9 jun. 2008

Lo que se nombra adquiere fuerza, lo que no se nombra deja de existir

El hombre siente la necesidad de identificarse con un elemento designador concreto. El nombre es la denominación verbal que tiene una persona o que se le da a una cosa o a un concepto tangible o intangible, concreto o abstracto, para distinguirlo de otros. Personas o cosas. La única forma de designar lo concreto e individual como realidad objetiva es el nombre propio. Designar es lo que hacemos –de niños aún- cuando todavía no dominamos el lenguaje y señalamos con el dedo lo que queremos: 'eso' -el mundo era tan reciente que las cosas no tenían nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo, dice Gª Márquez en algún lugar de sus Cien años de soledad. Mas tarde aprendemos a designar cosas más complejas: sentimientos, deseos, acciones... pero fundamentalmente a través del aprendizaje de las palabras, antes de convertirlas en concepto. Los niños aprenden antes su nombre, que es como le designan los demás, que el concepto de yo. Por eso es frecuente que se designe a sí mismo con su nombre propio: es como él se siente designado por los otros. Reservamos el nombre propio para la designación de aquellos objetos que tienen especial relevancia en nuestro mundo, empezando por los nombres de las personas: el elemento más significativo de los nombres propios.

¿Por qué este previo? A veces me habéis preguntado por mi nombre. A mi en su día me correspondió preguntarme por él. Luna. Y más veces todavía por el que suelo utilizar para firmar: Bella Luna. De dónde sale. Y es que hay quien entiende que es bonito. Bueno. Otras creen que es cursi. En fin. Los más, que lo encuentran extraño: y no voy a ser yo la que diga que no. Pero es un error. Y no me refiero al nombre, que me gusta, sino a cuál es su origen, de dónde salió. Porque la mayoría de mis amigos y de quienes me conocen ven en mi nombre algo hermoso y romántico: Luna, como quien se llama Jara, o Venus Carolina Paula, o Ámbar, o Blimunda, o Pino, o Asia... Es decir, nombres que pone la gente que imagina que la vida es una vida proustiana. Porque en la vida corriente hay que resignarse a ser Tolstoi o a ser Proust, con la particularidad de que Proust a veces quisiera ser Tolstoi y a Tolstoi jamás se le ocurre ser Proust, decía, como con la grave lentitud de los gramófonos y de su figura, Gª Hortelano. No. No tengo nombre de satélite, no soy Selene buscando a su amado ni la luz nocturna, no. Es más, puestos en la luna me gustan más los nombres de sus mares (los llevo anotados en mi libreta negra, no los se de memoria): esta noche, los mares de la luna / -se recorta iluminando el envés de las nubes-: / de la Fecundidad, de la Crisis, de la Tranquilidad, / de la Serenidad, de las Lluvias, de las Nubes, / Océano de las tempestades... / [pienso que nombre tendrían los de su cara oculta, cuál la cara oculta / de tu nombre] . Y es que los nombres que llevamos parece que no encierran nada detrás, que son accesorios o no son importantes. Como los siglos, que podrían pasar, incesantemente, como gotas de agua sin que nadie reparara en su paso si no fuera porque nos morimos. Aunque estoy segura de que los nombres no imprimen carácter más que en los idiotas, si creo que son los demás los que lo suponen: si se llama Luna, seguro que hay una personalidad interesante detrás. Si en lugar de Luna es Berta, la cosa no va más allá. E imagina si no eres hermosa...

Pero los nombres de las personas son más importantes de lo que parecen: los dueños de los esclavos en el sur de EEUU antes de la Guerra Civil se oponían a que los esclavos tuvieran apellidos porque subrayaban sus vínculos familiares y el único vínculo legal reconocido que podía tener un esclavo era su dueño... Aún después de su emancipación los afroamericanos que habían sido criados en esclavitud dudaban en su respuesta si un blanco les preguntaba su apellido. Y leyendo a Primo Levi descubrí, él me descubrió, que lo peor no era la violencia ciega, ni el hambre atroz, ni siquiera la muerte. Lo peor era la degradación del ser humano hasta convertirlo en un número sin nombre. Seguro que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre al extremo de olvidar su propio nombre, un número sin nombre. El número tatuado en el brazo izquierdo reemplazaba la identidad. Habiamos llegado al fondo.

En realidad, la culpa de mi nombre la tuvo mi padre. Al que no conocí porque se piró. Y que sólo dejó en mí la huella de su personalidad a través de mi nombre. Y en realidad es un diminutivo. Viene del apellido de un dramaturgo, crítico literario y de arte, y político comunista ruso: Anatoli Vasilevich Lunacharsky. Y, de Lunacharscky, Luna. Se ve que mi padre sentía admiración por el personaje, sobre el cual escribió una tesis doctoral: parece que se codeó con Lenin, que fue Comisario de Instrucción Pública, que hizo mucho por la alfabetización del gran pueblo soviético -ay, tiempos...!- y que fundó e impulsó -de ahí venía el interés de mi padre, además del estrictamente político- el movimiento artísitico proletario, Proletkult. El añadido Bella delante es cosa de mi bisabuela, una libertaria de origen italiano que combatió en la Guerra de España y que se exilió a Méjico en 1939, donde tuvo a mi abuela, y ésta a mi madre, una estirpe de mujeres libres. Lo sumó a mi nombre nada mas conocerme, ay, Lunita... no debió pensar nada en Anatoli Vasilevich. No.

Me correspondía explicarlo.

7 comentarios:

Más claro, agua dijo...

Sea cual sea su origen, el nombre es precioso ;-)

Bellaluna dijo...

Yo estoy contenta. Existo con él, me da fuerza, no me llamaría de otro modo. También hay nombres que hacen temblar las piernas por su poder.

Alberto M dijo...

Tengo señalado de El innombrable: "No, no sé que todos estamos aquí para siempre, desde siempre."

Es que las historias de la historia no crecen hacia atrás, pero es donde han estado. Qué perras.


Coincido absolutamente, Bellaluna es un nombre muy bonito.
Un abrazo.

Bellaluna dijo...

Me levanto ante vd., si el equilibrio y el humo me lo permite esta tarde gris, el sombrero aquel panamá ya hablado. Las palabras suyas tan facetadas, como talladas en el diamante, logros precisos: mi sencilla reverencia, un beso suave. Gracias por el alago -el ego nos mata-

Alberto M dijo...

Permíteme:

Con o sin sombrero, Bellaluna, está usted estupenda.

Bellaluna dijo...

No, si al final me voy a tener hasta que ruborizarme...
Beso!

Alberto M dijo...

No, eso no.
Que entonces también me ruborizo yo y qué íbamos a parecer, Bellaluna.
Bastante con mantener un blog.
(Mañana tengo que ir de médicos pero a ver si actualizo ya -y te animo, de paso-)
Un besazo.