones con toallas que han pasado por mil coños.

Anne-Sophie se recomponía -bragas- mientras yo llamaba a los bomberos. Dos jóvenes medio desnudas saliendo airosas por la ventana del sexto piso de la Place Joachim du Bellay en brazos de los bomberos siempre es un espectáculo. Dentro, mis cosas, cenizas y el deseo interrumpido en un sillón empapado en agua. Es la segunda vez que me protege un bombero con su pesado abrigo impermeable (http://andthereisnotimetothink.blogspot.com/2009/10/but-whats-sense-of-changing-horses-in.html) desde que vivo en París. En la cocina, la olla de spaghetti carbonizada que sigo sin recordar.

Entre tanto, arde París. O Francia, no se bien. Si la combustión es una reacción química entre el oxígeno y un material oxidable, acompañada de desprendimiento de energía y que habitualmente se manifiesta por incandescencia o llama, Sarko es el material oxidable a falta de gasolina. La Vespa, aparcada. La calle, para la gente (oxígeno). Miro perpleja a un lado y otro del Pirineo. Francia me sigue pareciendo otro lugar.

Olvido con el lobo.

9 sept. 2010

Sometimes I feel so happy / Sometimes I feel so sad / ...but mostly you just make me mad

Tenía un tigre chino tatuado al final de la espalda, en los lóbulos de las orejas unas perlas nacaradas y el resto de lo que recuerdo de ella es su piel de seda y su nombre: Hazel, poussière d'étoiles dans les yeux y amor de infancia en la medianoche.

Ahora es septiembre. Y ya sólo detesto... Detesto el despertador, detesto no recordar mis sueños nada más despertar, detesto la tostadora de pan y estas tostadas, detesto el sonido de la radio de las mañanas, detesto levantarme sin que haya amanecido -tarda en hacerse de día: una claridad malva y plata se desliza por los adoquines y los pretiles del Sena-, detesto el aire gris estancado en mi ausencia entre estas cuatro paredes (mi hogar) e invento pinceladas (je!, en realidad brochazos) de los colores más hermosos, detesto el tiempo que tarda en llegar el agua caliente a la ducha mientras estoy desnuda ya en la bañera, detesto el casco de la moto, detesto naufragar cada mañana en este río que cruzo. Detesto este tiempo líquido. Al final lo que más detesto es saber que nunca saldré viva de este mundo.

...Agosto. Me acuna el Egeo durante tres semanas, me hipnotiza su azul transparente surcando las aguas, el aroma de su comida y su paisaje: ecos de puestas de sol en Falasarna, puertos venecianos del norte y olivos y acantilados del sur frente al Mar de Libia: nada que ver con el paisaje de moscas y hormigón italiano o español. Grecia aún es un ritmo de vida tranquilo de tabernas, barrios, gentes, un capitalismo perezoso y mediterráneo de siesta y cabotaje. Y, sin embargo, el sacrificio de cuerpos jovenes y cosmopolitas -sus clientes- al sol ardiente y festivo -creo que me quedo con la fiesta antes que con la tragedia griega, por muy culta que sea ésta, a pesar de llevar la contraria a Aristóteles: la comedia es mímesis de hombres inferiores, parte de lo feo. Nunca fue muy inclinado al vicio el estagirita- que calcina sus hermosos paisajes parece exigir a cambio la puesta en marcha -los golpistas ya no visten verde caqui, sino verde dollar- de un capitalismo a velocidad de crucero que borre de la faz del continente los restos -exiguos ya- de una Europa meridional aún con medida humana: subdesarrollo y ritmo de a pié. Me viene a la cabeza Ilya, la puta alegre del Pireo interpretada por Melina Merkouri en Never on sunday, de Jules Dassin, mundo ínfimo de la verdadera Grecia: mercaderias, suciedad, taberna, impulsos primarios, retsina, baile y contrastes, no de luz y sombra, sino entre Apolo y Dionisos.

Garganta de Samaria, Meseta de Lassithi, Leprosería de Spinalonga, isla de Gramvoussa, desciendo los 290 escalones hasta Preveli... ella está allí. Bucea desnuda y libre, el agua se desliza entre los muslos de Hazel como desearía hacerlo yo. Ah, deseo que obedeces cada uno de los caprichos de mi mente, sólo pienso en tu felicidad: ponme la mano aquí, Macorina, que me muero/...ponme la mano aquí, que estoy loca..., la nostalgia del país donde nací con la voz de Chavela en el iPod. Me siento tímida y fascinada por su cuerpo tan pálido ante mí, encantada por su espíritu hecho de añicos de sueños y de aquella arena... Yo, inevitablemente arrastrada a la melancolía y entrando por las Cuarenta y Nueve Puertas de la Obscenidad, el Árbol de la Vida y la Guía de los Perplejos... Ojos grises transparentes, languidez oriental en el rostro, boca gruesa de gozadora sin escrúpulos... Bíblica.

De regreso a París me doy de bruces con petit Petain crecido como nunca y deportando en masa. Más: pretende quitar la nacionalidad francesa a toda persona de origen extranjero que atente contra la vida de cualquier autoridad pública y extender la medida a los polígamos, la trata de humanos y los actos de delincuencia graves. La douce France que despierta con Montesquieu y anochece con Rousseau sorprendiendo al mundo. La igualdad apenas en los lemas. ¿Retirarán la nacionalidad a la Bettencourt o a Johnny Hallyday por fraude?¿A Chirac por corrupción?¿A Miterrand por concubinato? De la Bruni no digo nada, lo dicen todo en Irán: es una puta italiana que merece morir por su vida inmoral.

El porche era de cal blanca con ventanas pintadas de amanecer abierto al mar. Hazel recostada; a sus pies, su amante -yo-; a los míos, perros blancos inmóviles con el hocico sobre las frescas baldosas y los ojos entornados. Me admite en su cama hasta la mañana siguiente. Amanece y permanezco sumisa a esta ilusión. No me atrevo a moverme. Será por el tigre. Tómate esta botella conmigo / en el último trago me dejas..., y en el último trago me besas. Grecia es un país seguro: durante mi estancia aquí, ni se ha hundido ni se ha vendido -que yo sepa- ninguna isla (y son el 45% de la superficie del país). Austeridad para los pobres y manga ancha para los de siempre.

Como decía Keats, casi desearía que fuéramos mariposas y sólo viviéramos tres días de estío, Hazel. En verano se acelera el tiempo histórico. A veces suceden más cosas que en los 11 meses restantes. Me guardo casi todo para mí (...I wouldn’t be ashamed to be seen with you anywhere / You got something I want plenty of...). Hace ya tanto tiempo que sucedió todo lo que me interesa...

23 jul. 2010

TAKE TIME OFF: TAKEOFF...

