14 may. 2008

La llave y la cerradura y...

Vehemente? Pudiera ser... Pero no lo creo. Más bien impulsiva. Y a veces extraña hasta de mí misma. La otra noche se me atascó la llave en la cerradura del portal. Y en el portal de casa nunca funciona la clave numérica que franquéa la entrada (es algo bastante común en París al menos). En fin, un forcejeo nocturno llave-cerradura la mar de inocente, más si pensamos que acababa de bajar la bolsa de la basura y que por eso mismo mi aspecto no era precisamente el de una 'reina de la noche' sino, más bien, semejante al de una Amy Winehouse venida a menos después de derrotar a un bar entero.

Vaya, que franquear pasos prohibidos nunca ha sido mi fuerte y la otra noche no estaba dejando en mejor lugar a mi habilidad manual. Desesperada, con el móvil en la buhardilla, los bolsillos vacíos y comenzando a agotar la minúscula paciencia de la que estoy dotada, conseguí finalmente que la llave hiciera 'click' y girara sobre si misma justo en el instante en que sentí a mi espalda una presencia sigilosa pero persistente. De reojo miré tras de mí, y descubrí como observaba mis torpes maniobras un hombre joven. Realmente más un joven que hombre. En fin, me pareció un tipo ciertamente atractivo.

No voy a decir que me pusiera nerviosa, que no; ni que sintiera temor, que menos. A estas alturas! Sentí interés y atracción, cosa extraña en mí hacia un hombre. Realmente lo que sentí fue la presencia soportable pero incómoda de la mitad derecha de mi cama vacía y una ausencia física mucho más sencilla de explicar. No sabría decir qué pude ver en la cara de aquel extraño que me hizo inmediata e inadvertidamente volver la llave a su situación inicial de atasco y empezar a hablar firme pero amablemente dirigiéndome a la llave, a la puerta, a la cerradura y a referir en alto mi desafortunada suerte, todo en un mismo paquete. Nerviosismo y, claro, toda una suerte de pucheros y lamentos apenadísimos. Me volví, extendí los brazos separándolos de mi cuerpo y, poniendo cara de dulcemente desesperada y enarcando al tiempo las cejas, constaté que continuaba ahí, observándome con lo que aparentemente era curiosidad. Él, todo alto, todo vestido de negro, con un rostro hermoso entre adolescente y malicioso, unos ojos muy oscuros desvaídos por el sueño y enmarcados por ojeras grises sobre una tez muy blanca; delgado, muy delgado, las piernas y los brazos largos; silencioso, pero no huidizo.

Salut! je peux t'aider? Como un susurro llegó a mis oidos mientras, con un movimiento lento y armonioso de todo su cuerpo, se acercó muy cerca de mí. Retiró mis manos de la llave agarrándolas con sus manos y, con una facilidad envidiable, la giró -igual que yo unos minutos antes- y abrió el portón de madera. Sonrisas y ojos clavados en los ojos. Silencio y el extraño ceremonial de dos seres que giran alrededor de sí mismos deseándose sin saberlo. Estaba escudriñando en mi mente la posibilidad de invitar al desconocido a subir a la buhardilla al tiempo que tratando de recordar cómo demonios había dejado todo en mi ausencia cuando, antes de lograr visualizar la pieza, ya tenía mi lengua en su boca y una de sus mano sobre mi culo. Como una de esas historias que comienzan con un sueño, un bolígrafo y un teléfono en una servilleta de bar pero que, antes de que el primer número esté escrito en ella, ya han sido consumadas.

Creo que no despegué mis labios de los suyos a lo largo de los seis pisos, seis, de vertiginoso ascenso y, apenas ya en la burdilla, guarida, galpón, infierno, llamadlo como queráis, apenas desnudos, casi follando como adolescentes sin desvestir, explorando nuestros abismos desconocidos con avidez impaciente, desanudando, desmadejando nudos... ardimos. Él, comiéndomelo todo. Yo, tragándomelo todo. La batalla fue agotadora. Los sentidos despiertos se durmieron con la luz del alba. Apenas despuntada, él desapareció igual de sigilósamente que había aparecido, pero dejando deshecho el lado derecho de la cama. Las sábanas lesas. No lo lamento, hay que seguir caminando. Sólo me pregunto si regresará algún día para volver a ayudarme a abrir o cerrar -tanto da- la puerta y si querrá compartir la Vespa conmigo. Y... ¿Cómo me dijo que se llamaba? ¿Patrick? Ay...

2 comentarios:

Más claro, agua dijo...

Bajas con la basura y subes con una joya... ¡Eso sí que es reciclar! ;-)

Bellaluna dijo...

Reciclarse o morir, amigo mío. No están los tiempos para desperdiciar nada.