21 nov. 2009

Betrayed by a kiss

La velocidad, dicen, es una magnitud física de carácter vectorial que expresa el desplazamiento de un objeto por unidad de tiempo. Imagino que también influye la dirección. El espacio. No se. Los sentimientos. Y la velocidad de crucero de la vida.

Ella tiene un violoncello. Yo lo llevaba a la espalda. Ella tiene también una motocicleta. Grande. O mejor: potente. La potencia también tiene que ver con la acción de las fuerzas físicas. Y como en el fondo me gusta más ser lírica que científica, la aurora se conjuró (otra vez...) en líneas de carretera y árboles transcurriendo infinitos, difuminados ante la mirada entornada por viento y lágrimas. 800 km.: París, Evry, Nemours, Auxerre, Dijon, Chalon, Lyon, Geneve... y, por fin, Milán... subida a la grupa de un enorme insecto mecánico que sobrevuela rozando el asfalto. Llevo aquella vieja chaqueta de cuero rojo que ella llevaba en su moto y el viento frío me quema en la cara. Esto no es nada parecido a bajar Champs Elysées.... Me pego a su espalda. Estrecho el cerco de su forma. Me dejo llevar. Y ella me lleva.

Camille también se llama Camille. Camille Kaminsky. Su apellido lo dice todo. Me pide que la acompañe a Milán, donde actúa en la Scala con la orquesta de la Juventud Venezolana Simón Bolívar. Camille y el cello entre sus muslos, como la bella Jacqueline du Pré. La recuerdo desnuda, ayer, en la habitación del hotel Le Lyon d'Or de Lyon. Ensayando suites para cello de Bach. La escuchaba tendida en la cama.

Hoy Milán, paseo sola los tejados del duomo y recuerdo a mi padre, que nació en esta ciudad. Mi padre y mi abuela. Lluvia y jirones de niebla, como su vida. Al fondo, el palazzo Carminati y a un lado el gran arco de entrada de las gallerias Vittorio Emanuele II.

De mi padre, un judío comunista de origen italiano y con pocos escrúpulos -se que es algo compatible, aunque excusable, me refiero a la carencia de escrúpulos- siempre recordaré una frase que me repetía regularmente y que venía a decir: hija mía, la vida apenas dura una milésima de segundo de la eternidad: atrápala con alegría y vence cualquier resistencia de disfrute. No te dejes llevar por ella: acompáñala. Era un tipo optimista y vital. Un vividor. Nos dejó a mi madre y a mí plantados por una mujer con algunos años menos de los que tengo yo hoy, 25: una mulata hermosa y sensual que supo atrapar con alegría la vida, como él decía, y que luego supo llevarle a él por el camino de la amargura. Porque igual que se lo folló a él sacándole de su perplejidad ideológica, se folló a todos sus amigos, compañeros de oficio, camaradas e intelectuales de su círculo. Derrotó su falta de escrúpulos.

Entregó su alma por 30 monedas de plata. Acosado por el remordimiento, quiso volver, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos: Pequé entregando sangre inocente, ... besaba mis manitas de niña ya adulta, treinta besos de plata, treinta lágrimas desconocidas. Y lloraba. Y aunque se alejó, nos entregó, nos traicionó, me amó, se consoló y aunque vendió su alma: go to him now, he calls you,/you can't refuse/When you got nothing,/you got nothing to lose/You're invisible now,/you got no secrets to conceal... después caminó unos pasos antes de ahorcarse. Traicion y treinta monedas de oro. Un beso. El pago por no volver a mirar atrás. Me gustan más los besos traicionados... pero también tener siempre a Judas de mi lado.

Conviví con mi madre y con él hasta que yo cumplí 16 años mientras vivimos en México DF. Él allí se dedicaba a comprar derechos de libros y publicarlos. Y a dar clases esporádicamente como profesor invitado en la UNAM e investigar sobre la figura del presidente Lázaro Cárdenas y la ayuda que dió al gobierno de la República de España durante la Guerra Civil: millones de municiones y de fusiles que apenas sirvieron de nada.

Desciendo hasta la piazza del duomo enredada en pensamientos y gotas de lluvia. Me siento en el Caffe Zucca in Galleria y pido un ristretto. Entre tanto llega, dejo que el gato de los ensueños desmadeje el ovillo de la razón. Y ya de regreso al hotel espero en duermevela que Camille regrese de su ensayo. Sueño... el pasado no forma parte de mi jurisprudencia y la delgada línea del presente -que lo separa del futuro- apenas sirve para dar forma a la esperanza de que el mundo será mejor mañana. Falta la acción. La velocidad del tiempo. La revolución. La urgencia de la revolución. La revolución es un acto de violencia (una clase derrota a otra: ¿hoy hay clases?). Mi padre sabría explicármelo. Pero en realidad a donde quiero llegar hablando de mi padre es a la sra. Garavelli. Su madre, o sea, mi abuela paterna...

27 oct. 2009

Too much of nothing can make a man feel ill at ease...

La primera vez que se me alinearon los planetas, mamá me encontró con mi primera novia. Drama: crecerás y verás que lo que parece que cuelga en realidad eleva y no deberás echarlo de menos. No pierdas el tiempo: sepas que te equivocas. Yo tenía quince años. Sucedió justo detrás de lo de mi prima Hèlena. Y antes de lo de Iselda.

La segunda, quizá porque no fue un alineamiento de dos -estaba sola-, apareció otra vez mi madre: en ausencia de pareja trataba de olvidar las audiencias dándome placer yo solita en el sofá pensando que ella llegaría muuucho más tarde.

La tercera, cuarta y quinta las entendí como salidas por la tangente por no escucharme a mí misma: me echaron de la uni, me equivoqué pensando que podría querer a un hombre -una cosa es el sexo y otra el amor, Luna- y, finalmente, confié en mi padre (menos mal que no fue él el del segundo alineamiento: a la culpa hubiera añadido la vergüenza o a saber qué). Ya desconfiaba antes. Esto es lo malo de convertir a una persona en tu punto cardinal más importante. La historia de mi padre es como la historia de los partidos comunistas europeos (ya explicaré esto). Una traición tras otra, un desencuentro tras otro. Prometido el cielo, todo resulta un suspiro.Estoy aún en lo de matar al padre. De momento solo lo he conseguido con el pianista.

Hace apenas dos años (recién llegada a París) y la Vía láctea entera apuntándome cuando el tipo de uniforme decidió que la única motocicleta y el único bolso a registrar aquella madrugada de Belleville eran los que tenían aquellas insignificantes bolsitas de maría. O sea: mi moto y mi bolso. Aquella madre que me sorprendió, que me reprochó y que me afeó, pagó una multa por una falta que se volvería a repetir de repetirse el registro.

Los últimos fenómenos astrológicos de mi vida (definitivamente todos los planetas visibles se alinearon con el sol) fueron pensar que no estaba detrás de mí mi jefe cuando dije que este puto trabajo no sólo está mal pagado sino que, y sobre todo, está dirigido por un incapáz...'; cuando sucedió lo de M. Fèvre y, últimamente, cada intento de reconstituir, dar forma, llevar a buen puerto, rehacer mi vida sentimental y/o sexual. ¿Cómo es posible errar tánto en el querer y/o el follar?

He dejado de creer en la astrología y los planetas para creer sólo en la meteorología: borrascas y nubes negras que pasan rápido, descargan algo de lluvia, y a esperar el anticiclón... No cabe otra. Y sonreir. No son los mejores tiempos para encontrar trabajo. Ni para pagar psicoanalistas freudianos (los prefiero a los conductistas, claro). Lo que no termino de tener claro del todo es lo del último punto. Ayer conocí a alguien cuyo nombre se repite en mi historial, y que me susurró a un oido vadeando un mar de alcohol: Eres como las medicinas: necesito tomarte cada ocho horas, de mes en mes, por cuatrimestres... Qué se yo. Y no puedo seguir teniéndote nostalgia; ni quiero ser para tí sólo un beso en un pequeño hueco de entre tantos y tantos ratos. Le he robado a uno de esos muchachos esta muchacha. Ya hicimos el amor. Sigue el presente. No hace falta huir sin dejar huellas. Todo es exactamente como parece ser.

9 oct. 2009

But... what's the sense of changing horses in midstream?

Después de todo, ya de madrugada, me senté en el bordillo: hasta entonces me había dejado llevar por una mezcla extraña de lágrimas, nervios y risas. Desesperación. A esas alturas estaba en la calle: empapada, en camiseta, bragas y botas (mi madre, de haberme visto así en plena calle, hubiera llamado a los gendarmes, aunque yo ya estaba rodeada de ellos) y deseando fumarme un porro y volver a la cama. Rue Saint Denis. 04:00 a.m. Lluvia. Si mañana falto al trabajo y le suelto esto como explicación al jefe, no me cree.