Escribo estas líneas y dejo de pensar durante un mes. Desaparezco, cansada, dejo el alma a remojo, me descalzo y me salgo por un renglón torcido. Una hibernación de agosto, desnuda y con muerte cerebral.

Llevo unos pocos días reflexionando sobre la belleza. Pero no la belleza interior precisamente: empecé a darle vueltas cuando vi las tetas de Larissa Riquelme, un poco estrábicas, pero alegres, rotundas (las tetas de Larissa asimiladas al Cantar de los cantares y no a la maldición shakespeariana; las tetas son como el umbral placentero del tacto). La belleza nos seduce y nos aparta de la verdad: lo vanal...

Y ayer por la noche, alejándome en realidad del estimulo inicial, creo que concreté lo indefinido de mi pensamiento sobre esto en la idea -la belleza- y su incompatibilidad con determinadas cosas o conceptos. Me ayudó Pessoa: lo que vemos no es lo que vemos, es lo que somos. O sea, la belleza está en nuestros ojos, en nosotros; la belleza es la afirmación práctica de una diferencia inevitable. No es por casualidad que, cuando tiene que justificarse, se afirme de manera enteramente negativa, por medio del rechazo de otras bellezas -de lo feo- (en la Distinción Bourdieu dice algo así).

Entonces, acostada boca arriba, repasé mentalmente algunos fotogramas de belleza varados en mi cabeza y que, creo, han ido construyendo mi gusto. La arena triste de los circos, el aliento lento de las fieras, el aroma evocador de la albahaca, la sombra inquietante de los hombres, el tacto inverosímil del mercurio, la gravedad. Walt Whitman: Leaves of Grass. Baudelaire, Rimbaud, agua de enjuagues de muchachas amorosas de las baladas de François Villon -Je suis François et cela me pèse/Né à Paris près de Pontoise/Et de la corde d'une toise/Mon cou saura ce que mon cul pèse-, pedradas mortales en las tonsuras clericales, Gustave Courbet -L'origine du monde-, el erotómano Nicolas Emme Restif de la Bretonne -Nuit de Varennes-, la sobria dignidad de la palabra del ciudadano Robespierre, la pintura de Balthus -Alice dans le miroir, japonaise au miroir noir, nu avec chat, Thérèse rêvant...-, Pushkin, Oneguin, Georges Perec recordando, Sciascia dejando su huella de bronce en las aceras de Rocalmuto: giorno della civetta, conciertos mágicos de Carpentier, Rulfo, Gallegos... o Agota Kristof -Le Grand Cahier-, tantas extrañas cosas bellas más. Godard -A bout de soufle: ay, Seberg, ay Belmondo..., Bande à part-, Truffaut: Jules et Jim, La peau douce, Baisers volés, Kim Ki-Duk -Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom-, Mortal y rosa de Umbral, Steve McQueen, Otto Mueller, Harlem, George Grosz -o ser una de las dos mujeres de su autorretrato-, Otto Dix, Christian Schad -Zwei Maedchen, Halbakt, Operation, Selbstportraet...-, Cagnaccio di San Pietro -Dopo l'orgia-, los cuerpos tendidos, enlazados, extraños, corridos, perdidos en la vorágine de los sentidos, Helen Levitt, Miroslav Hak, los desnudos de Campden Hill de Bill Brandt, Bach -Clave, Concierto No.5 en in F Minor BWV 1056-, violinkoncert Beethoven, Wagner, Glenn Gould, Chesney Henry Baker Jr., -Oh, Chet, canta Funny Valentine mientras duermo y me acaricias el vientre, sueños de la razón-, Charlie Parker y Coltrane. Dylan, humo de libertad: But it’s not that way/I wasn’t born to lose you, y el zíngaro Reinhardt camino de la Camarge. Berlín: Alexanderplatz, Die Blechtrommel -el rostro pegado al pubis-, jüdischer friedhof, memorial soviético; París: Le Marais, Olympia de Manet, los pies de Mme. Récamier; NY -Upper east side, Greenwich, Patti Smith y el CBGB-; Londres -Nothing Hill, Covent Garden, mítico Roundhouse: destroy-; el color gris del mar en el Cabo Norte, verde de la laguna de Venecia -Venecia: Lido, Campo dei Mori, Ghetto-, azul del hielo del Perito Ruiz, los ojos de Picasso o de Bonnet/Kippelstein -Au revoir les enfants-, Coltrane -Soultrane: piano Garland-, Venus de Jean Fouquet, ciudad de Lucca, costa de Normandía soñando los acantilados de Dover. El manifiesto comunista, la nostalgia revolucionaria, sonrisas varadas en el malecón de La Habana, Yunnan, las carreteras tortuosas, las montañas vistas desde los aviones, champagne Pommery sin fresas ni bandeja de plata porque ella no quiso, la voz y la palabra como argumentos de la vida. La belleza -lujuria- del segudo circulo del Infierno de Dante: el torbellino incesante de esta necesaria soledad. De los cainitas, que honran a los perseguidos por el dios de los judíos: Caín, los habitantes de Sodoma y Gomorra; Voluptas, hija de Eros y Psiqué. Afrodita naciente del semen arrojado al mar por Urano. Qué hermosa pornografía mitológica. El vértigo del pasado verano al mirar el Pacífico desde Aguadulce semejante al de las 122 millas desde la costa de California -Highway 1-, a follar en la orilla de la Laguna de Canaima escuchando aún el agua de Salto del Ángel. París de cada día como el París ocupado de Patrick Modiano: la piel tersa de la juventud (café) perdida, dibujado por la mano de Tardí, la piel fría de la Venus de Milo o de Boticelli, buscando el retorno eterno a la seda de tus muslos. Follar sin que se te escape el amor, que es lo peor: belleza -placer- mutilada por la moral.

Belleza en el rostro de Shakine Mohammadí Ahstiani, iraní de 43 años, condenada a ser lapidada por adúltera, enterrada hasta el pecho y golpeada hasta la muerte con piedras que no sean tan grandes como para matarla de forma instantánea ni tan pequeñas que no le causen daño, tal como establece el código penal de la República Islámica. Triste el mundo que castiga por follar. Triste y doloroso, especialmente cuando los que castigan son quienes no follan. Cómo la consolaría tendida junto a ella.

Belleza es... quizá sentarme de nuevo a tu lado a conversar mientras cenamos, quizá posar las palmas de mi mano en tus mejillas -no se si lo haría-, quizá volver a sentir tu abrazo sincero, quizá pensar en lo que me has escrito (sería diferente si me lo hubieras dicho) que piensas, tratar de soñar contigo -ya te he soñado- o saber qué soy en tus sueños. Nos escribimos mucho y apenas nos vemos con los pies en la realidad, y ya un día me lo dijiste y te di la razón. Y volví a escribirte como una necesidad mía que no se si debes cargar tú por no encontrar el momento de poderte ver. Tu pensamiento es claro y a veces creo son mis razones las extraviadas. A veces -digo- nuestras palabras nos impiden hablar. Parecía imposible. Nuestras propias palabras...

