28 jul. 2008

Paolo y los espejos

Cercando di te in un vecchio caffè
ho visto uno specchio e dentro
ho visto il mare e dentro al mare
una piccola barca per me.

Per farmi arrivare a un altro caffè
com dentro uno specchio che dentro
si vede il mare e dentro al mare
una piccola barca pronta per me...

Mona: me sueña -en Martinica- y regresa a París a pedirme ponerle al sueño una playa falsa de arena traida de otro mar. Yo, entre tanto, construyo ensoñaciones neoyorquinas de deseo con arena lejana aquilatada de sexo, palabras por decir, puentes de Brooklyn, judíos, jardines, música, bicicletas y fotografías. Mientras Mona vuela a París mi mente viaja al otro lado del Atlántico y yo me despliego corpórea el fin de semana por Madrid: escucho a Paolo Conte que rompe el anochecer con su voz áspera junto con un coro de vencejos. Prometo a Mona una semana en mi buhardilla cerca de l'Etoile con apenas salidas y la nevera llena de provisiones. Será desde hoy. Piel azabache y una hermosa sonrisa aún de otro mundo. Los espejos apenas ya saben qué reflejar, porque enmudecen cuando tienen la realidad delante. Hace ya mucho que es agosto y queda toda una vida por delante. Ay...

24 jul. 2008

Elogio de la pereza

Me estiro como una gata entre las sábanas, perezosa, como si hubieran comenzado ya los días de descanso que aún no han comenzado. Hoy, decido, no voy a trabajar. Me ganaré el salario sin salir de la cama. Amo estas mañanas que, tras una larga noche -que comenzó escuchando a Manu Katché y se fue complicando tontamente casi hasta el amanecer y que hizo de ayer un día de casi 30 horas-, se prolongan en un dolce fare niente, con el portatil sobre la almohada, una taza de café en la mano y conectada al mundo gracias a la amable desprotección del wifi de un vecino anónimo (en realidad, 3com).

Estos últimos días he leido -debería decir ojeado- Le droit à la paresse, obra ideológica de Lafargue relegada casi al olvido en la época del productivismo soviético. Ahora que vivimos tiempos de regresión social, y una vez aprobada bajo la atenta supervisión de la Europa del capital -no se si hay otra hoy- la directiva europea de tiempo de trabajo que eleva la semana laboral hasta las 60 horas poniendo fin a la jornada laboral máxima de 48 horas semanales que aprobó la Organización internacional de Trabajadores en el año 1917, el gobierno francés -a su cabeza el marido de Carla Bruni- ha enseñado sus verdaderas cartas sentenciado a muerte la jornada de 35 horas semanales aprobando un proyecto que abre las puertas a la jornada de 40 horas semanales. Y leido Lafargue estas noches de desvelo y calor intenso, tumbada boca abajo en mi colchón, al resguardo de mi buhardilla, creo que me quedo con la idea de su defensa del sueño de la abundancia y el goce, de la liberación de la esclavitud del trabajo: el trabajo es sólo una imposición del capitalismo que se contrapone, ay!, a los derechos de la pereza, mucho más cercanos a los instintos de la naturaleza humana. De ahí a alcanzar los derechos al bienestar apenas un paso y, a otro, la culminación de la revolución social. Pero, -ay! de nuevo- pienso: se ve que no están los tiempos para perezas... se ve que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

(Ayer respondí a la pregunta de Mona, mi hermosa martiniquesa oscura y cálida como la noche: ¿Te parece bien que te quiera nada más que una semana?. Después de las vacaciones os hablo de ella).

Besos!

18 jul. 2008

Carta a NY

No se bien como componer las piezas para que todo funcione y fluya adecuadamente. El tiempo pasa y a veces la sensación es la de que todo va dando vueltas en redondo. Otras veces la vida te hace transitar un camino que no lleva la dirección del futuro -qué nostalgia del futuro...- y en el que toda la perspectiva es la de la mirada a través del espejo retrovisor. A estas alturas ya deberiamos -lo digo por mí misma- sentirnos responsables de lo que vemos cada mañana en nuestro espejo: es lo que hemos hecho de nosotros, no lo que los demás hicieron -ille dixit-. En todo caso, ¿por qué pasar media vida buscando culpables de lo que sucede y la otra media limpiando manchas de soledad? Hay que preservar la locura porque las culpas no se pueden lavar ni con alcohol ni con amnesia. Lo cómodo sería vagar sin destino, dejarse llevar, pero al final a unos pocos nos da por nadar contra corriente con esta ceguera y el corazón roto debajo de las solapas del traje gris. Los años traen muchas veces tristes regalos y besos de cardo. Tantas veces me he prometido escribirte, cuantas otras no hacerlo. No son, por tanto, promesas rotas. Qué nadie nos acune las tristezas. Nuestra sagrada obigación es sobrevivir y ser felices. Cuando hace ya un lustro dejamos escrito en nuestra conversación cómo sería el futuro no imaginaba que todo sería tan diferente a como es ahora. No es una dulce pesadilla. Cada paso adelante que damos levanta una nube de polvo en el suelo. Es el polvo que seremos un día, el polvo de los que ya han sido. Resistámonos a enterrar nuestros sueños en la fría tierra mientras no caigamos escaleras arriba -sólo se pierden las causas que se abandonan-. Y es que aún sueño sueños de los que no querría despertar nunca, en los que ya nunca apareces. Es que el camino nunca es recto. Da muchas vueltas. Pero nunca en redondo. Siento no ir a NY.

