14 jul. 2008

Meridiano de sangre y la oscuridad

No se si os habrá sucedido alguna vez. Tal vez lo hayáis pensado o intuido. El caso es que la noche del viernes me sucedió algo que no se si es un sueño, un delirio o, quizá, una de esas incómodas sensaciones que se instala con nítida claridad en la mente en el duermevela de las madrugadas calurosas, justo antes de que comience a soplar el fresco reconfortante del amanecer y justo después de que esas primeras luces terminen de despertarte. Es quizá por eso que siempre he preferido los atardeceres a los amaneceres, más respetuosos con mi biorritmo, con mi biomasa, con... Más nítidos.

Decía, digo, que la otra noche, y después de dar varias cabezadas y dejar el libro en la mesilla y apagar la luz, me pareció que se deslizaba de entre las hojas, fuera de la novela, uno de sus personajes. Y hasta ahí todo puede parecer un juego curioso e intrascendente, una fantasía sin más, pero la inquietud asoma al pensar que la novela que leía era Meridiano de sangre, de Cormack McCarthy. Y el personaje que se deslizó de entre las páginas era el gigante juez Holden. De ahí la inquietud.

Con la idea borgiana -nunca compartida: nada como la vida- de que nunca se conoce tanta gente ni se recorren tantos lugares como mediante la literatura -la lectura permite vivir otras vidas, otros mundos- llego a Meridiano: en principio nada tan lejano y ajeno a mi vida común, a mi buhardilla, a mis quehaceres, a los tranquilos y aseados boulevards parisinos o a mis devaneos sentimentales. Me parecía absurdo haber llegado a conectar con él: todo transcurre a mediados del siglo XIX en Estados Unidos, precisamente en la frontera con México. Un grupo de mercenarios gringos -que arrasa todo a su paso en plan anábasis- se adentra en México con el objetivo de acabar con el mayor número de indios posible. El grupo empieza a exterminar a los indios para luego exterminar a los que los contrataron. No hay moral, no hay nobleza, no hay nada más que las armas, y la guerra, y los indios, y el chaval que es uno de los ejes de la trama, y el juez Holden que es el otro, con su maldad y su cara sin cejas y sin pelo y sin barba y blanco, muy blanco.

Una, que vive en la ciudad de Víctor Hugo y Voltaire, se podría preguntar ¿qué tengo que ver yo con todo eso? Y a las pocas páginas se da cuenta de que el libro va más allá de ese tema: es difícil olvidar su violencia feroz, sangrienta y ecuménica hasta extremos difícilmente soportables; olvidar su precisión descriptiva fría y casi geológica; la novela trabaja con la maldad codo a codo, con una maldad sin límites, una maldad tan humana que conmueve, una maldad que parece lejana, pero que cuando se analiza el entorno una se da cuenta de que está a su lado, una maldad que visualicé como un oasis de horror en medio de un desierto de desolación. Holden. El juez Holden. Personaje demoníaco.

Imposible olvidar, desde luego, su figura: un nuevo Chigurh (aunque Holden fue antes) o Pike (en Grupo Salvaje, de Peckinpah, curiosamente, interpretado por William Holden) por su calidad de criatura sin moral, o de moral darwiniana y enorme estatura literaria. Personaje asombroso, de cultura insólita, erudición y elocuencia asombrosas, corpulencia lampiña y blanquecina en medio de una tropa de cazadores de cabelleras analfabetos que sólo viven de la masacre y el pillaje, de capacidad sobrehumana para sobrevivir e imponer su voluntad, de sexualidad arrolladora y homicida. Brillante, complejo, como todos los buenos personajes que cada cierto tiempo regresan a la memoria, se aparecen en sueños, en la calle, en alguna película o en alguna canción. El juez Holden es culto, políglota y tiene poder de convicción en sus palabras: a la vez fascina y atemoriza. Es la primera vez que me pasa con un personaje: quiero que hable y que el narrador le dé la palabra y que los diálogos no acaben nunca. McCarthy debe ser una especie de unabomber de la novela, un coloso que escribe sus novelas con la mano izquierda mientras tiene siempre ocupada la derecha sobre el revolver.

Es una narración absolutamente desmedida, premeditadamente cercana a Dovstoievsky pero, sobre todo, a Melville. McCarthy en Meridiano de Sangre tiene mucho del Melville de Moby Dick. Meridiano de sangre tiene un claro parentesco con Moby Dick -me dicen que esta es la novela favorita de McCarthy-. El propio Holden es una especie de transfiguración de la ballena blanca. El juez, albino -recuérdese el capítulo de Moby Dick dedicado a glosar la relación entre el color blanco y el mal- y de talla gigantesca, condena a un fin desgraciado a todo aquel que se cruza en su camino.

Me despierto a media noche sobresaltada por lo que parece ser una gran sombra blanca inclinada sobre mí, una mirada inquietante y un aliento animal. La luz del amanecer aún no ha empezado a aclarar la carga pesada de la noche y no soy capaz de acomodar los ojos a la oscuridad para lograr discernir los espacios conocidos de la buhardilla, que desaparecen mezclados con el perfil difuso de una presencia intuida y se pierden en la enorme distancia de lo ignoto. No atino con la luz. Pero me relajo: sea el juez, sea el enorme cetaceo blanco -al fin y al fin también es un mamífero-, estoy segura que sabrá hacer de la noche un espacio de lucha íntima y salvaje.

4 comentarios:

Más claro, agua dijo...

A mí una vez me pasó lo contrario: era yo el que deambula por el argumento de la novela como un personaje más. Se trataba de Madame Bovary.

Meses más tarde, leí un relato de Woody Allen donde el protagonista también aparecía por sorpresa ¡en el argumento de la misma novela!

El escalofrío en la espalda me duró varios días...

;-)

Alberto M dijo...

La flor del desierto siempre es una rareza. Más cuando sólo se puede intuir en un cadáver (y un cadaver siempre representa a todos los cadáveres). Beso.


Más claro, el relato que dices es cojonudo.

Bellaluna dijo...

Más claro, y sin embargo no te recuerdo ni a tí ni a Allen a lo largo de las asfixiantes calles de Tostes ni de Yonville... Cómo me aburría allí!!

Emma

Bellaluna dijo...

En este desierto la flor se vende siempre al mejor postor, y su precio es muy alto: para disfrutar de ella hay que carecer de escrúpulos y tener la piel fría...
Los cadáveres, siempre hablan muy poco.