Me marcho a Creta. En barco. Que vuestra navegación sea tranquila.

http://www.youtube.com/watch?v=1h1oRP7FfBw

16 jun. 2010

Half-wracked prejudice leaped forth

Soy insomne (pero no quiero tomar píldoras legales del bienestar). Y tengo desasosiego dentro (tampoco quiero tomar píldoras legales para inhibir las neuronas). Mis últimas mañanas son mañanas de madrugadas de desvelo en las que me ducho intentando que los sentimientos de plomo gris y raices negras se los lleve el agua... Emociones, subjetivas y personales: angustia, culpa, indiferencia, amor... Me gustaría no tener alma, sino un código xml embebido en el cuerpo, bajo la piel. En realidad hay algo de eso: sentimientos que se derraman. Insomne: se detiene el tiempo (como en una fotografia de Saul Leiter, que al tiempo me evoca los instantes detenidos de Hooper y la laxitud sexual de Balthus: instantes detenidos por ojos heridos por la belleza) mientras las sábanas se arrugan, ilesas, bajo mi cuerpo y morreo -sola- con la almohada. Entonces me asomo a fumar. Escucho el pulso de St. Denis, voces en español con acento americano: negro jueputa, vergón!, cholo llorón, ven aca..., qué ojos tan chimbas tienes y qué rico culeas, amor... son sólo ecos de susurros. Se me antoja que mi ventana de París se asoma a unas Antillas cálidas que son las estrechas calles entre Sébastopol y Beaubourg.

Y es que estos días -en estos últimos siete días tres personas me han dicho: sabes como el cielo, qué putas eres, y no, no sientes tu trabajo, luego lo explico- quiero hacer las cosas con dolor en el alma. Pero no, no puedo. Por lo de los sentimientos, las emociones. Porque no creo en la afinidad, afecto, apego que parecen necesarios para que los cuerpos se encuentren. No, no quiero sentimientos. Emociones,no. Acción. Prefiero noches eternas. Noches eternas de nueve meses sin dormir pero apegada a la piel. Prefiero enfadarme como obligación, no como reacción. Lágrimas porque escuece la piel, no por pasiones del alma. Y es que me cuesta más hablar de mis sentimientos que de mi sexo. Debo saber explicar esto antes de que la madrugada comience a pintar colores que difuminen el color gris de mi desesperanza. Tolstoi decía todo lo que sé, lo se porque lo amo -a Lev se le fue la olla de viejo-. Pero a mí, el sentimentalismo me distrae; el amor me enreda y desordena: me hace resistente a la excitación, no me deja ir donde deseo: al deseo. Amor delirante, ciega lealtad... nadie es de nadie. Ir y desandar pasos. Atajos y caidas. Volver al lugar desolado. Promesas incumplidas. Caricias en la piel: una mano en el vientre. Confidencias al oido. Cómplices de sueños, fantasias, fervores. Caminemos juntos, una junto a otro, comamos juntos, compartamos techo... ¿Qué lo diferencia de mi relación con mi perra? Mi perra es un animal, no otra hembra. Y con mi perra no follo. Con mi perra no tengo la confianza de intercambiar fluidos. No me considera suya. No soy de ella. Mi intimidad no son sentimientos. Al contrario: prefiero follar como una perra que no ser sumisa, de alguien. Sí: como una perra.

Siento deseo como siento hambre y sed. Lujuria y atracción, pero no apego. Mis feromonas, dopamina, serotonina y norepinefrina no llegan a la tercera etapa, son a corto plazo. No entienden del apego que se transforma en relación a medio, largo plazo. No me implica en emociones distintas del deseo sexual individualizado, del aumento del ritmo cardíaco, del apareamiento. No hay lazo afectivo, no hay cariño, ¿dónde están la oxitocina y la vasopresina? No entiendo el amor bíblico de la salud y la enfermedad, la alegria y tristeza... El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada. Sí, si, Baruch... pero no. No quiero amar. La vida -Proust- está sembrada de esos milagros que siempre pueden esperar los que aman... Yo, sin embargo, no logro descifrar jamás el confuso alfabeto de este mundo.

1) Hace una semana cené hasta tarde una noche en Le Vaudeville con G. Nos dijimos adiós, sin lágrimas, hasta que G. me dijo que lo que más echaría de menos era lo puta que yo era. La abracé.
2) Anteayer desperté pensando en Antoine. Antoine es hijo de dos generaciones de emigrantes tunecinos afincados en París. Piel canela, ojos grises y una polla enorme sin circuncidar, que es como más me gustan. Hablamos tres días a la salida del trabajo, y se quedó una noche en casa. Buceando en mis pliegues. Una noche que mi almohada escuchó al mismo tiempo que yo: tú, cariño, sabes como el cielo.
3) Mi jefe... Todos están nerviosos porque el negocio cambia de manos. Y él quiere que hable -sienta- del curro como si fuera mi madre, mi coño, mi casa. Sentirme parte de él. Pertenecerle. Tampoco puedo. No me sale decir mi empresa, ni limpiar con un paño la pantalla de mi mac. No.

Es, ahora, demasiado temprano. Escucho a Earl Hines, once upon a time. Fatha Hines existía ya antes de que el jazz existiera. El piano se desliza casi silencioso por este amanecer de luz azul. Las seis, joder. No me importa decir que, cuando me pongo una medias, a medida que llego arriba del muslo me siento excitada; me miro en el espejo sólo con las medias y me doy morbo a mí misma. Desnuda y con medias. Sin embargo, cuando miro a Jacqueline a los ojos y sonrío -quizá no debería sonreir al decírselo- diciéndo que la deseo y ella se aparta de mis labios y me dice que voy demasiado rápido me siento mal, tan mal que no se si me equivoco en las palabras, en las señales que identifico, en los tiempos o en las personas. Me siento mal dentro, se me vacía la seguridad, vueltas y vueltas a la cama esa noche. Me quema algo dentro que no es de gusto. No me importa decir -volver a decir- que me cuesta más hablar de mis sentimientos -sigilo de puntillas, caminar de gata- que de mi vida sexual... Ayer noche iba deprisa. Sábanas revueltas. La almohada no escuchó nada.

7 may. 2010

Johnny's in the basement. Mixing up the medicine. I'm on the pavement...