La otra noche, en San Sebastián, escuchaba la voz de esparto y engrudo de arena de playa de Tom Waits. Me hizo soñar un rato. Y te recordé al escuchar esta canción http://www.youtube.com/watch?v=6zn1K72cxKs

G.: un beso fuerte. En la mejilla. En la frente. Donde elijas -pero dímelo-.

14 jul. 2008

Meridiano de sangre y la oscuridad

No se si os habrá sucedido alguna vez. Tal vez lo hayáis pensado o intuido. El caso es que la noche del viernes me sucedió algo que no se si es un sueño, un delirio o, quizá, una de esas incómodas sensaciones que se instala con nítida claridad en la mente en el duermevela de las madrugadas calurosas, justo antes de que comience a soplar el fresco reconfortante del amanecer y justo después de que esas primeras luces terminen de despertarte. Es quizá por eso que siempre he preferido los atardeceres a los amaneceres, más respetuosos con mi biorritmo, con mi biomasa, con... Más nítidos.

Decía, digo, que la otra noche, y después de dar varias cabezadas y dejar el libro en la mesilla y apagar la luz, me pareció que se deslizaba de entre las hojas, fuera de la novela, uno de sus personajes. Y hasta ahí todo puede parecer un juego curioso e intrascendente, una fantasía sin más, pero la inquietud asoma al pensar que la novela que leía era Meridiano de sangre, de Cormack McCarthy. Y el personaje que se deslizó de entre las páginas era el gigante juez Holden. De ahí la inquietud.

Con la idea borgiana -nunca compartida: nada como la vida- de que nunca se conoce tanta gente ni se recorren tantos lugares como mediante la literatura -la lectura permite vivir otras vidas, otros mundos- llego a Meridiano: en principio nada tan lejano y ajeno a mi vida común, a mi buhardilla, a mis quehaceres, a los tranquilos y aseados boulevards parisinos o a mis devaneos sentimentales. Me parecía absurdo haber llegado a conectar con él: todo transcurre a mediados del siglo XIX en Estados Unidos, precisamente en la frontera con México. Un grupo de mercenarios gringos -que arrasa todo a su paso en plan anábasis- se adentra en México con el objetivo de acabar con el mayor número de indios posible. El grupo empieza a exterminar a los indios para luego exterminar a los que los contrataron. No hay moral, no hay nobleza, no hay nada más que las armas, y la guerra, y los indios, y el chaval que es uno de los ejes de la trama, y el juez Holden que es el otro, con su maldad y su cara sin cejas y sin pelo y sin barba y blanco, muy blanco.

Una, que vive en la ciudad de Víctor Hugo y Voltaire, se podría preguntar ¿qué tengo que ver yo con todo eso? Y a las pocas páginas se da cuenta de que el libro va más allá de ese tema: es difícil olvidar su violencia feroz, sangrienta y ecuménica hasta extremos difícilmente soportables; olvidar su precisión descriptiva fría y casi geológica; la novela trabaja con la maldad codo a codo, con una maldad sin límites, una maldad tan humana que conmueve, una maldad que parece lejana, pero que cuando se analiza el entorno una se da cuenta de que está a su lado, una maldad que visualicé como un oasis de horror en medio de un desierto de desolación. Holden. El juez Holden. Personaje demoníaco.