Todo empieza un poco antes. Jacquie (Mme. Fèvre) vive en el piso de debajo. Ella es una puta vieja y ya retirada (un rostro hermoso, Irma la dulce: Irma la puta). La acostumbrada historia: la de quien termina viviendo con su chulo -es algo que no solo le pasa a las putas-. Tal vez una simple historia de amor, tal vez un juego de dependencias, tal vez la amargura compartida como estación término. M. Fèvre era (era, digo bien) un marsellés agrio, malhablado, borracho y bronco, extraviado ya en el fondo turbio de sus ojos amarillos y en unos mofletes surcados de venas de años de alcohol de barra americana; el proxeneta. Un tipo sin sentimientos (¿deberíamos tener sentimientos?).

Poco después de las 10 p.m. -lo recuerdo: leía de Salten Josephine Mutzenbacher: Histoire d'une fille de Vienne racontée par elle-même, ay, lo que va de Bambi a Josephine- y entre ensoñaciones y deseos transatlánticos, escucho algo que me sobresalta: un ruido sordo, acallado por muros y vacío, embozado por otro sonido seco, como de algo que se resquebraja, parecido al crujido de la piel de la sandía al abrirse. Después, nada. Calma.

Quizá una decena de páginas más allá, quizá desechados varios deseos -o consumados-, sólo lo se yo (ya sabes: Me gustaría decirte: que hagas, o que me hagas (algo), o ¡hazme ser!, porque aún me falta algo, aún siento algo vacío dentro de mí, o porque aún no soy tuya. O tal vez, con o sin tildes, que no me tildes de extraña para ti. Un poco cogido -¡vaya!- por los pelos: hay etapas, períodos de la vida tan extraños de una misma que desearía que fueran más de otra), revuelo de escalera: primero rumores, luego voces, después gritos y golpes, otra vez silencio. Nada. Puertas que se abren, murmullan y se cierran, monólogo prudente de mirillas: es la puta otra vez.

Lágrimas, golpes en mi puerta. Abro: No me abre, y cuando no me abre yo no me atrevo a abrir. El miedo humillante de quien espera la humillación, el dolor. Abaratar la rendición. Ya te llegaba a los oídos: es la puta. Ahora la negación: de él. Y el terror. Sumisión. Degradación. Mancha. Abominación. Violación. Otra vez: nada. A tí no te hará nada, estará borracho y no es él -se dice a sí-, a ti te sonríe porque eres como yo era de joven: hermosa. Siento odio y odio, por dentro el sabor salado del zinc que es la bilis en la boca. Desarmada y confusa me dejo convencer después de convencerme a mí misma. Bajo la escalera. Llamo al timbre. Golpeo la puerta. Silencio, pero no ausencia. Giro la llave, me anuncio gritando tímidamente: ¿M. Fèvre? ¡Buenas noches! ¡Soy yo! ¡Luna! Eeeeh... estoy con Jacquie, no abría vd. y me ha pedido... El olor acre y cerrado, el pasillo agobiante y amarillo y una inexistente linea invisible a media altura a lo largo del corredor desembocan en el salón y en la butaca está lo que era Albert, o M. Fèvre, o sea, Zizie, como le llamaban en el barrio: un arma cuelga de su mano derecha. Nunca había visto una pistola de verdad. Me parece muy negra, no brilla. Y alrededor de la pistola, el relámpago de la angustiosa velocidad del vértigo, una auténtica escena dantesca -diría el común (pobre Dante)-: una lluvia de plumas, una almohada chamuscada, un collage de sangre y sesos en las paredes, nada de la mandíbula para arriba y, como media calabaza hueca, colgando hacia atrás de los cabellos empapados, la tapa de los sesos de M. Fèvre. Sucesivamente y en este orden: Abro mucho los ojos. Grito. Siento arcadas. Vomito. Pataleo histérica. Pienso que no estoy en la realidad, que me he colado en una peli. Agarro fuerte el camisón a Mme. Fèvre. La zarandeo. Vuelvo a gritar: pero, ¿por qué me ha traido aquí? Me pongo en cuclillas. Jacqueline se derrumba. O grita. Ya no lo recuerdo. Vuelvo a vomitar, me ataca una risa nerviosa, se me agarrotan las piernas y, después, agarro el teléfono -está pringando-, marco el 17: Hola, ¿es la Policía...?

Ya digo. Son las 04:00 a.m. y estoy sentada en el bordillo. Un bombero -¿son de verdad los brazos de los bomberos?- me ha prestado unas botas y un impermeable muy pesado. Me dicen que debo esperar a la juez: hay sangre, hay violencia, hay muerte, ella era puta, él chulo de idems, y yo pasaba por allí. Hay una línea que no se puede traspasar, como la del pasado. Una escena del crimen, que dicen en las pelis. Todo parece cine negro, excepto porque es en color y por mí: yo, con esta pinta. No se bien como he llegado hasta fuera. Pero mientras espero, fumo nerviosa y pienso con orden y calma: que curiosa nuestra sociedad, que lo compra y lo vende todo -tal vez menos el cariño verdadero-, incluso la inmensa mayoría de las personas vende la mitad de su descanso (y la casi totalidad de sus sueños) por un puñado de monedas a fin de mes, y la prostituta -que vende sólo, literalmente, su cuerpo- por una servidumbre quizá menos encubierta, menos hipócrita, se convierte en la mala del cuento. Los demás sólo vendemos alma y dignidad: intangible, no se ve, no se toca... y sólo eso ya nos sirve para proyectar en ellas nuestra humillación cotidiana, toda nuestra alienación. ¿No somos todos un poco putas?

Como siempre, una cosa lleva a otra: ahora que escribo lo que pensaba hace 10 días cuando estaba sentada en la calle me viene a la cabeza el asunto de la foto retirada de una exposición en la Tate Modern por considerla pornográfica. Hombres (genérico) enfermos mirando la foto de una niña de 10 años desnuda. A todos los que se les puso dura al mirarla, imagino: ¿les sucederá lo mismo cuando miran las fotos de sus hijas pequeñas desnudas después del baño? Que complicado es ese aplique subcutáneo que llevamos que es la moral.

Sigo con pesadillas.

(...) People tell me it's a sin/To know and feel too much within./I still believe she was my twin, but I lost the ring./She was born in spring, but I was born too late/Blame it on a simple twist of fate.

17 sept. 2009

A girl I know, she is partly mad. Yet behind that smile, she is partly sad. She is partly calm, she is partly wild. But she is mostly woman…

... No. She is mostly child

Viajar es como follar: mientras lo haces no existen los problemas cotidianos: no tienes madre, no tienes una mierda de curro, no hay crisis, no hay imbéciles que te rodeen. Pero, es verdad, un momento después de correrte (porque en cuanto este momento acabe, nos odiaremos otra vez la una a la otra), con el sudor frío aún en la piel, no quieres ni mirarte. La única persona a la que odiaremos más que al otro será a nosotros mismos. Estos son los momentos en que puedo ser más humana. Solamente durante estos instantes no me siento del todo sola. Parafraseo de memoria al imbécil de Chuck Palahniuk.

De regreso, los dedos tan amarillos de tanto fumar. De regreso, el alma tan amarilla por no ser indiferente al paso de los fotogramas de la vida ante los ojos. Regreso. Dos meses de ausencia. Me reinserto en mi ecosistema habitual. Ausentarse dos meses no parece excesivo y sin embargo tiene sus consecuencias -me aterra la inconsecuencia de estos tiempos-. Los buzones -virtuales y físicos- llenos de correspondencia, de mensajes sin lectura, de publicidad vehemente, de anuncios absurdos, de preguntas sin respuesta, de anhelos sin esperanza, de facturas pendientes, de textos algunos incomprensibles y, otros, sencillos y claros, aunque a destiempo. Como el de Josephine: Luna, he llegado bien. Ya te contaré. Ha sido algo inesperado y emocionante. Copenhague parece precioso... A Josephine le dejé las llaves de mi departamento porque iba a pasar el verano estudiando. Ahora todo se cubre de una capa del polvo -el desgaste del mundo se coló por las ventanas solo entornadas por su presunta presencia en París-, se puebla de plantas secas -alrededor de los ficus un otoño anticipado adorna el suelo como una sombra por ausencia de riego-, grifos que han dejado de manar -me han cortado el agua por falta de pago: no escarmiento, sigo sin domiciliar el recibo-, una paradójica gotera y, pobres, mis peces tropicales rojos: Carlos y Federico -¿quien recuerda que deja dos peces en la pecera cuando un viaje crea tanta inquietud?- flotan hinchados panza arriba en la superficie del agua en avanzado estado de descomposición haciendo metáfora de la vigencia actualizada de esos nombres y aquellas ideas. Sin en vez de dos estoy fuera tres meses, me hubieran dado por muerta.