Hará dos horas... poco más. Estoy sentada mirándome los muslos. Dos horas. Me siento bien. Huelo la mano -be my own-, la recuerdo -por eso así-, o algo más. Tal vez y media. Tarde. Cuando estoy así se hace tarde. Y aún debo terminar de encontrar. Pero sin obsesionarme. Y faltan todavía un par de horas para ir al curro. Estoy desnuda y me miro los muslos. Se que me he masturbado hace un rato, me huelo los dedos. Cuando fumo marihuana los orgasmos me estremecen, duran infinito, me vuelvo loca, me tiemblan las piernas, no me sostengo. Y siempre me entra hambre. Mucha hambre. Pero aquí sigo, sentada -desnuda- en el sofá, los brazos abiertos, sudor en las axilas. Las piernas abiertas. Los reflejos relajados, reflejada en los cristales donde sólo me veo un segundo después de mirar. O sea, tarde. No estaba muy cargado, no, pero siento un adormecimiento agradable, la mente lúcida y que el cuerpo se hace específico enardeciéndose, concretándose: se concretan algunas partes de mi cuerpo, toman razón de ser por sí mismas, no me hace falta tocarlas para saber que están ahí pidiendo que la mano llegue a ellas. Ahora, insensiblemente tendida, a gusto. Consciente de mí. De ella cuando vivía bajo este mismo techo. En realidad no, no era bajo este mismo techo, porque era en la buhardilla de la Rue Beaujon. Fumábamos y follábamos. Nunca había fumado y follado tanto con nadie sino con Marie. Y con Laura, cuando vivíamos en Barcelona. Te corres de otro modo. Fascinante.

El tiempo interminable se sucede despacio aunque lo deshojo rápidamente en la circunstancia -no es tarde aunque parezca, Luna, que todo en tu vida sucede tarde-, brazos y piernas ligeras aunque no te muevas. No debes obsesionarte. Si te aceleras todo se acelera. Si te obsesionas, entonces la espiral es interminable. Si te deja Laura -ella era un verdadero amor, un ángel ciego: amo a la mujer ciega, nos amamos tan tiernamente en una habitación alta y blanca abierta a través de mis ojos al paisaje del mar como ama quien adivina y descubre, no quien constata. Necesitas música mientras recorres toda mi piel con las yemas de los dedos: eres un pájaro amando el aire que surcas suave, como los versos el papel, mis párpados y mis labios- te sientes descender al infierno sin renacer; mejor no fumes, porque morirás desangrada de un amor que no podrás confesar a nadie. Sin embargo, si te dejas llevar por la pasión, alcanzas los catorce ochomiles con la mente antes que nadie. Y con el cuerpo inmediatamente después. Y cada cumbre no es un éxito, sino un estremecimiento, una caída libre. Y Laura gemía en caída libre como sólo saben gemir esas chicas hermosas por dentro y por fuera. Muy parecido a como gimen las chicas japonesas -ya se que no todas las chicas japonesas gimen igual, pero sabemos de qué estoy hablando-. Otra vez excitada. Desde hace más de dos horas lo estoy. No dejo de pensar -el sol se está empezando a posar sobre mis muslos flacos, desnudos- mientras no pienso nada. No siento nada más sino que siento que mi sexo palpita y necesito sumergirme en él. Dos horas y ya el tiempo ha desaparecido. Sin necesidad de hablar me explico bien todo y no creo que el tiempo corra en balde. Que corra el tiempo mientras yo me corro. Otra vez. ¿Cuántas veces?

Me cuesta concentrarme porque sin ataduras las convenciones desaparecen, los pudores no existen, la mente es libre, la piel no necesita otra piel, las bragas se quedan en el suelo, el sexo rezuma, los miembros se relajan, laxitud: el deseo se emancipa, deseos de ser hombre sólo para estar dentro de una mujer, siento que cada parte de mí tiene un lugar preciso y que cada sensación sucede en el instante preciso. Te follaría ahora, Marie, Laura: mi amor. Sin palabras, desgranaría estas dos horas que ya me faltan metiendo y sacando cosas como si fuéramos tú y yo las mejores amantes que hubieran existido y nunca fuimos -dentro de ti no siento tu ceguera. Juego yo entonces a ser también ciega –sin que lo sepas– y pierdo mis labios en el mapa de tu cuerpo, pliegues que ahora no reconozco, seda y musgo, reino de silencio enigmático; perdida, me embebo / ahogo en mis propios jugos, siento tan oscuro este placer así que para ti es luz. Falta un sentido y nos sobra sensibilidad. Después, desnudas sobre la cama, adivinas al tacto colores y palabras escritas, con los ojos tan extraviados –parece a veces que tus pechos vean más que ven tus ojos, que tu piel sea más sensible a la luz que esas pupilas apagadas a la belleza: estoy triste porque eres ciega, porque amo, me aman sin que me vean –este amor sólo pasa por tus manos– y no porque sea poeta sin palabras, sin qué decir- y debiéramos entenderlo. No existe nada relacionado con nuestros cuerpos que nadie deba desconocer, no hay nada relacionado con el roce de nuestras pieles moralmente inadmisible. Minutos extraviada en la espiral de mi piel, la yema de mis dedos arrugada, la cara interna de mis muslos mojada, le mente tan limpia. Pam, pam, pam, camino hacia la ducha como flotando y el agua me reconforta. Hace tiempo que estoy refugiada dentro de mi propia piel. Me declaro incompetente acerca de mi exterior.

Deberíamos querernos más -he pensado bajo el agua- en lugar de correr tanto en pos del dolor. Sí: todo está roto, especialmente por la noche todo está roto. El tiempo está roto, sin reparación posible: los minutos que pasan borran el presente, no regresan, se suceden como el muchacho -otro muchacho- que, huyendo del dolor, murió estampado contra la muerte que estaba en los hierros de los bajos del camión. Quizá me hubiera gustado conocerle y sentirme follada por su miembro negro de muchacho de 20 años que huía de la muerte segura de los niños soldado que aquí ignoramos y que allí, enloquecidos por la droga -como la que yo tomo-, empuñan un kalashnikov que mata para nada y por ningún principio y sin ninguna esperanza y sin siquiera darse cuenta. Consolarle y follarle, o follarle en su consuelo, aunque después hubiera muerto. Como cualquier esperanza de cambio. Hoy la ducha me ha salido muy trascendente y profunda. Tarde, como siempre.

26 mar. 2010

Un coup de dés

Mañana viajo a Roma, a casa de mi madre. Y esta noche he tenido una pesadilla: paseaba por los museos vaticanos distraidamente viendo esculturas por aquí y por allá. Era extraño, porque los pasillos estaban vacíos, silenciosos, en penumbra. Al llegar a la altura del Grupo de Laocoonte, alguien que surge de entre las sombras me agarra fírmemente desde la espalda, me tapa la boca y, arrastrándome trás el grupo escultorico, me levanta la falda y me ensarta por detrás -no se por qué razón no llevo bragas- con la naturalidad con la que follan los bonobos. En el sueño todo es confuso: siento un aliento oscuro en el cogote, forcejeo con la sombra mientras escucho un fru-frú de sedas y telas y unos gemidos enfermizos como de letanía al tiempo que me falta la respiración tanto por el hedor rancio que lo invade todo como por la mano fría que me tapa boca y nariz. Trato de gritar y desasirme. Me duele el culo. Cuando el tipo me suelta y reacciono, sólo alcanzo a ver la sombra difusa que huye, ya a mitad de la galería de las estatuas, con un largo vestido blanco y zapatos rojos. En la huída, queda un solideo blanco sobre el marmol brillante.

