7 may. 2012

Un simple détour du destin

Anoche me acosté con Carla. No, no con la mujer del perdedor. Me acosté con Carla Princen, una colaboradora de su oficina electoral, triste y desconsolada tras la derrota. Poco después de las 20:00 recibía un whatsapp suyo: les rouges triomphent! Letra más o menos, es el mismo titular de las páginas del diario para el que trabajo. Me siento como apuñalada, parecía decir. Conocí a Carla hace una docena de días: me llamó para colaborar en unas infografías electorales antes del débat Holande-Sarkozy. Caprichos del azar.

Invitó ella. Por eso comimos en Le Zyriab aquel mediodía de sol huidizo y cobarde. Yo no tengo pasta para gastar en una una comida así. En realidad, aprovecha para contarme su propia historia. De momento la historia de un fracaso. Carla es de origen sefardí pieds-noirs, familia pequeño-burguesa venida a más de regreso a Francia. Pero su biografía personal se escribe en la pizarra semivacía de novicia caprichosa y mohín triste. Sentada frente a ella, primero miro a mi alrededor incómoda como si alguien me observara y, luego, paso la yema de mi pulgar derecho sobre la huella de cada uno de mis otros dedos. Es un gesto de impaciencia que hago cuando el silencio dura demasiado. No es guapa y es tímida. Lleva zapatos louboutin de terciopelo azul y el casco de su moto a juego. Tartamudea un poco al hablar, pero mira muy fijo a los ojos. Verdes. Monta a caballo y compite: con el caballo y también sola. Ambas cosas con poco éxito -qué palabra-. Vive entre el distrito XVI y XVII -no son los banlieu que Kassovitz relató en La Haine y ardieron en 2005, ni el fronterizo Goutte d'Or-: allí donde tranquilizan la conciencia ex bienpensantes, ex progresistas y ex intelectuales simplificando una verdad inexistente para poder dormir sin más dosis de la precisa de ansiolíticos y relajantes musculares. Trabajaba, Carla, ayudando a explicar a Sarko que se puede privatizar la realidad: contar lo que sucede de modo que no se reconozca. Reformatear las conciencias. Cambiar los valores. Hacer clientes de la ciudadanía. Dejar en el imaginario colectivo la idea de que cualquier reivindicación -social- es reaccionaria. Una patriota. Visto lo visto, los ciudadanos al final lo son y no son tan tontos.

Lo de anoche en la Bastille fue una concesión a la dignidad de 1981. Un relámpago sobre la cabeza del canciller alemán -en realidad Merkel es un hombre con tetas, no una mujer-. La campaña de las presidenciales comenzó con el alma blanda de Hollande aplastada en las encuestas por el proxeneta DSK y por un Sarkozy alzado del suelo primero por una apoteosis de balas, más tarde en plenitud de escenografía fascista con la Tour Eiffel al fondo, como Hitler tomando París. No. No hace falta bajar del cielo para hacer de la tierra el cielo, sino al revés. Carla lleva bragas de La Perla color azul eléctrico. O, lo que es lo mismo, su Kawasaki Ninja ZX-12R es del mismo color que sus bragas: el bleu del drapeau tricolore, azul del fondo electoral de Nicolas, panton reflex blue. Como su casco y sus zapatos. Ayer Hollande aparecía triunfal y apocado: como pidiendo perdón con los ojos a su ex, Ségolène. Sarkozy, Bonaparte del siglo XXI, relataba su amor -odio en los ojos- a la clase media francesa que le ha traicionado por su traición llena de palabras lepenistas. Siempre ganan los otros, pienso mientras subo a un taxi camino de avenue Foch, donde vive Carla. Ganan los otros, da igual dónde. En Marruecos ganan los otros a pesar de que anuncian democracia; como en Rusia ganan los otros. Aquí, en Francia, hay casi un 20 % de otros. En España gobiernan los mismos otros vestidos de demócratas. Vichy o Franco, da igual. Soberanía popular secuestrada, súbditos devenidos en bonzos, vidas marcadas a fuego por una aritmética financiera impúdica que obliga a encontrar el alimento en los cubos de la basura. Los intelectuales no es que no existan, o sí: es que reaccionan en lugar de anticiparse, pensamiento párvulo. Espectáculo infantil, incluso aquí donde nacieron. Somos pollos sin cabeza.

El hall de entrada en casa de Carla es más grande que todo mi apartamento. Todo es hermosamente frío y distante: un hogar administrativo más que burgués. Estancias amplias, cómodas, cálidas, confortables se abren a través de dobles puertas y una amplia escalera conduce a la planta superior. Asciendo detrás de Carla sin ver a nadie más. El color azul de los zapatos y del casco se repite en las paredes de su cuarto y, poco después, en su sujetador. Pienso sin fijarme demasiado al retirar sus bragas: un hermoso pubis desnudo casi infantil. Inmediatamente me corrijo: ¡¡es un coño, Luna!! Te estás dejando invadir por el ambiente... Ella llora su derrota sobre mi vientre mientras yo miro la lámpara azul y pienso en Tallulah Bankhead: Si volviera a nacer cometería los mismos errores, sólo que antes.