Espero un otoño brutal: lloverán más desheredados de la purga capitalista bajo la sonrisa plácida de la casta política (ya solo hay una): aquí, conservadora; allá, también. Los jóvenes seguiremos ensayando una vez más el hastío y nos abrasaremos atrapados, pensando, entre lo que hemos deseado y lo que hemos conseguido. El cruel relato de lo cotidiano deja cicatrices y astillas bajo la piel que aquí ignoramos porque tenemos betadine, apósitos y nolotil a la vuelta de la esquina. Pero que en el culo del mundo del que vengo no es así exactamente. Porque lo que aquí tenemos el 80%, allá sólo lo disfruta el 20% restante. Tanta belleza -física, humana- y tanta pobreza. Tanto drama y conozco a tanta gente linda.

América está viva de vida. Europa está muerta de abulia y pereza. De sobrarle y tenerlo todo. Nuestra vida es sólo un hueco. Y los seres humanos que la poblamos somos clandestinos del resto, del demás, y los lugares que pisamos son huecos llenos de huecos, almas huecas –mi alma es sólo polvo y vacío-, el sexo es hueco -la muerte, ¿y dónde nos meterá?...-, las ciudades son polvos, de los más baratos, como de putas asequibles, sórdidas pero dulces que te besan –dame un besito, putita, antes de ir a dormir- en el lugar donde la belleza ha quedado sustituida por las cicatrices de nuestra música: todo es feo; menos mal la música. No se bien dónde residirá la belleza. Tampoco sabría definirla: la definición destruye.

A eso estamos condenados, a la incómoda humedad del sexo, al olor acre de los pliegues de la piel (los hombres huelen a cemento sin fraguar, las mujeres a arena de playa), al sudor del rostro para obtener tu pan hasta volver a confundirte con la tierra, polvo eres, y a ser polvo retornarás. Plomo, el aire se hace plomo, los cerebros anulados: en el rincón de la memoria no hay sino pelusas, bolas de pelo, polvo compacto. Los ríos históricos que marcan fronteras como meridianos de violencia arrastran los cadáveres arrojados por el resto del mundo a sus aguas. Trastienda: ustedes para nosotros son muy importantes, pero también un problema. Condenados a repetirnos como estirpes mágicas, aunque sin derecho a una segunda oportunidad en la tierra. El egoísmo, la desconfianza y la tiranía del presente boicotean cualquier esperanza de futuro. Vivimos presos del imperialismo del tiempo que lo coloniza todo. De la dictadura del presente que nos impide recuperar la confianza en el futuro. La estadística nos deja siempre fuera de los normales. ¿Y qué será lo normal, Luna?, me pregunto seguidamente.

El resto, bien. Como la virtud no cambia nada, he procurado no ser demasiado buena chica. Realidades y deseos... yo sigo extraviada aún en los últimos. Y en América el deseo está todavía muy vivo. Y la realidad , nítidamente exagerada.

Gracias a todos por esperarme.

7 jul. 2009

Yes the road is long, and it winds and winds

Mi siguiente línea comienza en un aeropuerto. Punto y aparte, fin de un párrafo y arranque del siguiente.Sangría y mayúsculas. Pero esta siguiente línea será sólo sobre el papel. Caminaré otros caminos diferentes a los de todos los días que, supongo, harán que algo cambie por dentro. No con ánimo de balance, no con el ánimo de bajarme del mundo y mirar desde fuera, al contrario, sino de entender el presente para caminar el futuro. Ya está bien de mirarse el ombligo.

Tengo dos billetes de avión. Uno de ida: a Méjico DF. Entre medias, casi dos meses en los que tengo previsto pasear mi cabeza y mis pies por Guatemala, El Salvador, Managua, San José, Panamá, tal vez Bogotá y Caracas. Sólo he puesto señales en esas ciudades de mi mapa. Pero sobre la marcha cambiaré el rumbo. Sobre la marcha lloraré y reiré. Sobre la marcha abriré la boca con sorpresa o se me encogerá el estómago. Seguro que recordaré cosas ya vividas. Seguro que volveré a equivocarme y enderezaré. Seguro que sentiré vergüenza. Mi destino: Caracas, 28 de agosto. Aeropuerto Simón Bolivar. Este es el billete de vuelta: vuelo de las 16:30, hora local, con destino Paris-Charles de Gaulle. Mi mochila se habrá vaciado de todo lo que salió de casa y volverá cargada de cosas nuevas.

Sólo espero que la vida me bese en la boca una vez. Y se que en cualquier momento caerá lluvia. Y volveré a entrever entre sus gotas a unos ojos que dejo atrás, no se si para siempre, pero a los que deberé una explicación a mi regreso. Si soy la misma. Te lo prometo.

Hasta dentro de dos meses!!

24 jun. 2009

Les doubles vies

Ayer por la noche ví La double vie de Veronique, la peli del polaco Kieslowsky. Podría criticarle por su exceso de complacencia con el catolicismo polaco. Por haber sido un poco sabandija del antiguo Este. Por ser bastante cargante. Pero la película no me pareció mala -mejor que su trilogía francesa- y me hizo reflexionar. Cine y sentimientos: aunque sé que debería esforzarme por desterrar mi vida interior, mi temperamento sentimental me impide cumplir con la premisa. Cine francés, al fin y al cabo. Cercano, para nostálgicas como yo, de aquella maravillosa nouvelle vague ya ancienne, casi olvidada. Bipolaridad física y melancolía, llámalo como quieras: Weronika y Véronique, algo del ruiseñor y la rosa, de Wilde, algo del mito de doppelgänger de Jean Paul, Gaara del anime Naruto de Masashi Kishimoto, hombre duplicado de Saramago, bilocación y profecía con su propia vida, con la línea de la vida: un lado y otro del espejo, o acaso el reflejo perdido. Yo también llevo una doble vida, pensaba: mi hipocresía y yo. Parece que cada una haya nacido el mismo día, a la misma hora, el mismo año, pero una en la antípoda de la otra.

Por la mañana mientras rebusco en FNAC de Les Halles -me gusta pasear por la FNAC las mañanas libres- me llama la atención una conversación entre dos chicas en la sección de cine. En realidad había ido a comprar solo la peli de La double vie... pero he salido con todas las pelis que había de Kieslowsky, el último disco de Bob Dylan, un comic manga -de Tomoko Ninomiya- y dos libros de Sciascia: Il giorno de la civetta y l'affaire Moro. Decía que escucho una conversación entre dos chicas. Alrededor de veinte años, calculo. Una: Sara, muy delgada y alta, atractiva, con vestido blanco y unos ojos verdes como dos cargas de profundidad. Otra: Véronique, menos alta, el cabello recogido -adoro las nucas despejadas- y cara de ángel, pantalón y camiseta ya como de verano. La primera arranca con entusiasmo al salir de la escalera mecánica, como si fuera el mejor lugar para las confidencias:

-Véronique ¡Estoy saliendo con un tío!
-¡Sara! ¿De verdad? ¿Y está bueno?
-Bueno, es un poco mayor que yo
-No te he preguntado cuantos años tiene. Te he preguntado si está bueno
-Sí, la verdad: está bueno. Tiene unos 40. Es profesor en la universidad y...
-Pero tía, ¡estás loca! Es muy mayor. ¿Es... es de tú universidad? No se te habrá ocurrido liarte con un profe tuyo...
-No, no, no estoy tan loca. Es profesor de sociologia en Paris-Diderot
-Pero, ¿un tío tan mayor te folla bien? Seguro que folla con su mujer y contigo
-Lo que quieras, pero ya que me lo tiro, por lo menos que tenga algo de qué hablar, que pague cenas caras, el cine, hoteles de puta madre...
-Pero... ¿le quieres?
-¿Quién habla de querer? Je m'en fiche...

Nada más regresar a casa, rebusco. Pienso en el profesor de París 7. Recuerdo un libro que empecé a leer en Roma y debí traerme en uno de estos últimos viajes. Nicolas Edme Restif de La Bretonne -francés, talento y vulgaridad, pornógrafo amante de las entrepiernas de las parisinas y filósofo de poca monta: le llamaron Voltaire de las camareras, contemporáneo de la Revolución aunque poco amigo de los jacobinos-: Sara o la última aventura de un hombre de cuarenta y cinco años. Arranca así: Ha llegado el momento de contar la historia de Sara, que me visitó por primera vez poco después de haber visto yo a la celeste Aglaé. ¡Ojalá pueda persuadir de que aún después de los cuarenta y cinco años uno puede ser enga­ñado por las mujeres, pero nunca amado; o de que, si por un extraño fenómeno, aún se es amado, sólo se trata de un fuego efímero cuya rápida y súbita extinción deja en la más profunda oscuridad al alma herida (...) después de haberle presentado el vano resplandor de una felicidad sólida y sin fin!