Me despierto sudando e, instintivamente, me echo las manos al culo. Llevo bragas y todo está en orden. Creo que acabo de soñar que me ha violado Benedicto XVI dentro del Estado Vaticano. Qué hijo de puta.

Llevo varios días rumiando sobre la pulsión sexual irreprimible de los curas católicos. Pero no; no, no se trata de eso. Si los curas sometidos a la antinatural -no es por extemporánea- continencia, celibato, abstinencia de la carne no pudieran soportarlo, irían de putas o se dejarían la polla roja de frotársela como los adolescentes. O, sin mentirse (visto lo que hacen con el dinero, qué no hacer con el celibato), vivirían en amancebamiento o compartiendo su existencia con una mujer. Pero no. No se trata de eso. Hipocresía. Trabajan su pulsión enfermiza con premeditada alevosía, abuso de confianza y superioridad, uso de disfraz, desprecio de la dignidad conociendo que el abuso se hace sobre quien, de antemano, se conoce su silencio: seminaristas -otros tarados-, niños, discapacitados... usualmente de su mismo sexo.

No son curas que se saltan el celibato, son pederastas, reprimidos, seres repugnantes -que se cuentan a miles- que delinquen con menores, con sus propios hijos o con personas que nos son dueñas de sus capacidades plenas: los violan, se los follan, destrozan sus vidas castigándoles a una humillación que abundará en sentimiento de culpa y en una autorrepresión que taparán con las ramas caidas de una fe falsa, obsoleta e irracional. El resto es tiempo y olvido. La única solución: juicio y cárcel.

Lo curioso de todo esto es que el asunto de no llevar bragas en el sueño me ha hecho recordar dos cosas. Una de mi infancia: cuando era niña, viviendo en Monterrey, mi abuela me ponía siempre unas bragas hechas de labor -las tejía ella- que me apretaban las ingles. Cuando la muchacha me sacaba de paseo yo, apenas en el portal, me las quitaba y ella las guardaba en su bolso. Esa sensación agradable del viento corriendo entre mis muslos bajo las falditas la evoco a menudo y creo que me ha ayudado mucho a ser como soy: me encanta despelotarme y llevar el culo al aire.

La otra me lleva a Sarkozy. El otro día vi en la prensa el revuelo ocasionado por Mme. Sarkozy, criticada por asistir a un acto oficial (recepción al presidente ruso Medvedev) en el Eliseo con un estrechísimo y largo vestido azul (Roland Mouren) sin espacio para sujetadores ni bragas. Bruni marcó tetas, culo, cadera y críticas en la prensa del corazón por no llevar ropa interior. Hermosa. Sarkozy posa disimuladamente una mano sobre una de las nalgas envueltas en seda de la Bruni. El oficio no se olvida nunca (ninguno de los dos, aunque creo que desde que la Bruni va sin bragas a Sarko le va a peor en política: hasta el PS le gana elecciones). La envidia causa estragos. Mentalidad estrecha y victoriana que no ve más allá de las narices. O de unas tetas. Luego vislumbro cerca -en la misma prensa: cuánta frivolidad en Le Monde! Voy a volver a leer Libération- los pechos desnudos bajo unas transparencias de Laetitia Casta en los Premios Cesar. La adoro. Francia es otra cosa: Laetitia ha puesto cara al busto de la République -Marianne- como antes lo hicieron las Bardot, Mathieu, Deneuve o De la Fressange.

Me acomete el deseo de desnudarme mientras preparo la maleta. Pienso en Roma. Recuerdo el sueño. Me reprimo. Aprieto el cinturón del albornoz. Busco las bragas más castas de mi cajón y las dejo sobre la cama junto al resto de la ropa -pantalones- que me pondré mañana. Ay.

1 mar. 2010

"Un hombre debe tener por lo menos dos vicios, uno solo es demasiado." (B. Brecht)

He dejado de trabajar con publicitarios -los grandes talentos del mundo contemporáneo- para comenzar a hacerlo con periodistas: el mundo contemporáneo; una de esas categorías tan satisfecha de sí misma en cuya ausencia -dicen ellos- el mundo no giraría, o lo haría mal. Mandriles alborotadores que solo preguntan aquello de lo que ya conocen respuesta.

Pero lo importante es que vuelvo a tener nómina. Y, dados los tiempos que corren, vuelvo a ser alguien (vuelvo a ser ciudadana del sistema-mundo, no tropa-desactivada).

Tener nómina da acceso a muchas cosas. Y no hablo de la inmediatez del dinero -poco- cada mes en la cuenta bancaria. En realidad te da acceso a un sin fin de servicios virtuales a través de internet, online, sms, móvil, home banking, dinero plástico... que te hacen sentir mejor -lo cierto es que los tiene todo el mundo- y más cerca de tu dinero y tu banco -que no lo olvide: mi banco es mi amigo-. Pero es más: a lo que te da acceso es, sobre todo, a la virtualidad de una vida ficticia que puedes construir a partir de la disponibilidad de una serie de objetos innecesarios y normalmente inalcanzables que, con el acceso a unas cantidades de dinero de las que no dispondrías de otro modo, ahora puedes adquirir. Durante mucho tiempo a eso se le llamó usura. Ahora no.

Claro, también es verdad que ahora no consumimos lo que necesitamos; sólo consumimos lo que deseamos.

En fin. Voy a lo tangible y real. Como nunca había tenido una tarjeta de las que permiten comprar sin tener dinero -en realidad sin tener un determinado nivel de dinero; o sea: de crédito-, desde que el otro día fui a mi banco con mi contrato -me llamaron Sra. (o sea, Mme.)- hasta hoy he ido comprando compulsivamente una serie de objetos o experiencias -dicen ahora; siquiera servicios- que fui clasificando como necesarias o innecesarias en una lista previa. Es verdad que muchos de los objetos han cambiado a lo largo de los días de categoría. En cualquier caso, todos simple anhelo vehemente.