Imposible olvidar, desde luego, su figura: un nuevo Chigurh (aunque Holden fue antes) o Pike (en Grupo Salvaje, de Peckinpah, curiosamente, interpretado por William Holden) por su calidad de criatura sin moral, o de moral darwiniana y enorme estatura literaria. Personaje asombroso, de cultura insólita, erudición y elocuencia asombrosas, corpulencia lampiña y blanquecina en medio de una tropa de cazadores de cabelleras analfabetos que sólo viven de la masacre y el pillaje, de capacidad sobrehumana para sobrevivir e imponer su voluntad, de sexualidad arrolladora y homicida. Brillante, complejo, como todos los buenos personajes que cada cierto tiempo regresan a la memoria, se aparecen en sueños, en la calle, en alguna película o en alguna canción. El juez Holden es culto, políglota y tiene poder de convicción en sus palabras: a la vez fascina y atemoriza. Es la primera vez que me pasa con un personaje: quiero que hable y que el narrador le dé la palabra y que los diálogos no acaben nunca. McCarthy debe ser una especie de unabomber de la novela, un coloso que escribe sus novelas con la mano izquierda mientras tiene siempre ocupada la derecha sobre el revolver.

Es una narración absolutamente desmedida, premeditadamente cercana a Dovstoievsky pero, sobre todo, a Melville. McCarthy en Meridiano de Sangre tiene mucho del Melville de Moby Dick. Meridiano de sangre tiene un claro parentesco con Moby Dick -me dicen que esta es la novela favorita de McCarthy-. El propio Holden es una especie de transfiguración de la ballena blanca. El juez, albino -recuérdese el capítulo de Moby Dick dedicado a glosar la relación entre el color blanco y el mal- y de talla gigantesca, condena a un fin desgraciado a todo aquel que se cruza en su camino.

Me despierto a media noche sobresaltada por lo que parece ser una gran sombra blanca inclinada sobre mí, una mirada inquietante y un aliento animal. La luz del amanecer aún no ha empezado a aclarar la carga pesada de la noche y no soy capaz de acomodar los ojos a la oscuridad para lograr discernir los espacios conocidos de la buhardilla, que desaparecen mezclados con el perfil difuso de una presencia intuida y se pierden en la enorme distancia de lo ignoto. No atino con la luz. Pero me relajo: sea el juez, sea el enorme cetaceo blanco -al fin y al fin también es un mamífero-, estoy segura que sabrá hacer de la noche un espacio de lucha íntima y salvaje.

1 jul. 2008

Plaza roja

Aquí París. Me dicen que hay ecos de la supuesta fiesta 'roja' -vendemos la felicidad muy disfrazada para que parezca que es felicidad lo que no es sino pan y circo- en la Place Saint-Michel: la fuente se inunda de banderas españolas y los patriotas de a pie, espontaneos y maletillas, gritan y torean los automóviles con capotes patrios para cabreo de los parisinos, gente seria y ya de por sí cabreada -la politesse, de momento, no les deja ir más allá de su rictus tenso de prisas y razón: no suelen gritar demasiado los parisinos desde la ventanilla de sus autos. ¿Hablamos en realidad de fútbol? ¿O hablamos de la sombra sociológica con la que aún cubre el franquismo buena parte la sociedad española? La crisis acecha y hay que tapar las nubes oscuras de lontananza con un complejo atrezzo de horizontes luminosos -y generacionales- que deben durar hasta más allá de las Olimpiadas.

De fútbol, pues. ¿Cuántas banderas hemos visto ondear estos días que hacían volar el aguilucho que se resiste a emigrar definitivamente? ¿Cuantos gritaron un '¡Arriba España!' -incluidos algunos que radiaban estas noches 'rojas'- que a más de uno le llevó un impulso reflejo al brazo derecho cuando, lapsus linguae, en realidad sólo querían decir un castizo '¡Viva España!' que, aun así, me devuelve el dolor a los huesos? ¿Hemos olvidado el pasado de Luis Aragonés, de impasible ademán? ¿A Marcelino de cabeza marcándole a Rusia un gol? ¿Y los comentaristas...? Camacho, prietas las filas de españolismo y la cartera bien llena, el gordito de gafa y barba pintándolo todo de orgullo generacional, como ZP. La música de Escobar inundando de franquismo y polanquismo la 'Plaza Roja', por si acaso hacía falta desvestir de mito las palabras, echar a perder espacios de la Historia, los 'rojos' inundando las calles aledañas, tomando plazas, cortando el tráfico: la calle es nuestra otra vez. Y los futbolistas, futuros acreedores de la medalla al mérito del trabajo, llegando por la N-II en coche/camión descubierto como si fueran el propio Eisenhower acompañando al caudillo. Por si faltaba algo, todas las demás emisoras conectando a la hora en punto con el 'parte' de la Cuatro.

Yo veo esto, y eso que podría ser hija -espuria, claro- de cualquiera de los orgullosos coetáneos generacionales de ZP. Señor...