¡Ay, a qué edad me esperaban el amor, y los celos (...), y los insomnios crueles, (...), y el espíritu quebrantado, (...)! Pero, ¡Señor!, ¿quién no hubiera caído como yo? ¡Oh, tú, que has pasado ya la edad de agradar y que miras aún con placer a una muchacha de mirada dulce y modesta, ihuye, insensato! ¿Qué crees hallar en su corazón? ¿El amor...? ¡No! (...) Así fue Sara. ¡Así fue la joven a la que creí tierna, dulce, agradecida, amable, sincera, constante, fiel…!

En 1780 tenía yo cuarenta y seis años, ¡y estaba enamo­rado! ¡Estaba enamorado! Perdona, lector severo, no soy culpable. Si dejé penetrar en mi sensible corazón el fatal veneno del amor, fue porque lo presentó una maga a la que tú tampoco hubieras podido resistir (...)
"

Pienso cuánta gente lleva/llevamos dobles vidas. Su vida y su otra vida. Tan importante una como la otra. Sin hipocresía. Sin culpa. Me parece bien. Como si las margaritas supieran algo del amor...

12 jun. 2009

A simple twist of fate

Mi madre siempre me dijo que aquello fue intolerable, que siquiera en una democracia formal se podía consentir. Que la sociedad agachaba la cabeza y, sin embargo, seguía manteniendo la situación por un reflejo psicológico que conectaba con el pasado histórico reciente: él también era el hombre providencial. Y le ponía nombre a aquella fascinación social errónea: sofisticación de la democracia. Porque, decía, no se puede decir de otro modo: amistoso, joven y familiar, traía entre las manos un impulso moral y un imperativo ético, venía a hacer el trabajo que nunca había hecho en España una burguesía progresista que no existía; y ahí estaba: inamovible, permanecía impasible 16 años después aupado por mayorías, enaltecido y cómodo aún dentro de su traje y víctima de alguna extraña ensoñación que le hacía ver lo correcto donde sólo quedaban ya migajas políticas, diezmos laicos, espejismos concretados entre las paredes del palacio y cuya única conexión con la realidad, la vida, debían sólo ser ya las delicadas y pequeñas ramas, las hojitas verdes de aquellos bonsáis. Y sus acólitos, compañeros de viaje: el azor, la cal viva y los fondos reservados. La modernidad de España. El nuevo lider de una tarea colectiva. Otro caudillo.

Lo recuerdo como si lo dijera ahora, también, mi padre: compró lealtad y sumisión, secuestró las ilusiones nobles de un pueblo recién salido de la dictadura más larga y obsoleta de cuantas asolaron el paisaje de la Europa del siglo XX y convirtió aquella confianza en engaño, en mercadería entre multinacionales y gobiernos. Desoló el escaso tejido industrial. Ya decía Lenin que la socialdemocracia era desviación de la ortodoxia (abandonan la tesis de transformación de la sociedad en igualitaria y dejan que el capitalismo siga desarrollándose salvajemente).

Lo decían ellos y yo, después, lo he leído donde debía leerlo, negro sobre blanco, para conocer qué sucedió en un país desde el día que nací hasta al menos 16 años después. Yo nací un 28 de octubre de 1982, el mismo día que el voto de 10.127.392 millones de ciudadanos daba la más amplia mayoría que haya tenido nunca ningún gobernante en España. Qué putada.

Ahora el tipo habla de errores ajenos y de ética. Ahora, anciano, después de permanecer en perpetuo estado de descompresión casi tres lustros, después de haberse convertido en multimillonario de euros y de haber perdido toda credibilidad amarrado por los intereses internacionales del liberalismo -defendiendo sólo lo que por obligatorio denominan público-, por sus socios multimillonarios constructores de energía nuclear y corrientes de opinión que lavan la cara a negocios oscuros en un continente aún con la miseria al cuello. Ahora, Felipe regresa con un aura de canas y sabiduría, a decirnos que quienes nos gobiernan hoy –es cierto, unos mediocres- lo hacen mal. Justo en el momento en que el gran hombre de Estado que es Sarkozy, un gran progresista -sí, el marido de la Bruni-, le apoya sin fisuras para ser el Presidente de Europa. No le importa que sea socialista. O que lleve gafas. O tenga las manos manchadas... Eso es lo importante en la política hoy: que no importan las ideas, ni el pasado. Jean Marie Colombani y otros lo suscriben.

¿Qué hemos hecho en Europa para tener estos grandes líderes políticos que tenemos: Francia, Italia, Alemania, Gran Bretaña, España...?

Es tarde: son los días más largos del año y tarda en oscurecer, me encuentro cómoda al abrigo de las sombras. Rumio todo esto mientras enciendo un porro y desvío mi atención. Me escribe Anna. Yo la había escrito antes: es adorable. Y me dice: soy inofensiva, lo prometo. Muchas veces me siento como Gregorio Samsa: un bicho que da miedo, pero que en el fondo no es más que un corazón asustado. Nunca me he comido a nadie ni está dentro de mis planes. Me gusta observar y escuchar -también suelo dar respuesta- así que no veo el inconveniente. Claro que algún día podemos quedar y charlar... Respondo. Estoy abierta a todo. Más a un corazón sensible y asustado.

28 may. 2009

Cinderella, she seems so easy...

El sexo fresco y carnal de mi prima Hélena. Eran días felices. El frescor detenido de las estancias del lado de la sombra y las altas camas metálicas. Ella pujaba por librarme del traje de baño y yo sentía esa sensación entre sedosa y resbaladiza del cuerpo recién salido del agua de la alberca al tiempo que el contacto de mi culo contra la pared encalada: quién sabe por qué trataba de resistirme. Sombra enredada de los rayos de sol colados por el esparto espeso de la estera y enmadejada de carcajadas infantiles acalladas, brillo en los ojos y resplandecientes sonrisas blancas. Al revolverme ví la huella de mis nalgas mojadas que quedaba en la pared, dos círculos leves: era normalmente un juego a lo largo de la galería, ahora una huella de un combate recién iniciado, apenas incitado. Yo no me atrevía ya a nada, desarmada, acalorada, con temor a quién nos descubriera y a punto de chillar en el momento en que, desnuda de cintura a abajo, una mano de Hélena se deslizó entre mis muslos y la otra se posó tapando mis labios. Un sobresalto en el vientre y la sensación de que todo dentro de mi cuerpo se recolocaba en una convulsión agradable. A la mano de la boca la siguieron unos labios y el entrechocar ingenuo de dientes. Vi el momento detenido en la luna del espejo del armario justo cuando rodamos sobre el colchón de sonido muelle. Verano y baldosas frías bajo los pies, cuerpos delgados y pieles blancas, agua azul en la alberca a cambio de ausencias. Gotas de agua, resbalando desde las puntas del cabello, que morían brillando sobre la piel de la espalda, escalofrío acurrucadas bajo la toalla común ayer. Risas y complicidad. Como cada temporada de estío. Hoy Hélena susurraba y con una mueca dulce de deseo en sus labios me pide dejarme hacer y la siento descender entre la cara interna de mis muslos, el contraste de sus mejillas calientes y mi piel fría, y deslizarse su lengua. Nudos definitivamente desanudados y silencio expectante. De regreso ahora a ella, ante mis ojos sus labios tan carnosos y desnudos. Dentro, pétalos leves y un laberinto de pliegues. Me extravío en un viaje de fuera a dentro. No se si sabré regresar. Placer de hacer sentir…

Por la tarde, desembalando. Álbumes de fotos. Verano del 97. Monterrey. El rostro sonriente de Hélena mejilla con mejilla con el mío. Al fondo, enmarcada de arizónicas, la pileta. El resto, en la cabeza. Todo tan nítido. Y un agradable pudor al recordar. Hace tanto que no nos vemos... Camille sortea cajas de mudanza tratando de ayudarme, los pantalones remangados por la rodilla y una camisa anudada sobre el ombligo. Descalza. Y cuando me ve sonriendo ante la foto me pregunta:
-¿Quién es?
-Mi prima hermana Hélena, hija de mi tía Alessandra. Eramos, la verdad, como hermanas. Pasábamos días enteros juntas. Prácticamente la infancia...
-¿Y ya no os veis?
-Hace mucho tiempo que no... Ella vive en Monterrey. Casi 10 años... Su hija ya debe tener tres.

Sonríe con los ojos y me dice: tiene una cara tan bonita, parece una Cenicienta de los cuentos de niños... Qué pena que ya no os veáis, ¿verdad? Sí, la verdad, Camille, una pena...

Otra caja, más libros. Buff...

19 may. 2009

It's no a house, it's a home!