De modo tal -invadida por un deseo nada sensual, sino de calenturienta liquidez- me lancé a comprar para olvidar; compro y olvido inmediatamente después. Satisfacción insatisfecha:

Innecesarias: Gafas de sol (molan, ¿no?). Sombrero vietnamita. Pasaje a Roma para Semana Santa (mamá). Un iPhone. También un iPod (devolví el que tenía prestado: vivir como en una película, con banda sonora, es hermoso). Varias pelis: Buscando un beso a medianoche, Desgracia, Alrededor de la medianoche, In to the wild, I'm not there, El Padrino (I, II y III), La piel. Un lector de DVDs (la tele la cambio en la próxima nómina). Otro casco (la Vespa arrancó). Un sillón Voltaire (para leer). Una lámpara de pié. Otra de techo. Una vajilla de porcelana china. La obra en prosa de Borges, completa, en castellano. Rotus de colores (10 rojos, 10 negros). 3 libretas Moleskine (Sketchbook) para dibujar. Chaqueta de terciopelo. Botas de lluvia. Un vibrador. Una cámara digital D300. He subido a lo alto de Tour Eiffel. He apalabrado un Mac de esos tan bonitos (second hand).

Necesarias: Ropa interior. Un Bauman: l'ethique a-t-elle une chance dans une monde de consommateurs?

Creo que sólo la sociedad de la abundancia es capaz de desterrar para siempre los conflictos sociales revolucionarios: el consumo es alienación y da significado a la vida en sí misma. Consumo de objetos de valor simbólico e individuos desarraigados de la necesidad. Necesitamos tener cuanto tienen individualmente nuestros semejantes para ser como ellos. Consumimos porque estamos arriba: podemos y debemos marcar la diferencia. Si no, consumimos porque queremos parecer que estamos ahí, que somos como ellos: nos sirve la apariencia. Es menos doloroso parecer que ser.

Lástima todo. Lo único que necesito de verdad no lo puedo comprar de momento...

20 feb. 2010

With wings to fly, she rolls alongs doing it wrong

Como cada mañana. Como cada fin de trayecto de otra noche (una noche más) de desvelo. El cielo chirría deslizándo su vientre gris y triste sobre tejados, pesadillas, antenas, buhardillas y perplejidad mecido por el viento del norte (écoutez le craquer...). Como el hielo, cruje como el hielo, dentro y fuera de mí. El horizonte de mis pensamientos se aclara: descienden a esta hora nítidos entre los copos de nieve que se revuelven en ventisca confundiéndolo todo y reflejan la mortecina luz del amanecer. Me desnudo entonces y deslizo el cuerpo bajo el edredón. Me vence el cansancio, me escuecen los ojos rojos cuando los cierro. Una hora hasta que suene el despertador. Primer día de trabajo.

Como cada mañana, como cada noche, como cada momento he entrado al correo, he mirado su blog. He vuelto a constatar que en su mundo virtual quien reina es el silencio. Una densa red de palabras sin escribir, de sonidos sin pronunciar, de intenciones sin escuchar. De deseos desasidos.
Quien yo creía querer y creer me dejó un día dentro del casco que estaba en la cómoda de la buhardilla esta nota que guardo (porque a Ella ya no la aguardo): El viento se puede escribir. Puede sentirse, como me gustaría sentir no sólo tus dedos, sino la ausencia después de su presencia. Ese aire frío que se mueve tras de tí cuando una puerta se abre, o se cierra (ya te lo dije: tras de tu puerta esperaba tu presencia, no soledad). Yo si soy. Como escozor para tu llaga. Quien hollar tus pechos o malograrse en cada intento de alzarse sobre lo hermoso que resta tras el Apocalipsis. Una dentellada (fiera) que te deja maltrecha en el mejor momento de tu felicidad. El error que lee con envidia tus palabras porque me gustaría beber tu saliva para paladear lo que estuvo junto a tus palabras.

Desarmada

Esta noche, a la salida del trabajo en el boul. Auguste Blanqui (cerca de rue Tolbiac, y recuerdo a Leo Malet y a Nestor Burma), me senté sola a cenar algo en la Braserie Havane. Ya era tarde (22:00h.). Enfrente, justo enfrente de mí, Ella. Sentada. También sola. La vida es muy corta y los días demasiado dulces como para que cada pensamiento que se anuda en mi mente pueda volverme loca (todos pueden ser desanudados). Si dependemos del tiempo y no poseemos ninguna palabra, no es para nada el fin. Sólo diré adiós hasta que volvamos a encontrarnos. Y eso fue ayer. Llegué sola a casa y rompí la nota que conservé un día. El viernes nos vimos otra vez. Pienso si todavía arrancará hoy aquella vieja Vespa que ha estado todo este invierno bajo la nieve. Ella tenía coche...

Reiteramos el placer en cada cuarto de hotel, instantes entre todos los momentos vividos. Ninguno indiferente al otro, nos juntó el destino (encontrándonos después de tanto buscarnos): para Ella mi perfume, para mí sus caderas, y un vago olor de vainilla nos enredó en un mismo sueño: hasta un día en que, ya forjadas las cosas a su medida, nuestros sexos comenzaron a desenredarse.

Prácticamente no hubo palabras, pero ambas tratamos -alegría o triste melancolía- de alargar este adiós (...) tal vez porque allí ya antes había sido revelado el misterio de nuestros cuerpos desnudos, habíamos aprendido a reconocernos, furtivas; y ahora a renunciar una a la otra.

En penunbra Ella comenzó a desnudarse; yo a contemplarla muda. Senos desplegados, madeja de ébano, piel encadenada, nudos desmadejados. Noche agazapada, caricias de firmeza ténue, cálidos escalofríos y miradas perdidas ya vacías y llenas de ayer. Sudor y deseo, jungla y tiempo de madrugada abrazados por la luz del rescoldo encendido. Luego, los cuerpos abandonados acostados bajo la luz definitiva de una noche que quedó atrapada para siempre entre nuestros sexos. Mañana ya no fue nuestro tiempo.


Sólo pienso ya en mi primera nómina...

3 feb. 2010

Ten cuidado con lo que deseas porque puede ser que lo consigas (O. Wilde)

A whore will pass the hat, collect a hundred grand and say thanks/They like to take all this money from sin, build big universities to study in/Sing "Amazing Grace" all the way to the Swiss banks

En esta vida el viento nos empuja el culo en direcciones insospechadas. A veces nos lleva a lugares donde nos sentimos perdidos. Otras veces nos pone frente al espejo y no queda otra que reconocerse en él. Hay una frase de Cesare Pavese -de memoria... ay, se la oí a mi padre tantas veces desde que cumplió 40- que viene a decir que todos somos responsables de nuestra cara a partir de los 40... Siempre quedan en el rostro las arqueologías de tantos aprendizajes (de conductas), por mucho distanciamiento que se tome. Yo soy apenas una aprendiza. Y hoy, además, aumentada la esperanza de vida sólo se debería ser responsable a partir del, al menos, medio siglo redondo: el rostro será ya entonces -observo una fotografía de mi madre mientras pienso esto- un parapeto ante los otros, porque el cuerpo ya está malherido de tiempo y cicatrices, necesitado sólo de sinceridades de poca luz y mucho tacto.

Mentir hace daño. Como cuando te meten un dedo en el trasero sin avisar. Y yo no soy una cenicienta: siempre me aprieta el zapato de cristal y me gusta más la calabaza que la carroza. Ella -S.- me hizo una promesa y me causó el daño. Y yo tuve que mentir.

Nos sentamos juntas sobre la nieve de un banco de Washington Sq. al atardecer. Ella -S.- me miró y yo me estremecí. Sentí deseos de enmendarme. Al fondo me pareció oir un saxofón escapando por las rendijas del cercano Blue Note. Después caminamos y, sólo cuando nos detuvimos en la esquina de MacDouglas con Minetta -lo recuerdo: estabamos delante del Cafe Wha?-, fue cuando me lo dijo: ven conmigo, quédate a mi lado, trabajaremos juntas. El puesto es tuyo, pero sólo si te mudas a mi departamento y me juras amor eterno. (Yo llegué en diciembre a NY por una apuesta profesional: perdí mi trabajo, y S. lo sabía; S. son 45 amables y hermosos y despiadados años y antes mi jefa en París, y me ofrecía ahora una oportunidad irrechazable. Pero yo no fuí hasta allí sólo para rellenar un hueco en una cama). Le expliqué lo que me ataba a París -en realidad nada- y que lo pensaría todo mucho.

Cenamos en silencio en un restaurante judío del Greenwich. Lo de alrededor se convirtió en un desierto: de repente me pareció estar enterrada en la arena hasta la cintura, ahogada por el polvo de una plaga, y que ella -S.- me arrojaba como una moneda a la taza de un ciego. Yo perdí el anillo y ella se alejó caminando sobre clavos. No hay vuelta de hoja si los cimientos del orgullo se vienen abajo.

Hoy, bajando alegre y a buen ritmo Notre Dame Des Victoires, en el 2éme., doy vueltas a esto de regreso de una reunión de no-trabajo de la que espero sacar algo en claro de mi porvenir (hoy es el presente real; mañana, tiempo imaginario) profesional. Me ofrecen un buen sueldo, un puesto razonable y, a cambio, no me piden entregar mi corazón. Yo lo puedo entregar todo, pero no me puedo mentir.

19 ene. 2010

Where black is the color and none is the number

A los pobres sólo se les ve cuando se mueren. Cuando asoman su manos inertes bajo las planchas de cemento, ya grises como el cemento. Cuando se les hincha el vientre vacío a los niños mientras las moscas que se pasean por la comisura de sus labios les roban la vida. A las víctimas del sistema sólo les ponemos cara cuando aparecen sus cuerpos reventados bajo los cascotes de edificios miserables que se vienen abajo con los terremotos, los huracanes o las guerras, pero siempre como imagen de fondo de sesudos analistas que hablan de por qué no construyen sus casas de acuerdo con las normas de prevención sísmica y no de ese modo tan miserable -ignorando la variable de que viven en la miseria-. A quienes osaron nacer en la periferia de nuestro mundo desarrollado -tuvieron simplemente la azarosa desgracia de nacer ahí- y vemos en fotografías o videos con sus vidas ahogadas en charcos de sangre los matan las armas que, puestas en el mercado por nuestra flamante maquinaria industrial deslocalizada, arrasan países de cuyo dominio depende el sostenimiento de la economía del desarrollo. Las desgracias, pensamos, se ceban en los pobres sin pensar que el anzuelo de la muerte, del dolor y de la miseria estaba ya, antes de que temblara la tierra o barriera el viento y el agua su precariedad, enganchado a sus paladares tirando de ellos hacia la oscuridad. Desde cientos de años atrás, desde que les usurparon su libertad, desde que fueron llevados a una falsa tierra de acogida para ser destrozados por la esclavitud. No duelen las fracturas y las heridas físicas, sino los desgarrones que anidan en el dolor del alma.

La ayuda humanitaria (sic) que se desgrana hoy tenía que haber llegado en forma de maldición sumaria primero sobre Francia, después sobre los EEUU que tomaron y ejercieron su poder absoluto directo sobre la isla desde 1915 a 1934 y, después, sosteniendo sucesivamente a Papa Doc y a Nene Doc (los Duvalier) desde 1957 a 1986, ayuda humanitaria que nos hace olvidar que Haití fue el segundo país de América Latina en proclamar su independencia en un proceso revolucionario abolicionista de una población en un 95% con origen en el África subsahariana, ayuda humanitaria para tapar la violencia política, los golpes militares subvencionados por el Norte, las crisis acumuladas en la paciencia de ciudadanos que nunca lo han sido, ayuda humanitaria vestida de uniforme militar para poner orden entre los cadáveres: bienvenidos los soldados que dejarán que los pobres lo sigan siendo, ayuda humanitaria vestida de periodistas que nos dirán lo que dicen que ha sucedido desde la cafetería con wifi y whisky de un hotel cuatro estrellas y entre rumores de sábanas, en forma de turismo solidario de lujo de ciudadanos del primer mundo con sentimientos de culpa que cauterizan con la persistente muerte acumulada de siglos, ayuda humanitaria encarnada en cascos azules que violarán o abusarán de mujeres desesperadas de hambre, miseria y lágrimas y parirán hijos envenenados por lo que no nunca podrán ser. Ayuda humanitaria que no es desarrollo, sino caridad. A Port-au-Prince no llega nada: ni recogedores de cadáveres, ni comida extranjera, ni esperanza: sólo una pesada lluvia de logotipos de fundraising que desembocan en cuentas bancarias suizas -nos enseñan que cuando los ministros de Haití se llevan el 50% del dinero para ayuda lo debemos llamar 'corrupción'; y que cuando son las ONG las que se lo llevan, debemos llamarlo 'gastos generales'-. Dios no existe, aunque su ignorancia le rece, porque no castiga a quienes mienten; porque ante la tragedia sólo hay llanto, murmullo, silencio de quien no se atreve a gritar lo que podría consolarnos -pura convención- porque el dolor es concreto y agrede a quien toca. La solidaridad es una palabra de mierda revoloteada de moscas en forma de palabras de consuelo. Ante el olor de los cadáveres en descomposición, vomitamos dinero.