Me mudo, dejo la buhardilla. Somos animales de costumbres y terminamos por encariñarnos de las cosas y de los lugares. No me gusta. Por eso he llegado a amar mi buhardilla como se quiere a una gata o un buen libro; y a odiarla como se detesta a un novio/a. He visto desde su ventana -si exceptuamos la del baño: un tragaluz, la ventana de la buhardilla es esa, sola y única mirada sobre los tejados hasta el arco de l'Etoile y de reojo a la izquierda la Tour- caer del cielo nieve, lluvia y lágrimas, he pasado calor en verano y frío en invierno mientras miraba la pequeña boca de la chimenea donde se acumulan revistas y diarios ya leidos, me he emborrachado, he gritado como loca mi soledad, he follado acompañada o sola, he leido más de 70 libros (los 70 nuevos que hay en los estantes: los mejores muebles de una casa son los libros), he llorado viendo cine en una pantalla de 14 pulgadas como si fuera cinemascope, he tratado de cambiar bombillas de una lámpara a la que es difícil llegar siquiera con una silla sobre la cama (para haberse matado), me he drogado y he recuperado la lucidez, me he sentido desamparada y a veces me han acompañado hasta quince personas para animarme (40 metros cuadrados). He olvidado las llaves dentro y fuera, se ha atascado la bañera -con a saber qué era aquello que salió del desagüe- y he tenido goteras, he recibido buenas y malas noticias, he colgado cuadros y se han caido, he caminado desnuda y he dormido vestida.

Si un hogar es donde la familia se junta para encender el fuego para calentarse y alimentarse, entonces mal. La buhardilla no me sirve o el lenguaje nos miente. O nos cuenta verdades que son mentiras por descubrir aún: allí no había amadas esposas, ni maridos protectores, ni queridos hijos, perrillos o venerables mayores... La familia es sólo una forma asociativa -en proceso de descomposición- dentro del progreso económico de la sociedad. Ahora bien, sí si el hogar es símplemente donde una persona vive, donde siente seguridad y calma. En esto último -esa sensación de seguridad y calma- es donde debe residir la diferencia entre un hogar y una casa: sólo el lugar físico habitado. Ella, Patrick, Mona, G., Marie, Camille... son parte de mi seguridad y de mi calma. Sin duda. Y mi hogar, en realidad, un espacio público (como lo son sucesivamente: universo, planeta, país, ciudad, aldea, plaza, palabra).

Tengo varios recuerdos nítidos de mis primeros días en París: el cielo permanentemente gris -venía de Barcelona y antes de Monterrey-; el gran portón azul del 38 de la Rue Beaujon y la obsesión por memorizar correctamente la clave numérica de la entrada (¿y si no puedo entrar? Soy un poco neurótica-compulsiva); a quien hoy es mi jefe haciendo lo imposible aquellos primeros días por invitarme a cenar y, después de cenar, por acompañarme hasta casa para, entiendo, follarme (lo suyo sigue sin ser la cortesía); la mirada perpleja sobre mis baules -maletas- al tomar conciencia de los seis pisos de escalones desde el portón azul hasta la puerta de mi guarida; y la correspondida antipatía de Mme. Martin, la portera de la finca -sin duda una vieja emigrante española- incapaz de recibir un amable 'buen día' sin gruñir un 'bonjour' como respuesta con, incluida, mirada de desprecio...

Un espacio para Conrad, mi vecino australiano y su mujer japonesa, Makiko: tan bella, bajar de noche a comprar tabaco al Flamme, el café de mañana en L'Etoile 1903 y a Monique detrás de su barra, comer el repugnante menú de 9 € de Le Monte Carlo, el socorrido McDonalds de la esquina de Wagram y su revoloteo de oficinistas estresados a mediodía, el delicioso couscous del tunisienne La maison du Couscous y a Malika en su sala de máquinas, las pizzas de César y las botellas de Borgoña en la bolsa del Nicolas que subía siempre Ella, el Pan en Pomme du pain y la eficiencia de mme. Dupré en la farmacia. Ahmed, el basurilla. M. Rapenneau asociado a cada ejemplar de Le Monde. No echaré de menos a nadie.

Mi madre siempre dice que su pérdida será mi ganancia. Nunca he entendido bien qué quiere decir con ello. En realidad sí: ella encontró esta buhardilla y pagó los seis primeros meses por adelantado. Después de los seis meses he sabido lo de la pérdida y todo eso. En realidad una nunca debe estar donde no le corresponde, ni debemos confundir el paraiso con aquella casa del otro lado del camino.

Me mudo, decía. Cambiar de domicilio es zozobrar, volver a domesticar estancias, a pensar lugares y rincones donde realojar las cosas y el alma, buscar el norte para orientar el cabecero, imaginar lo ya sucedido entre aquellas paredes, regatear el aire estancado y descubrir quienes serán tus nuevos compañeros de vida. Empezar a imaginar otra vez qué hay tras los muros y las ventanas -en mi cuerpo habita el alma de toda una gran voyeur-, acostumbrarte a los crujidos de la madera y las vigas, al ruido que hará ahora la lluvia en el alfeizar, saber dónde estás cuando despiertas sobresaltada en la madrugada. Llevo conmigo la cómoda de la entrada, el casco y la Vespa, los libros y el portátil. Mi ropa. Apenas más. Rue Saint-Denis esquina a Place Joachim du Bellay. Menos caro, más espacio y a la vuelta de la esquina de FNAC. ¿Salgo ganando o perdiendo?

(Mudanza, al fin y al cabo, en tiempos de crisis. Lamentablemente, no siempre es posible elegir; ya se sabe, la vida te exige que tomes decisiones cuando a ella le da la gana, y no cuando a ti te viene mejor).

5 may. 2009

Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos

Atravieso el país de norte a sur. Me deprime esta tierra esteparia -metáfora de una agonía interior- de la que paseo las orillas de su vientre. Tierra de mis antepasados, no puedo dejar de mirar su paisaje desde la ventana del ferrocarril sin abandonar pensamientos enredados en los postes del telégrafo. Hago memoria. La memoria es como un tren, puedes ver cómo se hace pequeña a medida que se aleja y cómo las cosas que no puedes recordar te llevan a aquellas otras que no puedes olvidar... Ausencias. El paisaje se encaja entre las vías y el horizonte, y pasa ante los ojos igual que una película. Surcos verdes y rojos de arcilla alternan pintados en el paisaje, memoria de amapolas -la sangre de estas cicatrices- arrancadas a la tristeza para desalojar la abulia de la monótona meseta, alas blancas, bostezos, estaciones sin trenes se suceden -sin promesas-, lluvia olvidada en los andenes, páramos de vid antesala de vanos sin ventana, de hambres sin pan, de cuentos sin moraleja ni últimas palabras. Esta tierra se ha anegado varias veces de religión: patriotismos perversos del alma y del Estado -también existen las religiones civiles-. Odio España cuando estoy aquí como odio Francia cuando estoy en Francia: las patrias no son más que lastres, cargas, veneno. Sobre estos campos descargó una vez un apocalipsis de ángeles caídos, pólvora, sangre y barro cuyo resto sigue enterrado en sus cunetas. Tristeza. Un cortijo con luz y humo. Muros y olvido. Latifundios y hambre: el sagrado equilibrio de los vientres vacíos. Vientre de la tierra que asoma entre silos de trigo -hoy ya no existe el trigo del pueblo- e iglesias, calles de polvo y cauces sin agua. Del que asoman de tanto en tanto las vísceras de su intrahistoria oculta, como un topo subrepticio y soterrado a un topos onírico, para recordarnos quiénes somos. Más vides. Las vides del vino ácido que ahoga el progreso de las mentalidades -el sueño del progreso también produce monstruos-. Perspectivas sin punto de fuga, fallida fuerza de la gravedad, meses sin luna ni mareas, galpones y pajares sin cuerpos desnudos enfebrecidos. Trenes misteriosos detenidos en la vía muerta de las arterias sin pulso de España, cavernas huecas sin piedras luminosas de donde nazca la mirada, nadie que formule ya deseos: no hay fe en el hombre porque el último mató a su prole y borró la sombra de su estirpe. Más ausencias.

Cruzo rápido esta tierra de confiterías amargas, de señales ferroviarias sin tránsito y cielos mudos por temor a la palabra: hileras de postes de madera embreada sin hilos, postes caídos, postes callados con los aislantes de vidrio fundidos, desvaídos, opacos del otoño, viajando -ya sin palabras- paralelos a las vías, extraños de sí mismos, ignorados. Silencio y sombras. Otra vez amapolas. Las desalentadas amapolas de los muertos. Y ruinas de chimeneas que manaron el humo de un sueño del que ya nunca despertaremos. Guardo el secreto: cuando no tienes nada, no hay nada que perder. Tierra de campesinos, campesinos sin tierra -amalgama de mineral estéril, estiércol yerto y calaveras sin aliento- que apartar parte a parte. Cuando los surcos se entrecruzan, entonces, el sueño desaparece y las torcas -sólo a veces- se llenan de abismo y la cal blanca -a veces, ay, también la de los muertos, no sólo la de los vivos- y el zócalo añil ciernen la cintura de las fronteras y ahogan la respiración de cerros, llanos, pueblos y bestias. Languidecen en el paisaje molinos muertos y molinos de acero, la mentira, y se amorata un horizonte de por sí ya cárdeno: temblor de frío y ... Cementerios con los muertos ya muertos encerrados entre muros y bajo tierra para que no escapen. O para que no se les acerquen los vivos. Desidia detenida en los cruces de carretera que llevan a pueblos vacíos de nada. Los dioses arrancan los bosques, las almas, y los hombres vuelven a plantarlos formando líneas, creciendo hacia el fondo, hacia ningún lugar. Enclaves eléctricos sin luz, mercancías en tránsito detenidas, paisajes huecos donde amarraron al aire los vientres hinchados de hambre de los galgos, esa tierra de miseria y sin fruto no la removerá más que el viento, no la desvirgará el hierro afilado del arado: no es estéril, pero no nacerá de ella más que la ruina que la puebla ya. Toda la tierra. No sirve un pedazo sólo.

Añil, rojo, verde, blanco, rojo otra vez, todo abrasado por siglos de sol y sal. Sólo un tractor -tiempos modernos- sabe asomar de la monotonía del horizonte yermo. Llueve el silencio mudo del atardecer y me recojo. Hay amores que no pueden ser, aunque lo sean de todas formas... Esta tierra de mis antepasados, de la que paseo la orillas de su vientre.

Pero España se moderniza: espero pronto la noticia de un túnel que la atraviese de norte a sur para evitar toda esta desolación.

28 mar. 2009

Read books, repeat quotations...

Soy quien soy. Por eso amo y olvido. Por eso escribo. Pero también necesito jugar. Desvelarme. Evadirme. Bellezas y consternaciones. Cuando me enamoro no hablo de ella. Camille se pinta los labios y queda por casa un reguero de vasos, tazas y copas con la huella roja de sus labios. He configurado por mi misma mi gusto luchando contra todo: sociedad, costumbres, moral, educación, libros... leo y dudo de mí. Mi vida gira en torno de mi vida. Pero también en torno de los libros, no se por qué. Hay otra consternación y otra belleza. ¿Cuál es la materia o el color de nuestros sueños?¿Cómo se configura nuestra realidad? La cultura no es la ciencia, la cultura hoy es consumo... consumo, ocio, arte... configurados por el gusto. Gusto limitador de nuestras preferencias, acciones, ideas, actitudes, que conforma nuestros criterios y disposiciones hacia las cosas. Gusto conformado, a su vez, por nuestro origen, nuestra pertenencia a una clase social.

Mientras Camille se ajusta las medias con un pie apoyado en el sofá -hay medias de seda de Camille secándose junto a todos los radiadores de la casa, y sombreros y chalecos de raso y zapatos de charol brillante y tacón inverosímil, y... Camille ocupa todo el aire de esta buhardilla, como los pájaros que vuelan ocupando el espacio entre las nubes- pienso que es más fácil amar para siempre. Porque no existe. Porque amar para siempre es mentira. Amo a Camille durante lo que me queda del día, desde las 18:00 a las 24:00, y sus noches, pero también necesito amar a alguien más un par de horas al día, algún día por semana. Olympia, Caroline... Diréis que es follar, no amar. Pero, ¿es fácil esto? No hago daño, no engaño a nadie: se que puedo amar, amarte durante dos horas. Y regresar.

Libros de la infancia, libros releidos, libros de.... de muerte, de vida, de lucha, de amor, de revolución, de barbarie, de guerra, libros hechos con sangre y por los que se derramó sangre, tejidos con dolor, macerador por el alcohol y que narran situaciones límite, excéntricos, libros perseguidos escritos por los perseguidos, libros ocultos escritos por escritores ocultos, madurados entre rejas, escritos sobre las paredes... Ahora, libros escritos para ser leidos por onanistas culturales -antes libros leidos y compartidos-. Ya no hay libros prohibidos.

Lomos de los libros siempre a la vista en sus estanterias donde repasar nuestras cortas vidas jalonadas de títulos y autores, de ideas que nos han hecho dudar de nosotros mismos, que nos han configurado, que nos han construido como los seres que somos. El olor del papel de los libros y el rastro de sus palabras. La era Gutemberg no termina aunque agonice y gima: decían los medios -que es no decir- italianos este invierno, los franceses después, hace unos días los españoles: más títulos y menos tiradas, más ventas, mas gente que escribe y publica y más libros que nunca en la guillotina y hechos pasta de papel. Libros no perecederos, sin fecha de caducidad, dicen. Libros que, más que nunca, no dicen nada, no explican nada, no aportan nada. Libros, solo, en términos de negocio. Cuidadosas cubiertas que no cubren nada. Módulo repetitivo en las estanterías de supermercados y pasatiempo vacío entre estación y estación. Porque...

...¿Qué libros de los publicados en los últimos 50 años quemaría hoy Goebels en Bebelplatz, cuáles de esos libros estarían hoy en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum? Entonces eran Girodano Bruno, Diderot, Gide, Zola, Sartre, Balzac, Rabelais, Descartes, Hume, Maeterlink, Erasmo, Montaigen, Rousseau, Mann, Sade, Hugo, Stendhal, Pascal, Saint-Simon, Comte, Kant, Gibbon, Marx, Remarque, Heine, Bretch, Zweig, Freud... estaba preparado el patíbulo y no había condena. Hoy ni habría condenado. Este es un tiempo en el que casi nada está escrito, porque siempre fue así.

Camille, en fin, ya arreglada y antes de salir me dice ojeando lo que escribo: no te equivoques, Luna: las mujeres no leen más que los hombres: están más solas. Borro y anoto. Y pienso a continuación: el mundo ya no es lo que era, ahora todo es sexo: sexo -apacible y desapasionado entre kalashnikovs olvidados- en la Mukata, capitalismo obsceno muriendo en manos del capitalismo -dinero gratis-, pontífices que hablan de condones y pornografía católica en las pantallas de las escuelas católicas. Me acostaré temprano este sábado.

11 mar. 2009

I got mixed-up confusion (it's a-killin' me)

Creo que no le he pedido a nadie nunca lo que es mío, igual que nunca te he mentido aunque haya pensado, alguna vez haya necesitado más de un minuto contigo, aunque sólo sea de atención a una vencida, a una derrotada... por el tiempo, por los lugares transitados...

No, no es verdad. No soy de verdad. No hay una certeza de que yo exista. Sea. Esté. Siquiera en París. Ojalá hubiera nacido. Pero, como suele decirse, a mí me hicieron. De cero, a partir de las cosas que encontraron por casa. Vivimos a merced de los silencios. Sabemos mucho unos de otros. No sabemos nada unos de otros. Hacemos por no encontrarnos. Nos buscamos. Lo mejor, en ocasiones, es perderse, al fin, de vista.

Negación: no, nadie sabe nada, siquiera del pasado de uno. Menos del presente. Y aún cuando te hagas algunas preguntas distraidas acerca de lo vivido, de los retazos, sabes que te lo puedes inventar todo: una vida nueva. Nadie hará comprobaciones. Puedes, según vas contando esa vida imaginaria, sentir las bocanadas de aire fresco cruzar esos lugares áridos que antes asfixiaron las horas, esos años abolidos. Todos esos años abolidos. El tiempo.... el tiempo es una referencia, como lo es el espacio. La orilla izquierda lo es respecto de la dirección en que fluye la corriente del río. Más que una mera situación geográfica Rive gauche designa un modo de vida, una configuración del gusto, una idea. Y un tiempo. Una época. La misma corriente que me detengo a mirar desde los muelles cada tarde, agua con la densidad y el color del plomo al anochecer. Vagar nocturno. Luego cruzo sobre otro agua, como si cruzar el río me amparase de algún peligro inminente. Pero... ¿cuál es la referencia general? ¿Cuál para el norte y el sur de un océano, de una estrella, de una constelación, del universo? ¿Respecto de qué? Nortes sureados u orientados respecto al oriente, ¿Por qué no un mapa cuyos norte y sur fueran el este y el oeste? ¿Y la del tiempo? ¿Cuál su referencia?

Somos presente. Pertenecemos al presente. Ni al pasado ni al futuro. No a lo que fue ni a lo que será. Pertenecemos al presente y ese presente, el hoy, es la zozobra: lo circunstancial, lo que es o no es: lo eventual. Inquietud. El tiempo es inquietud. El futuro es objeto de deseo. Es la acción. El tiempo es también espacio. Es el espacio de hacer, de actuar, sobre todo de desear. Lo que queremos que pase. Lo que será. Anhelo. Los cambios hoy transformarán el futuro. Aceleramos hoy y transformamos el futuro. Aceleramos las posibilidades de cambiar nuestras vidas, de lo que podemos esperar. No podemos deshojar el tiempo, dejarnos despojar de nuestro tiempo, del tiempo futuro. Debemos darle la forma. El tiempo es precioso. El tiempo antes que nada. El vértigo del tiempo, de nuestro tiempo coincidiendo en el preciso instante del tiempo de la historia, ése donde tal vez todo sucede con demasiada rapidez. Simplemente, todo sucede.

En realidad no nos envejece el paso de los años, sino nuestra relación con el tiempo. Cuando el presente se desvanece o se detiene, cuando se trastorna la temporalidad, cuando entramos en un futuro que no nos pertenece porque no coincide nuestro tiempo con el tiempo de la sociedad que nos ampara, que sucede, cuando no aceleramos nuestro presente para ser parte de los cambios, de la historia, de la nuestra, cuando la aceleración se frena, cuando las cosas dejan de parecernos cómicas a la mirada del niño que fuimos, somos, deberiamos ser...

Gracias a dios todo pasa deprisa, / la pena incluso; también el amor. / ¿Dónde están las lágrimas de anoche? / ¿Dónde la nieve del año pasado? (B. Brecht)

11 feb. 2009

ONLY A PAWN IN THEIR GAME

Cuando llegué a París por primera vez, diciembre de 2006, los pasos me condujeron una noche cerca de Place de la République y, desde allí, descubrí un lugar hasta entonces desconocido para mí: el Canal de Saint-Martin. Hermosos puentes con barandillas de hierro, esclusas, calzadas adoquinadas y edificios con las fachadas pintadas de colores vivos: rosa, verde, amarillo. Quai de Valmy, Jemmapes ó el Cafe Marine. Lo recuerdo con clara nitidez. Como aparecer en un lugar inesperado, otro mundo, otro lugar.

Igualmente recuerdo que a orillas del canal un centenar de tiendas de campaña de jóvenes acampaban en una protesta: les enfants du quichotte, se hacían llamar, y lo que hacían era protestar por el desprecio al derecho a la vivienda, por la inaccesibilidad a la misma, por tratar de romper los prejuicios sobre los sin techo, los clochards aquí en Francia. Estuvieron meses allí, un invierno en el que la ventisca levantaba remolinos de copos de nieve en las terrazas de los Jardins des Tuileries o la Place du Carrousel y el agua del Sena se agitaba inquietantemente oscura entre los inmensos muros de sus quais.

Este invierno, frío o más que aquel, me recuerda aquella protesta a orillas del canal. Ayer noche paseaba los soportales de la Place des Vosgues, donde barbudos clochards duermen ateridos entre cartones, orinan o beben vino barato junto al portal de la casa donde vivió Victor Hugo, Daudet o Richelieu y a escasos metros de las setas de gas que calientan las terrazas donde cenan las clases medias y los turistas -japoneses la mayoría- aún a salvo de la crisis. De regreso por Rue Rivoli, a la altura de Place Baudoyer -espaldas del Hôtel de Ville-, el SAMU desplegaba efectivos para socorrer a un mendigo aparentemente muerto: envuelto en la ironía dorada de una manta térmica ya innecesaria, una ráfaga del helador y fuerte viento que barre los boulevards estas noches descubrió su rostro y pude ver, como en un flash, el color de la cera en la piel, las babas heladas en las comisuras de sus labios y unos ojos acuosos y claros muy abiertos... A su lado un leve susurro y un acordeón Weltmeister blanco y rojo. Pasajeros de la noche.

Camille me agarró mucho más fuerte el antebrazo del que ya caminaba asida y me miró con lágrimas en los ojos. La oí decir: Este mundo es una mierda. Mientras este pobre clochard muere congelado entre mierda, la discusión es si es ético o no que los directivos sigan cobrando bonus en los bancos intervenidos por el Estado o si sus sueldos multimillonarios deben limitarse a un máximo de medio millón de dólares al año o... ¡joder!

Imagina, respondí, qué pensariamos si pudiéramos asomar nuestras narices en Zimbabue, Etiopía, Haití, Nigeria o Sierra leona. Nos faltarían no lágrimas, sino el aliento para hablar. Mataríamos ejecutivos a las puertas de las multinacionales. Pero no vale confundirse... Esto debe ser un viaje de la confusión a la claridad, de la oscuridad a la luz, como la Candy del tercer album de la Velvet, Camila, pienso.

Seguimos caminando en dirección a Concordia, dejando atrás la maraña de luces azules, rojas y amarillas, el cajón hueco de la ambulancia, el tráfico de agentes con chalecos amarillo fluorescente y a otros mendigos envueltos en harapos y bolsas, como un ejército sólo de tropa y sin galones, que se acercaban y miraban a su compatriota de la nada. Apenas nos dijimos más hasta Champs Elysées. La urgencia de decir se apacigua con el latido del futuro. Y se hace silencio. Creo que lloramos las dos, o sería el viento frío o la rabia, porque yo noté rodar lágrimas por las mejillas.

29 ene. 2009

There's no success like failure and that failure's no success at all

En las noches sin sueño... ¿qué estrellas miras?, me dice Camille. Ayer, madrugada de desvelo. Acostada boca arriba, repaso con la mente hasta quedar dormida -como quien cuenta ovejitas- aquello que, visto, leido, oido, visitado, me ha producido inquietud, perturbado, me atormenta o me atrae a partes iguales. Nubes con la densidad del mercurio barren el cielo de París reflejando en su panza las luces de la ciudad –qué derroche, que hermosa la luz de la cité lumière- y se deslizan crujiendo sobre el Sena camino del sur. Frío y humedad densa detrás de los cristales.

Estaba hace unos días en un rincón del vespertino, casi imperceptible, y lo leí aunque no quería hacerlo. Y me ha dado vueltas en la cabeza varios días. Qué curioso: "el redactor de los discursos de Barak Obama y artífice del de su investidura, Jon Favreau (27 años), quien forma parte del equipo ganador desde 2005 y que logró distinguir a su candidato por encima de John McCain por su oratoria, ha explicado que se inspiró entre los aromas de un caffé latte XXL en un Starbucks". Un café con leche en un vaso infantil de cartón con tapa de plástico y agujerito en un local franquiciado inspira al redactor jefe de los sueños de Obama. A nosotros, ¿qué o quién nos inspira?, ¿dónde nos inspiramos?

Me inspira Camille, sentada frente a mí en la mesa de Le Bonaparte -esquina de Guillaume Apollinaire con rue Bonaparte-. Tras jugar un rato con mis cigarrillos, Camille saca uno de la cajetilla y en lugar de encenderlo lo vuelve a introducir, pero del revés. Te lo debes fumar el último y se cumplirá el deseo que pienses ahora... Qué estúpido juego infantil, pienso. Continúa, añade: ...las dos sabremos a la vez que tu deseo se ha cumplido. ¿Por qué no comenzar ahora, Camille, si lo deseamos las dos, en lugar de esperar a fumarnos 18 cigarrillos?, me oigo decir, de repente, en alto. También me oigo, pero ahora es sólo un pensamiento: ¿juego infantil? Caramba con el juego infantil... Me inspiran sus botas de cuero negro hasta las rodillas sobre sus medias negras de canalé tupido, su falda vaquera rota, camisa blanca y corbata negra desanudada, su chaqueta marinera, su bufanda y sus ojos grises como el viento denso y helado de estos días.

Me inspiran los cafés, pero otros cafés: Europa gira en torno a un mapa de cafés. Café lugar de cita y conspiración. Abierto a todos y masonería de reconocimiento intelectual, político y literario, desde el café lisboeta -A Brasileira- de Pessoa hasta aquellos de la Odesa de Bábel. Desde los mostradores de mármol blanco del Antico Caffé Spiannato de Palermo a los cafés por los que pasó Kierkegard en Copenhague. Cafés venecianos en Salzburgo -Tomaselli- donde se sentaron sucesivamente a la misma mesa Mozart o Von Karajan, cafés mozartianos de San Marco -Florian-, cafés flotantes en el Zattere veneciano, cafés inundados, cafés desiertos, cafés y humo, café y letras. Café sinónimo del club del espíritu o P.O. Box del homeless, cafés de la Viena Imperial, escuelas del psicoanálisis y la filosofía, elocuencia y rivalidad: las mesas de Freud, Kraus, Musil sabemos en qué café buscarlas. Danton y Robespierre se vieron por última vez en el Procope -aquí, en París-, las Luces de Europa se apagaron en 1914 (Las lámparas se apagan por toda Europa; no volveremos a verlas brillar en el curso de nuestra vida... dijo Edward Grey al apagarse las luces del Whitehall la tarde en que el Reino Unido y Alemania fueron a la guerra) en un café. El Gran Caffe' Storico Letterario Giubbe Rosse en la piazza della Republica de Florencia de la revolución futurista. Lenin escribió y jugó al ajedrez con Trostski en un café de Ginebra. Café albergue del liberalismo aún clandestino en el Milán de Stendahl, en el París de Baudelaire. Closerie des Lilas y Bretón, Cocteau; Rotonde y Tzara, Aragón y otra vez Lenin. Sillas y café para Pound, Rilke, Beckett o Hemingway. El santuario del París existencialista de Sartre, Beauvais y Camus fue el café de Flore. Deux Magots, Florian, Central, de la Paix... Siguiendo sus huellas por el Boul des Capucines, St. Germain-des-Prés, Champs Elysées, Walter Benjamin -peregrino de cafés- dijo: habrá mitología mientras queden mendigos. Mientras haya cafés, habrá ideas.

Me inspira otro café, no el caffé latte del Starbucks: un ristretto en una taza de porcelana o un te ruso con whisky en un pequeño vaso de fino cristal, una copa de licor, agua y tabaco son el local para abrigarse del frío y armar las ideas, soñar, trabajar, jugar al ajedrez o, simplemente, mantenerse caliente todo el día. Me inspiran seguramente otras ideas -no las ideas endebles de los políticos infantiles... ¿Dónde las revoluciones?-, me inspiran las luces de Europa aún encendidas y las ciudades cuyos cafés históricos no cierran sus puertas a cambio de franquicias de capitalismo desbocado.

También creo en lo que decía Cortazar: cuando te regalan un reloj, te regalan 'el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa...' Me sucede con las personas. Sucesivamente: miedo a perderlas, a que se rompan, a que marchen tan libremente como llegaron... Camille ronda delante de mí con su aire de joven profesora, sus cigarrillos y sus deseos. Sobre la cómoda se van acumulando recuerdos: el casco de la moto de Ella, las gafas de sol (ya cubiertas de polvo -de aquellos polvos estos lodos-) de Mona, ahora el llavero de Betty Boop de Marie... Y mamá preocupada estas vacaciones porque cree que como poco.

15 ene. 2009

Fanculo i politici e le instituzioni! Vai!

Mi madre cada año, por las fechas de la llegada del invierno, me invita a pasar unos días con ella. Dice que siente nostalgia de mí, que me quiere y que me necesita cerca. Yo, que pienso que lo peor de la familia es no poderla elegir -como a los amigos: por eso se suelen tener tan pocos- sino que viene dada, me resisto.

Pero este año ha doblegado mi natural resistencia el hecho de que mi madre se haya trasladado a vivir a Roma, via Ottaviano: desde la ventana casi podía ver a Ratzinger cada mañana ponerse los armiños en sus apartamentos privados del Vaticano. Impresionante. No Ratzinger, sino la vista tan monumental. Roma es una ciudad impresionante, maravillosa, verdaderamente eterna. Los romanos son orgullosos y despreocupados, altivos y desordenados. Y si eres mujer -hermosa o no-, su desinterés decrece, crece su orgullo, levantan la barbilla -como il duce- y, de bella en adelante, de su boca parte una marea de palabras amables y envolventes que te hacen dudar de tu propia realidad. Gente civilizada y seria, el romano. Gente civilizada y seria, el italiano. Un país particular -como he leido en alguna ocasión, apenas una expresión geográfica-, un país a veces sobrecogedor.

El domingo, de regreso hacia París, miraba de reojo desde la ventanilla del autobus la carretera que lleva de Roma a Fiumicino (que luego continúa hasta Ostia -el lido de Roma, balneario donde los coches rodaban sobre los cineastas-) y, después de 20 días allí, todo me parecía más limpio y ordenado. Los ojos se acostumbran a todo. Italia es un país muy reciente, muy recompuesto y muy descompuesto. En realidad, parece que hubiera -la hay, seguro- una Italia oficial y una Italia irregular. Entonces es cuando leí la frase que titula estas líneas, un graffiti negro pintado en un muro de hormigón de un puente del GRA (Grande Raccordo Anulare, o sea, el Périph de París o las Rondas de Barcelona): Fanculo i politici e le instituzioni! Vai!.

Andaba inmersa en reflexiones semejantes cuando el día 1 de enero por la tarde me cogió mi madre por sorpresa, con el estómago hecho un higo y cara de empanada -sacándome del sopor festivo y del atronador eco de los petardos, entretenimiento romano desde la víspera (de nochebuena) en la ciudad-, y me metió en un cine a ver... Il Divo!! Gran peli que volvería a ver porque no me enteré de gran cosa. En realidad ibamos a ver Il giardino di Limoni, pero la habían quitado de la sala y, casi sin preguntar, cinco minutos antes de que comenzase, salió corriendo y compró las de Il Divo. Está muy, pero que muy bien rodada. En realidad es tan diferente el tratamiento que le da a un tema tan serio que sales y no sabes si el estilo de montaje y rodaje es una bazofia o una exquisitez. Es un ejercicio corrosivo, divertido, caricaturesco, un montaje único enmarcado con una música a veces esquizofrénica, a veces clásica, para transitar los entresijos políticos de la figura más controvertida de la política italiana. Con el paso de los días me he ido inclinando por este último y adjudiqué mi duda al hecho de haber estado un poco fuera de juego con el tema (enrevesado y lioso). Creo que como vi taaaan complicada la trama me dediqué a juzgar la edición, fotografía y dirección en estado de shock! A la salida, mi madre se disculpó ante mi ceño fruncido porque admitió que no es una película para ir a ver sin previo conocimiento de causa, pero conocimiento profundo de la causa, porque no es fácil seguirles la pista a cada uno de los bastardillos que pueblan los fotogramas y habitaban hasta hace dos días la vida política italiana . Al parecer ella había estudiado a fondo durante unos meses todo el periodo Andreotti cuando preparaba su doctorado, allá por los ochenta.

Unas sencillas explicaciones de mi madre -como las que suele recibir el primer ministro español de boca de sus asesores económicos antes de sus comparecencias- me hicieron entender mejor la peli, la realidad Italiana y algunas escenas y frases de la película en boca de Andreotti, un cabrón con pintas en realidad: El mal es necesario para preservar el bien, por ejemplo. No rezo a dios, prefiero hablar con los curas, que ellos votan..." Se acusa a Andreotti -le intento explicar ya de regreso en París esto a Marie y, vista la expresión de su cara, me convenzo de que cree que Giulio Andreotti es el nombre de un sastre milanés y Aldo Moro una conocida marca de pasta italiana- de ser el principal responsable indirecto de la muerte de Aldo Moro, secuestrado por las Brigadas Rojas en 1978. La organización terrorista exigió la liberación de trece de sus camaradas pero Andreotti se negó. Tuvo que luchar contra la disposición a la clemencia de compañeros como Amintore Fanfani, Giovanni Leone o el Papa de turno. Solamente Andreotti se mantuvo en la línea dura de no negociar; es más, hace la única promesa seria de su vida: "si Moro es liberado, dejo de comer helados. Y eso que los helados me gustan mucho”. Finalmente apareció el cadáver de Aldo Moro. Con él moría un rival político, el deseo de apertura a la izquierda con la inclusión de socialistas en el gobierno y una mayor flexibilidad hacia el PCI, segregados desde los pactos siniestros entre el sector reaccionario de la DCI, la mafia, la CIA y la curia romana tras la II Guerra. Italia: un país aún sobrecogido por la corrupción. Un país en el que no se necesitan tanto matones como abogados, como dice Al Pacino en el Padrino (III). Abogados y corrupcion: la Iglesia, la politica, la banca, la policia dan mucho mejor resultado. Los negocios legales, las multinacionales; el orden y la ley, ya son mejor que los antiguos negocios burdos y las matanzas. Como empieza diciendo la cinta citando a la madre de Andreotti: Si no puedes decir nada bueno, no digas nada.

Mientras, recorría Roma: Via del Corso, Caffe Sant Eustachio -cerca del Panteón: deslumbrate, hermoso-, Heladeria Giolitti -al lado del Parlamento, muy cerquita de Piazza Colonna-, el Antico Caffe Greco -Via Condotti, ya a la vista Piazza di Spagna-, la librería Feltrinelli de Via Babuino -a un paso de la inmensa Piazza del Popolo-, la pequeña pizzería del Vicolo Savelli -casi esquina al Corso Vittorio Emanuele II-, el mercado de Campo de' Fiori, Piazza Navona, el simpático restaurante (Gusto!) frente al Ara Pacis. El Tiber, en una orilla el Trastevere; al lado de acá, el Gueto y sus restaurantes: como alcachofas fritas en Via del Portico de' Ottavia. Me siento al margen del tiempo mientras veo ponerse el sol tras la cúpula de San Pedro desde la Piazza del Quirinale. Al margen del tiempo de los hombres.

Mi madre me recomienda ver otra peli: La piazza de le cinque lune. Buscaré.