Las madres que sostienen entre sus brazos los cadáveres de sus malogrados recién nacidos tenían también en sus cabezas la idea, vana ahora, de una vida mejor que la suya -de pura supervivencia- en un infierno de campos de refugiados o en un inframundo sobrehabitado e infecto de hombres vestidos de uniforme y ausente de alimentos: hubieran querido que sus hijos ya muertos hubieran sido al menos niños, aunque heridos de odio. ¿Qué pasa por dentro de sus cabezas famélicas, qué esperanza sin resentimiento hay en los ojos de los 30.000 niños diarios -diarios- que mueren cada día a causa de la guerra capitalista, del hambre capitalista, de la sobreexplotación capitalista?¿Dónde está el cuaderno con la lista infinita de muertos que causa sostener nuestro falso bienestar de deseos tan permanente e innecesariamente satisfechos? Desde mi opulencia -relativa- veo mil millones de personas atrapadas en la pobreza absoluta. El 70 % son mujeres. 7 de cada 10 personas que mueren de hambre en el mundo son mujeres y niñas. Aquí, una alfombra roja y un desfile de millonarios me sonrojan con su limosna miserable y puntual. Aquí, a los respetables votantes, nos preocupa que adelgace el estado de bienestar, que la democracia -¿pueblo o plebe?- que nunca lo ha sido deje de serlo, que la primera dama parezca honrada aunque fuera puta, nos preocupa la cadena perpetua de las hipotecas o que los políticos se pavonéen en las filas del desempleo, que se nieguen los derechos ciudadanos a quienes huyen de los abismos de bosques sombríos plantados por quienes plasmaron un día esos mismos derechos sobre el papel. Oradores con las lenguas rotas...

Y me doy rabia por pensar en esto, por esta letanía lenta, me odio por hervirme la sangre ahora, cuando el cinismo sale a pasear por los medios al detectar un infierno que ya existía y en cuyo calor y hedor no habíamos reparado, me doy asco por no pensar más en el cuerpo blanco y desnudo de Silvie y dejar que se me cruce ante los ojos la película de la muerte que sé que se proyecta cada día aunque yo esté ausente de la sala, no me soporto porque me desvelo esta noche pensado esto cuando hace una semana dormía como un bebé, aunque ya el color era negro y el número, nada.

15 ene. 2010

Para que las cosas salgan bien tienes que querer hacerlas, y yo no quiero

Son las cuatro de la mañana, finales de Diciembre / Te escribo con la única intención de saber si estás mejor / Nueva York es frío, pero me gusta donde estoy viviendo / La música suena en la calle Clinton durante toda la tarde...

Desde mi regreso, no logro conciliar la rima de mi prosa con mis sentimientos. Cuanto menos me cuesta ponerlos sobre el papel, más difícil me resulta expresarlos en la vida cotidiana. ¿Sabes esos día de bajón miserable? No, no un día gris, triste y nada más. Un dia de los que te sientes hundida en la miseria: tienes miedo y no sabes de qué tienes miedo. ¿Has tenido esa sensación? Cuando me siento así, lo único que me ayuda es coger un taxi e ir a Tiffany. Me tranquiliza de inmediato: el sosiego y la seguridad que hay: en un sitio así no podría ocurrirte nada malo (...) Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato... (Ay, Holy Golightly, pequeña y frágil Lulamae, cómo te he llegado a querer en ese recorrido mítico entre la 5ª, el Plaza, la tienda de los diamantes, el territorio prohibido del zoo, Central Park, Lexington av. y la esquina del bar de Joe Bell). Y es que llevo varios de estos gélidos días -después de la tempestad de NY, después de la templada nostalgia romana, ahora en la confortable soledad de mi departamento de París- dando vueltas a la geografía de las cosas cotidianas, a lo que pasa inadvertido a nuestros ojos y está ahí delante: el sonido común al otro lado de la pared, la gente que sale de la boca de metro vista desde la ventana (parecen siempre los mismos), los vecinos, nuestra calle, el estanco, una pareja deshaciéndose, la botella de vino, un olor (el olor del papel y la tinta del diario, por ejemplo), otro olor (de comida en el portal de casa), la textura de nuestro cuerpo cada día, besos sin amor, el camino diario repetido del trabajo, la cartografía variable de los lunares de su vientre, beso de despedida, tarde de domingo, el techo desde la cama, visto, desvisto, desvelo, despierto, sueño (con otro viaje), la enésima queja, el lamento por la distancia, un objeto reconocido en la oscuridad, la voz conocida al otro lado del teléfono, la sedimentación natural de las vidas, de su tedio. Huimos de la vida cotidiana. Del desgarro de la vida cotidiana. Del nada y del nadie que inunda día a día la vida hasta completar otro año. Entonces... el tiempo.

Comencé a pensar en ello el día de mi regreso cuando, subiendo las escaleras de casa cargada de equipaje, vi las llaves puestas en la puerta de Silvie: llamé para decírselo, finalmente -sin respuesta- abrí y la ví al fondo del apartamento -como si fuera parte de un anuncio de Oliviero Toscani- follando como una posesa en el sofá sobre un tío negro, muy negro. Ella, la piel tan blanca como la leche. Con un gesto de la mano me hizo saber que no era el momento y yo, tras un momento de perplejidad, no pensé tanto en la estampa como en el contraste de sus pieles. ¿Es que no había visto nunca follar a alguien? Es útil encontrarse de vez en cuando en el departamento de los sorprendidos.

También pensaba el otro día en el motivo y carácter que define los días festivos que jalonan nuestros calendarios alegrándonos la vida (o no). Con desilusión, debo decirlo. Porque que en un país laico como Francia se mezclen en su calendario días como el Día del trabajo, la celebración del fin de la II Guerra Mundial, la Fiesta Nacional del 14 de julio o el Armisticio de 1918 con otros como el lunes Santo, la Ascensión, Pentecostés, la Asunción o Todos los Santos, me deja trastornada de cotidiana religiosidad. En España es más patético: Epifanía (los reyes magos), San José, Jueves y Viernes santo, lunes de Pascua, el Pilar (fiesta nacional), Todos los Santos, Inmaculada Concepción, Navidad, Corpus, todo trufado de las fiestas de los santos locales... excepto las celebraciones civiles de los días de la Constitución y el 1º de mayo. La costumbre y lo oscuro son lo cotidiano. Y, sin embargo, donde más coherencia he encontrado es entre los estadounidenses: Año nuevo, aniversario de Martin Luther King, aniversario de Washington, Día de los Presidentes, Memorial Day, día de la Independencia, día del Trabajo, día de Cristobal Colón, día de los Veteranos, Acción de Gracias y Navidad. Lástima que les fallen tanto sus gobernantes. En realidad no: les falla el capitalismo.

Terminé pensando -quién sabe la razón: ¿qué fijará dentro de nuestras cabezas el foco en una idea determinada?- en la distancia que separa el ombligo y el sexo de las mujeres: lisa y larga como un pensamineto al amanecer, plana, a veces desembocando en un coño de pálida y pulida desnudez (jodido eso, aunque queramos creer que cotidiano, jodido), a veces pura jungla. En mirar la espalda desnuda de la otra persona pensando óomo es la nuestra. Pensándola nuestra. En el sonido hueco de una bofetada. La bofetada que una mujer recibe de otra.

Se que, otra vez, voy a ver amanecer mirando por la ventana. Aunque ya no siento frustración. Lo he logrado del mismo modo que cuando uno encuentra lo que ha perdido: dejando de buscar, dejando de escapar... Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerta